domingo, 10 de mayo de 2026

El Otro Ayudante

Escrito por +Diego Javier Fares, sj 

¡Jesús nos promete otro Ayudante! Me gustó esta palabra que no había visto sustantivada antes para nombrar el Espíritu.  Es que “Paráclito” es alguien a quien se “lo llama para que venga en ayuda”, un “pará-kletos”, un “ad–vocatus”, un llamado para que esté junto a uno. Las connotaciones legales que tiene la palabra “a-bogado” tienen su importancia. Porque de última la relación con los demás tiene que ver con la ley, con lo que se debe y no se debe hacer, con lo que está bien y lo que está mal. El Espíritu es el Abogado de una sola ley: la del Amor de Jesús, nuestro Buen Pastor y Amigo incondicional, la del Amor de nuestro Padre, que no se cansa de perdonar a sus hijos. En esta tarea tan hermosa es en la que necesitamos a ese Ayudante que es el Espíritu. Con su vida y su muerte por nosotros, Jesús nos ha mostrado que “Dios es Amor” y sólo amor y que todas sus otras “propiedades”, por decirlo así, son expresiones de ese Amor (Von Balthasar). El Espíritu es que nos ayuda a “traducir” todo lo que dice el Evangelio para comprenderlo como un lenguaje de amor. Y necesitamos un Ayudante que esté a la misma altura que Jesús y el Padre, porque si no, no logramos “entender” bien.

Qué quiero decir. Quiero decir que nuestros esquemas mentales funcionan con otros paradigmas –el del deber, el de la conveniencia, el del individualismo, el de la tecnología…- que no son los del Amor.

Por ejemplo, si tomamos aisladamente la primera frase de Jesús, cuando dice: “si me aman guardarán mis mandamientos”, puede ser que la entendamos como una advertencia, como una condición que termina siendo resulta expulsiva: “Si me amaras, guardarías (cumplirías mejor) mis mandamientos”.

Interiormente puede ser que nuestro esquema mental lea ese “si…” condicional de modo tal que resuene negativamente: “Como no cumplo del todo tus mandamientos, Señor, está claro que te amo poco. Esto ya lo sé”. Escuchamos en clave de “deber”, de intercambio comercial: “me das para que te dé”, “me das si…”.

Leamos la frase siguiente: “Yo le pediré al Padre que les dé otro Defensor, que esté siempre con ustedes, el Espíritu de la verdad”.

¿Por qué agregaría Jesús esto de un Defensor, de un Abogado, sino porque ya sabe que para guardar sus mandamientos necesitamos ayuda? Y si a ese ayudante le llama “Defensor”, es porque sabe que somos atacados, que el “acusador” nos culpa y nos trata de hacer sentir que “no guardamos sus mandamientos”, que “no somos merecedores de un amor así”, que “nunca podremos cumplir perfectamente todo”…

Jesús dice que “le pedirá al Padre que nos dé al Defensor, al Paráclito, el que se nos pone al lado y defiende en nosotros nuestra actitud ante el amor. Esta frase – “le rogaré al Padre”- suena como un “yo los comprendo, sé lo que les pasa, lo que sienten”. Y como lo sé, se lo puedo…, no diría “traducir” a mi Padre, porque el Padre conoce todo, pero sí “insistir” o “interceder”.

Pareciera que Jesús no sólo nos ayuda a nosotros sino que le ayuda al Padre!

Pero ¿para qué interceder si el Padre ya lo sabe?

¿Para qué le dice un padre su hijito que le va a pedir a la mamá para que le dé un permiso si se lo puede dar él o ya sabe que la madre se lo va a dar?

Son cosas que hace el amor, que suma personas a una misma decisión, al revés que en el trabajo, en el que vale más la economía de fuerzas y que cada uno haga lo suyo. En el amor es mejor cuando dos o tres hacen lo mismo, dicen lo mismo, preguntan varias veces, van y vienen…

Este diálogo de Jesús tiene el mismo tono que el de ese niño sirio que le dijo a su médico: cuando muera le voy a contar todo a Dios. Ese Niño es Jesús, el que le cuenta todo al Padre.

Fíjense cómo estamos en un esquema mental totalmente distinto a los que solemos usar. En los esquemas del Amor, la ayuda no es meramente funcional o signo de “carencias”. Jesús le ayuda al Padre “intercediendo” así como nos ayuda a nosotros “mandándonos”. El amor ayuda también sin necesidad, aunque el otro pueda hacerlo solo. El amor ayuda por el gusto de ayudar, como expresión del querer estar con el otro, compartiendo su tarea…

Es otro esquema. Y necesitamos mucha ayuda, es más Un Ayudante personalizado para este tema.

Leamos ahora la tercera frase, que dice: “El mundo no puede recibir a este Ayudante, porque no lo ve ni lo conoce; ustedes, en cambio, lo conocen, porque vive con ustedes y está con ustedes”.

¿Cómo es esto de que ya lo conocemos y de que ya vive y está con nosotros? Se trata de Alguien que, por lo que parece, sólo lo puede recibir alguien para el que ya es Familiar. Es que somos como los niños, pequeños, que no se dejan ayudar por cualquiera, ¿vieron?

Esto es muy lindo, es una característica del Espíritu Santo: cuando viene, viene como uno que estuvo siempre, como un viejo amigo, no como Alguien con el que hay que comenzar a hacer entrevistas a ver si cuajamos. Un amigo me decía ayer algo así como que el Espíritu “sobrevuela los tiempos”: viene del futuro, pero como el que estuvo desde siempre; se hace presente como el que, siendo conocido, se muestra sorprendentemente renovado; se lo recuerda como a esas personas que están tan mimetizadas con su misión que “no las vemos” pero cuando las vemos, caemos en la cuenta de que siempre estuvieron.

La siguiente frase de Jesús, nuestro Primer Ayudante, es como si adivinara nuestros sentimientos más íntimos: “no los dejo huérfanos”. Nosotros pensamos que está todo bien pero que el Señor se fue y experimentamos la orfandad. Pues bien, en el Espíritu no hay orfandad: Jesús y el Padre habitan en nosotros y nos hacen experimentar su amor.

De nuevo insiste el Señor con lo de cumplir sus mandamientos. Pero ahora, con la Ayuda del Espíritu, nos suena distinto: son todos mandamientos que expresan, trascendentalmente, al único mandamiento de permanecer en su amor.

¿Cómo se permanece en el amor?

Amando, por supuesto. Pero antes, dejándonos ayudar.

Pero escuchemos bien, no dejándonos ayudar para hacer después las cosas solos de una buena vez (esquema mental errado), sino recibiendo al Ayudante en nuestra vida como Alguien que “estará con nosotros de modo permanente”. Y, mejor aún, si con esto de que el Espíritu sobrevuela los tiempos, cayendo en la cuenta de que lo poco o mucho que se de Jesús y que practico ha sido todo (todo) gracias a su ayuda.

Permanecer en el amor de Jesús y del Padre es ingeniarnos para dejarnos ayudar a ser amados y a amar en toda situación.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como el ciego Bartimeo, y gritar fuerte cuando intuimos, en nuestra ceguera, que Jesús pasa… La gente lo chistaba para que se callara, pero Alguien le dijo “ánimo, levántate, Él te llama”. Ese es el Ayudante que tiene sus “asistentes”, la gente “de buen espíritu”.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como la hemorroisa y animarnos a seguir una corazonada, la de tocar aunque más no sea la orla del manto de Jesús. Las corazonadas son ayudas del Ayudante. ¡De quién si no!

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como Zaqueo, fiándonos de ese poder de cálculo tan especial de un prestamista, que lo lleva a primerear, a subirse a la morera en el lugar justo y a tener las cuentas hechas para devolver y repartir sus bienes. Los cálculos del amor son ayudas del Ayudante: hacen que las cuentas cierren milagrosamente.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar como Simón Pedro, aguantando la vergüenza de haber sido tan flojos y traidores y no escaparnos cuando Jesús se toma tiempo y nos interroga prolijamente insistiendo en querer saber cuánto y cómo lo amamos y si de verdad somos sus amigos. El saber ponerse colorado por no escaparle al amor es ayuda del Ayudante y nos pone de tan buen humor!

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar para poder cumplir sus mandamientos de cuidar a los pequeñitos, de no escandalizarlos, de servirles agua, alimento, de darles ropa limpia, techo y cariño. El Ayudante que nos dejó Jesús se muestra especialmente eficaz y cariñoso en esta tarea y el signo (escuchemos bien los colaboradores y voluntarios de las obras de caridad) el signo de que uno cuenta con la ayuda del Ayudante es que se deja ayudar y coordinar junto con los demás, porque “el Espíritu todo lo coordina para el bien común”.

“Ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común” (1 Cor 12, 4-7).

Permanecer en el amor es dejarse ayudar para poder adorar al Padre en Espíritu y en Verdad. Sin el Ayudante no podemos rezar. Él es el que nos hace gemir y decir Abba Padre y Jesús ten piedad de mí, pecador.

Permanecer en el amor es no entristecer al Ayudante: dejá que te defienda Él, no te defiendas solo; dejá que te conduzca, no te apures ni te cortes solo, dejá que te consuele, pedicelo, es una gracia, dejá que te enseñe.

Permanecer en el amor es dejarnos ayudar por la primera Ayudante del Espíritu, nuestra Señora. Ella es el testimonio patente de la ayuda del Espíritu a los pequeñitos del pueblo fiel de Dios.

Diego Fares



viernes, 8 de mayo de 2026

Virgen de Lujan

María, quédate en casa

Y quizá tomando esta misma escena de Juan en donde Jesús nos entrega a su madre, puede servirnos también aquella escena donde Jesús le entrega a Juan como mamá. 

“Jesús desde la cruz le dijo a María “la casa de Juan es tu casa, María”. A partir de ese momento María sería la madre de Juan y Juan sería su hijo. Ella que había vivido en la casa de Dios ahora tendría que vivir en la casa de los hombres, pero aceptó muy gustosa ir a vivir a la casa de Juan, y seguramente estaría muy gustosa de venir a vivir en cualquiera de nuestras casas. 

Es muy probable que además de vivir en la casa de Juan pasara temporadas en las casas de los otros apóstoles. Todos querían tener a María en su casa y seguramente María recorrería la casa de todos. Por lo tanto, nos puede surgir como oración a nosotros, poder decirle: “Vení a nuestra casa María”. 

Es probable que Juan tuviera su casa desordenada y que hubiera polvo por todos los rincones y platos sin lavar, y María se pondría a ordenar todo aquello. Ella sabía hacerlo muy bien porque había sido ama en la casa de Dios. Todo quedaría pronto más limpio, mas ordenado, más agradable. 

“Verás María, ese pequeño desorden que encontraste en la casa de Juan lo vas a encontrar en todas nuestras casas, y probablemente más lío que en la casa de Juan. En nuestra casa también suele haber muchas cosas que no están en su lugar... probablemente en la casa de Juan encontraste redes desordenadas y te pusiste con tu paciencia a desenredarlas. En nuestras casas también vas a encontrar varias cosas enredadas, varios lazos familiares que se han roto y otros se han retorcido... María, vos sabés cómo desenredar y soltar todo esto, te agradeceríamos que te des una vuelta por nuestras casas para desenredar más de un lío. 

 En la casa de Juan encontrarías cosas que no estaban en su sitio, también en nuestros hogares puede que encuentres un poco de esto, personas que no están en su sitio, madres de familia que están poco en casa, hijos que no son controlados como deberían estarlo, esposos que no están en el sitio de esposos y ancianos que quizá estén demasiado arrinconados. 

En la casa de Juan seguramente has encontrado cosas que estorbaban, que no servían para nada más que para ocupar lugar y juntar polvo... también en nuestras casas vas a encontrar cosas que sobran. A veces sobra el egoísmo, a veces los malos modos, a veces el mal humor, a veces la violencia. 

Tu en la casa de Juan irías poniendo cada cosa en su lugar hasta que no faltara nada de lo que debe haber en una casa. Ven a nuestras casas María, porque a nosotros también nos faltan cosas importantes para la casa. En algunas casas falta la paciencia, en otras falta el sacrificio, en otras falta el amor, en otras la alegría. 

 María te pedimos que te des una vuelta por nuestras casas, solo vos puedes ayudarnos a organizar bien nuestros hogares... Vos que pusiste la casa de Nazaret con tanto gusto que vino a vivir el mismo Dios con vos. 

Te invitamos a nuestra casa porque sabés muy bien que desde que murió tu Hijo Jesús tu casa es la casa de Juan, tus casas son las casas de tus hijos, los hombres. Ven a vivir con nosotros que estás en tu casa, María”. 

Que el Señor nos de la gracia y la fuerza junto a la Virgen de la permanencia de no aflojar y estar humildemente junto a Él.

sábado, 2 de mayo de 2026

Yo Soy el Camino Verdadero de tu Vida...

Jesús, EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA

Escrito por Anselm Grüm, -de su Libro: Imágenes de Jesús-

"En los discursos de despedida, antes de su muerte, Jesús dice estas palabras significativas: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Esta frase ha dado que pensar, y que dialogar no sólo a filósofos y teólogos, sino a toda clase de personas. Incluso estas palabras llegan a mucha gente que no las entiende. Hay una fibra del corazón humano que vibra con estas palabras. 

“Yo Soy el Camino

En todas las religiones el camino es un símbolo importante de la vida humana, la persona humana es un peregrino, está siempre de camino. No debe pararse, transitando se va transformando. El camino tiene su meta, la meta es la vida y el conocimiento. Pero los caminos hasta esta meta suelen ser muy largos y muy sinuosos, conducen por rodeos, por sendas erróneas y estrechas, por túneles. Para los cristianos Jesús nos precede en el camino... Quien se abandona en Jesús, así lo dice este Evangelio de  San Juan, encuentra un camino hacia la vida y hacia Dios. Sin embargo, este camino no es fácil, cómodo. Este camino se puede transformar, también para nosotros, en un camino de cruz, un camino en el que nuestros proyectos quedan marcados por la cruz, en los que se nos carga la cruz. A veces nuestros caminos nos conducen por muchas vueltas hasta que encontramos  el centro espiritual oculto, nuestro yo y, en él, a Dios, que es el centro de nuestra vida.

 "Yo Soy la Verdad"

Cuando Jesús se autodenomina la Verdad quiere decir que se ha quitado el velo que cubre la realidad y podemos verla al descubierto, tal cual es. Nosotros lo vemos todo como detrás de un velo. Lo real, lo auténtico no lo llegamos a ver. Pero quien conoce a Jesús ve a través de ese velo, ve hasta el fondo, reconoce la realidad tal como es delante de Dios.

Jesús también me conduce hacia mi propia verdad, si medito las palabras de Jesús, ellas quitan el velo que yo he puesto sobre mi verdad personal para no ver el lado desagradable. Jesús me conduce hasta los abismos de mi alma y me los descubre. Jesús nos dice que la verdad nos hará libres… Quien huye de su propia verdad se verá perseguido por el miedo de que la verdad lo alcanzará tarde o temprano, que los demás descubrirán lo que hay detrás de la fachada. En el
encuentro con Jesús es imposible esconderme. En el encuentro con Jesús es imposible esconderme. Mi verdad queda de manifiesto. Pero esta verdad me hará libre. Me conducirá a la verdadera vida.

"Yo Soy la Vida". 

Todos deseamos la vida, pero todos entendemos cosas distintas cuando hablamos de la vida, para unos es vivir muchas cosas, viajar mucho, conocer mucha gente. Para otros consiste en la vitalidad, una nueva calidad de vida, para otros vivir intensamente el momento. Jesús nos dice que El puede saciar nuestro anhelo de vida. Jesús nos dice, "Yo he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia, en plenitud" ¿Qué encierran estas palabras? Sin duda Jesús era un hombre que irradiaba vida, con su proximidad la vida florecía, cuando él hablaba algo en sus oyentes se movía, algo en ellos recobraba vida.  Y si se dejaban tocar por sus palabras, inmediatamente sabían lo que significaba Vida. Vida es más que vivir muchas cosas, sólo tenemos vida auténtica cuando la vida brota dentro nuestro como una corriente. Y según Juan, sólo puede nacer vida en nosotros si participamos de la vida divina" 

PARA TERMINAR CON UN MOMENTO CONTEMPLATIVO

Entrégate hoy concientemente al camino que te toca andar.

  • ¿A dónde vas? ¿Qué significa caminar, estar en camino?                                                                             
  • ¿Qué significa para vos: VIDA? 
  • ¿En que momentos te sientes lleno de vitalidad?
  •  ¿Qué necesitas para vivir?
  • ¿Qué es lo que te ayuda a vivir?                                                                                                                                     
  • ¿Qué es para vos la verdad? 
  • ¿Te enfrentas con tu propia verdad o más bien le escapas?

Si deseas, puedes hacer clik, para mirar este video:  

domingo, 26 de abril de 2026

Nuestro Bello Pastor Pone en Juego la Vida...

Jn 10, 11-18
Escrito por la hna. Mariola López Villanueva - Rscj-

“El buen pastor da la vida por las ovejas”

Es bueno sentir que el Señor nos conoce, más adentro de lo que  podemos hacerlo nosotros, que el amor que nos tiene es lo único que puede desvelarnos la vida. Y descubrir, a su luz, que somos como todos, una mujer, un hombre cualquiera, nada distintos de aquellos con los que nos cruzamos cada día. Que tenemos en común los mismos miedos, la misma necesidad de reconocimiento y afecto, la misma sed de reconciliación. Que nos hermana la fragilidad y, a la vez, una capacidad inmensa de alegría.

Jesús dice que  nos conoce y conoce al Padre, y que sabe que el Padre lo ama. Y es por este amor recibido por el que él puede exponer su vida a favor nuestro. El verbo que utiliza Juan no significa sólo dar la vida sino que tiene que ver con arriesgarla  en una situación de peligro que amenaza a otro. Es lo que hace Jesús  para aproximarnos a él,  la pone en juego, la ofrece, la deja, se desprende de ella, no la retiene.

No sabemos dónde nos conducirá el trabajo que Dios va haciendo pacientemente en nosotros, lo que sí sabemos es que no podremos dar un día de golpe nuestra vida si no la hemos gastado antes cada día con la gente, si no salimos de la comodidad y del interés propio, si no ofrecemos con anchura nuestro tiempo y nuestra solicitud; si  no escuchamos cada vez la voz del único Pastor que es Bueno.
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Para terminar con un momento contemplativo, comparto este hermoso video con una canción de Salome Arricibita:


sábado, 18 de abril de 2026

Emaús, el Camino de la Incertidumbre a la Esperanza...

La experiencia vivida por los Discípulos en el camino de Emaús (Lc. 24, 13-35) nos muestra el tránsito del miedo a la confianza, de la mentira a la verdad, del embotamiento mental a la clarividencia, de la incertidumbre a la esperanza.

Después de la crucifixión de Jesús, los Discípulos fijaron su entendimiento, su afecto y su visión en el pasado. Lo del Señor empezaba a ser una simple nostalgia. Pero Jesús los alcanzó en sus caminos, en sus idas y venidas, haciendo que resonara de nuevo en ellos la fuerza misteriosa de aquella palabra que levanta de la muerte.

Cuántas veces nos ha invadido la tristeza, la nostalgia o la desconfianza. 
  • Cuánto desasosiego por el futuro incierto de una vida diferente, anhelada, buscada, cultivada. 
  • Cuántas apuestas se impacientan por las esperas agobiantes de unos cambios que demoran en llegar. 
  • Cuánta energía invertida para que aparezca una luz que nos saque definitivamente de las tinieblas.
Aquella tarde entristecida de Emaús, Jesús se puso a caminar al lado de los Discípulos y, aunque ellos no lo reconocieron de entrada, comenzó a abrirse poco a poco en su interior una luz que comenzó a disipar nostalgias, espantar miedos y a erradicar desesperanzas.

Jesús entró con los Discípulos a una casa del camino y compartió con ellos el pan. 
De inmediato se reavivaron los sueños, 
     aparecieron los afectos, 
            desapareció la duda, 
                      se limpió el pasado y terminó por abrir su entendimiento. 

Ellos sintieron que su corazón ardía con el ardor propio que nos pone de frente a la verdad.

Qué misterio tiene la vida querida, amada, defendida, cuidada, que, cuando todo parece apagarse, brota de sus mismas cenizas una fuerza que nos lanza. Y es que el camino de ida y vuelta, de idas y venidas, sin claudicar, aunque parezca extraño, provoca el paso simétrico de la incertidumbre a la fe iluminada por la esperanza.

Que nos atrevamos a dejarnos alcanzar por Jesús resucitado, para que su amistad y compañía en una misma mesa compartida, libere nuestra generosidad y encienda fuego en el alma.
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Para terminar con un momento de oración te dejo esta canción de Salome Arricibita:

Para escuchar hacer clik en el siguiente enlace:

jueves, 9 de abril de 2026

Instrucciones para el Tercer Día

 
Escrito por Pedro Huerta

Si después de la Cuaresma y el drama de la Pasión esperas la resurrección como un cómodo botón de reinicio, te has equivocado de itinerario. Si crees que la Pascua consiste en que los problemas y el dolor desaparezcan, o que las cicatrices se esfumen por arte de magia, entonces sigues buscando entre los muertos.

Resucitar es un acto de rebeldía. Es el golpe definitivo a la lógica de la tumba. Significa que la muerte —en todas sus formas: el miedo, el fracaso, la parálisis— ha dejado de tener la última palabra. Es vivir con la insolencia de quien sabe que aquello que le amenaza ya no gobierna su vida. No es una vuelta al punto de partida, sino la irrupción de una vida nueva que no pide permiso para existir.

Por eso el Resucitado conserva sus llagas y, lo que es más provocador, las muestra. Para quienes abrazamos vivir a la intemperie, ahí está la primera instrucción: la vida nueva no es una existencia sin cicatrices, sino una existencia con memoria. Madurar —pero también aprender o amar— no consiste en volverse impecable ni en borrar el historial de caídas a golpe de Photoshop espiritual. Consiste en lograr que las heridas dejen de supurar amargura para empezar a emitir luz.

Una herida integrada es un maravilloso mapa de sabiduría; una herida negada es solo un lastre que nos condena a repetir el error. Como escribió Dietrich Bonhoeffer, desde el umbral de su propio sacrificio: «Dios no es un Dios de lo que fue, sino un Dios de lo que viene… La resurrección es la respuesta de Dios a la injusticia del hombre». La Pascua no es una mirada nostálgica de lo perdido, es confianza en lo que viene. No mira a un pasado idealizado, sino a un futuro que nos presenta la certeza —aún frágil, aún incómoda— de que la vida siempre merece ser rescatada.

La segunda instrucción es decisiva: dejar el sudario en la tumba. En el sepulcro vacío solo quedan las vendas, esos envoltorios de muerte que —como a Lázaro— nos impiden caminar y estrenar la libertad de la vida nueva. Sobran las vendas. Y, sin embargo, seguimos arrastrándolas. Nos aferramos a los ropajes del “hombre viejo”: la obsesión por el control, el miedo al juicio ajeno, la dependencia de seguridades mediocres, la cómoda parálisis de una culpa que preferimos acariciar antes que soltar.

Resucitar exige una desnudez valiente. Es una renuncia a las protecciones que nos calmaban mientras nos asfixiaban. Es sentir la intemperie sin más escudo que la propia verdad. Es dejar de buscar sentido a la vida entre las cosas muertas. Es dejar de anestesiar el dolor, dejar atrás el sudario. Es, sencillamente, salir. El frío de la mañana nos sentará mejor que el calor adormecedor de la tumba.

La Pascua es este cambio de mirada, para el que nos hemos entrenado durante los cuarenta días de «desierto» cuaresmal. Mirada que nos invita a reconocer la vida allí donde nadie la espera: en la grieta de lo cotidiano, en la presencia a veces incómoda del otro, en el coraje de levantarse cuando lo lógico sería quedarse en el suelo. Es aceptar el imperativo categórico que Rainer Maria Rilke nos dejó en uno de sus versos más célebres: «Tienes que cambiar tu vida». Así de simple. Así de exigente.

La tercera instrucción nos advierte que la vida nueva no es un trofeo que se guarda en una vitrina, y se exhibe de vez en cuando, sino la urgencia de mover la piedra de nuestro propio egoísmo y salir fuera. Salir en la desnudez que no esconde nada, ni tapa vergüenzas pasadas, con la incertidumbre del presente como única brújula y con las llagas como única memoria fiable.

Porque al final todo se reduce a esto: podemos quedarnos junto al sepulcro, lamentando lo que enterramos el viernes, o podemos abandonar los refugios de tranquilidad con la dignidad de quien sabe que lo ha recuperado todo. La pregunta de la Pascua no es “¿por qué pasó?”, sino “¿hacia dónde vamos ahora?”.

Solo la podemos responder si volvemos a Galilea. Pero eso exige valentía para mover la piedra que bloquea la salida; amar las heridas que nos abrieron; renunciar al miedo de sentirnos vulnerables. Es hora de salir. Salir sin garantías, sin excusas. Abrazar la intemperie y dejar que la luz de la mañana, el sol nuevo de la Pascua, restaure la palidez de una vida que se negaba a despertar.

domingo, 5 de abril de 2026

La Resurrección en trece verbos...


Queridos Amigos y Amigas de ESPIRITUALIDAD COTIDIANA:

Les deseo una Fecunda Pascua, que puedan en este tiempo de Gracia, "Entrar más en la Vida", como dice, Martín Descalzo al hablar de la Resurrección...

Les comparto este escrito de Clemente Sobrado

"Confieso que me sincero deseo es, en estos momentos, presentar la resurrección de Jesús de modo que nos diga algo y hacerla contemporánea al hombre de hoy. Lo quería hacer de una manera simple. Algo que todos pudiésemos entender. No quedándonos en el pasado, sino algo que acontece hoy.

Y me doy con un librito muy sencillo pero interesante de Bartomeu Bennassar, titulado“Proclamar al Resucitado y seguir al Crucificado”. Y nada más abrirlo me encuentro con algo que me ha señalado el camino. No se trata de presentar el pasado sino ese Jesús que resucita hoy en medio de nosotros. Y lo describe en trece verbos y que él dice que para que sea Pascua basta “borrar” el “des”. Aquí te los presento:

“Des-corazonarse”. Los discípulos estaban descorazonados, desalentados. Estaban interiormente como muertos. Hasta que el Resucitado se les aparece y vuelven a sentir latir sus corazones. La resurrección nos devuelve un corazón nuevo, donde el aliento suple al desaliento. Ahora ya respiran y vuelven a soñar. Has resucitado.

“Des-animarse”. Estaban muertos. Les faltaba alma. Y al verlo de nuevo, el alma se les vuelve al cuerpo. ¡Todos necesitamos que el alma vuelva a animarnos por dentro y hacernos revivir! Cuando lo vieron, volvieron a vivir. ¿Tú no necesitas “animarte? Has resucitado.

“Des-esperarte”. La esperanza se había quedado enterrada con él en el sepulcro. Ahora, al verlo la esperanza vuelve a renacer. ¿Verdad que necesitas recobrar la esperanza perdida? Has resucitado.

“Des-favorecer”. Se sentían como abandonados, encerrados en su soledad. Al verlo, sienten que otra vez son los favorecidos de Dios. La visita del Resucitado es el mejor favor. ¿No necesitaríamos sentirnos más favorecidos de Dios? Has resucitado.

“Des-heredados”. Los discípulos se sentían sin nada. Sin la familia que dejaron y sin el Jesús al que siguieron por el que renunciaron a todo. Y golpe, vuelve a recuperar lo que creían haber perdido. Jesús vuelve a ser su mayor riqueza. ¿No necesitaremos sentirnos ricos por el Jesús que está con nosotros? Hemos resucitado.

“Des-graciados”. Se sentía sin nada. Sin gracia. Solos con su desilusión. El Resucitado, los vuelven a convertir sus “agraciados”. ¿Verdad que muchas veces nos sentimos unos desgraciados? Necesitamos sentirnos los “agraciados de Dios”. Has resucitado.

“Des-ilusionar”. ¿Mayor desilusión que sentir que lo han perdido? ¿Mayor desilusión que ir a un sepulcro y para colmo encontrarlo vacío? Todos vivimos demasiadas ilusiones que matan nuestro espíritu. Necesitamos que El vuelva a hacer de nuestros corazones una primavera de ilusiones y esperanzas. Has resucitado.

“Des-consolar”. Están desconsolados. Encerrados y las puertas atrancadas. Su ánimo por los suelos. Y cuando El se les aparece, les cuesta creer “por la alegría de verle”. ¿No estás necesitado del consuelo de Dios y de los demás? Has resucitado.

“Des-alentar”. Tan desalentados que ni se atreven a salir a la calle. Los de Emaús van tristes por el camino. Y el Resucitado los hace respirar profundo. “¿No ardía nuestro corazón? ¿Verdad que estás demasiado desalentado y no ves futuro en tu vida? Necesitas verlo de nuevo en tu vida.

“Des-amar”. Sienten que le han fallado. Ya no sienten su amor y amistad. Y la resurrección les hace sentir que El no está enojado, que los sigue amando. Que tu corazón no se quede vacío de amor. Has resucitado.

“Des-preciar”. Sienten que ya no son nada. Sin El no son nada. Pero el Resucitado les devuelve ese sentimiento de que son importantes. Los renueva con su espíritu y les encomienda su misión. Pase lo que pase, jamás te devalúes. Tú siempre seguirás siendo importante. Has resucitado.

“Des-encantar”. Se sienten defraudados de sí mismos. Pero al verlo, de nuevo sienten que el encanto vuelve a florecer en sus vidas. No pierdas nunca tu aprecio y estima. Incluso si los demás no te miran a la cara. El Resucitado te está diciendo que todavía hay ilusiones y esperanzas para ti. Has resucitado.

“Des-solidarizar”. Ya el grupo comienza a resquebrajarse. Dos ya han emprendido el camino de sus casas. Están juntos pero no son solidarios entre ellos. Cada uno está rumiando su propia desilusión. Uno de los signos pascuales es que tú te solidarices con los que ya están solos, tristes, sin el alma en el cuerpo. Has resucitado.

Bueno, creo se ha pasado alguno. Pero vivir la Pascua, vivir la Resurrección es volver a ser esa primavera de corazones, de amor, de esperanza, atención al otro, de sentirte heredero con El, de alentarte y alentar a los demás, de devolver el encanto a tu vida, y de hacerte solidario con los marginados y excluidos. Esa es la Pascua hoy en tu vida. Esa es la Resurrección hoy en tu vida. Has resucitado.