sábado, 20 de enero de 2018

Que Jesús nos invite a la conversión, significa que nos está convocando a la audacia de vivir como personas nuevas...

Fuente de este texto:

Que Jesús nos invite al arrepentimiento, a la conversión, significa que nos está convocando a la audacia de vivir como personas nuevas, atreviéndonos a cambiar en lo más íntimo de cada quien. Es decir, a limpiar el alma, transformar nuestro corazón, ablandar nuestra dureza de mente, para que al liberarnos de toda atadura experimentemos la Salvación.

El Evangelio de Dios que nos propone Jesús como paradigma, es palabra que espanta soledades y tristezas, es vida que arranca de la muerte, es solidaridad que transforma la pobreza, es salvación. Este Evangelio nos cambia desde dentro: siempre seré el mismo, pero ya no seré lo mismo. Me pareceré a Jesús.

Arrepiéntete y cree en el Evangelio equivale a decir: piensa, ama y actúa de forma distinta a como lo has hecho hasta ahora y deja surgir dentro de ti el impulso que te abre confiadamente a la palabra, al poder y a la misericordia de Dios. Esta llamada es a vivir una vida diferente.

A Pedro, Andrés, Santiago y a Juan, los sacó Jesús de su acostumbrado oficio de pescadores en el que gastaban sus días, lanzándolos a la aventura de ganar hombres y mujeres para el amor, la verdad y la fraternidad. A ti y a mí nos pide salir de las rutinas, salir incluso de las queridas rutinas, para que nos metamos en la aventura de hacer amanecer la vida.

Que nada impida a Jesús mudarse e instalarse en nuestra pequeña casa, trabajo o familia y a lo más íntimo de nosotros mismos, para que nos dispongamos a la conversión y vivamos el Evangelio de Dios.

Comparto esta oracion para terminar rezando...

TÚ ME HAS LLAMADO

En silencio mi Señor, desde siempre me has llamado. 
Tus palabras y tus gestos me han hecho sentir en tus manos.
Tú, Señor, bien me conoces, mi vida has escudriñado, 
mis errores y pecados con tu amor has perdonado.

A veces me siento yo indigno de tus cuidados, 
por mi orgullo, por mis miedos, sin ver que estás a mi lado.
Sin darme cuenta que tiendes a todas horas tu mano, 
para que a ella me aferre y no me llene de barro.

Tú me llevas a tus aguas y limpias todo mi barro, 
del que mi vida tan llena, ha estado por tantos años.
Tú me lavas con tu gracia estos ojos tan cegados.
 Al abrirlos, veo tu Gloria, tu cariño y tu cuidado.

Yo estoy dispuesto a seguirte, porque sé que me has amado. 
Con tu gracia y tu ternura, responderé a tu llamado.
Por eso, vengo en silencio, ante Ti, que me has amado. 
Que nunca me aparte de Ti. Quiero seguir a tu lado.

- Antonio Torres-



sábado, 13 de enero de 2018

Las Preguntas de Jesús van a lo Esencial, Donde Están los Deseos más Profundos...

Fuente de este texto: http://www.cipecar.org

Este evangelio es una fiesta de miradas, de juventud, de seguimiento. Mira Juan a Jesús y esto es lo mejor de su profecía, se vuelve Jesús para mirar a los discípulos, miran los discípulos a Jesús, y Jesús le regala a Simón una mirada nueva. Son miradas profundas que tocan el corazón. Una mirada limpia, sin prejuicios, es el comienzo de un encuentro. Fijar la mirada en Jesús y acoger su mirada es la forma más bella de comenzar el trato de amistad con él. ¡Nos hace tanto bien volver a mirarle! Nadie puede quitarnos la dignidad que nos otorga su amor infinito.  “Mirad que no está aguardando otra cosa sino que le miremos” (Santa Teresa).    

‘Este es el Cordero de Dios’.

El encuentro con Jesús es el acontecimiento más importante en la vida profética de Juan. Una vez que señala a Jesús a sus discípulos, él se retira, deja sitio al que es más; viene el Cordero, el que marca nuestras puertas con su amor entregado y viene a eliminar la injusticia del mundo. ¡Con qué silencio se va Juan! Para muchos hombres y mujeres, el encuentro o reencuentro con Jesús da un nuevo horizonte a sus vidas, es el acontecimiento por excelencia. El encuentro con Jesús, si es profundo, no se puede dejar de anunciar. “¿Qué amor es ese que no siente la necesidad de hablar del ser amado, de mostrarlo, de hacerlo conocer?” (Papa Francisco).   

Jesús… al ver que lo seguían, les preguntó: ‘¿Qué buscan?’ Le contestaron: ‘Rabí, ¿dónde vives?’. 

Y esto se parece a una danza de alegría.  Las preguntas de Jesús van a lo esencial, donde están los deseos más profundos. La respuesta de los discípulos también señala la hondura. La oración requiere intimidad. Lo importante acontece dentro. Preguntas y respuestas: Todo es necesario para quedarnos con él. El ser humano puede desvelar sin miedo su misterio de indigencia ante el que viene a colmar todo vacío con su amor. “Nuestra tristeza infinita solo se cura con su infinito amor” (Papa Francisco). Jesús es el amor de nuestra vida. “Alma, buscarte has en Mí, y a Mí buscarte has en ti” (Santa Teresa).

Él les dijo: ‘Vengan y lo vean’. Entonces fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día.

Los discípulos vieron con el corazón a Jesús, dejaron todo y se quedaron con él. Igualmente nosotros: sabemos que seguimos a Jesús cuando dejamos lo que no nos da vida y caminamos con el amigo. Después del encuentro con Jesús, parece que todo sigue igual, pero no es así. Las dificultades de la vida siguen estando ahí, pero, con Jesús, le nace a nuestro corazón una alegría, que nadie nos puede robar. Ahora vamos con un amigo, que es fiel. “Unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama… Toda la vida de Jesús, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida” (Papa Francisco). 

Este amigo “nunca se cansa de dar… no nos cansemos nosotros de recibir” (Santa Teresa).       

lunes, 8 de enero de 2018

Al que ahora se sabía Hijo, todos se le habían vuelto hermanos...

Escrito por Dolores Aleixandre rscj

El Jordán es el lugar más bajo de la tierra y es precisamente ahí donde Jesús recibe el bautismo: era el sitio más adecuado para el que había escogido estar entre nosotros como un Siervo.

Salió del agua como el Ungido, el Predilecto, el Amado, el Consolado, el Enviado a compartir con otros lo recibido. Comenzó a caminar por Galilea derrochando esa incomprensible energía que posee el amor que, cuanto más se gasta, más crece. Curar era su manifestación preferida a la hora de amar.

Acogía los gritos y las lágrimas de la gente más abatida y con el aliento de su voz reanimaba sus vidas que casi se apagaban: “Ánimo, no tengas miedo, yo no te condeno, ven conmigo, tus pecados te son perdonados, levántate, vete en paz...”

Se detenía ante ellos, les escuchaba, les hacía preguntas:

  • “¿Qué quieres  que haga por vos?
  • ¿A quién buscas?
  • ¿De qué vienen hablando?
  • ¿Quieres curarte?
  • ¿Ves algo?
  • ¿Cuánto tiempo hace que le pasa esto? 
  • ¿Quién me ha tocado el manto?
  • ¿Quién soy yo para ustedes?”...

Su luz iluminaba los ojos de los ciegos, su libertad se contagiaba a los que vivían cautivos.

Al que ahora se sabía Hijo, todos se le habían vuelto hermanos.

viernes, 5 de enero de 2018

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”...

Escrito por Javier Albisu

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”, y ¿qué les mostraremos? 

Tal vez, sólo tengamos para mostrar las manos como cuna, sosteniendo la fragilidad de los que nos fueron puestos allí. De los que, torpe pero firmemente intentamos apesebrar, en su pobreza, en su fragilidad, en su duelo u orfandad. 

Tal vez, sólo podamos mostrar el corazón abierto cual pañal, dispuesto a cubrir y contener la frescura de las cosas más pequeñas, de los gestos más pequeños, de las personas más pequeñas; para que no se pierdan, para que no se olviden, para que no pasen de largo.

Tal vez, sólo sea que lleguemos a poder mostrar el calor que juntamos para alentar esperanzas recién nacidas; apalear el frío de las que están a la intemperie; alentar los intentos del que aprende y se equivoca; o cortar el hielo de diálogos que de tan fríos, ni siquiera se intentan. 

Tal vez, sólo alcancemos a mostrar el reparo de nuestro pobre pesebre de gestos y palabras para que La Palabra nazca en nuestra Carne; para que no siga “buscando lugar donde nacer”; para que no se vuelva descorazonada “porque no había lugar para ella”.

No sé si podremos mostrar al Niño, mas sí sé todo lo que este Niño nos muestra. Y tal vez, (¡quién dice!) no sea éste el modo como mejor se quiera mostrar.

Javier José Albisu