sábado, 16 de junio de 2018

EL HOMBRE QUE POSEÍA LA SABIDURÍA DE “NO SABER”


Sucede con el reino de Dios lo que con la semilla que un hombre echa en la tierra. 
 Duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo.
  La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 
Y cuando el fruto está a punto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 
-Mc 4, 26-29-

Texto escrito por la hna Dolores Aleixandre -rscj-

Esta parábola suele ser conocida como la de "la semilla que crece por sí misma",   pero mi propuesta es llamarla: el hombre que poseía la sabiduría de “no saber”,  y acercarnos a este personaje como a un maestro de sabiduría y discernimiento.

"Miren a ese hombre, parece decir  Jesús: actúa y decide intervenir justo en el momento que le corresponde: "siembra" la semilla y, al final, "mete la hoz" cuando llega el momento de la siega. Pero sabe que hay un periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada, sino que es la  tierra la que "por sí misma" hace que la semilla  germine y crezca y dé fruto. Y todo eso acontece mientras él "duerme y se levanta" tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que escapan a su control".  Es la convicción del orante del Salmo 127,2: Es inútil que madruguen, que retrasen  el descanso, que coman un pan de fatigas: Dios lo da a sus amigos mientras duermen.

Imaginemos a aquel hombre, sentado junto al lindero de su campo en el que aún no aparece ni  una brizna de hierba. Para los demás,  aquel campo está vacío, pero él está ya contemplando las mieses ondeando en él. No es un iluso: la apariencia da la razón a los que miran superficialmente,  pero la realidad  se la da a él que ha sembrado ese campo y confía en el dinamismo oculto de las semillas. ¿No es una preciosa parábola de lo que es la pura fe? También Noé, tierra adentro, se puso a construir un arca, quizá ante la burla de sus vecinos: “¡Estás loco, Noé! ¿No ves que nunca habrá aquí agua para que flote tu arca?” Pero él actuaba apoyado en la fuerza de la palabra que anunciaba un diluvio, lo mismo que los discípulos confiarán en la palabra de Jesús y echarán la red para pescar, más allá de toda evidencia ( Lc 5,5).

Vamos a detenernos en una frase central en la parábola: todo acontece “sin que él sepa cómo”.  Hay una larga tradición bíblica referida al “no saber”, como si desde los orígenes los hombres y mujeres más lúcidos nos pusieran alerta ante los peligros que se encierran en la ambición humana de hacer del “saber” un instrumento de dominio y  control.

 En los relatos de creación, es precisamente la avidez  por probar el fruto del “árbol del conocimiento” lo que provoca la pérdida del jardín (Gn 3,6); cuando Moisés pide conocer el nombre de Dios (Ex 3,13) recibe una respuesta negativa y sólo lo encontrará cuando entre en una nube (Ex 34,2.5), que permite oír pero no ver, símbolo elocuente de la imposibilidad de apoderarse a través de la vista de un Dios a quien sólo se puede escuchar y acoger.

Las primeras palabras que pronuncia María en la escena de la anunciación se inscriben en esa  esfera del “no saber”: “No conozco varón”, dice ella y,  parafraseando una frase de San Ireneo   podríamos decir: “Lo atado por el “querer saber” de Eva fue desatado por el “no saber” de María”. Jesús afirma desconocer el tiempo señalado por el Padre (Mc 13,32) y recordará a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,32). La Primera Carta de Pedro vuelve a insistir sobre esta “vía negativa”:    “Todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él, y se  alegrarán con un gozo inefable y radiante” (1Pe 1,8)…

No lo estaba el hombre de la parábola, atento para saber cuándo llegaba la sazón del fruto para meter la hoz. Poseía la difícil sabiduría del ritmo entre actividad y quietud , la sabiduría que hacía decir a Edith Stein:  “Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu,  en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino (…)  El descanso en Dios es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad. Cuando me abandono a este sentimiento me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este exceso vital me parece ascender de una Actividad y de una Fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí. La única suposición previa necesaria para un tal renacimiento espiritual parece ser esta capacidad pasiva de recepción que está en el fondo de la estructura de la persona”. 

El protagonista de esta parábola vivía en contacto con esa “capacidad pasiva de recepción”…

sábado, 26 de mayo de 2018

Trinidad, "Comunidad de la Misericordia"...

Escrito por Miryam MARTIN ALONSO. -Revista Sal Terrae  96 (2008) 685-692-

Quisiera comenzar recordándote esta imagen: 



















Como ves, se trata de "La Trinidad de la Misericordia", realizada por Caritas Muller (dominica suiza).

En este icono se muestra en tres círculos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que se inclinan hacia el ser humano.
  •  El Padre sostiene a éste con sus brazos;
  •  El Hijo le sirve en el gesto inconfundible del lavatorio de los pies;
  •  El Fuego del Espíritu alienta y fortalece su actuar conjunto, como   expresión inédita del amor.
Así es el Dios cristiano:
  •  Dios comunión.
  •  Dios es el Padre-Madre,
  •  el Hijo y el Espíritu Santo en comunión; nadie es anterior o posterior.
Ni siquiera se puede hablar de tiempos, como nosotros acostumbramos. En el principio no está la soledad de uno, de un ser eterno solo e infinito, sino la comunión ofrecida y entregada totalmente de uno para otros. Un solo Dios que es comunión.

Pero, además, no se trata de una comunidad cerrada en sí misma. Toda la creación significa un desbordamiento de vida de la Trinidad entera que se entrega, incluyendo a toda la humanidad en esa misma expresión de amor.

Por eso puede que te sorprenda esta imagen cuyo centro lo ocupa el ser humano roto y herido. Me gustaría que pudieras acercarte a este icono actual, que representa muy bien esta entrega.

  • MOMENTO CONTEMPLATIVO
La invitación es que puedas tomarte unos instantes para tomar conciencia y saborear el saberte ante Dios desde el profundo silencio y la comprometida Palabra.

Que intentes acercar la Trinidad a tu experiencia cotidiana, adorando al Dios que toma la iniciativa en el amor y la relación con la humanidad.

Lo que vamos a hacer es, pues, situar en el centro del relato a la propia humanidad rota y herida, la humanidad sufriente, de la misma forma que aparece en el icono de la Trinidad de la misericordia, como expresión del mismo Dios manifestado en Jesús, volcado en lo más pequeño y débil de la sociedad…

Trae a la oración a la humanidad sufriente, que día a día se te confía…

    A la que convive con vos y es parte de tu “paisaje cotidiano”...  
    A la que te encuentras fuera de tu casa y ya se te ha hecho “paisaje conocido”...
    A la que te habita interiormente –lo herido en tu corazón-

Quédate, adorando a este Dios Trinitario, que te invita a formar parte de “esta comunidad de misericordia”…


Y recuerda que a Dios ≪no le resulta ajeno nada de lo humano≫…

sábado, 19 de mayo de 2018

Pentecostés, nos Incendia para Sentir el Mundo como lo Sentía Jesús...

Escrito por Dolores Aleixandre -RSCJ-

Pentecostés nos invita a caer en la cuenta de cómo la acción del Espíritu Santo ha ido creciendo con el tiempo: cuando miramos hacia atrás, nos va siendo más fácil rastrear con agradecimiento sus huellas en nuestra vida y el eco de ese modo suyo de hacernos sentir su presencia que, como sintió Elias en el Horeb, es como "la voz de un silencio tenue" (1Re 19,12).

Pentecostés nos ayuda a entender mejor aquello de San Pablo de que "el Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad" (Rom 8, 26): el más elemental realismo nos va demostrando, no sólo que "no sabemos orar como conviene", sino que ese "no saber" abarca casi todo el resto de los aspectos de nuestra vida. Pero esa constatación que podría apabullarnos, podemos llegar a celebrarla porque nos recuerda que podemos contar con una fuerza que no nos pertenece pero que nos habita y que, a poco que se lo consintamos, se hace cargo de nuestra vida y se encarga de ella bastante mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos si nos empeñáramos.

Pentecostés nos sitúa en la órbita del Maestro interior: según va pasando la vida y vamos teniendo experiencias preciosas de amistad, comunicación profunda y acompañamiento espiritual, puede crecernos la convicción de que hay en cada uno de nosotros una zona incomunicable y a la que casi no tenemos acceso ni nosotros mismos, pero que es transparente para el Espíritu que desde ahí enseña, atrae, conduce y mueve. Pero la cosa no va de intimismos porque es una conducción y ya se sabe dónde va a parar: oí contar hace poco que le preguntaron al Abbé Pierre en la TV: ¿Qué es lo más importante para Ud.? y él contestó: Los otros. Esa es la asignatura que enseña siempre el "Maestro interior".

Pentecostés nos incendia para sentir el mundo como lo sentía Jesús, sin permitir que la ausencia prolongada del Señor y el sufrir de tanta gente nos abrumen hasta el punto de apagar nuestra esperanza. Porque en medio de tantas cosas en contra, allí está también el Espíritu a favor nuestro, amigo fiel a nuestro lado para sostener en nosotros ese deseo que nos hace seguir clamando tercamente: "¡Ven Señor Jesús!" (Ap 21,17).

PARA UN MOMENTO CONTEMPLATIVO

Puedes rezar con esta poesía, quedándote sintiendo y gustando aquella imagen que sientas como invitación del Espíritu Santo para tu vida, en este Nuevo Pentecostes...

ESPÍRITU 

Que tu Espíritu sea danza que inspire el caminar. 
Que tu Espíritu sea aliento que convoque a la unidad. 
Que tu Espíritu arrase con la uniformidad. 
Que tu Espíritu se mezcle con nuestra humanidad. 

Que tu Espíritu transforme nuestras manos para dar. 
Que tu Espíritu madure nuestro sueño para amar. 
Que tu Espíritu fecunde con ternura nuestro ser. 
Que sea fuego en la campiña y encienda nuestra fe. 

Que tu Espíritu nos haga resistir la tempestad. 
Nos levante la mirada, nos regale libertad. 
Nos transforme en la palabra que restaure dignidad. 
Cómo ráfaga de vida, la esperanza traiga ya. 

Que tu Espíritu remueva nuestra tierra por sembrar. 
Que tu Espíritu inspire cada intento por sanar. 
Que tu Espíritu nos llene de gozo al mirar. 
Que la vida rompe el muro y la flor se asoma ya. 

Que tu Espíritu sacuda nuestro miedo a la verdad. 
Que tu Espíritu nos mueva siempre a dar un paso más. 
Nos invite a compartir la mesa con todo nuestro pan. 
Nos inunde de sentido y alegría en el andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva a desterrar la soledad. 
Que tu Espíritu sea el verso que nos dé la identidad. 
Sea el canto y la razón que movilice nuestro andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva con los pobres a luchar. 
Que tu Espíritu con ellos avive la amistad. 
Que propague la justicia y por fin venga la paz. 

 Cecilia Rivero rscj

Hacer clik para ver el Video de esta Canción:


domingo, 13 de mayo de 2018

Desde la Ascensión el Cielo de Jesús es nuestro corazón...


 Escrito por: José Luis Martin Descalzo –Vida y Misterio de Jesús de Nazareth-
 En la ascensión, Cristo no nos dejo huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras presencias… 

Por la ascensión Cristo no se fue a otro lugar sino que entro en la plenitud de su Padre ya como Dios y como hombre fue exaltado, glorificado en su humanidad .Y, precisamente por eso, se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros…

Con la ascensión, Cristo no se «alejo», sino que asumió una vida con la que realmente podía estar más cerca de nosotros, adquirió una eficacia infinita que le permitía estar en todas partes. San Pablo definiría esta realidad con una frase definitiva al decir que subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia (Ef 4, 10) Y lo mismo señala el prefacio de la misa de la Ascensión que no dice que Jesús ascendiera para gozar la plenitud de su divinidad, sino para comunicarnos su divinidad. Su marcha no es, pues, una lejanía, sino una intensificación de su presencia…

En su ascensión, Cristo se sienta a la derecha del Padre, allí donde el Padre está: en el corazón de los que guardan la palabra de Cristo. Ese es el cielo. Porque, como apunta Cabodevilla, mejor que decir que Cristo está en el cielo, debemos decir que el cielo está allí donde está Cristo. ¿Y dónde está Cristo sino en el corazón de los suyos?

sábado, 5 de mayo de 2018

Para permanecer en el amor de Jesús, es necesario sabernos amados por Él...

Les dejo este texto de Eloi Leclerc, del libro “Sabiduría de un pobre”, que me parece lindo para      re-descubrir el modo de evangelizar el corazón de los hombres, invitándonos a compartir la amistad que Jesús nos regala...
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“Nadie ama como Dios, y nosotros debemos imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo. 

Pero ¿Por dónde comenzar?; padre Francisco, dímelo –preguntó Tancredo. 

-La cosa más urgente –dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo. 

Se calló un instante y después volvió a decir: 

-El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? 

Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tu también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no solo decírselo, sino pensarlo realmente. 

Y no solo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay algo en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba , y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. 

Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. 

La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. 

Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. 

Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. 

Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios…

martes, 1 de mayo de 2018

BIENAVENTURANZAS PARA EL DÍA DEL TRABAJO...

BIENAVENTURANZAS PARA EL DÍA DEL TRABAJO
Escritas por el P. Eduardo Casas.


Benditos los que ofrecen y comparten trabajos a sus hermanos.

Benditos los que trabajan digna y honestamente.

Benditos los que trabajan por la paz.

Benditos los que trabajan para que siempre haya trabajo para todos.

Benditos los que trabajan por la justicia y trabajan justamente.

Benditos los que luchan para que se destierre la desocupación
y la manipulación de las personas.

Benditos los que trabajan con las manos, la cabeza y el corazón.

Benditos los que trabajan por amor a los demás.

Benditos los que trabajan por mantener y cuidar a sus familias. 

Benditos los que se sacrifican duramente en sus trabajos.

Benditos los que trabajan y disfrutan.

Bendito seas Jesús que trabajaste por nosotros. 

Amén.

sábado, 28 de abril de 2018

Itinerario desde la Poda hasta la Alegría...

Escrito por Benjamín GONZÁLEZ BUELTA, SJ* -Sal Terrae 2002-

Nuestro proceso de crecimiento personal nos revela un constante despojarnos de costumbres, lugares familiares, modos de relacionarnos con las personas queridas..., que nos acompañaron durante una etapa, pero que ahora nos aprietan como andamiajes estrechos que se nos han quedado pequeños y ya nos impiden crecer...
                                                                                                       
   Con la edad van surgiendo los límites físicos, psicológicos, morales, religiosos, como desperfectos que atentan contra nuestra imagen ante nosotros y ante los demás. Algunos límites podemos repararlos, pero otros se instalan en nuestro organismo o en nuestro espíritu como compañeros de viaje para toda la vida.

Cualquier intento de ignorarlos o de negarlos se vuelve contra nosotros, porque los límites crecen entonces desmesuradamente en las propias sombras como fantasmas, como una amenaza clandestina.
Es inútil maquillarlos cuando nos relacionamos con los demás, porque siguen vivos delante de nosotros. Sólo nos queda aceptarlos y acogerlos dentro de nuestra propia persona como la única manera de que no anden sueltos por nuestra intimidad erosionando nuestra consistencia y nuestra alegría.

La tendencia que tenemos a vivir sin limitaciones y ser, en último término, ilimitados sólo se puede satisfacer en el encuentro y la comunión con el Ilimitado. Cualquier otro intento está condenado al fracaso. En esa comunión percibimos los límites como algo real y nuestro, pero los vivimos como abrazados dentro del misterio de perdón y plenitud que nos llega desde Dios incesantemente. En el límite percibimos que Dios es la causa de nuestra alegría.

Itinerario desde la poda hasta la alegría

Desde la poda hasta la alegría hay un tiempo que pasar y un itinerario que recorrer. Con el tiempo y la experiencia espiritual, se puede asentar en nosotros la alegría como una certeza, como un sentir sustancial en que se van sufriendo las podas dolorosas y nuevas. Pero vamos a detenernos en ese itinerario de la alegría.

Se poda un árbol que tiene vida, que ha experimentado la exuberancia de las hojas y de los frutos. Siempre el golpe afilado del hacha sobre el tronco es doloroso y se vive como una agresión que viene a desprendernos de algo nuestro. Se corta por lo sano, por donde duele.

Cuesta ver partir hacia la nada la rama seca que se corta y se echa al fuego, porque es el recuerdo de los tiempos en que una parte de nuestra existencia fue bella y fecunda. Se parece a esos caserones viejos y deteriorados, como cascarones vacíos, que en otros tiempos cobijaron la vida familiar que todavía hoy sigue alimentando nuestra existencia.

Pero resulta más doloroso cortar la rama verde que está en la plenitud de su vida, que acaba de brindarnos una cosecha excelente. Cuando la cortamos, todavía la savia fresca sigue llegando hasta el borde del tajo reciente. El podador sabe que está preparando una vida nueva y de más plenitud. Pero es doloroso, se produce una pérdida, y es necesario hacer el duelo y despedirse de lo que inevitablemente perdimos.

Algunos llevan sus muertos colgados de las cruces, sin poder desprenderse del dolor. Necesitamos bajar de la cruz a nuestros muertos, mirarlos de frente, sepultarlos y despedirnos de ellos para que la vida nueva pueda extenderse con libertad. Podados por el lugar exacto que el agricultor experto ha escogido, seguimos fielmente pegados al tronco, desde donde nos llegará la vida nueva. En momentos especialmente críticos, nos miramos a nosotros mismos y nos vemos tan despojados de lo que más estimábamos que nos parece imposible que la vida pueda seguir; que de ese muñón minimizado puedan volver a nuestra existencia una eficacia y un esplendor más fecundos que nunca.

«Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecen en mí» (Jn 15,4).

La permanencia en Jesús, al recibir el amor creador que nos llega desde él, es la posibilidad de dar «mucho fruto» (Jn 15,5). Puede ser difícil. En esos momentos de dolor nos damos cuenta de que la poda ha llegado precisamente por estar firmemente adheridos al tronco, por ser una rama llena de vida evangélica. Seguir unidos a la vid se percibe como una amenaza, como dejar nuestra vida expuesta de nuevo al riesgo del hacha, precisamente por dar fruto generoso.

Antes de la poda, el fruto se ve como algo natural, como hijo del propio esfuerzo y de las propias condiciones. Después de la poda, reducidos a ese muñón vegetal pegado al tronco sin hojas ni flores, el fruto es percibido como un milagro, como un don que llega desde más allá de nosotros mismos, como un regalo. Inevitablemente, esta constatación nos pone en nuestro lugar, y preferimos no apropiarnos de lo que tiene su origen en la vid y en el agricultor que la cuida.

Con más transparencia, nos vivimos a nosotros mismos como don y nos vamos haciendo entera referencia hacia el Padre de bondad que es el origen de todos los bienes. «Mi Padre será glorificado si dan fruto abundante y serán mis discípulos» (Jn 15,8).

Así llegamos a la alegría sustancial, última, la que tiene su fundamento más allá de nosotros mismos, la que llega caminando por los capilares como la savia desde el tronco al que estamos unidos.
«les he dicho esto para que participéis de mi alegría, y vuestra alegría sea colmada» (Jn 15,11). 

Participar de la alegría de Jesús, de la alegría que él afirma en ese momento en que su vida se encamina hacia la pasión desgarradora y la muerte, es haber conectado la existencia con el Dios de la vida...