sábado, 24 de junio de 2017

No tengan miedo...

 
Texto de Arturo Sosa sj -General de la Compañia de Jesus-

"Jesús pide que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo sino a los que matan el alma. Y es que nada puede separarnos de su amor y cuidado, ni siquiera nosotros mismos. 

Pero necesitamos espantar fantasmas, abandonar falsas creencias y erradicar ideologías cerradas, porque impiden reconocernos, valorarnos y, peor aún impiden crear solidaridad y comunión.

Quien transforma su miedo en confianza, dejándose guiar por la apuesta en los demás, puede descubrir el talento, el potencial y la dignidad de cada persona; posee el coraje y la pasión para desbloquear ese potencial e impulsar el máximo desarrollo de cada persona; y tiene, como Jesús, energía positiva para convertir las búsquedas en apuesta compartida y comprometida por la vida" 

sábado, 17 de junio de 2017

El que coma de este Pan, vivirá para siempre…

Escrito por Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba "hacer una comunión espiritual": consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica “comer de este pan”, se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras “disposiciones eucarísticas”: consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: "El que quiera ser el mayor entre ustedes que sea su servidor" (Mt 23,12); "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18,22); "Me dan compasión estas gen­tes, denles ustedes de comer"(Mc 6,34.37 ); "No atesoren tesoros en la tierra"(Mt 6,19); "Las prostitutas los precederán"(Mt 21,31) "Presten sin esperar nada a cam­bio"(Lc 6,35)..., hacer el gesto interior de "tragarnos" eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo "parte con él" (Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el "Primogé­nito de una multitud de hermanos..."

Esto de “tragar” es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: "no trago a tal persona", "ese disgusto aún no me lo he tragado...", "todavía lo tengo aquí "(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión "comulgar" por la de "tragarnos a Jesús" para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría "tragarnos" su mentalidad (es el "cambien de mentalidad" de Mc 1,15, o el "tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús (Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: "partirse la vida", "vaciarse hasta la muerte", según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se "reconoce a Jesús al partir el Pan" cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.

viernes, 9 de junio de 2017

Fiesta de la Santísima Trinidad = Agua, Fuente y Caudal...


Escrito por Xavier Quinzá Lleó, SJ 

Si la Fuente inagotable de nuestra vida y misión es el Padre, amor original y originante, y el Caudal es el Hijo, amor manifestado, el Agua es el Espíritu, amor siempre activo. Agua, fuente y caudal: el mismo amor de la triple ternura de Dios del que vivimos, con el que amamos. 

El Padre: Entrar en el Misterio 
En nuestro vivir y orar podemos entrar en el interior del misterio ahondando en el agua clara, hacia el amor original, hacia la Fuente primordial de donde todo brota. Amor gratuito que se dona, creador. También podemos dejarnos arrastrar por el Caudal, en derroche que mana y, apostólicamente, fecunda al mundo. Jesucristo es nuestro caudal y el caudal es abundante, porque la vida de su amor fluye y salta hasta regar tanto la sequedad del corazón como las tierras desecadas de su cultura. Su corazón abierto es un signo de accesibilidad de lo que está patente y manifiesto, manante a borbotones como la sangre de una herida abierta. 

El Agua es deseo de vida, regeneradora y fértil. Es la victoria de lo que fluye oculto y purificador, vivificante. Es el amor que ama, el agua que mueve la noria con la que regamos el campo de nuestra sociedad y sus culturas. Motor que es el agua misma, y nos empuja para saltar a los campos de la vida. El amor activo del que vivimos es un agua que sacia, sin apagar la sed. La sed del corazón, que nos prepara para otra novedad, porque renueva la ternura de nuestra entraña, y moviliza recursos de acción hacia los demás, inauditos, inesperados. Bautismo nuevo, sentido por la orientación del alma, que re-alimenta nuestros sueños. Y en esos sueños, somos imágenes del Dios vivo, semejanza suya, impronta diseñada sobre el rostro luminoso de su Amado, de Jesús el Cristo. 

El Hijo: Anegarse en el Amor 
En Jesucristo el Amor se hace cuerpo, encarna una naturaleza que Él mismo creó. Y crece en fortaleza y en sabiduría modelando un corazón virginal, pero abierto y ofrecido. Jesús, corazón de Dios: Palabra primordial que encierra y ofrece toda la densidad de su persona: afectos, deseos, pensamientos, acciones, que serán, a un tiempo, de Él y de su Padre, de Él y de su Dios. 

Su santa humanidad es caudal de agua viva de esa Fuente. Caudal de amor y de ternura que se derrama de sus labios, como una bendición. Caudal de paciencia y bondad, que atrae hacia sí a todos los lisiados, para liberarlos de las ataduras del mal, para envolverles en dignidad y en respeto nuevos. Caudal que entrega a manos llenas el secreto más íntimo de su persona, que deja reclinar la cabeza sobre su pecho al que le ama, que abraza al perdido cuando vuelve a casa. 

Templo nuevo es su cuerpo. La cortina rasgada de ese templo lo deja a la intemperie. Costado abierto de donde brota la vida en abundancia. Agua y sangre como una comunión de dones que vigoriza la asamblea de creyentes y la engendra para otra convocación, para una humanidad de conjurados que quieren mostrar ante el mundo su victoria. La de la cruz, la de la exaltación del amor derramado. 

El caudal de su generosidad es un himno glorioso que entonan las criaturas nuevas. Caudal que desborda las expectativas del interior, que recrea el alma, y la empuja al servicio y la alabanza, porque lo que nos colma rebasa los límites de nuestra pobre humanidad doliente. Su armonía son modalidades del gozo más sereno y del más ardiente. Exultar de gozo es una vivencia que saca de la clausura interior y nos hace vibrar con una alegría intensa. 

El Espíritu: El Agua que sana 
El viento sopla donde quiere, es libre y creativo, se introduce por todas partes y nos oxigena, es energía y hálito de vida. Su soplo destruye lo viejo, refresca lo árido, produce insólitas reacciones: amalgama, integra, refresca, sana. Agua oculta que de pronto emerge en manantial y cubre de verdor el yermo imposible. Es un crisol de novedad y de transformación. El agua del Espíritu se convierte en vino, vino de alegría, de fiesta multiplicada. Defensor de los pobres, padre de los humildes, abogado de los desamparados: son todas expresiones tomadas del lenguaje del pueblo de la Biblia. Y nos dicen mucho de otra sed, sed de justicia, que también debe ser saciada. El agua es la Justicia, de lo que tenemos sed: la paz, la armonía, la fraternidad. Y el Espíritu es un agua que tiene todos esos sabores. 

El progreso del amor no nos empuja a la manifestación, sino a la intensidad de la unión. Nos hace ir más de lo explícito a lo implícito, que al revés. Cuanto más avanzamos, menos decimos y más profundamente nos implicamos. No es en la expresión donde más se muestra el Espíritu cuando nos toma, sino en los “gemidos sin palabras”, en el lenguaje que no se pronuncia, en lo inefable del corazón. Por eso, al final del camino preguntaremos desconcertados: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o en prisión…?” (Mt 25, 37). No, no lo vimos. No es necesario haberlo visto. 
Lo único urgente es haber amado.

sábado, 3 de junio de 2017

Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación...

Fuente: Centro de Pastoral y Espiritualidad -Venezuela-

A los Discípulos, que estaban encerrados por el miedo, por todo tipo de miedo, Jesús les habla para darles Espíritu Santo y ponerlos ante el desafío de lanzarse a perdonar pecados, de ir a reconciliar. Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación. Porque solamente a fuerza de reconciliación es como se sana la vida, tanto la propia como la ajena.

Entre la Resurrección y Pentecostés, nuestra experiencia de fe se mueve por dos aspectos muy propios de la espiritualidad: el silencio de Dios y la alegría. Porque Dios entabla un diálogo tú a tú con el hombre y la mujer concretos, mediante su silencio y su consuelo (la alegría). 

Podemos decir que cuando Dios se calla, la persona se encuentra exigida a madurar en la pura fe y llamada a enraizar su libertad en el verdadero amor, más allá de toda seguridad. Así, el silencio de Dios se ordena a la pedagogía de la gratuidad del verdadero amor. Una pedagogía que nos hace más conscientes de que si algo podemos, es por pura gratuidad de la vida y de Dios (Cf. EE. 322,2-4).

Pero también, cuando Dios da su alegría, y esto es la señal más evidente de la presencia del Espíritu Santo, la persona se experimenta amada inmerecidamente e inmerecidamente transformada en testigo de la sanación y la reconciliación. Y esto es, para el hombre y la mujer, la vida. 

Dios me habla. Gracias a su lenguaje (su silencio y su alegría), voy adquiriendo una nueva sensibilidad e inteligencia para vivir como Jesús, hermano, con gusto, con sentido. Lo que Dios me diga en este encuentro sólo puedo acogerlo en la sencillez de la fe, pero sólo lo realizo en la radicalidad de una actuación comprometida a favor de la vida, de las personas, de los pobres. 

El amor es comúnmente afecto, conmoción, empatía y adherencia con todo nuestro ser. Pero desconocería el verdadero amor, y por tanto el lenguaje de Dios, si este amor fuera simplemente una vivencia emocional que no se tradujera en obras concretas de fraternidad y solidaridad, que son el test de la veracidad del amor (Sn. Ignacio; Arzubialde sj). 

A partir de este Pentecostés necesitamos hacer salir la fuerza que hemos recibido del Espíritu Santo, para que nos empeñemos en una reconciliación que sana dolencias, disipa miedos, supera cerrazones ideológicas, erradica la maldad, unifica a las personas y las hace libres.

sábado, 20 de mayo de 2017

La Efusión de la Alegría Pascual desborda el Mundo de Alegría...














Escrito por las Monjas  Trinitrias del Monasterio de Suesa 

Las lecturas de este Sexto domingo de Pascua nos pasean por nuestro interior a modo de guías turísticas para despertarnos a lo esencial, que, como decía El Principito, es invisible a los ojos. Nos llevan hacia lo que habita dentro, nuestros amores, lo que escuchamos, lo que vemos y conocemos y, muy importante, nuestros descubrimientos. Esas experiencias que anclan la existencia en Dios.

Felipe en Samaría es capaz de alegrar a toda la ciudad hablando de Jesús, de Cristo. Contando que vive y que su presencia es sanadora, liberadora, permite volar al viento del Espíritu. Durante toda la Pascua afirmamos en la Eucaristía que la efusión del gozo Pascual desborda el mundo de alegría.

Así que la primera parada en nuestra ruta turística interior, es la calle de la alegría. Aquella que descubrimos cuando Dios se hizo presente en nuestra vida, o nos dimos cuenta de que siempre había estado ahí, acompañándonos con su mirada enamorada. ¿Cómo andamos de alegría? Atención, cuidado con desviarse por la calle de la amargura porque se nos avinagra la sonrisa.

Si pasamos a la segunda lectura, nos encontramos con una carta de Pedro. Nos anima a ser valientes y explicar abiertamente a quien nos lo pregunte, sin pudor, qué es lo que llena nuestra vida de esperanza, de confianza, de serenidad. Nos invita a hablar de Dios a quien nos quiera escuchar… pero nos pide que lo hagamos con delicadeza y respeto. Nada de caer en la tentación de imponer nuestra experiencia a otras personas, o despreciarlas y sentirnos por encima.

Nuestra guía interior después de mostrarnos la calle de la alegría nos para frente a la fuente de la esperanza… Agua fresca y gratuita, para todas las personas que se quieran acercar. Y digo que nos para porque es precisamente lo que se necesita, parar. Parar para comprender y contemplar cuál es nuestra verdadera fuente, qué aguas bebemos que a veces nos arrugan la mirada y nos decoloran la sonrisa.

Para escuchar las palabras de Jesús la Iglesia durante la Pascua nos acerca al Evangelio de Juan, que para algunas personas es belleza y poesía y para otras es más bien enigmático y filosófico. Este domingo, igual es porque escribimos desde una monasterio trinitario, lo que más resuena en el corazón es la presencia de las Tres Divinas Personas a lo largo del texto. Y, como no puede ser de otra manera, para hablar de Dios Trinidad habla de amar, del amor que damos, del que recibimos, del Amor. Y lo hace como simulando una danza de entrega y acogida.

                                               “el Espíritu mora en ustedes”… 
                           “Yo estoy en mi Padre, ustedes en Mí, y Yo en ustedes”… 
                     “quien me ama, será amado por mi Padre, y Yo también lo amaré”

Si leemos el texto con serenidad nos está invitando a participar en la danza del Amor, con Jesús, con Abba, con el Espíritu Santo. Así que, para nuestras sorpresa, esta ruta por nuestro interior no nos lleva a una clase teórica de dogmática cristiana sino a un taller de danza. La torpeza no es una excusa, porque el taller está preparado para quien se decida a dejar a un lado el pequeño mundo de los razonamientos y dejarse llevar por el ritmo trinitario del Amor. El Amor que habita en ti. Tan solo escucha, y que el latir del corazón se acompase con el latir de Dios. ¡A danzar!

Oración.

Tus palabras refrescan nuestra alma,
todo se hace posible,
envueltos y a la vez habitados por Ti,
nos hacemos música para Ti.

Fuente: www.monjasdesuesa.org

domingo, 30 de abril de 2017

El Peregrino que ayuda a comprender la Cruz..

Escrito por Javier Albisu
Lc. 24,13-31
La Cruz se interpreta de a dos. Nunca solos.  

Los dos compañeros que huyen de la Cruz, aun yendo juntos, caminan solos. 
Espejan su propia tristeza en el otro. 
Necesitan que aparezca un compañero de camino, para que salga de ellos ese: “cada uno de nosotros esperaba…” y entonces les pueda purificar lo que su esperanza no ve. 
No ven que la verdadera Esperanza nunca nos deja solos. Se espera ‘con otro’, ‘por otro’ y ‘en Otro’. Y cuando alguna de esta tríada, falla, quedamos solos, y solos ya no esperamos, y sin esperanza no tiene luz la Cruz para poder leerse.  

El Dios que camina con nosotros sin darnos cuenta, es el que nos explica que de la Cruz tenemos necesidad. Que para el que ama, el sufrimiento será siempre ‘parte necesaria’ del amor. 

El “pan de amor” se gana “con el sudor” del corazón que amasa sufrimiento y gozo. Ese es el “pan” que el ‘cum-paniero’ de camino le com-parte al que con un resto de esperanza de amor com-partido, le pide  que se quede. 

Así, compartido, el Misterio del Amor doliente, entra como posibilidad necesaria de la vida y alimenta la luz de los ojos que recién entonces pueden ver lo que antes no veían: que la clave de lectura de sus propios pasos no se encuentra huyendo del amor sino en camino con él.