martes, 3 de febrero de 2026

Bienaventuranzas: Una Pedagogia de lo Pequeño...

Escrito por Pedro Huerta

Hay una pedagogía de lo pequeño. Una escuela humilde donde los márgenes y la fragilidad no son un fallo del sistema, sino el método mismo para aprender a vivir. En lo débil —en todo eso que solemos despreciar, ocultar o maquillar— se nos abren posibilidades para la receptividad, en lugar de espacios de egocentrismo, autosuficiencia y falsa seguridad. Lo pequeño nos baja del pedestal y nos vuelve porosos. Y solo lo poroso puede ser habitado.

Dios no se equivoca al elegir a los frágiles. Es su modo de revelar que la salvación no se conquista, se recibe, se acoge. No se exhibe, se susurra. Lo contrario de la autoafirmación no es la derrota, sino la apertura. Y esa apertura —siempre incómoda y vulnerable— es la puerta por la que entra la gracia.

Quizá lo que más nos aleja de Dios no es el pecado, sino la sensación de que ya estamos bien. El anestésico de la autosuficiencia nos separa más que la herida. La herida duele, pero nos deja expuestos. El «estar bien», confundido tantas veces con la felicidad, nos encierra y endurece, nos vuelve impermeables a todo lo que no controlamos. Byung-Chul Han dice: «La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de abrirse al otro». Donde todo funciona, nada acontece.

La propuesta de bienaventuranza del Evangelio no pregona resignación ni alienación. Es, más bien, un anuncio de consuelo y fortaleza en medio de la adversidad. No viene a legitimar estructuras injustas, sino a sostener a quienes, desde dentro de ellas, trabajan para transformarlas. Nunca serán realmente felices los que observan la vida desde la barrera, sino los que actúan y arriesgan, los que se exponen y se dejan afectar.

La felicidad de lo pequeño no es una promesa de tranquilidad ni de éxito. Significa algo mucho más profundo: tu vida, incluso en la incertidumbre, tiene sentido. Es una quiebra de la tiranía del bienestar obligatorio. No todo está bien, ciertamente, pero no todo está perdido. Es una promesa que sostiene el paso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Jesús no promete una vida fácil. Promete que ninguna herida vivida con Él es inútil. Que ninguna lágrima se desperdicia. Que ninguna lucha se queda estéril. Que el fracaso no es el desenlace, sino una tierra donde la buena noticia germina a ras de suelo.

Las Bienaventuranzas, como pedagogía de lo pequeño, no son una escalera de virtudes para alcanzar el cielo, sino la fotografía del lugar donde Dios ya está. Tal vez por eso nos incomodan tanto: porque nos invita a bajar, justo allí donde Dios decidió quedarse.

Bajar no es romantizar el dolor, es habitarlo sin fingir.

No es amar la pobreza, sino amar a quienes la padecen.

No es glorificar la persecución, sino acompañar a los que son apartados y silenciados.

Bajar es desandar la carrera hacia el prestigio para descubrir el rostro de Dios en los rostros que no brillan.

Dice Pablo a los corintios: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder» (1 Cor 1,27). No se trata de despreciar los dones, sino de despintar el ego. De renunciar a la ficción del control. De vivir a la intemperie, donde los elementos contrarios dejan de ser enemigos y se convierten en memoria.

Tal vez la pregunta no sea si somos felices, sino si nuestra vida está siendo vivida con sentido. La felicidad sin sentido es como una gaseosa: nos ofrece un estallido inmediato y nos anestesia para el camino. Pero es precisamente en el camino de nuestra vida —con su polvo y su cansancio— donde ocurren los milagros: lo pequeño se vuelve semilla; lo débil, signo; lo que falta, lugar de encuentro.

«Lo débil del mundo…» no es derrota, es estrategia de Dios.

Una pedagogía que nos desarma para poder abrazarnos.

Un descenso que nos hermana.

La audacia de vivir sin refugio, de encontrar el lugar exacto de nuestra vida donde Dios ha decidido acampar.

Y si nos perdemos, ese es el punto de encuentro...


domingo, 1 de febrero de 2026

Las Bienaventuranzas, nos presentan el Rostro de la Persona que se Convierte en Radicalmente Humana, Amiga, Hermana...

Fuente: Centro de Espiritualidad y Pastoral - Venezuela-

Es muy consoladora, la invitación a reflexionar en lo que fundamenta la auténtica felicidad, para que lleguemos a ser hombres y mujeres apasionados por la vida, con alegría, forjadores de esperanza. Personas que sabemos estar al lado del que sufre y celebrar con los que están contentos.

El evangelio de Mateo (5, 1-12) presenta el rostro de la persona que se convierte en radicalmente humana, amiga, hermana. Una persona que no vive para sí ni se repliega sobre sus propios intereses, sino que está empeñada en crear fraternidad. Por eso comienza diciendo este evangelio: felices los pobres que tienen espíritu: a ellos les pertenece el cielo. Nunca serán pobres. De su corazón, su mente y sus manos, siempre saldrá la vida.

Hacerse radicalmente humano requiere fe, confianza, apuesta, generosidad. Jesús ha mostrado el modo de lograrlo, abajándose hasta la indigencia humana para levantarla a la dignidad y a la comunión. Las bienaventuranzas son la ruta. Por ello nos invitan a comenzar por erradicar el sutil egoísmo que manipula la vida, incluso lo sagrado, convirtiendo en el pedestal la propia autoafirmación y complacencia. 

Ser humano a plenitud equivale a ser compasivo, misericordioso. Una compasión y misericordia que se convierte en la fuerza interior que mueve a los hombres y mujeres que tienen espíritu. Jesús les llamará dichosos, porque se han hecho libres de sí mismos y por eso liberan a otros. No viven de modo pasivo sino con una actividad que recrea la tierra.

No es fácil actuar distinto a lo que manda el comercio, la moda o la propaganda. Incluso, no es fácil actuar con generosidad en ambientes donde predominan los intereses propios. Sin embargo, hay quienes descubren la felicidad que produce devolver la dignidad al pobre, saciar el hambre de pan al necesitado, atender con la propia ternura al que sufre, al enfermo, al triste. Más aún, hay quienes mantienen su compromiso de construir la justicia y la paz.

El que quiera ser feliz ha de salir de sí mismo, renunciando a convertirse en el centro o el importante, y renunciando también a instrumentalizar a las personas y al abuso del poder. Lo propio del amor y de la felicidad consiste en vivir libres, incluso de sí mismo, para hacer partícipes a los demás de lo que uno es y posee.

Bienaventurado significa la máxima expresión de la bendición de Dios. Será bienaventurado o feliz, quien venza las barreras que impiden crecer en unión y se lance al encuentro auténtico con los demás. Será feliz quien tenga la libertad de salvar siempre al otro antes que a sus propias convicciones, ideologías o puntos de vista. Así podrá experimentar la dicha de asemejarse a Jesús.

Te invito a terminar con esta poesía:
Seremos Felices:

Si avivamos el espíritu que nos hace vencer las barreras que impiden la alegría, la ternura, la bondad, la amistad, la solidaridad, 
la esperanza y la paz.

Si rompemos nuestra comodidad, y nos comprometemos con los marginados, los enfermos y los tristes, poniendo a su disposición cuanto somos y tenemos.

Si nos atrevemos a ir contra corriente, por estar junto a la gente, sin miedo, sin desconfianza, con libertad y audacia para salvar a la persona antes que a nuestras convicciones y puntos de vista.

Si nos situamos allí donde nuestra finalidad no sea ganar más, sino servir mejor, haciéndonos solidarios de los que son más frágiles o tienen menos oportunidades.

Si sobrepasamos las barreras deshumanizadoras, haciéndonos cercanos a mujeres y hombres de cualquier raza, ideología, religión, lengua, cultura o condición social.

Si creemos en la locura de cambiar este mundo de guerras, violencias, desigualdades e injusticias por una nueva humanidad.
 (G.A)

domingo, 25 de enero de 2026

24 Pequeñas Maneras de Amar


Autor desconocido

Cuando a la gente se la habla de que “hay que amarse los unos a los otros” son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es: un calorcillo en el corazón? ¿Cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos? Un amigo mío, Amado Sáez de Ibarra, publicó hace muchos años un folleto que se titulaba “El arte de amar” y en él ofrecía una serie de pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más vividero y, por otro, estiran el corazón de quien los hace.

Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una lista de 24 pequeñas maneras de amar:

 -Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.

– Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.

– Pensar, por principio, bien de todo el mundo.

– Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se la merecerían teóricamente.

– Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.

– Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.

– Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.

– Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.

– Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.

– Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.

– Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.

– Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.

– Contestar, si te es posible, a todas las cartas.

– Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.

– Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.

– Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.

– Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.

– Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.

– Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.

– Dar buenas noticias.

– No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.

– Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.

– Mandar con tono suave. No gritar nunca.

– Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

viernes, 23 de enero de 2026

El Reino de los Cielos está "Aquí "

 

Escrito por Giancarlo Pani

"El anuncio parece retomar el del Bautista: «El Reino de los cielos está cerca [literalmente: está aquí]». Por eso: «¡Conviértanse!». El gran “esfuerzo” de Dios en Jesús es convertirnos a Él. La palabra del Evangelio se dirige desde siempre a nosotros y espera una respuesta que tarda en llegar, aunque sea la expresión más bella de nuestra libertad. Es la respuesta de quien busca la verdad, de quien no se conforma con soluciones de segunda mano o superficiales, sino que quiere ser responsable de sus propias decisiones.


Jesús camina a lo largo del mar de Galilea y llama a algunos a seguirlo. Es la vocación de los primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. ¿Cuándo sucede la llamada? ¿Dónde ocurre? Parece que acontece casi por casualidad…

 Ciertamente tiene lugar en el momento más común del día: estaban remendando las redes, pues eran pescadores. Es el trabajo de todos los días, el trabajo monótono y tedioso, la cotidianeidad más gris; y sin embargo es allí donde Jesús llama. Ninguna epifanía, ningún hecho espectacular; ni siquiera estaban en oración: ¡estaban trabajando! «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres». Así sucede la llamada a la vida cristiana: Jesús pasa cuando menos se lo espera y llama a seguirlo. «Los haré pescadores de hombres»: para Jesús, llamar y hacer son la misma cosa. Hay, sin embargo, una novedad en el trabajo. Antes pescaban peces y, al capturarlos, los hacían morir; ahora pescan a los hombres del abismo y los hacen vivir. La llamada es seguimiento, para que los discípulos hagan lo que hace Jesús: vivir para los hermanos.

Dos veces se subraya el modo de la respuesta: «De inmediato [vv. 20. 22] lo siguieron». Y también se dice que dejaron la barca, las redes, al padre, la casa, todo. Es un «inmediatamente» que revela también decisión y alegría. Ciertamente es el instante de un comienzo que puede conocer incertidumbres, vacilaciones, quizá infidelidades, conflictos… pero en el fondo uno decide porque ha encontrado un valor, un sentido más grande para su propia vida, algo que buscaba y no lograba encontrar. Y se decide también gracias al atractivo indescriptible que, evidentemente, emana de la persona de Jesús, de su manera inusual y atrayente de presentarse y de proponer.

Resulta interesante la llamada de dos en dos: y son hermanos. El Señor llama a la fraternidad y pide dar testimonio de ser hermanos. Puesto que, como hijos del Padre, somos hermanos: esa es nuestra dignidad. Más tarde Jesús dirá: «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20). Es la comunidad que nace y se convierte en "Iglesia"

sábado, 17 de enero de 2026

El Evangelio se Escribe con los Pies


Escrito por Clemente Sobrado

Es posible que a muchos les pueda parecer extraño este título de que “El Evangelio se escribe con los pies”.
Es que estamos acostumbrados a que todo se escribe con la cabeza y el bolígrafo o la pluma.
Un Evangelio escrito con ideas.
Y sin embargo, el Evangelio comenzó a escribirse con los pies.
El primer Evangelio, el que vivió Jesús y el que vivieron sus primeros seguidores no fue un Evangelio escrito en los libros sino escrito en la vida.
Jesús escribe con los pies.
El Evangelio de hoy nos habla de cómo Juan se fijó en Jesús que pasaba. No dice de dónde venía ni a donde iba. Sencillamente es el Jesús que pasaba, caminando sobre las arenas calientes del desierto, y ese era el “Cordero de Dios”. El primer reconocimiento de Jesús como el Salvador. Y la primera manera de revelarse Jesús como el Cordero de Dios.

Jesús no se reveló escribiendo libros ni escribiendo el Evangelio. Felizmente no sabemos si sabía escribir. Felizmente Jesús no nos dejó nada escrito. Todo lo que escribió lo hizo caminando entre los hombres, viviendo entre los hombres y para los hombres. Lo que sí sabemos es que su vida se manifestaba en su caminar por la vida. Jesús primero se revela a través de sus pies de caminante, “fijándose en Jesús que pasaba”. Es ahí dónde Juan lo reconoce. En el “que pasaba”, en el que “caminaba”.
No es un Evangelio de ideas frías y de laboratorio.
No es un Evangelio plasmado en las páginas de un libro.
Es el Evangelio escrito con los pies sobre las arenas del camino.
Es el Evangelio escrito en una vida que ni siquiera dice nada.
Es el Evangelio del “que pasa”, del que camina.
Es el Evangelio del que “está ahí” y cuya vida sorprende y llama la atención.
El primer Evangelio de los seguidores de Jesús
Y lo curioso es que el primer Evangelio que leen sus seguidores es precisamente el Evangelio del que pasa.
Y los dos primeros discípulos que encuentran a Jesús comienzan también a escribir el Evangelio de los hombres, el Evangelio de los seguidores poniéndose en camino.
“Los dos discípulos oyeron las palabras de Juan y le siguieron a Jesús”.
Ahí comenzamos los hombres a escribir el Evangelio del seguimiento.
Un Evangelio escrito también con los pies. “Le siguieron”.
Y es ahí donde comienza el Evangelio del primer encuentro de Jesús con los hombres y de éstos con Jesús.
Es el Evangelio de los “pies”, es el Evangelio “del camino”.

“Al ver que le seguían”. No al ver que estaban sentados sino al ver que también ellos comienzan y se deciden a caminar. Ese el Evangelio de Dios a los hombres y de los hombres con Dios: “Evangelios de caminantes, Evangelio del camino”.

No se escribe el Evangelio acodándonos en nuestras hamacas, sino poniéndonos en camino, haciéndonos caminantes con el Caminante.
Porque es ahí donde, caminando, que Jesús entabla su primer diálogo con los hombres: “¿Qué buscáis?”

“Maestro, ¿dónde vives?” Es el Evangelio del que busca, del que quiere saber dónde encontrar y compartir la vida con Jesús. Y es el Evangelio de la respuesta de Dios: “Venid y lo veréis”.
Dios en camino.
Los hombres en camino.
Dios y los hombres al encuentro.
Y al final, el primer capítulo del Evangelio se escribe en “ver dónde vive Dios y quedarse con él aquel día”.

Es el Evangelio en que Dios pregunta “qué buscamos”.
Es el Evangelio en el que los hombres preguntan “dónde estás, dónde vives”.
Es el Evangelio donde, por primera vez, hombres y Dios comparten juntos un mismo día: “y se quedaron con él aquel día”.

Un Evangelio que comienza con un Dios que “pasa”.
Un Evangelio que comienza con unos hombres que “le siguen”.
Un Evangelio que comienza con la búsqueda de Dios.
Un Evangelio que comienza con el quedarse los hombres compartiendo con Dios.

Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio en los libros.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio de los caminos.
Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio escrito.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio escrito con los pies.
Estamos demasiado habituados a hablar del Evangelio con palabras.
Y es preciso que aprendamos a hablar del Evangelio escrito con nuestros pies.
El Evangelio del Dios que camina hacia los hombres.
El Evangelio de los hombres que caminan hacia Dios.
El Evangelio de los hombres que buscan donde está Dios.
El Evangelio de los hombres que son capaces de vivir con Dios una tarde.
Es el Evangelio escrito no en papel sino “en los caminos”.
Es el Evangelio escrito no con las manos sino con los “pies de caminante”.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia los hombres, para encontrarnos con Dios.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia Dios, para encontrarnos con los hombres. “Hemos encontrado al Mesías”. Y se abre la deuda de los caminantes: “Andrés y Juan eran los que oyeron a Juan y siguieron a Jesús”. Y Andrés y Juan son los primeros en anunciar a Simón la buena noticia del Mesías.

sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo del Señor


Escrito por Hermann Rodríguez Osorio, SJ*

Después de haber pasado treinta años de su vida en el anonimato de Nazaret, dedicado a los trabajos ordinarios y sencillos de una vida campesina, Jesús decidió un día, dejar atrás sus pequeñas seguridades y ponerse en camino hacia el sur, junto al río Jordán, donde Juan estaba bautizando. 

Se despidió de los suyos y se lanzó a una aventura de la cual no regresaría más. Tomó una decisión que resultó ser trascendental para su vida y para la nuestra. Por eso, vale la pena preguntarse ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a tomar esta decisión? ¿Qué esperaba encontrar con el bautismo de Juan? ¿Cuáles fueron los sentimientos que lo acompañaron durante este recorrido de más de cien kilómetros desde Nazaret hasta el lugar donde recibió su bautismo? ¿Fue un viaje solitario o lo hizo en compañía de algunos amigos y amigas que también buscaban lo mismo?

Seguramente a Nazaret llegaron las noticias de lo que Juan el Bautista estaba haciendo en un recodo del río Jordán, cerca de Betabara: Invitaba a los pecadores a cambiar de vida, a preparar los caminos del Señor. La llegada del Mesías era algo que todos los israelitas habían esperado con impaciencia durante muchos años. Todos esperaban al Ungido de Dios que liberaría a Israel de la dominación romana y les devolvería la libertad. Haría de ellos una gran nación. Los guiaría en la construcción de una sociedad que fuera sólo de Dios. Muchos de los estudiosos de la Biblia se preguntan si Jesús tenía en este momento de su vida una conciencia plena de su misión, o si la fue descubriendo poco a poco, a través de los mismos acontecimientos históricos que siguieron, a partir de esta decisión. 

Todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, sentimos la llamada a reorientar nuestro camino. Tuvimos que tomar la decisión de dejar atrás los espacios y las personas conocidas que formaban nuestro entorno vital. Dirigimos nuestros pasos hacia rumbos desconocidos, sobre los cuales no estábamos totalmente seguros. Nos aventuramos a establecer nuevas relaciones, nuevas prácticas, nuevas formas de comunicación con nuestro entorno, nuevas formas de pensar la misma realidad.

Caminamos hacia lo desconocido confiados en la promesa y en la fidelidad de Dios. Por Él y en Él, nos fuimos a descubrir nuevos horizontes. De la mano de Dios también salió Jesús de Nazaret y fue a bautizarse junto con todos los pecadores y pecadoras de su tiempo, que acudían a recibir el baño regenerador del bautismo de Juan.

Ver a Jesús dirigirse hacia lo desconocido, confiado solamente en la cercanía de su Padre Dios, nos anima a emprender también un camino nuevo cada día, con la confianza de que Dios nos acompañará y repetirá de nuevo lo que el mismo Jesús escuchó en el Jordán: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido".



martes, 6 de enero de 2026

Epifania: Dios no se Manifiesta Bajo Techo


Escrito por Pedro Huerta

Dios no se revela a los que están cómodamente instalados. Se deja encontrar por los que se atreven a salir más allá de sus seguridades. Por los que se exponen. Por los que caminan sin garantías. Los Magos que hoy celebramos no tenían catecismo, ni Templo, ni certezas teológicas. Solo una pregunta ardiendo por dentro. Y eso bastó para ponerlos en camino.

Mientras tanto, en Jerusalén, los expertos sabían exactamente dónde debía nacer el Mesías… y no dieron ni un paso para encontrarlo. Sabían, pero no buscaban. Y quien no busca, no encuentra. La Epifanía desmonta esa mentira piadosa que nos hace creer que Dios se aparece a los correctos. Nada más lejos de la realidad: Dios se manifiesta a los inquietos.

Los Magos leen el cielo porque no tienen otro lugar donde leer. Viven a la intemperie. No esperan que la verdad les llegue servida, la persiguen. Por eso no encuentran un tratado teológico, sino una estrella. Una luz frágil: suficiente para no quedarse quietos, insuficiente para controlarlo todo. Porque Dios no ilumina para que controlemos el suelo que pisamos, sino para que caminemos.

Buscaban un rey y encuentran un niño. Y ese niño es el mejor signo de la esperanza para los auténticos buscadores. Un niño sin ejército, sin poder, sin discurso. Un niño pobre, vulnerable, expuesto. Un niño que rompe todas las expectativas: Dios no se manifiesta donde se acumula fuerza, sino donde se acepta la fragilidad. No en el palacio de Herodes, sino en una casa cualquiera. No en el ruido, sino en el silencio.

Y es delante de ese niño frágil que los Magos se inclinan y ofrecen los mejores regalos para su humanidad recién estrenada: oro, incienso y mirra; lo valioso, lo sagrado y lo doloroso. Porque adorar no es solo rezar ni decir bonitas palabras. Adorar es bajar de nuestros pedestales, soltar el control y entregar la vida entera, especialmente aquello que más nos cuesta, lo que más nos pesa y lo que nos duele.

La Epifanía que hoy celebramos no es una escena dulce y amable. Es una crisis. En ella aprendemos que quien se encuentra con Dios ya no puede volver por el mismo camino. Eso es la fe: no una confirmación de lo que ya pensábamos, sino una desviación peligrosa.

La pregunta incómoda que se nos plantea es inevitable: ¿Somos Herodes, expertos en Escritura pero paralizados por el miedo a equivocarnos? ¿O somos Magos, buscadores dispuestos a perder seguridades por una verdad que no conocemos del todo?

La Iglesia, cuando es fiel al Evangelio, no es palacio ni aduana. Es estrella. No retiene, no se coloca en el centro, no exige quedarse. Señala y desaparece. Acompaña un tramo y luego se aparta, dejando espacio para el encuentro y la adoración de las presencias redentoras de Dios. Y vuelve a aparecer cuando nos ponemos en camino. Porque su luz se nos muestra mientras caminamos, no antes.

Epifanía no sucede bajo techo.

Sucede fuera.

En el camino.

En la duda.

En la noche.

Allí donde todavía hay gente capaz de levantar la vista y decir:

no lo sé todo, pero no me conformo.

Feliz Epifania!!