Por Ángel Rossi, sj.
Vamos a reflexionar en torno a la Teresita seducida por Dios, o como hemos
querido llamarla: la mimada. Lo fue de su familia y también lo fue de Dios. Una
“gran mimada”. Y también nosotros lo somos...
Teresita tiene
una especie de intuición muy clara: todos somos “predilectos de Dios”. En Dios,
ser predilecto no hace que el otro sea menos que yo. Sólo Dios puede concederse
plenamente esta posibilidad de cada hijo sea predilecto sin que esto vaya en
desmedro del otro, del que quedaría en segundo lugar...
... mimada no
significa que no conoció las dificultades, que todo fue color de rosa en su
vida. Teresita sabe que los mimos de Dios por momentos tienen la forma de una
caricia suave, y por momentos toman la forma de la prueba. Y en realidad, si
hablamos en términos de tiempo _ lo cual puede ser muy injusto_, más tiempo
pasó por la prueba que por los momentos fáciles. Y, sin embargo, no por eso
deja de considerarse una cuidada por Dios, una mimada de Él. Algo de esto es lo
que expresa Martín Descalzo en sus últimas voluntades: “... Quiero confesar que
he sido y soy feliz, aunque en la balanza de mi vida sean más los desencantos y
fracasos, porque aunque todos se multiplicasen, aún no borrarían la huella de
tus besos. ¿De tus besos o de tus uñas, Halcón? No lo sé. Es lo mismo.”
El Papa Juan
Pablo II ha dicho con mucha claridad que “el hombre contemporáneo cree más a
los testigos que a los maestros. Cree más en la experiencia que en la doctrina.
Cree más en la vida y en los hechos que en las teorías”. Por lo tanto, el
evangelizador de este comienzo del milenio tendrá que ser no el que da una
lección, no el que enseñe una sabiduría humana o una receta para bien vivir,
sino el que anuncia la gozosa experiencia de una presencia viva en el propio
corazón.
Teresita es, de
un modo especial, ese testigo que nuestro mundo necesita, y lo es porque se
sintió siempre una gran mimada de Dios a lo largo de toda su vida: Dios se ha
complacido en rodearme siempre de amor.
En su sencillez,
está dando la clave de toda vida cristiana: tener experiencia de ser amado. En
su autobiografía lo que hace es declarar que ha sido amada, que ha habido amor
en su vida. Y con esto ya tenemos para entretenernos, porque nuestra vida
cristiana, sin esa experiencia de amar y de ser amado, no puede desarrollarse.
Solamente somos fecundos cuando nuestro corazón ama, y nuestro corazón ama
cuando se sabe amado. Teresita le escribía a su hermana Celina: Jesús hizo
locuras por Celina... que Celina haga locuras por Jesús... El amor sólo con
amor se paga y las heridas de amor, sólo con amor se curan.
Ésta es la clave
de una vida cristiana y Teresita lo entendió. Se da lo que se recibe y siempre
se recibe. El desafío es saber buscarlo...