sábado, 11 de agosto de 2018

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida...

Escrito por  José Pagola

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para recordar a todos que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola


sábado, 4 de agosto de 2018

El Secreto de tu Pan es que viene de las Manos del Padre...

Escrito por Mariola Lopez -RSCJ- de su libro: La voz, el amigo y el fuego.

“Yo soy el Pan de la Vida,
el que Venga a Mí, no tendrá hambre
y el que crea en Mí, no tendrá nunca sed”
-Jn 6, 24-35-

A veces nos cuesta tanto saber qué es lo que queremos de veras. Buscamos algo que pueda saciar esta inquietud honda que sentimos cuando de pronto nos paramos y miramos el mundo y nuestra vida. Nos dices que vamos a Ti sin saber realmente porqué te buscamos, sin reconocer aquello que traes, y hablas de un alimento que permanece, que da vida verdadera. Estamos tan acostumbrados a sucedáneos, a consumir tan rápidamente las relaciones y las cosas, a tener experiencias fuertes y a vivir distraídos y en busca de diversiones, que hemos perdido el sentido del gusto para reconocer lo auténtico, estamos empachados y te pedimos señales. “¿Por qué lo tuyo va a ser diferente? ¿Qué nos das tú que no nos pueda dar el mundo?”.

El secreto de tu pan es que viene de las manos del Padre. Un pan que no podemos conseguir por nuestra propia cuenta ni disponer de él, sino recibirlo y esperarlo. Un pan que desvela la indigencia de nuestro corazón y que es , a la vez, el único alimento que puede colmarlo de dicha; un pan para ser repartido y celebrado.

¡Señor, que podamos creérnoslo, que salgamos corriendo hacia Ti!. Danos el hambre, o mejor, danos el poder descubrir que eres Tú aquel a quien buscamos detrás de las cosas; que es tu Cuerpo el puerto definitivo de llegada de todos nuestros deseos.

domingo, 1 de julio de 2018

Me llamó "hija" , y era en su boca una bendición...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y sigue sana de tu tormento” (5, 34).

Jesús sitúa a la mujer en el proceso normal de su cuerpo, hace caso omiso al miedo y al tabú de la impureza, y la libra de una cultura que rechaza su sangre, y su sexualidad. 

Ella, al tocarle, hace brotar en él su fuerza sanadora, lo confirma en su misión; le ayuda a alumbrar su ministerio. Es la única vez, en los relatos de curación que Jesús llama a una mujer “hija”. Ha salido valedor de ella, igual que Jairo al comienzo pedía por la enfermedad de su hija. Jesús la recrea en su verdadera condición, la de hija muy amada, la introduce en el ámbito de la cercanía y la familiaridad con Dios, y crea vínculos muy estrechos con una mujer que estaba apartada de todo contacto y relación. 

¿Qué pudo significar este encuentro para la mujer?. ¿Cuántas veces reviviría este acontecimiento que cambió definitivamente su vida?... Su historia la narraron otros, dejemos que, por una vez, sea ella misma quien nos la cuente[1]: 

“Necesitaría toda una vida para relatarte lo que sucedió aquella tarde. Ya sabes que yo llevaba doce años en que poco a poco me iba quedando sin fuerzas, algo parecido a una de esas depresiones crónicas que destrozan cuanto tocan. Tú eres demasiado joven para comprender qué significaba en Israel ser una mujer con hemorragias constantes de sangre. Nadie podía tocarme, ni siquiera tocar aquello con lo que yo había estado en contacto, pues sería declarado impuro (Lev 15, 19-30). 

Tampoco yo podía tocar, ni acercarme a los otros, estaba condenada al aislamiento, como cuando tienes una enfermedad contagiosa por la que te temen y necesitan excluirte para sentirse a salvo. Y lo peor es que para ellos no era una enfermedad del cuerpo sino la señal de que mi vida estaba afectada por el pecado, de que una maldición de Dios me acompañaba, y así me lo hicieron creer a mí también. 

A lo largo de aquellos años, desesperada, lo probé todo y, entre curanderos que prometían cortarme la sangre y adivinos que consultaban el oráculo, se me fue cuanto tenía, era un tormento incurable, no tanto por esa sangre incontrolada que me secaba por dentro sino por esa distancia dolorosa de los otros cuerpos. Sentirme separada y rechazada; y experimentar el propio cuerpo como una mortaja. 

Después de aguantar tantos años llegó un día en que sólo el pensamiento de la muerte significaba para mí un poco de descanso. Fue entonces cuando una tarde oí hablar de él, decían que había sanado a mucha gente, que tenía una manera de decir de Dios que desconcertaba, y que cuando estabas a su lado te sentías intensamente viva. 

Pasé noches enteras sin dormir, con un pensamiento pegado a mis huesos, ¿y si lo intentara, y si pudiera verle?... Volvía una y otra vez sobre esas historias que había escuchado y se me clavaban dentro como si todo el sufrimiento de estos años hubiera estado esperando que aquel hombre viniera. 

Luego pensaba que yo era sólo una pobre mujer, marcada, a la que él, como buen judío, no podría ni siquiera mirar de frente, cualquier posibilidad de contacto resultaría imposible. Hasta que una mañana unas mujeres, las únicas que se me acercaban, me dijeron que tal vez dentro de unos días ese Jesús del que nos habían hablado pasaría por allí. Una corriente inesperada atravesó todo mi cuerpo: "ese Jesús". ¡Oh Dios!, me dije, si yo me atreviera a intentarlo, si fuera corriendo donde él...Me habían contado que tomaba a la gente de la mano. Cuánto deseaba yo sentir el calor de otro cuerpo, poder pasar mi mano silenciosa sobre una piel querida, recorrer un rostro lentamente, perderme en un abrazo, ser tocada para vivir... Decían que los paralíticos que lo conocieron ahora andaban y que devolvía la vista a los ciegos, aunque pensaba que ninguno de ellos podía contaminarle como yo. Me sentía cada vez más sucia y avergonzada de mí misma. Pero al amparo de lo que me llegaba acerca de él, una confianza desmedida se fue apoderando de mí, hasta llegar a pesar más que aquel flujo incontrolado que me tenía atada. 

A lo mejor bastaba con que yo pudiera tocarle, con que sus vestidos me rozaran apenas...Y esta confianza se fue convirtiendo poco a poco en el único motivo por el que seguir viviendo: correr hacia él con todas mis pérdidas y tocarle, aunque fuera por la espalda, entonces me curaría. 

Aquella tarde le rodeaba tanta gente que apenas podía distinguir su rostro, todos querían estar cerca de él. Pensé que nadie repararía en mi, ni siquiera Jesús se daría cuenta de que yo lo tocaba. Me acerqué por detrás, rápidamente, cerré los ojos y puse mi mano llena de deseo sobre el borde de su manto... Si pudiera describirte lo que experimenté en ese instante, aquella fuerza que detuvo la sangre, que ensanchó mis ganas de vivir, el poder entrar en relación con los otros, no tener que seguir ocultándome, sentir en mi cuerpo que estaba curada... Iba a salir corriendo cuando él preguntó "¿Quién me ha tocado?". Muchos se habían apretujado sobre él, pero yo sabía que preguntaba por mí. Dicen que me acerqué atemorizada y temblorosa, aunque no podría definir cómo me sentía realmente en ese momento, era una mezcla de temor y gratitud, de reverencia y de necesidad de postrarme ante él, y de pedirle perdón por mi atrevimiento... Confesé cómo me lancé a tocarle aunque era considerada una mujer apestada. Pero él, ante el asombro de los que nos miraban, me llamó "hija" , y era en su boca una bendición, queriéndome como si me conociera desde siempre, como si me hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo , y dijo que mi fe me había curado y que me fuera en paz. Después he revivido muchas veces lo que pasó aquella tarde, como una memoria dichosa que me alimenta, y creo cada vez más que lo de mi fe lo decía para quitarse importancia porque sé, desde entonces, que es sólo esa fuerza que sale de él la que puede curarnos”. 

[1] Así es como imagino lo que ella viviría...

sábado, 23 de junio de 2018

Manifestar lo que Dios ha puesto en nuestro corazón...


Publicado por Equipo CEP-Venezuela - www.cepvenezuela.com

Es muy especial la forma como se gesta la vida de Juan Bautista. Su papá, el bueno y gran Zacarías, envejeció tras el anhelado deseo de tener un hijo. Dios quiso sacarlo de su desdicha (Lc. 1,5-22), pero Zacarías se había aferrado a su deseo y a su concepto de la vida que terminó por quedar impedido para descifrar el momento de Dios, por eso se quedó mudo. No podía comunicar la vida, estaba anclado en el pasado. 

Isabel, su esposa, que también había envejecido tras su esterilidad y la espera anhelada del favor de Dios, al encontrarse embarazada pudo reconocer que el Señor la sacaba de su desgracia, y exclamó: esto ha hecho mi Dios para liberarme del oprobio del mundo (Lc. 1,25). Ella supo descifrar el tiempo de Dios en su vida y en la vida de los demás (Lc. 1,42-45). Por eso pudo experimentar en carne propia la alegría compartida. La alegría que no se vuelve envidiosa sino que se regocija con la dicha ajena (Lc. 1,58). 

“Este niño se llamará Juan”, dijo su mamá, y su papá recuperó el habla para reafirmarlo. El nombre de Juan significa: Dios tiene compasión; Él inclina su corazón al que lo necesita. Este acontecimiento produjo cierto temor en la comarca. Todos se preguntaban: ¿qué va a ser de este niño? Porque la mano de Dios está con él. De igual modo podemos preguntar por lo que empezó a ser nuestra vida desde niños y lo que sigue siendo hoy día, porque la mano de Dios puso entonces algo especial en nuestro corazón. 

La figura viva, austera y cercana del Bautista es cautivadora. Él propondrá un modo de ser desprendido de privilegios, de ropajes, de razonamientos retorcidos. Nos invitará al encuentro directo y sencillo con las personas y con el mismo Dios. Él despertará el deseo de autenticidad. Por eso el Bautista nos moverá a sumergirnos bien adentro de nosotros mismos para que salga a flote la mayor bondad y la mejor verdad que alberga nuestra vida interior. 

El Bautista nos revelará que Dios inclina su corazón hacia todos sus hijos y, que de nuestra parte, sólo hace falta ser capaces de hacerle lugar a Él, sin desvirtuar su misericordia, enseñándonos a cooperar con lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Y nos mostrará también el camino que nos conduce al encuentro directo y expreso con Jesús. 

Que nos atrevamos a sacar fuera lo que la Mano de Dios ha puesto en nuestro corazón, para inaugurar caminos nuevos y abrirnos a la auténtica alegría que transforma incertidumbres y provoca la esperanza. Y así aprendamos del Bautista, aquella libertad que nos capacita para vivir “suspendidos entre la angustia de la muerte y la esperanza de una plenitud anticipada”.

sábado, 16 de junio de 2018

EL HOMBRE QUE POSEÍA LA SABIDURÍA DE “NO SABER”


Sucede con el reino de Dios lo que con la semilla que un hombre echa en la tierra. 
 Duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo.
  La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 
Y cuando el fruto está a punto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 
-Mc 4, 26-29-

Texto escrito por la hna Dolores Aleixandre -rscj-

Esta parábola suele ser conocida como la de "la semilla que crece por sí misma",   pero mi propuesta es llamarla: el hombre que poseía la sabiduría de “no saber”,  y acercarnos a este personaje como a un maestro de sabiduría y discernimiento.

"Miren a ese hombre, parece decir  Jesús: actúa y decide intervenir justo en el momento que le corresponde: "siembra" la semilla y, al final, "mete la hoz" cuando llega el momento de la siega. Pero sabe que hay un periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada, sino que es la  tierra la que "por sí misma" hace que la semilla  germine y crezca y dé fruto. Y todo eso acontece mientras él "duerme y se levanta" tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que escapan a su control".  Es la convicción del orante del Salmo 127,2: Es inútil que madruguen, que retrasen  el descanso, que coman un pan de fatigas: Dios lo da a sus amigos mientras duermen.

Imaginemos a aquel hombre, sentado junto al lindero de su campo en el que aún no aparece ni  una brizna de hierba. Para los demás,  aquel campo está vacío, pero él está ya contemplando las mieses ondeando en él. No es un iluso: la apariencia da la razón a los que miran superficialmente,  pero la realidad  se la da a él que ha sembrado ese campo y confía en el dinamismo oculto de las semillas. ¿No es una preciosa parábola de lo que es la pura fe? También Noé, tierra adentro, se puso a construir un arca, quizá ante la burla de sus vecinos: “¡Estás loco, Noé! ¿No ves que nunca habrá aquí agua para que flote tu arca?” Pero él actuaba apoyado en la fuerza de la palabra que anunciaba un diluvio, lo mismo que los discípulos confiarán en la palabra de Jesús y echarán la red para pescar, más allá de toda evidencia ( Lc 5,5).

Vamos a detenernos en una frase central en la parábola: todo acontece “sin que él sepa cómo”.  Hay una larga tradición bíblica referida al “no saber”, como si desde los orígenes los hombres y mujeres más lúcidos nos pusieran alerta ante los peligros que se encierran en la ambición humana de hacer del “saber” un instrumento de dominio y  control.

 En los relatos de creación, es precisamente la avidez  por probar el fruto del “árbol del conocimiento” lo que provoca la pérdida del jardín (Gn 3,6); cuando Moisés pide conocer el nombre de Dios (Ex 3,13) recibe una respuesta negativa y sólo lo encontrará cuando entre en una nube (Ex 34,2.5), que permite oír pero no ver, símbolo elocuente de la imposibilidad de apoderarse a través de la vista de un Dios a quien sólo se puede escuchar y acoger.

Las primeras palabras que pronuncia María en la escena de la anunciación se inscriben en esa  esfera del “no saber”: “No conozco varón”, dice ella y,  parafraseando una frase de San Ireneo   podríamos decir: “Lo atado por el “querer saber” de Eva fue desatado por el “no saber” de María”. Jesús afirma desconocer el tiempo señalado por el Padre (Mc 13,32) y recordará a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,32). La Primera Carta de Pedro vuelve a insistir sobre esta “vía negativa”:    “Todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él, y se  alegrarán con un gozo inefable y radiante” (1Pe 1,8)…

No lo estaba el hombre de la parábola, atento para saber cuándo llegaba la sazón del fruto para meter la hoz. Poseía la difícil sabiduría del ritmo entre actividad y quietud , la sabiduría que hacía decir a Edith Stein:  “Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu,  en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino (…)  El descanso en Dios es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad. Cuando me abandono a este sentimiento me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este exceso vital me parece ascender de una Actividad y de una Fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí. La única suposición previa necesaria para un tal renacimiento espiritual parece ser esta capacidad pasiva de recepción que está en el fondo de la estructura de la persona”. 

El protagonista de esta parábola vivía en contacto con esa “capacidad pasiva de recepción”…

sábado, 26 de mayo de 2018

Trinidad, "Comunidad de la Misericordia"...

Escrito por Miryam MARTIN ALONSO. -Revista Sal Terrae  96 (2008) 685-692-

Quisiera comenzar recordándote esta imagen: 



















Como ves, se trata de "La Trinidad de la Misericordia", realizada por Caritas Muller (dominica suiza).

En este icono se muestra en tres círculos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que se inclinan hacia el ser humano.
  •  El Padre sostiene a éste con sus brazos;
  •  El Hijo le sirve en el gesto inconfundible del lavatorio de los pies;
  •  El Fuego del Espíritu alienta y fortalece su actuar conjunto, como   expresión inédita del amor.
Así es el Dios cristiano:
  •  Dios comunión.
  •  Dios es el Padre-Madre,
  •  el Hijo y el Espíritu Santo en comunión; nadie es anterior o posterior.
Ni siquiera se puede hablar de tiempos, como nosotros acostumbramos. En el principio no está la soledad de uno, de un ser eterno solo e infinito, sino la comunión ofrecida y entregada totalmente de uno para otros. Un solo Dios que es comunión.

Pero, además, no se trata de una comunidad cerrada en sí misma. Toda la creación significa un desbordamiento de vida de la Trinidad entera que se entrega, incluyendo a toda la humanidad en esa misma expresión de amor.

Por eso puede que te sorprenda esta imagen cuyo centro lo ocupa el ser humano roto y herido. Me gustaría que pudieras acercarte a este icono actual, que representa muy bien esta entrega.

  • MOMENTO CONTEMPLATIVO
La invitación es que puedas tomarte unos instantes para tomar conciencia y saborear el saberte ante Dios desde el profundo silencio y la comprometida Palabra.

Que intentes acercar la Trinidad a tu experiencia cotidiana, adorando al Dios que toma la iniciativa en el amor y la relación con la humanidad.

Lo que vamos a hacer es, pues, situar en el centro del relato a la propia humanidad rota y herida, la humanidad sufriente, de la misma forma que aparece en el icono de la Trinidad de la misericordia, como expresión del mismo Dios manifestado en Jesús, volcado en lo más pequeño y débil de la sociedad…

Trae a la oración a la humanidad sufriente, que día a día se te confía…

    A la que convive con vos y es parte de tu “paisaje cotidiano”...  
    A la que te encuentras fuera de tu casa y ya se te ha hecho “paisaje conocido”...
    A la que te habita interiormente –lo herido en tu corazón-

Quédate, adorando a este Dios Trinitario, que te invita a formar parte de “esta comunidad de misericordia”…


Y recuerda que a Dios ≪no le resulta ajeno nada de lo humano≫…

sábado, 19 de mayo de 2018

Pentecostés, nos Incendia para Sentir el Mundo como lo Sentía Jesús...

Escrito por Dolores Aleixandre -RSCJ-

Pentecostés nos invita a caer en la cuenta de cómo la acción del Espíritu Santo ha ido creciendo con el tiempo: cuando miramos hacia atrás, nos va siendo más fácil rastrear con agradecimiento sus huellas en nuestra vida y el eco de ese modo suyo de hacernos sentir su presencia que, como sintió Elias en el Horeb, es como "la voz de un silencio tenue" (1Re 19,12).

Pentecostés nos ayuda a entender mejor aquello de San Pablo de que "el Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad" (Rom 8, 26): el más elemental realismo nos va demostrando, no sólo que "no sabemos orar como conviene", sino que ese "no saber" abarca casi todo el resto de los aspectos de nuestra vida. Pero esa constatación que podría apabullarnos, podemos llegar a celebrarla porque nos recuerda que podemos contar con una fuerza que no nos pertenece pero que nos habita y que, a poco que se lo consintamos, se hace cargo de nuestra vida y se encarga de ella bastante mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos si nos empeñáramos.

Pentecostés nos sitúa en la órbita del Maestro interior: según va pasando la vida y vamos teniendo experiencias preciosas de amistad, comunicación profunda y acompañamiento espiritual, puede crecernos la convicción de que hay en cada uno de nosotros una zona incomunicable y a la que casi no tenemos acceso ni nosotros mismos, pero que es transparente para el Espíritu que desde ahí enseña, atrae, conduce y mueve. Pero la cosa no va de intimismos porque es una conducción y ya se sabe dónde va a parar: oí contar hace poco que le preguntaron al Abbé Pierre en la TV: ¿Qué es lo más importante para Ud.? y él contestó: Los otros. Esa es la asignatura que enseña siempre el "Maestro interior".

Pentecostés nos incendia para sentir el mundo como lo sentía Jesús, sin permitir que la ausencia prolongada del Señor y el sufrir de tanta gente nos abrumen hasta el punto de apagar nuestra esperanza. Porque en medio de tantas cosas en contra, allí está también el Espíritu a favor nuestro, amigo fiel a nuestro lado para sostener en nosotros ese deseo que nos hace seguir clamando tercamente: "¡Ven Señor Jesús!" (Ap 21,17).

PARA UN MOMENTO CONTEMPLATIVO

Puedes rezar con esta poesía, quedándote sintiendo y gustando aquella imagen que sientas como invitación del Espíritu Santo para tu vida, en este Nuevo Pentecostes...

ESPÍRITU 

Que tu Espíritu sea danza que inspire el caminar. 
Que tu Espíritu sea aliento que convoque a la unidad. 
Que tu Espíritu arrase con la uniformidad. 
Que tu Espíritu se mezcle con nuestra humanidad. 

Que tu Espíritu transforme nuestras manos para dar. 
Que tu Espíritu madure nuestro sueño para amar. 
Que tu Espíritu fecunde con ternura nuestro ser. 
Que sea fuego en la campiña y encienda nuestra fe. 

Que tu Espíritu nos haga resistir la tempestad. 
Nos levante la mirada, nos regale libertad. 
Nos transforme en la palabra que restaure dignidad. 
Cómo ráfaga de vida, la esperanza traiga ya. 

Que tu Espíritu remueva nuestra tierra por sembrar. 
Que tu Espíritu inspire cada intento por sanar. 
Que tu Espíritu nos llene de gozo al mirar. 
Que la vida rompe el muro y la flor se asoma ya. 

Que tu Espíritu sacuda nuestro miedo a la verdad. 
Que tu Espíritu nos mueva siempre a dar un paso más. 
Nos invite a compartir la mesa con todo nuestro pan. 
Nos inunde de sentido y alegría en el andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva a desterrar la soledad. 
Que tu Espíritu sea el verso que nos dé la identidad. 
Sea el canto y la razón que movilice nuestro andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva con los pobres a luchar. 
Que tu Espíritu con ellos avive la amistad. 
Que propague la justicia y por fin venga la paz. 

 Cecilia Rivero rscj

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