domingo, 28 de mayo de 2017

La Fiesta de la Ascensión de Jesús, es una Invitcion es Entrar en un Nuevo modo de Relacionarnos con Él...

Escrito por el Padre Eduardo Mangiarotti

La fiesta de la Ascensión nos invita a pensar en partidas y llegadas, ausencias y presencias, cercanías y distancias, lo viejo que se va y lo nuevo que llega... del mismo modo que un atardecer se esconde la promesa de un nuevo día.

"Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo."

Con la fiesta de la Ascensión nos acercamos a la plenitud del tiempo de Pascua. Jesús se va pero se queda, y todo en las lecturas nos invita a meditar sobre las distancias y las ausencias en nuestra relación con Jesús.

La ausencia física de Jesús es más que una simple pérdida para los discípulos: es entrar en un nuevo modo de relacionarse con él. Más profundo, más maduro y auténtico. No es muy distinto a lo que ocurre en la vida de un niño: al principio necesita el contacto permanente con la madre. Pero a medida que crece, si la relación es sana, va desarrollando una mayor autonomía y libertad. Esto no quiere decir que el amor se pierda; por el contrario, ese amor se vuelve una parte de la personalidad del niño y le permite crecer hasta el día en que ella o él hacen su propio camino y construye su propia familia. El amor de la madre se ha vuelto un pilar de la personalidad del niño.

Algo similar ocurre ahora con los discípulos: el amor entre Jesús y ellos entra en una nueva profundidad. Es real, de todos modos, que hay un cambio, y no menor. Los discípulos tienen que "dejar subir al cielo" a Jesús, dejar que el modo de antes de estar con él se abra paso a algo nuevo. Es la prueba de la madurez que nos suelen pedir los cambios en la vida. Podemos elegir aferrarnos con saña a lo viejo o dejarlo ir para recibir eso nuevo que Dios nos está preparando. El misterio de la Ascensión nos recuerda que no podemos quedarnos "mirando al cielo", como dicen los hombres de blanco a los apóstoles en la primera lectura. Estamos invitados a esperar lo nuevo, a sostener la tensión entre la pérdida de lo viejo y aquello que está por venir.

No cabe duda de que esto no es fácil. Implica aceptar que estamos en medio de una transición, y ellas siempre son tiempos de vulnerabilidad. Pero por eso mismo nos abren a pedir, a dejarnos ayudar, a estar más atentos y alertas. En ese sentido, lo mejor que podemos hacer es comenzar a invocar al Espíritu Santo, que va a descender sobre toda la Iglesia en la fiesta de Pentecostés.

El Espíritu es siempre el que trae la novedad, el que nos hace gustar el Reino, el que hace despuntar esas chispas de Cielo que se nos revelan en los encuentros verdaderos, en los gestos de amor y compromiso, el que transforma y renueva todas las cosas. Es quien hace que podamos conocer verdaderamente a Jesús y nos lleva a crecer en la madurez propia de un creyente adulto. Es lo que Pablo pide para los Efesios: _"Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente."_

No es fácil dejar ir al cielo; no lo es soportar la tensión de lo nuevo que no termina de llegar. Pero en este tiempo de Ascensión, se esconde por eso mismo la posibilidad de recibir un regalo con las manos abiertas. La novedad del Espíritu, del Reino, de un mundo nuevo que Jesús encarna y nos invita a compartir con los demás al "hacerlos discípulos".

sábado, 20 de mayo de 2017

La Efusión de la Alegría Pascual desborda el Mundo de Alegría...














Escrito por las Monjas  Trinitrias del Monasterio de Suesa 

Las lecturas de este Sexto domingo de Pascua nos pasean por nuestro interior a modo de guías turísticas para despertarnos a lo esencial, que, como decía El Principito, es invisible a los ojos. Nos llevan hacia lo que habita dentro, nuestros amores, lo que escuchamos, lo que vemos y conocemos y, muy importante, nuestros descubrimientos. Esas experiencias que anclan la existencia en Dios.

Felipe en Samaría es capaz de alegrar a toda la ciudad hablando de Jesús, de Cristo. Contando que vive y que su presencia es sanadora, liberadora, permite volar al viento del Espíritu. Durante toda la Pascua afirmamos en la Eucaristía que la efusión del gozo Pascual desborda el mundo de alegría.

Así que la primera parada en nuestra ruta turística interior, es la calle de la alegría. Aquella que descubrimos cuando Dios se hizo presente en nuestra vida, o nos dimos cuenta de que siempre había estado ahí, acompañándonos con su mirada enamorada. ¿Cómo andamos de alegría? Atención, cuidado con desviarse por la calle de la amargura porque se nos avinagra la sonrisa.

Si pasamos a la segunda lectura, nos encontramos con una carta de Pedro. Nos anima a ser valientes y explicar abiertamente a quien nos lo pregunte, sin pudor, qué es lo que llena nuestra vida de esperanza, de confianza, de serenidad. Nos invita a hablar de Dios a quien nos quiera escuchar… pero nos pide que lo hagamos con delicadeza y respeto. Nada de caer en la tentación de imponer nuestra experiencia a otras personas, o despreciarlas y sentirnos por encima.

Nuestra guía interior después de mostrarnos la calle de la alegría nos para frente a la fuente de la esperanza… Agua fresca y gratuita, para todas las personas que se quieran acercar. Y digo que nos para porque es precisamente lo que se necesita, parar. Parar para comprender y contemplar cuál es nuestra verdadera fuente, qué aguas bebemos que a veces nos arrugan la mirada y nos decoloran la sonrisa.

Para escuchar las palabras de Jesús la Iglesia durante la Pascua nos acerca al Evangelio de Juan, que para algunas personas es belleza y poesía y para otras es más bien enigmático y filosófico. Este domingo, igual es porque escribimos desde una monasterio trinitario, lo que más resuena en el corazón es la presencia de las Tres Divinas Personas a lo largo del texto. Y, como no puede ser de otra manera, para hablar de Dios Trinidad habla de amar, del amor que damos, del que recibimos, del Amor. Y lo hace como simulando una danza de entrega y acogida.

                                               “el Espíritu mora en ustedes”… 
                           “Yo estoy en mi Padre, ustedes en Mí, y Yo en ustedes”… 
                     “quien me ama, será amado por mi Padre, y Yo también lo amaré”

Si leemos el texto con serenidad nos está invitando a participar en la danza del Amor, con Jesús, con Abba, con el Espíritu Santo. Así que, para nuestras sorpresa, esta ruta por nuestro interior no nos lleva a una clase teórica de dogmática cristiana sino a un taller de danza. La torpeza no es una excusa, porque el taller está preparado para quien se decida a dejar a un lado el pequeño mundo de los razonamientos y dejarse llevar por el ritmo trinitario del Amor. El Amor que habita en ti. Tan solo escucha, y que el latir del corazón se acompase con el latir de Dios. ¡A danzar!

Oración.

Tus palabras refrescan nuestra alma,
todo se hace posible,
envueltos y a la vez habitados por Ti,
nos hacemos música para Ti.

Fuente: www.monjasdesuesa.org

domingo, 30 de abril de 2017

El Peregrino que ayuda a comprender la Cruz..

Escrito por Javier Albisu
Lc. 24,13-31
La Cruz se interpreta de a dos. Nunca solos.  

Los dos compañeros que huyen de la Cruz, aun yendo juntos, caminan solos. 
Espejan su propia tristeza en el otro. 
Necesitan que aparezca un compañero de camino, para que salga de ellos ese: “cada uno de nosotros esperaba…” y entonces les pueda purificar lo que su esperanza no ve. 
No ven que la verdadera Esperanza nunca nos deja solos. Se espera ‘con otro’, ‘por otro’ y ‘en Otro’. Y cuando alguna de esta tríada, falla, quedamos solos, y solos ya no esperamos, y sin esperanza no tiene luz la Cruz para poder leerse.  

El Dios que camina con nosotros sin darnos cuenta, es el que nos explica que de la Cruz tenemos necesidad. Que para el que ama, el sufrimiento será siempre ‘parte necesaria’ del amor. 

El “pan de amor” se gana “con el sudor” del corazón que amasa sufrimiento y gozo. Ese es el “pan” que el ‘cum-paniero’ de camino le com-parte al que con un resto de esperanza de amor com-partido, le pide  que se quede. 

Así, compartido, el Misterio del Amor doliente, entra como posibilidad necesaria de la vida y alimenta la luz de los ojos que recién entonces pueden ver lo que antes no veían: que la clave de lectura de sus propios pasos no se encuentra huyendo del amor sino en camino con él. 

sábado, 22 de abril de 2017

"Tomas... un auténtico hombre moderno..."

Escrito por Martín Descalzo -de su Libro: Vida y Misterio de Jesús de Nazaret"

"Dice en Evangelio de San Juan, que Tomás estaba ausente. Y en el va a representarse la resistencia a la luz.  Todos los apóstoles se habían mostrado reticentes. Tomas ira mucho mas allá, hasta la cerrazón. No le ha convencido la tumba vacía  no le han impresionado las meditaciones sobre las Escrituras que le han narrado los dos de Emaus, no se rinde ante el testimonio concorde de todos sus hermanos El quiere ver. Se encierra en su incredulidad Y cuando todos le aseguran que ellos han visto, quiere ir mas allá no solo tocar, sino sondear la identidad del crucificado metiendo sus dedos, sus manos en las mismas llagas.

Jesús va a prestarse, con admirable condescendencia, a todas las absurdas exigencias del discípulo Pero dejara pasar ocho días como para dar un plazo a esa incredulidad.

¿Es que Tomas no amaba a su Maestro? Si, evidentemente. Pero era testarudo, positivista, obstinado. No solo quería pruebas, sino que las exigía a la medida de su capricho.

Jesús se somete a ellas con una mezcla de ironía y realismo. Esta vez los apóstoles se han reunido para rezar en común. Tomas se siente incomodo en medio de la fe de todos, pero el paso de los días parece haber robustecido su incredulidad. Mas no por ello piensa en separarse de sus hermanos. Hay una fe, mas honda que sus dudas, que sigue uniéndole a ellos. Esta fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad Como comenta Evely:

"Tomas es un autentico hombre moderno, un existencialista que no cree mas que en lo que toca, un hombre que vive sin ilusiones, un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para el lo peor es siempre lo mas seguro..."

Y Jesús ahora se aparece solo para él. Están todos, pero el Maestro se dirige directamente a Tomas. Ven, Tomas, trae tu dedo y mételo en las llagas de mis manos, trae tu mano y métela en mi costado. (Jn 19, 27) Ahora queda completamente desconcertado. En realidad nunca había podido imaginarse que su deseo pudiera ser escuchado. Su desafío no había sido mas que un pedir imposibles, un modo de encerrarse en su duda.

Eso creía el, al menos. Porque cuando vio a Jesús, cuando oyó su voz dulce, tierna, Tomas se dio cuenta de que, allá en el fondo, siempre había creído en la resurrección, que la deseaba con todo corazón, que si se negaba a ella, era por miedo a ser engañado en algo que deseaba tanto, que se había estado muriendo de deseo y de miedo de creer al mismo tiempo.

Los dos de Emaús creían que creían. Tomas creía que no creía. Jesús les trajo a los tres a la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos. En el fondo Tomas se dio cuenta de que si se negaba a creer era por la rabia de no haber estado allí cuando Jesús vino ¿Los demás iban a verle y el tendría que creer solo por la palabra de los otros. Con su negativa estaba provocando a Jesús a aparecerse de nuevo También el necesitaba mimos, cariño, ternura. No era, en el fondo otra cosa, que un niño enrabietado.

Por eso temblaba cuando Jesús le mando tocar. No quería hacerlo. Sentía ahora una infinita vergüenza de sus palabras de ocho días antes. Si tocó, no lo hizo ya por necesidad de pruebas, sino como una penitencia por su cerrazón. Deslumbrado y aplastado, cayo de rodillas y dijo:¡ Señor mío y Dios mío!

Asi la humillación le llevaba a una de las mas bellas oraciones de todo el evangelio. Ahora iba en su fe hasta donde nunca había llegado ningún apóstol nadie le había dicho antes a Jesús Dios mío. Tiene razón Evely al subrayar:

"De aquel pobre Tomas Jesús ha sacado el acto de fe mas hermoso que conocemos. Jesús lo ha amado tanto, lo ha curado con tanto esmero, que de esta falta, de esta amargura, de esta humillación ha hecho un recuerdo maravilloso. Dios sabe perdonar así los pecados. Dios es el único que sabe hacer de nuestras faltas, unas faltas benditas, unas faltas que no nos recordaran mas que la maravillosa ternura que se ha revelado con ocasión de las mismas..."

domingo, 16 de abril de 2017

Invitados a anunciar: el latir del Resucitado...

Texto completo de la homilía de la Vigilia Pascual, del Papa Francisco

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.

miércoles, 12 de abril de 2017

Imaginando al Crucificado, le decimos a Jesús: “Tú eres mi esperanza”...


Catequesis del Papa Francisco, antes de SEMANA SANTA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegará la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien como es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es aquel de la semilla, aquel del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible, ¿eh? Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos, ¿eh? La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a la luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. 
Y cada uno de nosotros puede preguntarse:
  • ¿Amo? 
  • ¿He aprendido a amar? 
  • ¿Aprendo todos los días a amar más?,  porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.