ESPIRITUALIDAD COTIDIANA
Un espacio para descubrir la presencia de Dios en el desierto de la vida cotidiana...
viernes, 27 de febrero de 2026
La Transfiguración del Señor Invita a Nuevos Caminos...
sábado, 21 de febrero de 2026
Mi Desierto y Mi Conversión - 1er Domingo Cuaresma
Comenzamos
El desierto que nos presenta el evangelista, es tiempo
y lugar de contrastes. En el desierto vive Jesús cuarenta días y vive rodeado
de animales salvajes. Es tentado por satanás y los ángeles le sirven. Así el
desierto, aunque es un tiempo y lugar de apartamiento, no está vacío, está
cargado de presencias.
La conversión también es tiempo y lugar de contrastes.
Se nos anuncia que se ha cerrado ya un ciclo: “el tiempo se ha cumplido”, y a
la vez nos anuncian que estamos en el tiempo del Evangelio. Y así, la
conversión implica el tiempo para
transitar el de la llegada del Reino.
Pero en medio de la experiencia de desierto y
conversión, aparece el Espíritu que impulsa. Lucas nos dice que Jesús va al
desierto bajo el impulso del Espíritu Santo. Jesús ni se resiste al Espíritu,
ni se paraliza ante la dificultad o el reto.
El Evangelio nos está invitando a vivir el desierto y
la conversión. Propone que dejemos guiarnos por el Espíritu Santo al desierto
de Dios, que nos demos un tiempo para que podamos encontrarnos cara a cara y
sin miedo, con todo lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Y nos propone,
como a Jesús, que estemos atentos a lo que va pasando a nuestro alrededor, para
que las realidades de hoy provoquen el coraje de responder a los retos que nos
presenten el Espíritu y el Mundo.
Desierto y conversión son presentados como dos
aspectos inseparables de un mismo camino. Una ruta que se transita con la luz
del Evangelio. Todo desierto bien vivido ha de llevar a la conversión. Puede
que nos resistamos a vivir el desierto que nos ofrece Dios por estar afianzados
en nuestros apegos, en nuestras comodidades, en nuestras cerrazones. Y puede
que con ello estemos rechazando la gracia de la conversión, y la salvación.
Que nos atrevamos a salir de nosotros mismos y nos
expongamos a la energía del Espíritu de Dios para que nos coloque en la vida,
libres, convertidos, solidarios, misericordiosos, alegres y esperanzados en la
venida del Reino.
domingo, 15 de febrero de 2026
Los Mandamientos son Leyes del Corazón...
La hermana Joan, se pregunta y se responde ante la novedad que hoy tienen los Diez Mandamientos:
sábado, 14 de febrero de 2026
Primer Mensaje de Cuaresma del Papa Leon XIV - 2026-
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.
Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.
Escuchar
Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.
Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.
Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.
Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”.
Ayunar
Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento.
Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.
San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: “es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida.
De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos”.
El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.
Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”.
En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”.
Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo.
Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.
Juntos
Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).
Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y elayuno sostenga un arrepentimiento real.
En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.
Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.
Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.
Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir
León XIV PP
sábado, 7 de febrero de 2026
Tanto la Sal como la Luz son Imagenes de un "DON"
Escrito por Giancarlo Pani
Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podrá recobrarlo? Ya no sirve para nada, sino solo para tirarla y para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida sobre una montaña. Tampoco se enciende una lámpara y se pone bajo un cajón, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos (Mt 5,13-16).
«Ustedes son la sal… la luz»: estos versículos están en el corazón del Sermón de la montaña y se vinculan con la bienaventuranza precedente sobre los perseguidos: «Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa» (Mt 5,11). El «ustedes» se refiere a los perseguidos y define su identidad: el discípulo perseguido es «sal de la tierra y luz del mundo». El desarrollo que sigue a las Bienaventuranzas revela la característica del testimonio cristiano, que es a la vez «sal», escondida pero bien reconocible, y «luz», manifiesta y claramente resplandeciente.
Tanto la sal como la luz son imágenes de un «don»: la sal penetra en los alimentos, da sabor y gusto, pero no se ve, desaparece en los platos. Tiene además la característica de no uniformar los sabores de los alimentos, sino de identificarlos y exaltarlos. Es el signo de un don que, al darse, se anula, pero no desaparece: vive de una vida nueva, «donada». Así, el cristiano debe ser «don». Jesús añade: «son la sal de la tierra», es decir, el cristiano es el sabor del mundo.
También la luz es signo de un don: ilumina todo, envuelve cada cosa sin distinción ni prejuicios; hace brillar los colores de las cosas, los resalta, hace emerger sus características; se hace una sola cosa con ellas y no existe sin ellas. La luz es asimismo signo de alegría y hace gozar. Así debería ser el cristiano en la vida cotidiana: signo de luz y de gozo.
La sal tiene una segunda característica: preserva de la corrupción; es uno de los descubrimientos más antiguos del ser humano para conservar los alimentos. Esto indica que la sal es fiel a sí misma: no puede perder su sabor, porque la sal que no tiene sabor no tiene sentido, ya no es sal; del mismo modo, el discípulo que no puede dar sabor al mundo en el que vive ha perdido todo sentido, ha extraviado su identidad. La ha perdido de manera absoluta, como criatura, no solo como discípulo. El punto es que una cosa radicalmente privada de sentido es irreal: una conexión que Jesús no niega, pero de la que no habla. Él habla de la única pérdida radical y originaria de sentido. El otro aspecto permanece en penumbra, pero conserva todo su peso, que consiste en agravar el absurdo de esa pérdida de sentido.
En esta línea, la sal es también símbolo de sabiduría, de gusto por la vida, de amistad, de experiencia viva que se comunica a los demás.
En el Evangelio, la luz es el signo de Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). El evangelista Mateo ve a Jesús como la luz que surge para quienes están en las tinieblas y en la sombra de muerte (cf. Mt 4,12-17). Iluminados por el Señor, nosotros llegamos a ser a nuestra vez luz para otros.
«Brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos»: esta es la vocación del cristiano, su testimonio, su vida. Nuestras buenas obras son de ayuda a los hermanos, porque en nuestra vida fraterna se percibe el signo de la fidelidad al Señor, y eso glorifica a Dios.
martes, 3 de febrero de 2026
Bienaventuranzas: Una Pedagogia de lo Pequeño...
Hay una pedagogía de lo pequeño. Una escuela humilde donde los márgenes y la fragilidad no son un fallo del sistema, sino el método mismo para aprender a vivir. En lo débil —en todo eso que solemos despreciar, ocultar o maquillar— se nos abren posibilidades para la receptividad, en lugar de espacios de egocentrismo, autosuficiencia y falsa seguridad. Lo pequeño nos baja del pedestal y nos vuelve porosos. Y solo lo poroso puede ser habitado.
Dios no se equivoca al elegir a los frágiles. Es su modo de revelar que la salvación no se conquista, se recibe, se acoge. No se exhibe, se susurra. Lo contrario de la autoafirmación no es la derrota, sino la apertura. Y esa apertura —siempre incómoda y vulnerable— es la puerta por la que entra la gracia.
Quizá lo que más nos aleja de Dios no es el pecado, sino la sensación de que ya estamos bien. El anestésico de la autosuficiencia nos separa más que la herida. La herida duele, pero nos deja expuestos. El «estar bien», confundido tantas veces con la felicidad, nos encierra y endurece, nos vuelve impermeables a todo lo que no controlamos. Byung-Chul Han dice: «La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de abrirse al otro». Donde todo funciona, nada acontece.
La propuesta de bienaventuranza del Evangelio no pregona resignación ni alienación. Es, más bien, un anuncio de consuelo y fortaleza en medio de la adversidad. No viene a legitimar estructuras injustas, sino a sostener a quienes, desde dentro de ellas, trabajan para transformarlas. Nunca serán realmente felices los que observan la vida desde la barrera, sino los que actúan y arriesgan, los que se exponen y se dejan afectar.
La felicidad de lo pequeño no es una promesa de tranquilidad ni de éxito. Significa algo mucho más profundo: tu vida, incluso en la incertidumbre, tiene sentido. Es una quiebra de la tiranía del bienestar obligatorio. No todo está bien, ciertamente, pero no todo está perdido. Es una promesa que sostiene el paso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.
Jesús no promete una vida fácil. Promete que ninguna herida vivida con Él es inútil. Que ninguna lágrima se desperdicia. Que ninguna lucha se queda estéril. Que el fracaso no es el desenlace, sino una tierra donde la buena noticia germina a ras de suelo.
Las Bienaventuranzas, como pedagogía de lo pequeño, no son una escalera de virtudes para alcanzar el cielo, sino la fotografía del lugar donde Dios ya está. Tal vez por eso nos incomodan tanto: porque nos invita a bajar, justo allí donde Dios decidió quedarse.
Bajar no es romantizar el dolor, es habitarlo sin fingir.
No es amar la pobreza, sino amar a quienes la padecen.
No es glorificar la persecución, sino acompañar a los que son apartados y silenciados.
Bajar es desandar la carrera hacia el prestigio para descubrir el rostro de Dios en los rostros que no brillan.
Dice Pablo a los corintios: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder» (1 Cor 1,27). No se trata de despreciar los dones, sino de despintar el ego. De renunciar a la ficción del control. De vivir a la intemperie, donde los elementos contrarios dejan de ser enemigos y se convierten en memoria.
Tal vez la pregunta no sea si somos felices, sino si nuestra vida está siendo vivida con sentido. La felicidad sin sentido es como una gaseosa: nos ofrece un estallido inmediato y nos anestesia para el camino. Pero es precisamente en el camino de nuestra vida —con su polvo y su cansancio— donde ocurren los milagros: lo pequeño se vuelve semilla; lo débil, signo; lo que falta, lugar de encuentro.
«Lo débil del mundo…» no es derrota, es estrategia de Dios.
Una pedagogía que nos desarma para poder abrazarnos.
Un descenso que nos hermana.
La audacia de vivir sin refugio, de encontrar el lugar exacto de nuestra vida donde Dios ha decidido acampar.
Y si nos perdemos, ese es el punto de encuentro...






