sábado, 15 de julio de 2017

Una parábola que nos habla hoy a cada uno de nosotros...

Texto del Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (Mt 13,1-23) nos muestra a Jesús que predica a orillas de lago de Galilea, y como mucha gente lo rodea, Él sube en una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde ahí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de situaciones de la vida diaria.

Lo primero que narra es una introducción a todas las parábolas: es aquella del sembrador, que a manos llenas arroja las semillas sobre todo tipo de terreno. Y el verdadero protagonista de esta parábola es la semilla, que produce más o menos frutos según el terreno sobre el cual ha caído. 

Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino las aves se comen la semilla; sobre el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tiene raíces; en medio a las zarzas la semilla viene sofocada por las espinas. El cuarto tipo de terreno es el terreno bueno, y solamente ahí la semilla germina y da fruto.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a los oyentes de Jesús dos mil años atrás. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor echa incansablemente la semilla de su Palabra y de su Amor. 

¿Con qué disposición la acogemos? 

Y podemos preguntarnos: 

¿Cómo esta nuestro corazón? 
¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a unas zarzas? 

Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores, Dios siembra semillas buenas, y también aquí podemos preguntarnos: 

¿qué tipo de semilla salen de nuestro corazón y de nuestra boca? 

Nuestras palabras pueden hacer tanto bien, así como tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden animar y pueden deprimir, recuerden: aquello que cuenta nos es los que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón. 

La Virgen nos enseñe con su ejemplo a cuidar y hacerla fecunda en nosotros y en los demás.

sábado, 8 de julio de 2017

La Pequeñez... nos capacita para vivir en la inmediatez de Dios...

Escrito por Dolores Aleixandre -de su libro= ESCONDIDO CENTRO-

¿Quién está totalmente libre del deseo de reafirmarse, distinguirse de los demás, convertirse en el centro de atención, ser admirado e impresionar a la gente? 

Ser importante, sobresalir, ser más que otros. Un día los discípulos pensaron que nadie mejor que Jesús podría conducirles al éxito: «Maestro, ¿quién es el mayor en el Reino de los Cielos?», le preguntaron. Y lo último que esperaban fue la respuesta que recibieron: «Llamó a un niño (paidíon), lo puso en medio y les dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños (paidía), no entraran  en el Reino de Dios.

Quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”» (Mt18,1-5).

¿Hacerse como un niño? Era una propuesta disparatada: los niños eran seres inacabados, imperfectos y necesitados de formación, sin autoridad personal ni credibilidad. No tenían ningún derecho, solo deberes...

Insignificantes en la vida social, no tenían voz en las reuniones y solo podían hacer dos cosas: escuchar y aprender.

Pero la mayor carencia de los niños consistía en su incapacidad para cumplir la ley, que era lo que permitía ser justo ante Dios, complacerle, hacerse merecedor de su favor. 

Lo sorprendente y revolucionario de la afirmación de Jesús de llegar a ser como un niño es que el dejarse hacer (abandonarse, confiar...) de los niños resulta ser más importante que el hacer (cumplir, hacer méritos...), porque la actitud de recibir agrada más a Dios que los esfuerzos de quien se empeña en merecerlo. 

Los niños, como los ignorantes, los humildes y los pobres, carecen de toda suficiencia, y eso llena de alegría a Jesús:  «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26). 

Es precisamente la minoridad de los niños y de quienes se hacen como ellos la que les capacita para vivir en la inmediatez de Dios.

Será también la gran intuición de Pablo: los seres humanos no «valemos» (no nos «justificamos») ante Dios por lo que hacemos o merecemos, sino sencillamente porque somos. Si llegamos a confiar en esa aceptación incondicional de Dios, dejaremos de considerarnos buenos en comparación de malos, o malos en comparación de buenos, y nos situaremos ante Él como hijos, es decir, como quien es afirmado absolutamente por el Padre más allá de su bondad o malicia. Entonces la experiencia de los propios límites deja de pesar como culpabilidad y queda envuelta en la gran ternura de Dios y esta es la experiencia de la Gracia.

viernes, 30 de junio de 2017

EL JUEGO DE PERDER-GANAR

Escrito por hna  Dolores Aleixandre rscj

“Quien se aferre a su vida, la perderá, 
quien la pierda por mí, la encontrará” (Mt 10,39).

Estamos ante dos posturas vitales: la de quien busca ante todo poner a salvo su vida: ganarla, encontrarla, asegurarla, conservarla; ponerse al abrigo de un peligro, preservarse, escapar, guardar la casa o la fortuna, mantener los propios bienes en buena situación, reservar... Perderla, por el contrario, supone malograrla, frustrarla, despilfarrar, malgastarla, extraviarla, desperdiciarla, gastarla, derrocharla…

Este dicho de Jesús, presente en los tres sinópticos (Mt 16,13-28; Lc 9,22-27), aparece también en el evangelio de Juan después de la sentencia sobre el grano de trigo que, si muere, da mucho fruto: “El que ama su propia vida, la pierde; en cambio, quien odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12,25). El Apocalipsis nos ofrece una clave para comprender en qué consiste ese amar/odiar cuando, hablando de los justos que derrotaron con la sangre del Cordero al que los acusaba día y noche, dice de ellos que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (“odiaron su vida hasta la muerte” Ap 12,11).

Qué extraña sabiduría, qué vuelco radical se nos exige para conformar con los criterios del Evangelio nuestra idea de lo que es salvar la vida o perderla. Nuestro deseo más perentorio es el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida pero estamos, a la vez, llamados a escuchar la propuesta de Jesús: “Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de “por mi causa”.

Todo el Evangelio es una escuela de lenguaje en la que aprendemos a manejar "según Dios" los verbos perder/ ganar y también los adverbios que resumen mucho las paradojas que propone Jesús: los que creen estar lejos (publicanos, pecadores, gente ignorante...,) son los que para Jesús están cerca; los que a los ojos de todos estaban fuera (de la ley, de la Alianza, del Reino...), para él están dentro; los que parecían ser menos (los pobres, los niños, los débiles...), para él son los más , los mayores, los importantes; los que se creían arriba (fariseos, saduceos, escribas, sacerdotes...), resultan estar mucho más abajo que los que ocupaban los últimos lugares de la escala social y religiosa.

Necesitamos una inmersión lingüística en ese lenguaje que encierra toda la novedad del Reino, que nos enseña a mirar y a calificar la realidad de una manera alternativa. Nos urge des-aprender nuestro viejo lenguaje "mundano" y ser recibidas en la novedad del lenguaje evangélico.

sábado, 24 de junio de 2017

No tengan miedo...

 
Texto de Arturo Sosa sj -General de la Compañia de Jesus-

"Jesús pide que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo sino a los que matan el alma. Y es que nada puede separarnos de su amor y cuidado, ni siquiera nosotros mismos. 

Pero necesitamos espantar fantasmas, abandonar falsas creencias y erradicar ideologías cerradas, porque impiden reconocernos, valorarnos y, peor aún impiden crear solidaridad y comunión.

Quien transforma su miedo en confianza, dejándose guiar por la apuesta en los demás, puede descubrir el talento, el potencial y la dignidad de cada persona; posee el coraje y la pasión para desbloquear ese potencial e impulsar el máximo desarrollo de cada persona; y tiene, como Jesús, energía positiva para convertir las búsquedas en apuesta compartida y comprometida por la vida" 

sábado, 17 de junio de 2017

El que coma de este Pan, vivirá para siempre…

Escrito por Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba "hacer una comunión espiritual": consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica “comer de este pan”, se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras “disposiciones eucarísticas”: consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: "El que quiera ser el mayor entre ustedes que sea su servidor" (Mt 23,12); "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18,22); "Me dan compasión estas gen­tes, denles ustedes de comer"(Mc 6,34.37 ); "No atesoren tesoros en la tierra"(Mt 6,19); "Las prostitutas los precederán"(Mt 21,31) "Presten sin esperar nada a cam­bio"(Lc 6,35)..., hacer el gesto interior de "tragarnos" eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo "parte con él" (Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el "Primogé­nito de una multitud de hermanos..."

Esto de “tragar” es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: "no trago a tal persona", "ese disgusto aún no me lo he tragado...", "todavía lo tengo aquí "(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión "comulgar" por la de "tragarnos a Jesús" para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría "tragarnos" su mentalidad (es el "cambien de mentalidad" de Mc 1,15, o el "tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús (Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: "partirse la vida", "vaciarse hasta la muerte", según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se "reconoce a Jesús al partir el Pan" cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.

viernes, 9 de junio de 2017

Fiesta de la Santísima Trinidad = Agua, Fuente y Caudal...


Escrito por Xavier Quinzá Lleó, SJ 

Si la Fuente inagotable de nuestra vida y misión es el Padre, amor original y originante, y el Caudal es el Hijo, amor manifestado, el Agua es el Espíritu, amor siempre activo. Agua, fuente y caudal: el mismo amor de la triple ternura de Dios del que vivimos, con el que amamos. 

El Padre: Entrar en el Misterio 
En nuestro vivir y orar podemos entrar en el interior del misterio ahondando en el agua clara, hacia el amor original, hacia la Fuente primordial de donde todo brota. Amor gratuito que se dona, creador. También podemos dejarnos arrastrar por el Caudal, en derroche que mana y, apostólicamente, fecunda al mundo. Jesucristo es nuestro caudal y el caudal es abundante, porque la vida de su amor fluye y salta hasta regar tanto la sequedad del corazón como las tierras desecadas de su cultura. Su corazón abierto es un signo de accesibilidad de lo que está patente y manifiesto, manante a borbotones como la sangre de una herida abierta. 

El Agua es deseo de vida, regeneradora y fértil. Es la victoria de lo que fluye oculto y purificador, vivificante. Es el amor que ama, el agua que mueve la noria con la que regamos el campo de nuestra sociedad y sus culturas. Motor que es el agua misma, y nos empuja para saltar a los campos de la vida. El amor activo del que vivimos es un agua que sacia, sin apagar la sed. La sed del corazón, que nos prepara para otra novedad, porque renueva la ternura de nuestra entraña, y moviliza recursos de acción hacia los demás, inauditos, inesperados. Bautismo nuevo, sentido por la orientación del alma, que re-alimenta nuestros sueños. Y en esos sueños, somos imágenes del Dios vivo, semejanza suya, impronta diseñada sobre el rostro luminoso de su Amado, de Jesús el Cristo. 

El Hijo: Anegarse en el Amor 
En Jesucristo el Amor se hace cuerpo, encarna una naturaleza que Él mismo creó. Y crece en fortaleza y en sabiduría modelando un corazón virginal, pero abierto y ofrecido. Jesús, corazón de Dios: Palabra primordial que encierra y ofrece toda la densidad de su persona: afectos, deseos, pensamientos, acciones, que serán, a un tiempo, de Él y de su Padre, de Él y de su Dios. 

Su santa humanidad es caudal de agua viva de esa Fuente. Caudal de amor y de ternura que se derrama de sus labios, como una bendición. Caudal de paciencia y bondad, que atrae hacia sí a todos los lisiados, para liberarlos de las ataduras del mal, para envolverles en dignidad y en respeto nuevos. Caudal que entrega a manos llenas el secreto más íntimo de su persona, que deja reclinar la cabeza sobre su pecho al que le ama, que abraza al perdido cuando vuelve a casa. 

Templo nuevo es su cuerpo. La cortina rasgada de ese templo lo deja a la intemperie. Costado abierto de donde brota la vida en abundancia. Agua y sangre como una comunión de dones que vigoriza la asamblea de creyentes y la engendra para otra convocación, para una humanidad de conjurados que quieren mostrar ante el mundo su victoria. La de la cruz, la de la exaltación del amor derramado. 

El caudal de su generosidad es un himno glorioso que entonan las criaturas nuevas. Caudal que desborda las expectativas del interior, que recrea el alma, y la empuja al servicio y la alabanza, porque lo que nos colma rebasa los límites de nuestra pobre humanidad doliente. Su armonía son modalidades del gozo más sereno y del más ardiente. Exultar de gozo es una vivencia que saca de la clausura interior y nos hace vibrar con una alegría intensa. 

El Espíritu: El Agua que sana 
El viento sopla donde quiere, es libre y creativo, se introduce por todas partes y nos oxigena, es energía y hálito de vida. Su soplo destruye lo viejo, refresca lo árido, produce insólitas reacciones: amalgama, integra, refresca, sana. Agua oculta que de pronto emerge en manantial y cubre de verdor el yermo imposible. Es un crisol de novedad y de transformación. El agua del Espíritu se convierte en vino, vino de alegría, de fiesta multiplicada. Defensor de los pobres, padre de los humildes, abogado de los desamparados: son todas expresiones tomadas del lenguaje del pueblo de la Biblia. Y nos dicen mucho de otra sed, sed de justicia, que también debe ser saciada. El agua es la Justicia, de lo que tenemos sed: la paz, la armonía, la fraternidad. Y el Espíritu es un agua que tiene todos esos sabores. 

El progreso del amor no nos empuja a la manifestación, sino a la intensidad de la unión. Nos hace ir más de lo explícito a lo implícito, que al revés. Cuanto más avanzamos, menos decimos y más profundamente nos implicamos. No es en la expresión donde más se muestra el Espíritu cuando nos toma, sino en los “gemidos sin palabras”, en el lenguaje que no se pronuncia, en lo inefable del corazón. Por eso, al final del camino preguntaremos desconcertados: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o en prisión…?” (Mt 25, 37). No, no lo vimos. No es necesario haberlo visto. 
Lo único urgente es haber amado.

sábado, 3 de junio de 2017

Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación...

Fuente: Centro de Pastoral y Espiritualidad -Venezuela-

A los Discípulos, que estaban encerrados por el miedo, por todo tipo de miedo, Jesús les habla para darles Espíritu Santo y ponerlos ante el desafío de lanzarse a perdonar pecados, de ir a reconciliar. Recibimos Espíritu, para que seamos otro Jesús, para que llenemos nuestro entorno de perdón y sanación. Porque solamente a fuerza de reconciliación es como se sana la vida, tanto la propia como la ajena.

Entre la Resurrección y Pentecostés, nuestra experiencia de fe se mueve por dos aspectos muy propios de la espiritualidad: el silencio de Dios y la alegría. Porque Dios entabla un diálogo tú a tú con el hombre y la mujer concretos, mediante su silencio y su consuelo (la alegría). 

Podemos decir que cuando Dios se calla, la persona se encuentra exigida a madurar en la pura fe y llamada a enraizar su libertad en el verdadero amor, más allá de toda seguridad. Así, el silencio de Dios se ordena a la pedagogía de la gratuidad del verdadero amor. Una pedagogía que nos hace más conscientes de que si algo podemos, es por pura gratuidad de la vida y de Dios (Cf. EE. 322,2-4).

Pero también, cuando Dios da su alegría, y esto es la señal más evidente de la presencia del Espíritu Santo, la persona se experimenta amada inmerecidamente e inmerecidamente transformada en testigo de la sanación y la reconciliación. Y esto es, para el hombre y la mujer, la vida. 

Dios me habla. Gracias a su lenguaje (su silencio y su alegría), voy adquiriendo una nueva sensibilidad e inteligencia para vivir como Jesús, hermano, con gusto, con sentido. Lo que Dios me diga en este encuentro sólo puedo acogerlo en la sencillez de la fe, pero sólo lo realizo en la radicalidad de una actuación comprometida a favor de la vida, de las personas, de los pobres. 

El amor es comúnmente afecto, conmoción, empatía y adherencia con todo nuestro ser. Pero desconocería el verdadero amor, y por tanto el lenguaje de Dios, si este amor fuera simplemente una vivencia emocional que no se tradujera en obras concretas de fraternidad y solidaridad, que son el test de la veracidad del amor (Sn. Ignacio; Arzubialde sj). 

A partir de este Pentecostés necesitamos hacer salir la fuerza que hemos recibido del Espíritu Santo, para que nos empeñemos en una reconciliación que sana dolencias, disipa miedos, supera cerrazones ideológicas, erradica la maldad, unifica a las personas y las hace libres.