sábado, 17 de febrero de 2024

El Desierto, es un Tiempo y Lugar cargado de presencias...


FUENTE: CEP -Centro de Espiritualidad y Pastoral-

La liturgia nos propone para este 1er domingo, un relato muy breve pero a la vez muy lleno de símbolos en torno a dos experiencias: desierto y conversión.

El desierto que nos presenta el evangelista, es tiempo y lugar de contrastes. En el desierto vive Jesús cuarenta días y vive rodeado de animales salvajes. Es tentado por satanás y los ángeles le sirven. Así el desierto, aunque es un tiempo y lugar de apartamiento, no está vacío, está cargado de presencias.

La conversión también es tiempo y lugar de contrastes. Se nos anuncia que se ha cerrado ya un ciclo: “el tiempo se ha cumplido”, y a la vez nos anuncian que estamos en el tiempo del Evangelio. Y así, la conversión implica la salida del tiempo caduco, el actual, para transitar uno nuevo, el de la llegada del Reino.

Pero en medio de la experiencia de desierto y conversión, aparece el Espíritu que impulsa, y la situación de Juan Bautista que provoca coraje. Marcos nos dice que Jesús va al desierto bajo el impulso del Espíritu Santo, y que movido por el arresto del Bautista, va a Galilea para anunciar la conversión. Jesús ni se resiste al Espíritu, ni se paraliza ante la dificultad o el reto. 

El Evangelio de este domingo nos está invitando a vivir el desierto y la conversión. Propone que dejemos guiarnos por el Espíritu Santo al desierto de Dios, que nos demos un tiempo para que podamos encontrarnos cara a cara y sin miedo, con todo lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Y nos propone, como a Jesús, que estemos atentos a lo que va pasando a nuestro alrededor, para que las realidades de hoy provoquen el coraje de responder a los retos que nos presenten el Espíritu y el Mundo.

Desierto y conversión son presentados por Marcos como dos aspectos inseparables de un mismo camino. Una ruta que se transita con la luz del Evangelio. Todo desierto bien vivido ha de llevar a la conversión. Puede que nos resistamos a vivir el desierto que nos ofrece Dios por estar afianzados en nuestros apegos, en nuestras comodidades, en nuestras cerrazones. Y puede que con ello estemos rechazando la gracia de la conversión, y la salvación.

Que nos atrevamos a salir de nosotros mismos y nos expongamos a la energía del Espíritu de Dios para que nos coloque en la vida, libres, convertidos, solidarios, misericordiosos, alegres y esperanzados en la venida del Reino.


ORACIÓN de CUARESMA:

Ayúdame a hacer silencio,

Señor, quiero escuchar tu voz.

Toma mi mano, guíame al desierto,

que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro,

me hace falta la calidez de tu voz,

caminar juntos... callar para que hables Tú.


Me pongo en tus manos, quiero revisar mi vida,

descubrir en qué tengo que cambiar,

afianzar lo que anda bien,

sorprenderme con lo nuevo que me pides.


Me tienta creer que te escucho,

cuando escucho mi voz.

¡Enséñame a discernir!

Dame luz para distinguir tu rostro.

Llévame al desierto

Señor, despójame de lo que me ata,

sacude mis certezas y pon a prueba mi amor

Para empezar de nuevo, humilde, sencillo,

con fuerza y Espíritu para vivir fiel a Ti.

         P. Javier Leoz

miércoles, 14 de febrero de 2024

“A través del desierto Dios nos guía a la libertad” -Mensaje papa Francisco para la Cuaresma 2024-


Queridos hermanos y hermanas:

Cuando nuestro Dios se revela, comunica la libertad: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Así se abre el Decálogo dado a Moisés en el monte Sinaí. El pueblo sabe bien de qué éxodo habla Dios; la experiencia de la esclavitud todavía está impresa en su carne. Recibe las diez palabras de la alianza en el desierto como camino hacia la libertad. Nosotros las llamamos “mandamientos”, subrayando la fuerza del amor con el que Dios educa a su pueblo. La llamada a la libertad es, en efecto, una llamada vigorosa. No se agota en un acontecimiento único, porque madura durante el camino. Del mismo modo que Israel en el desierto lleva todavía a Egipto dentro de sí –en efecto, a menudo echa de menos el pasado y murmura contra el cielo y contra Moisés–, también hoy el pueblo de Dios lleva dentro de sí ataduras opresoras que debe decidirse a abandonar. Nos damos cuenta de ello cuando nos falta esperanza y vagamos por la vida como en un páramo desolado, sin una tierra prometida hacia la cual encaminarnos juntos. La Cuaresma es el tiempo de gracia en el que el desierto vuelve a ser –como anuncia el profeta Oseas– el lugar del primer amor (cf. Os 2,16-17). Dios educa a su pueblo para que abandone sus esclavitudes y experimente el paso de la muerte a la vida. Como un esposo nos atrae nuevamente hacia sí y susurra palabras de amor a nuestros corazones.

El éxodo de la esclavitud a la libertad no es un camino abstracto. Para que nuestra Cuaresma sea también concreta, el primer paso es querer ver la realidad. Cuando en la zarza ardiente el Señor atrajo a Moisés y le habló, se reveló inmediatamente como un Dios que ve y sobre todo escucha: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor, provocados por sus capataces. Sí, conozco muy bien sus sufrimientos. Por eso he bajado a librarlo del poder de los egipcios y a hacerlo subir, desde aquel país, a una tierra fértil y espaciosa, a una tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). También hoy llega al cielo el grito de tantos hermanos y hermanas oprimidos. Preguntémonos: ¿nos llega también a nosotros? ¿Nos sacude? ¿Nos conmueve? Muchos factores nos alejan los unos de los otros, negando la fraternidad que nos une desde el origen.

En mi viaje a Lampedusa, ante la globalización de la indiferencia planteé dos preguntas, que son cada vez más actuales: «¿Dónde estás?» (Gn 3,9) y «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). El camino cuaresmal será concreto si, al escucharlas de nuevo, confesamos que seguimos bajo el dominio del Faraón. Es un dominio que nos deja exhaustos y nos vuelve insensibles. Es un modelo de crecimiento que nos divide y nos roba el futuro; que ha contaminado la tierra, el aire y el agua, pero también las almas. Porque, si bien con el bautismo ya ha comenzado nuestra liberación, queda en nosotros una inexplicable añoranza por la esclavitud. Es como una atracción hacia la seguridad de lo ya visto, en detrimento de la libertad.

Quisiera señalarles un detalle de no poca importancia en el relato del Éxodo: es Dios quien ve, quien se conmueve y quien libera, no es Israel quien lo pide. El Faraón, en efecto, destruye incluso los sueños, roba el cielo, hace que parezca inmodificable un mundo en el que se pisotea la dignidad y se niegan los vínculos auténticos. Es decir, logra mantener todo sujeto a él. Preguntémonos: ¿deseo un mundo nuevo? ¿Estoy dispuesto a romper los compromisos con el viejo? El testimonio de muchos hermanos obispos y de un gran número de aquellos que trabajan por la paz y la justicia me convence cada vez más de que lo que hay que denunciar es un déficit de esperanza. Es un impedimento para soñar, un grito mudo que llega hasta el cielo y conmueve el corazón de Dios. Se parece a esa añoranza por la esclavitud que paraliza a Israel en el desierto, impidiéndole avanzar. El éxodo puede interrumpirse. De otro modo no se explicaría que una humanidad que ha alcanzado el umbral de la fraternidad universal y niveles de desarrollo científico, técnico, cultural y jurídico, capaces de garantizar la dignidad de todos, camine en la oscuridad de las desigualdades y los conflictos.

Dios no se cansa de nosotros. Acojamos la Cuaresma como el tiempo fuerte en el que su Palabra se dirige de nuevo a nosotros: «Yo soy el Señor, tu Dios, que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud» (Ex 20,2). Es tiempo de conversión, tiempo de libertad. Jesús mismo, como recordamos cada año en el primer domingo de Cuaresma, fue conducido por el Espíritu al desierto para ser probado en su libertad. Durante cuarenta días estará ante nosotros y con nosotros: es el Hijo encarnado. A diferencia del Faraón, Dios no quiere súbditos, sino hijos. El desierto es el espacio en el que nuestra libertad puede madurar en una decisión personal de no volver a caer en la esclavitud. En Cuaresma, encontramos nuevos criterios de juicio y una comunidad con la cual emprender un camino que nunca antes habíamos recorrido.

Esto implica una lucha, que el libro del Éxodo y las tentaciones de Jesús en el desierto nos narran claramente. A la voz de Dios, que dice: «Tú eres mi Hijo muy querido» (Mc 1,11) y «no tendrás otros dioses delante de mí» (Ex 20,3), se oponen de hecho las mentiras del enemigo. Más temibles que el Faraón son los ídolos; podríamos considerarlos como su voz en nosotros. El sentirse omnipotentes, reconocidos por todos, tomar ventaja sobre los demás: todo ser humano siente en su interior la seducción de esta mentira. Es un camino trillado. Por eso, podemos apegarnos al dinero, a ciertos proyectos, ideas, objetivos, a nuestra posición, a una tradición e incluso a algunas personas. Esas cosas en lugar de impulsarnos, nos paralizarán. En lugar de unirnos, nos enfrentarán. Existe, sin embargo, una nueva humanidad, la de los pequeños y humildes que no han sucumbido al encanto de la mentira. Mientras que los ídolos vuelven mudos, ciegos, sordos, inmóviles a quienes les sirven (cf. Sal 115,8), los pobres de espíritu están inmediatamente abiertos y bien dispuestos; son una fuerza silenciosa del bien que sana y sostiene el mundo.

Es tiempo de actuar, y en Cuaresma actuar es también detenerse. Detenerse en oración, para acoger la Palabra de Dios, y detenerse como el samaritano, ante el hermano herido. El amor a Dios y al prójimo es un único amor. No tener otros dioses es detenerse ante la presencia de Dios, en la carne del prójimo. Por eso la oración, la limosna y el ayuno no son tres ejercicios independientes, sino un único movimiento de apertura, de vaciamiento: fuera los ídolos que nos agobian, fuera los apegos que nos aprisionan. Entonces el corazón atrofiado y aislado se despertará. Por tanto, desacelerar y detenerse. La dimensión contemplativa de la vida, que la Cuaresma nos hará redescubrir, movilizará nuevas energías. Delante de la presencia de Dios nos convertimos en hermanas y hermanos, percibimos a los demás con nueva intensidad; en lugar de amenazas y enemigos encontramos compañeras y compañeros de viaje. Este es el sueño de Dios, la tierra prometida hacia la que marchamos cuando salimos de la esclavitud.

La forma sinodal de la Iglesia, que en estos últimos años estamos redescubriendo y cultivando, sugiere que la Cuaresma sea también un tiempo de decisiones comunitarias, de pequeñas y grandes decisiones a contracorriente, capaces de cambiar la cotidianeidad de las personas y la vida de un barrio: los hábitos de compra, el cuidado de la creación, la inclusión de los invisibles o los despreciados. Invito a todas las comunidades cristianas a hacer esto: a ofrecer a sus fieles momentos para reflexionar sobre los estilos de vida; a darse tiempo para verificar su presencia en el barrio y su contribución para mejorarlo. Ay de nosotros si la penitencia cristiana fuera como la que entristecía a Jesús. También a nosotros Él nos dice: «No pongan cara triste, como hacen los hipócritas, que desfiguran su rostro para que se note que ayunan» (Mt 6,16). Más bien, que se vea la alegría en los rostros, que se sienta la fragancia de la libertad, que se libere ese amor que hace nuevas todas las cosas, empezando por las más pequeñas y cercanas. Esto puede suceder en cada comunidad cristiana.

En la medida en que esta Cuaresma sea de conversión, entonces, la humanidad extraviada sentirá un estremecimiento de creatividad; el destello de una nueva esperanza. Quisiera decirles, como a los jóvenes que encontré en Lisboa el verano pasado: «Busquen y arriesguen, busquen y arriesguen. En este momento histórico los desafíos son enormes, los quejidos dolorosos –estamos viviendo una tercera guerra mundial a pedacitos–, pero abrazamos el riesgo de pensar que no estamos en una agonía, sino en un parto; no en el final, sino al comienzo de un gran espectáculo. Y hace falta coraje para pensar esto» (Discurso a los universitarios, 3 agosto 2023). Es la valentía de la conversión, de salir de la esclavitud. 

La fe y la caridad llevan de la mano a esta pequeña esperanza. Le enseñan a caminar y, al mismo tiempo, es ella la que las arrastra hacia adelante[1].

Los bendigo a todos y a su camino cuaresmal.

Roma, San Juan de Letrán, 3 de diciembre de 2023, I Domingo de Adviento.

Francisco
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Nota
[1] Cf. Ch. Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Madrid 1991, 21-23.

sábado, 10 de febrero de 2024

La Compasión Brota Espontáneamente de la Comprensión

Escrito por Enrique Martínez Lozano

Domingo VI del Tiempo Ordinario

Mc 1, 40-45

La compasión constituye uno de los signos más palpables de madurez humana y de espiritualidad genuina. Y esto no es así por un convencionalismo arbitrario, sino porque la compasión brota espontáneamente de la comprensión.

Una persona es psicológica y espiritualmente madura cuando se habita a sí misma, viviendo en conexión consciente con lo que es, más allá de la imagen, de la acción y del propio ego. Y lo que somos de fondo, más allá del yo, es una realidad transpersonal que se ha designado como Verdad, Bondad y Belleza. Dicho más brevemente: somos Amor. Por eso, cuando lo comprendemos, no podemos sino vivirlo. Por eso también, es lo único que nos hace felices.

Sin embargo, la experiencia nos dice que encontraremos dificultades para vivirlo: desde una sensibilidad más o menos endurecida hasta un estado de alejamiento de nuestra propia identidad profunda, pasando por un mayor o menor bloqueo de nuestra capacidad de amar, como consecuencia de carencias afectivas importantes en los primeros momentos de nuestra existencia.

Eso explica que, con frecuencia, nos veamos enfrentados a una paradoja: somos Amor, pero necesitamos entrenarlo para poder vivirnos en coherencia. Entrenar el amor no significa entrar por un camino de voluntarismo. La voluntad la necesitaremos para mantener la perseverancia en el entrenamiento, pero el amor despertará en la medida en que nos sea posible experimentarlo.

Es probable que, en ese camino, haya que empezar por cuidar y desarrollar el amor a sí mismo. Un cuidado que no tiene nada de egoísta, ya que ese mismo amor es el que nos libera del encierro narcisista, gracias a dos características que lo acompañan: la humildad y la universalidad.

El amor es humilde, es decir, verdadero e íntegro y, por tanto, desapropiado, porque se reconoce infinitamente más grande que el propio yo. No se trata, por tanto, de que yo me ame -aunque lo nombremos de este modo-, sino de que el Amor me alcanza y me envuelve. Al reconocerlo así, el yo o ego ha perdido su protagonismo.

Por otro lado, el amor es universal, no deja nada ni a nadie fuera. Porque no es un sentimiento que dependiera de mí y conociera altibajos, sino una certeza que se apoya en la realidad de lo que es: todo es uno, todos somos uno. En el Amor lo experimentamos.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La Tristeza -Catequesis del Papa Francisco sobre : Vicios y virtudes. Nº7. La tristeza.


 PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 7 de febrero de 2024

Catequesis. Vicios y virtudes. 7. La tristeza.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro recorrido de catequesis sobre los vicios y las virtudes, hoy nos detenemos en un vicio bastante feo, la tristeza, entendida como un abatimiento del ánimo, una aflicción constante que impide al ser humano experimentar alegría por su propia existencia.

Ante todo, hay que señalar que, respecto a la tristeza, los Padres hacían una distinción importante. Hay, en efecto, una tristeza que conviene a de la vida cristiana, y que con la gracia de Dios se transforma en alegría: ésta, por supuesto, no debe rechazarse y forma parte del camino de conversión. Pero existe también un segundo tipo de tristeza que se insinúa en el alma y la postra en un estado de abatimiento: es este segundo tipo de tristeza el que hay que combatir resueltamente y con todas las fuerzas, porque procede del Maligno. Esta distinción la encontramos también en San Pablo, que cuando escribe a los Corintios dice lo siguiente: «La tristeza que proviene de Dios produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte.» (2 Cor 7,10).

Hay, entonces, una tristeza amiga que nos lleva a la salvación. Pensemos en el hijo pródigo de la parábola: cuando toca el fondo de su degeneración, experimenta una gran amargura, y esto le impulsa a recapacitar y a decidir volver a la casa paterna (cfr. Lc 15, 11-20). Es una gracia gemir por los propios pecados, recordar el estado de gracia del que hemos caído, llorar porque hemos perdido la pureza con la que Dios nos soñó.

Pero hay una segunda tristeza, que es una enfermedad del alma. Surge en el corazón humano cuando se desvanece un deseo o una esperanza. Aquí podemos referirnos al relato de los discípulos de Emaús. Aquellos dos discípulos salen de Jerusalén con el corazón desilusionado, y se confían al forastero, que en cierto momento los acompaña: «Nosotros esperábamos que fuera él – o sea, Jesús - quien librara a Israel.» (Lc 24,21). La dinámica de la tristeza está ligada a la experiencia de la pérdida. En el corazón del ser humano nacen esperanzas que a veces se ven defraudadas. Puede tratarse del deseo de poseer algo que no se puede conseguir, pero también de algo importante, como la pérdida de un afecto. Cuando esto sucede, es como si el corazón del ser humano cayera en un precipicio, y los sentimientos que experimenta son desánimo, debilidad de espíritu, depresión, angustia. Todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque la vida nos hace concebir sueños que luego se hacen añicos. En esta situación, algunos, tras un tiempo de agitación, se apoyan en la esperanza; pero otros se regodean en la melancolía, dejando que ésta se pudra en sus corazones. ¿Se siente placer en esto? Verán: la tristeza es como el placer del no-placer; es como tomar un caramelo amargo, sin azúcar, malo, y chupar ese caramelo. La tristeza es el placer del no-placer.

El monje Evagrio explica que todos los vicios persiguen un placer, por efímero que sea, mientras que la tristeza disfruta de lo contrario: del adormecerse en una tristeza sin fin. Ciertos lutos prolongados, en los que una persona sigue agrandando el vacío de quien ya no está, no son propios de la vida en el Espíritu. Ciertas amarguras resentidas, en las que una persona tiene siempre en mente una reivindicación que le hace adoptar el papel de víctima, no producen en nosotros una vida sana, y menos aún cristiana. Hay algo en el pasado de todos que necesita ser sanado. La tristeza, de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno.

Es un demonio taimado, el de la tristeza. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que roe y vacía a quien lo alberga. Esta imagen es buena, nos ayuda a comprender. Entonces, ¿Qué debo hacer cuando estoy triste? Detenerte y ver: ¿esta tristeza es buena? ¿No es una buena tristeza? Y reaccionar según la naturaleza de la tristeza. No se olviden de que la tristeza puede ser algo muy malo que nos lleva al pesimismo, nos lleva a un egoísmo que difícilmente se cura.

Hermanos y hermanas, debemos tener cuidado con esta tristeza y pensar que Jesús nos trae la alegría de la resurrección.

Por muy llena que esté la vida de contradicciones, de deseos incumplidos, de sueños no realizados, de amistades perdidas, gracias a la resurrección de Jesús podemos creer que todo se salvará. Jesús ha resucitado no sólo para sí mismo, sino también para nosotros, a fin de rescatar todas las felicidades que no se han realizado en nuestras vidas. La fe expulsa el miedo, y la resurrección de Cristo quita la tristeza como la piedra del sepulcro. Cada día del cristiano es un ejercicio de resurrección. Georges Bernanos, en su famosa novela Diario de un cura rural, hace decir al párroco de Torcy lo siguiente: "La Iglesia dispone de la alegría, de toda esa alegría que está reservada a este triste mundo. Lo que han hecho contra ella, lo han hecho contra la alegría". Y otro escritor francés, León Bloy, nos dejó esta maravillosa frase: "No hay más que una tristeza, [...] la de no ser santos". Que el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a vencer la tristeza con la santidad
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sábado, 3 de febrero de 2024

El Servicio como modo de Vivir


 Escrito por Patricia Hevia -RSCJ-

Encontramos en la escena a una mujer enferma, la suegra de Simón Pedro… Postrada, con fiebre, sin palabra propia, sin movimiento… Son otros los que interceden por ella y los que hablan por ella a Jesús Y con ella Jesús va a hacer lo que hará con otras mujeres a lo largo del Evangelio: acercarse, agarrarle de la mano y levantarla.

Con la vida transformada, esta mujer se pone a servir… pero no pensemos en un servicio puntual o doméstico. El verbo que utiliza Marcos expresa un cambio profundo de vida, una transformación: el servicio como modo de vivir. En presencia de Jesús ella pasa de la postración a entregar la propia vida.

Quizá, a veces tenemos la sensación de vivir en un mundo “postrado”. Señales de muerte son evidentes por doquier. También en nosotros hay espacios postrados, sin vida propia, que necesitan de la cercanía y de la caricia del Señor, para que integrados, toda nuestra vida, puesta en pie, con la palabra propia que el Señor nos regala, se transforme en diakonía como expresión total de nuestro ser y nuestro hacer.

El Evangelio nos muestra también el horizonte: enfermos y endemoniados, hombres y mujeres postrados, que han perdido la palabra o se la han arrebatado. Nuestro corazón, sabedor de la herida, nos hace hombres y mujeres de compasión, capaces de prolongar los gestos de Jesús.

También el Evangelio nos habla hoy de la fuente de la que mana todo ese amor y toda esa energía: el Encuentro con Dios, cara a cara, con la vida expuesta y ofrecida. Del Encuentro brotan los encuentros, y del silencio los gestos compasivos y curativos.

¡Vayamos a la Fuente del Amor primero! ¡Vayamos a dejar que el Amor nos ponga en pie para servir! ¡Vayamos a tomar las manos de postrados y abatidos! Para eso hemos salido, para eso hemos recibido la vida.

sábado, 27 de enero de 2024

Personas "tóxicas": el reto de no alejarse

Escrito por el P. Carlos Padilla  - Padres de Schoenstatt - Madrid-

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado, cuestan la agresividad y los ataques, pero Jesús sabe que este hombre está atado

Jesús comienza en Cafarnaúm su vida pública. Marcos, en este capítulo, nos cuenta un día de Jesús. El evangelio de hoy sólo relata un trozo de la mañana de ese sábado. Merece la pena seguir leyendo su día. Un día más. Un día cualquiera:

"En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad" (Marcos 1,21-28).

Jesús se fue a vivir a Cafarnaúm. Allí es donde hizo más milagros en su vida. Es un lugar lleno de vida al borde de un lago que parece un mar, donde el horizonte se vuelve inmenso. Un pueblo rodeado de montes verdes.

Jesús entra en la sinagoga. Es sábado. Mira al hombre. No la ley: "Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: - ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús lo increpó: - Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: - ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen".

Es sábado y no puede curar. Algunos le criticarán por eso. Otros se asombraron de su poder y de su fuerza, de su amor y de su compasión frente a alguien que era agresivo y poco abierto a Él. Porque aquel hombre endemoniado lo ataca, es violento, es agresivo.

A veces en la vida nos alejamos de las personas tóxicas, de aquellas que nos hacen daño con su violencia, con su dolor, con su agresividad y falta de paz. Y buscamos la paz lejos de ellos. Nos cuesta detenernos y abrazarlos en su dolor.

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado. Me cuestan la agresividad y los ataques. Pero Jesús sabe que este hombre está atado. No es él el que habla. Todos se asombran de su poder. Por echar espíritus.

Yo me asombro de su amor. De su capacidad para compadecerse y no juzgar. Algunos se sorprenden de la misericordia de Dios y salen de la sinagoga transformados y conmovidos.

Sin embargo, otros lo condenan porque lo hizo en sábado. No ven más allá. Están cerrados. Lo condenan porque no cumple la ley. Porque se quedan en un precepto sin mirar con compasión. No les importa el dolor del endemoniado. Prefieren cumplir una norma.

A veces nosotros condenamos a los demás por la norma. No miramos a la persona. Miramos sólo la ley. Jesús mira el corazón.

En otras ocasiones Jesús cura tocando, cuidando, mirando al otro. Hoy Jesús usa la palabra. Nadie le pide que lo cure. Pero Él se compadece y lo sana. Se conmueve ante un hombre que no logra ser quien es.

Jesús habla y actúa con autoridad. Hemos escuchado en la primera lectura: "Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que Yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, Yo le pediré cuentas". Ese profeta es Jesús y muchos no le escucharon. Muchos tampoco lo escuchan hoy.

Jesús habla con autoridad. Habla de un Dios que sana, que es misericordioso, y Él toca con amor las heridas de los enfermos y se conmueve. Ora y vive con su Padre, pero se deja invadir por los que le buscan. Por eso, cuando nos habla de un Dios que sale a buscarnos, son creíbles sus palabras.

Es verdad que el evangelio de hoy acaba diciendo que su fama se extendía por toda Galilea: «Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea». Y muchos se entusiasmaron con sus palabras y lo buscaban.

Hoy  pidamos a Dios que nos enseñe a vivir como Él, de forma coherente. Aceptando lo que nos toca vivir con alegría. Mirando la realidad con paz, sintiendo que es lo que Dios nos regala para crecer en santidad, en amistad con Jesús.

Y con esta certeza en el corazón: Él siempre estará conmigo. Y su presencia es la que nos da autoridad.

 Sus palabras en nuestra voz. 

Su amor en nuestros gestos. 

Su luz en nuestra mirada. 

Su misericordia en nuestra compasión. 

Que nuestro  vivir sea  como Él.


viernes, 5 de enero de 2024

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”...

Escrito por Javier Albisu

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”, y ¿qué les mostraremos? 

Tal vez, sólo tengamos para mostrar las manos como cuna, sosteniendo la fragilidad de los que nos fueron puestos allí. De los que, torpe pero firmemente intentamos apesebrar, en su pobreza, en su fragilidad, en su duelo u orfandad. 

Tal vez, sólo podamos mostrar el corazón abierto cual pañal, dispuesto a cubrir y contener la frescura de las cosas más pequeñas, de los gestos más pequeños, de las personas más pequeñas; para que no se pierdan, para que no se olviden, para que no pasen de largo.

Tal vez, sólo sea que lleguemos a poder mostrar el calor que juntamos para alentar esperanzas recién nacidas; apalear el frío de las que están a la intemperie; alentar los intentos del que aprende y se equivoca; o cortar el hielo de diálogos que de tan fríos, ni siquiera se intentan. 

Tal vez, sólo alcancemos a mostrar el reparo de nuestro pobre pesebre de gestos y palabras para que La Palabra nazca en nuestra Carne; para que no siga “buscando lugar donde nacer”; para que no se vuelva descorazonada “porque no había lugar para ella”.

No sé si podremos mostrar al Niño, mas sí sé todo lo que este Niño nos muestra. Y tal vez, (¡quién dice!) no sea éste el modo como mejor se quiera mostrar.

Javier José Albisu