sábado, 29 de julio de 2017

Las Tres Parábolas para la Búsqueda de la Plenitud...

Fuente: Centro de Espiritualidad y Pastoral -Venezuela-

Las tres parábolas proponen indicadores para esta búsqueda hacia la plenitud. La parábola que trata del tesoro escondido presenta la novedad de Dios como la fuerza que atrae hacia la ruta de la plenitud. La parábola sobre la perla fina resalta la agudeza del que sabe distinguir lo que tiene verdadero valor de lo que no lo tiene tanto. Y la parábola de la pesca destaca la habilidad de cribar para escoger y quedarse con lo mejor.

El evangelista Mateo (13,44-52), está refiriéndose a un aspecto muy central de la vida como lo es el discernimiento. Porque el discernimiento requiere agudeza en la búsqueda, capacidad de escoger y la audacia de decidirse...

En este Evangelio sorprende la función que desempeña la alegría, al presentarla como el motor que impulsa todo camino, emprendimiento o proyecto personal y común que trascienda la mezquindad y el beneficio egoísta. Y es que la verdadera alegría es termómetro y norte de la vida auténtica.

Esta alegría hace que los tesoros escondidos, las perlas finas y los mejores frutos de la pesca, salgan a la luz y empiecen a iluminar nuevos caminos para uno mismo y para los demás. La alegría nos da el valor y la audacia para cribar todas las cosas, quedándonos con lo que más nos pone ante la vida y ante Dios.

Jesús nos dirá que el Reino de Dios es como tesoro siempre oculto, perla entre perlas. Es tan bueno y tan sencillo a la vez, que está mezclado entre otras tantas cosas buenas. Nuestro Dios es tan atractivo, inesperado y sorprendente, que quien lo encuentra, se siente tocado en lo más profundo de su ser. Ya nada puede ser como antes. 

Nada hay en la vida personal y social que no deba ser discernido y cribado. Y cuánto más si se trata de la convivencia social, las ideologías y las mismas creencias que modulan o moldean criterios, posturas y determinaciones. La persona o el grupo humano que discierne de verdad, será siempre el mismo, pero jamás será lo mismo.

sábado, 22 de julio de 2017

Mas allá de esa Cizaña que se mezcla con el Trigo, hay una Vida Creciendo en Nosotros...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-

"Las primeras comunidades cristianas necesitan entender la parábola de la cizaña en el campo. Jesús les había contado la historia de un sembrador generoso que sin tener en cuenta la calidad del terreno echaba su semilla con esplendidez y confiaba en que en alguna tierra daría su fruto. Era la semilla la que hacía buena a la tierra pero junto a ella eran sembradas a la vez otras semillas dañinas…

Así pasa también en las tierras del corazón, encontramos trigo y cizaña y por más que queramos arrancar esta última sabemos que tenemos que contar con ella hasta el final. Más adentro de nuestros terrenos pedregosos, y de esa cizaña que se mezcla con el trigo, hay una vida creciendo en nosotros. Una vida que tiene su propio ritmo, sus modos y que alcanza fecundidades que no podemos ni imaginar: los comienzos son mínimos y los finales inesperados. 

Jesús nos invita a escuchar algo que es difícil para nuestros oídos: que la justicia se abrirá camino, aún en las situaciones que creemos más perdidas, y que no se trata de arrancar la cizaña en nosotros y en los demás sino de abrazarla, de cubrirla con un amor tan gratuito que la deje desarmada de su aguijón. No hay buenos ni malos en esta historia aunque así lo parezca, hay seres humanos con su fragilidad y sus posibilidades invitados a cuidar su trigo y el de otros y a no desesperar; a dejar que sea el Sembrador el que al final nos revele el otro lado de aquello que aún no alcanzamos a comprender".

sábado, 15 de julio de 2017

Una parábola que nos habla hoy a cada uno de nosotros...

Texto del Papa Francisco

El Evangelio de este domingo (Mt 13,1-23) nos muestra a Jesús que predica a orillas de lago de Galilea, y como mucha gente lo rodea, Él sube en una barca, se aleja un poco de la orilla y predica desde ahí. Cuando habla al pueblo, Jesús utiliza muchas parábolas: un lenguaje comprensible a todos, con imágenes tomadas de la naturaleza y de situaciones de la vida diaria.

Lo primero que narra es una introducción a todas las parábolas: es aquella del sembrador, que a manos llenas arroja las semillas sobre todo tipo de terreno. Y el verdadero protagonista de esta parábola es la semilla, que produce más o menos frutos según el terreno sobre el cual ha caído. 

Los primeros tres terrenos son improductivos: a lo largo del camino las aves se comen la semilla; sobre el terreno pedregoso los brotes se secan rápidamente porque no tiene raíces; en medio a las zarzas la semilla viene sofocada por las espinas. El cuarto tipo de terreno es el terreno bueno, y solamente ahí la semilla germina y da fruto.

Esta parábola habla hoy a cada uno de nosotros, como hablaba a los oyentes de Jesús dos mil años atrás. Nos recuerda que nosotros somos el terreno donde el Señor echa incansablemente la semilla de su Palabra y de su Amor. 

¿Con qué disposición la acogemos? 

Y podemos preguntarnos: 

¿Cómo esta nuestro corazón? 
¿A qué terreno se parece: a un camino, a un pedregal, a unas zarzas? 

Depende de nosotros convertirnos en terreno bueno sin espinas ni piedras, pero formado y cultivado con cuidado, para que pueda dar buenos frutos para nosotros y para nuestros hermanos.

Y nos hará bien no olvidarnos que también nosotros somos sembradores, Dios siembra semillas buenas, y también aquí podemos preguntarnos: 

¿qué tipo de semilla salen de nuestro corazón y de nuestra boca? 

Nuestras palabras pueden hacer tanto bien, así como tanto mal, pueden sanar y pueden herir, pueden animar y pueden deprimir, recuerden: aquello que cuenta nos es los que entra, sino lo que sale de la boca y del corazón. 

La Virgen nos enseñe con su ejemplo a cuidar y hacerla fecunda en nosotros y en los demás.

sábado, 8 de julio de 2017

La Pequeñez... nos capacita para vivir en la inmediatez de Dios...

Escrito por Dolores Aleixandre -de su libro= ESCONDIDO CENTRO-

¿Quién está totalmente libre del deseo de reafirmarse, distinguirse de los demás, convertirse en el centro de atención, ser admirado e impresionar a la gente? 

Ser importante, sobresalir, ser más que otros. Un día los discípulos pensaron que nadie mejor que Jesús podría conducirles al éxito: «Maestro, ¿quién es el mayor en el Reino de los Cielos?», le preguntaron. Y lo último que esperaban fue la respuesta que recibieron: «Llamó a un niño (paidíon), lo puso en medio y les dijo: “Les aseguro que si no se convierten y se hacen como los niños (paidía), no entraran  en el Reino de Dios.

Quien se haga pequeño como este niño, ese es el mayor en el reino de los cielos”» (Mt18,1-5).

¿Hacerse como un niño? Era una propuesta disparatada: los niños eran seres inacabados, imperfectos y necesitados de formación, sin autoridad personal ni credibilidad. No tenían ningún derecho, solo deberes...

Insignificantes en la vida social, no tenían voz en las reuniones y solo podían hacer dos cosas: escuchar y aprender.

Pero la mayor carencia de los niños consistía en su incapacidad para cumplir la ley, que era lo que permitía ser justo ante Dios, complacerle, hacerse merecedor de su favor. 

Lo sorprendente y revolucionario de la afirmación de Jesús de llegar a ser como un niño es que el dejarse hacer (abandonarse, confiar...) de los niños resulta ser más importante que el hacer (cumplir, hacer méritos...), porque la actitud de recibir agrada más a Dios que los esfuerzos de quien se empeña en merecerlo. 

Los niños, como los ignorantes, los humildes y los pobres, carecen de toda suficiencia, y eso llena de alegría a Jesús:  «Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido bien» (Mt 11,25-26). 

Es precisamente la minoridad de los niños y de quienes se hacen como ellos la que les capacita para vivir en la inmediatez de Dios.

Será también la gran intuición de Pablo: los seres humanos no «valemos» (no nos «justificamos») ante Dios por lo que hacemos o merecemos, sino sencillamente porque somos. Si llegamos a confiar en esa aceptación incondicional de Dios, dejaremos de considerarnos buenos en comparación de malos, o malos en comparación de buenos, y nos situaremos ante Él como hijos, es decir, como quien es afirmado absolutamente por el Padre más allá de su bondad o malicia. Entonces la experiencia de los propios límites deja de pesar como culpabilidad y queda envuelta en la gran ternura de Dios y esta es la experiencia de la Gracia.

viernes, 30 de junio de 2017

EL JUEGO DE PERDER-GANAR

Escrito por hna  Dolores Aleixandre rscj

“Quien se aferre a su vida, la perderá, 
quien la pierda por mí, la encontrará” (Mt 10,39).

Estamos ante dos posturas vitales: la de quien busca ante todo poner a salvo su vida: ganarla, encontrarla, asegurarla, conservarla; ponerse al abrigo de un peligro, preservarse, escapar, guardar la casa o la fortuna, mantener los propios bienes en buena situación, reservar... Perderla, por el contrario, supone malograrla, frustrarla, despilfarrar, malgastarla, extraviarla, desperdiciarla, gastarla, derrocharla…

Este dicho de Jesús, presente en los tres sinópticos (Mt 16,13-28; Lc 9,22-27), aparece también en el evangelio de Juan después de la sentencia sobre el grano de trigo que, si muere, da mucho fruto: “El que ama su propia vida, la pierde; en cambio, quien odia su vida en este mundo, la guardará para la vida eterna” (Jn 12,25). El Apocalipsis nos ofrece una clave para comprender en qué consiste ese amar/odiar cuando, hablando de los justos que derrotaron con la sangre del Cordero al que los acusaba día y noche, dice de ellos que “no amaron tanto su vida que temieran la muerte” (“odiaron su vida hasta la muerte” Ap 12,11).

Qué extraña sabiduría, qué vuelco radical se nos exige para conformar con los criterios del Evangelio nuestra idea de lo que es salvar la vida o perderla. Nuestro deseo más perentorio es el de vivir, retener y poner a salvo el tesoro de la propia vida pero estamos, a la vez, llamados a escuchar la propuesta de Jesús: “Al que se venga conmigo, voy a llevarle a la ganancia por el extraño camino de la pérdida: ese es el camino mío y no conozco otro. La única condición que pongo al que quiera seguirme, es que esté dispuesto a fiarse de mí y de mi propia manera de salvar su vida, que sea capaz de confiármela, como yo la confío a Aquél de quien la recibo. La suya será siempre una vida sin garantía y sin pruebas, en el asombro siempre renovado de la confianza: por eso no puedo dar más motivos que el de “por mi causa”.

Todo el Evangelio es una escuela de lenguaje en la que aprendemos a manejar "según Dios" los verbos perder/ ganar y también los adverbios que resumen mucho las paradojas que propone Jesús: los que creen estar lejos (publicanos, pecadores, gente ignorante...,) son los que para Jesús están cerca; los que a los ojos de todos estaban fuera (de la ley, de la Alianza, del Reino...), para él están dentro; los que parecían ser menos (los pobres, los niños, los débiles...), para él son los más , los mayores, los importantes; los que se creían arriba (fariseos, saduceos, escribas, sacerdotes...), resultan estar mucho más abajo que los que ocupaban los últimos lugares de la escala social y religiosa.

Necesitamos una inmersión lingüística en ese lenguaje que encierra toda la novedad del Reino, que nos enseña a mirar y a calificar la realidad de una manera alternativa. Nos urge des-aprender nuestro viejo lenguaje "mundano" y ser recibidas en la novedad del lenguaje evangélico.

sábado, 24 de junio de 2017

No tengan miedo...

 
Texto de Arturo Sosa sj -General de la Compañia de Jesus-

"Jesús pide que no tengamos miedo a los que matan el cuerpo sino a los que matan el alma. Y es que nada puede separarnos de su amor y cuidado, ni siquiera nosotros mismos. 

Pero necesitamos espantar fantasmas, abandonar falsas creencias y erradicar ideologías cerradas, porque impiden reconocernos, valorarnos y, peor aún impiden crear solidaridad y comunión.

Quien transforma su miedo en confianza, dejándose guiar por la apuesta en los demás, puede descubrir el talento, el potencial y la dignidad de cada persona; posee el coraje y la pasión para desbloquear ese potencial e impulsar el máximo desarrollo de cada persona; y tiene, como Jesús, energía positiva para convertir las búsquedas en apuesta compartida y comprometida por la vida" 

sábado, 17 de junio de 2017

El que coma de este Pan, vivirá para siempre…

Escrito por Dolores Aleixandre

Recuerdo una devota costumbre que me inculcaron de niña que se llamaba "hacer una comunión espiritual": consistía en mandar el corazón al sagrario (se recomendaba mucho hacerlo en los viajes al ver un campanario) y desear recibir a Jesús espiritual­mente ya que no podía hacerse sacramen­talmente. A la hora de escuchar la expresión evangélica “comer de este pan”, se me ocurre un ejercicio parecido que nos permita sondear la verdad de nuestras “disposiciones eucarísticas”: consistiría en abrir el Evangelio por donde nos salga y cuando leamos, por ej.: "El que quiera ser el mayor entre ustedes que sea su servidor" (Mt 23,12); "No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete" (Mt 18,22); "Me dan compasión estas gen­tes, denles ustedes de comer"(Mc 6,34.37 ); "No atesoren tesoros en la tierra"(Mt 6,19); "Las prostitutas los precederán"(Mt 21,31) "Presten sin esperar nada a cam­bio"(Lc 6,35)..., hacer el gesto interior de "tragarnos" eso, de comulgar con ello, de desear, al menos, irnos poniendo de acuerdo con Jesús, creciendo en afinidad con él, pidiendo al Padre, con la pobreza de quien se siente incapaz desde sus fuerzas, que nos haga ir teniendo "parte con él" (Jn 13,8), con las consecuencias de que sea el "Primogé­nito de una multitud de hermanos..."

Esto de “tragar” es un verbo un poco áspero pero tiene la ventaja de ser familiar en nuestro vocabulario: "no trago a tal persona", "ese disgusto aún no me lo he tragado...", "todavía lo tengo aquí "(y señalamos la garganta). Nos es fácil sacar la lengua o poner la mano para comulgar y tragarnos el Pan y luego volver a nuestro sitio con recogimiento y dar gracias lo mejor que podemos.

Pero, de vez en cuando, tendríamos que cambiar la expresión "comulgar" por la de "tragarnos a Jesús" para caer un poco más en la cuenta de lo que significaría "tragarnos" su mentalidad (es el "cambien de mentalidad" de Mc 1,15, o el "tengan los mismos sentimientos que Cristo Jesús (Fil 2,5), sus preferen­cias, sus opciones, su estilo de vida, su extraña manera de vivir, de pensar y de actuar.

Porque la forma de comer de la que habla el evangelio expresa una forma de vivir. Hacemos memoria de Jesús para seguir haciendo lo que él hizo: "partirse la vida", "vaciarse hasta la muerte", según la expresión del cuarto canto del Siervo (Is 53,12). De esa memoria nace nuestra fraternidad y sólo se "reconoce a Jesús al partir el Pan" cuando el estilo de vida que él expresó en su entrega se hace presen­te, aunque sea germinalmente, en los que pretendemos seguirle.