jueves, 31 de diciembre de 2015

MENSAJE DEL Papa FRANCISCO para la JORNADA MUNDIAL de la PAZ = 1 DE ENERO DE 2016

Vence la indiferencia y conquista la paz

1. Dios no es indiferente. A Dios le importa la humanidad, Dios no la abandona.

Al comienzo del nuevo año, quisiera acompañar con esta profunda convicción los mejores deseos de abundantes bendiciones y de paz, en el signo de la esperanza, para el futuro de cada hombre y cada mujer, de cada familia, pueblo y nación del mundo, así como para los Jefes de Estado y de Gobierno y de los Responsables de las religiones. Por tanto, no perdamos la esperanza de que 2016 nos encuentre a todos firme y confiadamente comprometidos, en realizar la justicia y trabajar por la paz en los diversos ámbitos. Sí, la paz es don de Dios y obra de los hombres. La paz es don de Dios, pero confiado a todos los hombres y a todas las mujeres, llamados a llevarlo a la práctica.

Custodiar las razones de la esperanza

2. Las guerras y los atentados terroristas, con sus trágicas consecuencias, los secuestros de personas, las persecuciones por motivos étnicos o religiosos, las prevaricaciones, han marcado de hecho el año pasado, de principio a fin, multiplicándose dolorosamente en muchas regiones del mundo, hasta asumir las formas de la que podría llamar una «tercera guerra mundial en fases». Pero algunos acontecimientos de los años pasados y del año apenas concluido me invitan, en la perspectiva del nuevo año, a renovar la exhortación a no perder la esperanza en la capacidad del hombre de superar el mal, con la gracia de Dios, y a no caer en la resignación y en la indiferencia. Los acontecimientos a los que me refiero representan la capacidad de la humanidad de actuar con solidariedad, más allá de los intereses individualistas, de la apatía y de la indiferencia ante las situaciones críticas.

Quisiera recordar entre dichos acontecimientos el esfuerzo realizado para favorecer el encuentro de los líderes mundiales en el ámbito de la COP 21, con la finalidad de buscar nuevas vías para afrontar los cambios climáticos y proteger el bienestar de la Tierra, nuestra casa común. Esto nos remite a dos eventos precedentes de carácter global: La Conferencia Mundial de Addis Abeba para recoger fondos con el objetivo de un desarrollo sostenible del mundo, y la adopción por parte de las Naciones Unidas de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, con el objetivo de asegurar para ese año una existencia más digna para todos, sobre todo para las poblaciones pobres del planeta.

El año 2015 ha sido también especial para la Iglesia, al haberse celebrado el 50 aniversario de la publicación de dos documentos del Concilio Vaticano II que expresan de modo muy elocuente el sentido de solidaridad de la Iglesia con el mundo. El papa Juan XXIII, al inicio del Concilio, quiso abrir de par en par las ventanas de la Iglesia para que fuese más abierta la comunicación entre ella y el mundo. Los dos documentos, Nostra aetate y Gaudium et spes, son expresiones emblemáticas de la nueva relación de diálogo, solidaridad y acompañamiento que la Iglesia pretendía introducir en la humanidad. En la Declaración Nostra aetate, la Iglesia ha sido llamada a abrirse al diálogo con las expresiones religiosas no cristianas. En la Constitución pastoral Gaudium et spes, desde el momento que «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo»[1], la Iglesia deseaba instaurar un diálogo con la familia humana sobre los problemas del mundo, como signo de solidaridad y de respetuoso afecto[2].

En esta misma perspectiva, con el Jubileo de la Misericordia, deseo invitar a la Iglesia a rezar y trabajar para que todo cristiano pueda desarrollar un corazón humilde y compasivo, capaz de anunciar y testimoniar la misericordia, de «perdonar y de dar», de abrirse «a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea», sin caer «en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye»[3].

Hay muchas razones para creer en la capacidad de la humanidad que actúa conjuntamente en solidaridad, en el reconocimiento de la propia interconexión e interdependencia, preocupándose por los miembros más frágiles y la protección del bien común. Esta actitud de corresponsabilidad solidaria está en la raíz de la vocación fundamental a la fraternidad y a la vida común. La dignidad y las relaciones interpersonales nos constituyen como seres humanos, queridos por Dios a su imagen y semejanza. Como creaturas dotadas de inalienable dignidad, nosotros existimos en relación con nuestros hermanos y hermanas, ante los que tenemos una responsabilidad y con los cuales actuamos en solidariedad. Fuera de esta relación, seríamos menos humanos. Precisamente por eso, la indiferencia representa una amenaza para la familia humana. Cuando nos encaminamos por un nuevo año, deseo invitar a todos a reconocer este hecho, para vencer la indiferencia y conquistar la paz.

Algunas formas de indiferencia

3. Es cierto que la actitud del indiferente, de quien cierra el corazón para no tomar en consideración a los otros, de quien cierra los ojos para no ver aquello que lo circunda o se evade para no ser tocado por los problemas de los demás, caracteriza una tipología humana bastante difundida y presente en cada época de la historia. Pero en nuestros días, esta tipología ha superado decididamente el ámbito individual para asumir una dimensión global y producir el fenómeno de la «globalización de la indiferencia».

La primera forma de indiferencia en la sociedad humana es la indiferencia ante Dios, de la cual brota también la indiferencia ante el prójimo y ante lo creado. Esto es uno de los graves efectos de un falso humanismo y del materialismo práctico, combinados con un pensamiento relativista y nihilista. El hombre piensa ser el autor de sí mismo, de la propia vida y de la sociedad; se siente autosuficiente; busca no sólo reemplazar a Dios, sino prescindir completamente de él. Por consiguiente, cree que no debe nada a nadie, excepto a sí mismo, y pretende tener sólo derechos[4]. Contra esta autocomprensión errónea de la persona, Benedicto XVI recordaba que ni el hombre ni su desarrollo son capaces de darse su significado último por sí mismo[5]; y, precedentemente, Pablo VI había afirmado que «no hay, pues, más que un humanismo verdadero que se abre a lo Absoluto, en el reconocimiento de una vocación, que da la idea verdadera de la vida humana»[6].

La indiferencia ante el prójimo asume diferentes formas. Hay quien está bien informado, escucha la radio, lee los periódicos o ve programas de televisión, pero lo hace de manera frívola, casi por mera costumbre: estas personas conocen vagamente los dramas que afligen a la humanidad pero no se sienten comprometidas, no viven la compasión. Esta es la actitud de quien sabe, pero tiene la mirada, la mente y la acción dirigida hacia sí mismo. Desgraciadamente, debemos constatar que el aumento de las informaciones, propias de nuestro tiempo, no significa de por sí un aumento de atención a los problemas, si no va acompañado por una apertura de las conciencias en sentido solidario[7]. Más aún, esto puede comportar una cierta saturación que anestesia y, en cierta medida, relativiza la gravedad de los problemas. «Algunos simplemente se regodean culpando a los pobres y a los países pobres de sus propios males, con indebidas generalizaciones, y pretenden encontrar la solución en una “educación” que los tranquilice y los convierta en seres domesticados e inofensivos. Esto se vuelve todavía más irritante si los excluidos ven crecer ese cáncer social que es la corrupción profundamente arraigada en muchos países —en sus gobiernos, empresarios e instituciones—, cualquiera que sea la ideología política de los gobernantes»[8].

La indiferencia se manifiesta en otros casos como falta de atención ante la realidad circunstante, especialmente la más lejana. Algunas personas prefieren no buscar, no informarse y viven su bienestar y su comodidad indiferentes al grito de dolor de la humanidad que sufre. Casi sin darnos cuenta, nos hemos convertido en incapaces de sentir compasión por los otros, por sus dramas; no nos interesa preocuparnos de ellos, como si aquello que les acontece fuera una responsabilidad que nos es ajena, que no nos compete[9]. «Cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien»[10].

Al vivir en una casa común, no podemos dejar de interrogarnos sobre su estado de salud, como he intentado hacer en la Laudato si’. La contaminación de las aguas y del aire, la explotación indiscriminada de los bosques, la destrucción del ambiente, son a menudo fruto de la indiferencia del hombre respecto a los demás, porque todo está relacionado. Como también el comportamiento del hombre con los animales influye sobre sus relaciones con los demás[11], por no hablar de quien se permite hacer en otra parte aquello que no osa hacer en su propia casa[12].

En estos y en otros casos, la indiferencia provoca sobre todo cerrazón y distanciamiento, y termina de este modo contribuyendo a la falta de paz con Dios, con el prójimo y con la creación.

La paz amenazada por la indiferencia globalizada

4. La indiferencia ante Dios supera la esfera íntima y espiritual de cada persona y alcanza a la esfera pública y social. Como afirmaba Benedicto XVI, «existe un vínculo íntimo entre la glorificación de Dios y la paz de los hombres sobre la tierra»[13]. En efecto, «sin una apertura a la trascendencia, el hombre cae fácilmente presa del relativismo, resultándole difícil actuar de acuerdo con la justicia y trabajar por la paz»[14]. El olvido y la negación de Dios, que llevan al hombre a no reconocer alguna norma por encima de sí y a tomar solamente a sí mismo como norma, han producido crueldad y violencia sin medida[15].

En el plano individual y comunitario, la indiferencia ante el prójimo, hija de la indiferencia ante Dios, asume el aspecto de inercia y despreocupación, que alimenta el persistir de situaciones de injusticia y grave desequilibrio social, los cuales, a su vez, pueden conducir a conflictos o, en todo caso, generar un clima de insatisfacción que corre el riesgo de terminar, antes o después, en violencia e inseguridad.

En este sentido la indiferencia, y la despreocupación que se deriva, constituyen una grave falta al deber que tiene cada persona de contribuir, en la medida de sus capacidades y del papel que desempeña en la sociedad, al bien común, de modo particular a la paz, que es uno de los bienes más preciosos de la humanidad[16].

Cuando afecta al plano institucional, la indiferencia respecto al otro, a su dignidad, a sus derechos fundamentales y a su libertad, unida a una cultura orientada a la ganancia y al hedonismo, favorece, y a veces justifica, actuaciones y políticas que terminan por constituir amenazas a la paz. Dicha actitud de indiferencia puede llegar también a justificar algunas políticas económicas deplorables, premonitoras de injusticias, divisiones y violencias, con vistas a conseguir el bienestar propio o el de la nación. En efecto, no es raro que los proyectos económicos y políticos de los hombres tengan como objetivo conquistar o mantener el poder y la riqueza, incluso a costa de pisotear los derechos y las exigencias fundamentales de los otros. Cuando las poblaciones se ven privadas de sus derechos elementares, como el alimento, el agua, la asistencia sanitaria o el trabajo, se sienten tentadas a tomárselos por la fuerza[17].

Además, la indiferencia respecto al ambiente natural, favoreciendo la deforestación, la contaminación y las catástrofes naturales que desarraigan comunidades enteras de su ambiente de vida, forzándolas a la precariedad y a la inseguridad, crea nuevas pobrezas, nuevas situaciones de injusticia de consecuencias a menudo nefastas en términos de seguridad y de paz social. ¿Cuántas guerras ha habido y cuántas se combatirán aún a causa de la falta de recursos o para satisfacer a la insaciable demanda de recursos naturales?[18]

De la indiferencia a la misericordia: la conversión del corazón

5. Hace un año, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz «no más esclavos, sino hermanos», me referí al primer icono bíblico de la fraternidad humana, la de Caín y Abel (cf. Gn 4,1-16), y lo hice para llamar la atención sobre el modo en que fue traicionada esta primera fraternidad. Caín y Abel son hermanos. Provienen los dos del mismo vientre, son iguales en dignidad, y creados a imagen y semejanza de Dios; pero su fraternidad creacional se rompe. «Caín, además de no soportar a su hermano Abel, lo mata por envidia cometiendo el primer fratricidio»[19]. El fratricidio se convierte en paradigma de la traición, y el rechazo por parte de Caín a la fraternidad de Abel es la primera ruptura de las relaciones de hermandad, solidaridad y respeto mutuo.

Dios interviene entonces para llamar al hombre a la responsabilidad ante su semejante, como hizo con Adán y Eva, los primeros padres, cuando rompieron la comunión con el Creador. «El Señor dijo a Caín: “Dónde está Abel, tu hermano? Respondió Caín: “No sé; ¿soy yo el guardián de mi hermano?”. El Señor le replicó: ¿Qué has hecho? La sangre de tu hermano me está gritando desde el suelo”» (Gn 4,9-10).

Caín dice que no sabe lo que le ha sucedido a su hermano, dice que no es su guardián. No se siente responsable de su vida, de su suerte. No se siente implicado. Es indiferente ante su hermano, a pesar de que ambos estén unidos por el mismo origen. ¡Qué tristeza! ¡Qué drama fraterno, familiar, humano! Esta es la primera manifestación de la indiferencia entre hermanos. En cambio, Dios no es indiferente: la sangre de Abel tiene gran valor ante sus ojos y pide a Caín que rinda cuentas de ella. Por tanto, Dios se revela desde el inicio de la humanidad como Aquel que se interesa por la suerte del hombre. Cuando más tarde los hijos de Israel están bajo la esclavitud en Egipto, Dios interviene nuevamente. Dice a Moisés: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a liberarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel» (Ex 3,7-8). Es importante destacar los verbos que describen la intervención de Dios: Él ve, oye, conoce, baja, libera. Dios no es indiferente. Está atento y actúa.

Del mismo modo, Dios, en su Hijo Jesús, ha bajado entre los hombres, se ha encarnado y se ha mostrado solidario con la humanidad en todo, menos en el pecado. Jesús se identificaba con la humanidad: «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Él no se limitaba a enseñar a la muchedumbre, sino que se preocupaba de ella, especialmente cuando la veía hambrienta (cf. Mc 6,34-44) o desocupada (cf. Mt 20,3). Su mirada no estaba dirigida solamente a los hombres, sino también a los peces del mar, a las aves del cielo, a las plantas y a los árboles, pequeños y grandes: abrazaba a toda la creación. Ciertamente, él ve, pero no se limita a esto, puesto que toca a las personas, habla con ellas, actúa en su favor y hace el bien a quien se encuentra en necesidad. No sólo, sino que se deja conmover y llora (cf. Jn 11,33-44). Y actúa para poner fin al sufrimiento, a la tristeza, a la miseria y a la muerte.

Jesús nos enseña a ser misericordiosos como el Padre (cf. Lc 6,36). En la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10,29-37) denuncia la omisión de ayuda frente a la urgente necesidad de los semejantes: «lo vio y pasó de largo» (cf. Lc 6,31.32). De la misma manera, mediante este ejemplo, invita a sus oyentes, y en particular a sus discípulos, a que aprendan a detenerse ante los sufrimientos de este mundo para aliviarlos, ante las heridas de los demás para curarlas, con los medios que tengan, comenzando por el propio tiempo, a pesar de tantas ocupaciones. En efecto, la indiferencia busca a menudo pretextos: el cumplimiento de los preceptos rituales, la cantidad de cosas que hay que hacer, los antagonismos que nos alejan los unos de los otros, los prejuicios de todo tipo que nos impiden hacernos prójimo.

La misericordia es el corazón de Dios. Por ello debe ser también el corazón de todos los que se reconocen miembros de la única gran familia de sus hijos; un corazón que bate fuerte allí donde la dignidad humana —reflejo del rostro de Dios en sus creaturas— esté en juego. Jesús nos advierte: el amor a los demás —los extranjeros, los enfermos, los encarcelados, los que no tienen hogar, incluso los enemigos— es la medida con la que Dios juzgará nuestras acciones. De esto depende nuestro destino eterno. No es de extrañar que el apóstol Pablo invite a los cristianos de Roma a alegrarse con los que se alegran y a llorar con los que lloran (cf. Rm 12,15), o que aconseje a los de Corinto organizar colectas como signo de solidaridad con los miembros de la Iglesia que sufren (cf. 1 Co 16,2-3). Y san Juan escribe: «Si uno tiene bienes del mundo y, viendo a su hermano en necesidad, le cierra sus entrañas, ¿cómo va a estar en él el amor de Dios?» (1 Jn 3,17; cf. St 2,15-16).

Por eso «es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia»[20].

También nosotros estamos llamados a que el amor, la compasión, la misericordia y la solidaridad sean nuestro verdadero programa de vida, un estilo de comportamiento en nuestras relaciones de los unos con los otros[21]. Esto pide la conversión del corazón: que la gracia de Dios transforme nuestro corazón de piedra en un corazón de carne (cf. Ez 36,26), capaz de abrirse a los otros con auténtica solidariedad. Esta es mucho más que un «sentimiento superficial por los males de tantas personas, cercanas o lejanas»[22]. La solidaridad «es la determinación firme y perseverante de empeñarse por el bien común; es decir, por el bien de todos y cada uno, para que todos seamos verdaderamente responsables de todos»[23], porque la compasión surge de la fraternidad.

Así entendida, la solidaridad constituye la actitud moral y social que mejor responde a la toma de conciencia de las heridas de nuestro tiempo y de la innegable interdependencia que aumenta cada vez más, especialmente en un mundo globalizado, entre la vida de la persona y de su comunidad en un determinado lugar, así como la de los demás hombres y mujeres del resto del mundo[24].

Promover una cultura de solidaridad y misericordia para vencer la indiferencia

6. La solidaridad como virtud moral y actitud social, fruto de la conversión personal, exige el compromiso de todos aquellos que tienen responsabilidades educativas y formativas.

En primer lugar me dirijo a las familias, llamadas a una misión educativa primaria e imprescindible. Ellas constituyen el primer lugar en el que se viven y se transmiten los valores del amor y de la fraternidad, de la convivencia y del compartir, de la atención y del cuidado del otro. Ellas son también el ámbito privilegiado para la transmisión de la fe desde aquellos primeros simples gestos de devoción que las madres enseñan a los hijos[25].

Los educadores y los formadores que, en la escuela o en los diferentes centros de asociación infantil y juvenil, tienen la ardua tarea de educar a los niños y jóvenes, están llamados a tomar conciencia de que su responsabilidad tiene que ver con las dimensiones morales, espirituales y sociales de la persona. Los valores de la libertad, del respeto recíproco y de la solidaridad se transmiten desde la más tierna infancia. Dirigiéndose a los responsables de las instituciones que tienen responsabilidades educativas, Benedicto XVI afirmaba: «Que todo ambiente educativo sea un lugar de apertura al otro y a lo transcendente; lugar de diálogo, de cohesión y de escucha, en el que el joven se sienta valorado en sus propias potencialidades y riqueza interior, y aprenda a apreciar a los hermanos. Que enseñe a gustar la alegría que brota de vivir día a día la caridad y la compasión por el prójimo, y de participar activamente en la construcción de una sociedad más humana y fraterna»[26].

Quienes se dedican al mundo de la cultura y de los medios de comunicación social tienen también una responsabilidad en el campo de la educación y la formación, especialmente en la sociedad contemporánea, en la que el acceso a los instrumentos de formación y de comunicación está cada vez más extendido. Su cometido es sobre todo el de ponerse al servicio de la verdad y no de intereses particulares. En efecto, los medios de comunicación «no sólo informan, sino que también forman el espíritu de sus destinatarios y, por tanto, pueden dar una aportación notable a la educación de los jóvenes. Es importante tener presente que los lazos entre educación y comunicación son muy estrechos: en efecto, la educación se produce mediante la comunicación, que influye positiva o negativamente en la formación de la persona»[27]. Quienes se ocupan de la cultura y los medios deberían también vigilar para que el modo en el que se obtienen y se difunden las informaciones sea siempre jurídicamente y moralmente lícito.

La paz: fruto de una cultura de solidaridad, misericordia y compasión

7. Conscientes de la amenaza de la globalización de la indiferencia, no podemos dejar de reconocer que, en el escenario descrito anteriormente, se dan también numerosas iniciativas y acciones positivas que testimonian la compasión, la misericordia y la solidaridad de las que el hombre es capaz.

Quisiera recordar algunos ejemplos de actuaciones loables, que demuestran cómo cada uno puede vencer la indiferencia si no aparta la mirada de su prójimo, y que constituyen buenas prácticas en el camino hacia una sociedad más humana.

Hay muchas organizaciones no gubernativas y asociaciones caritativas dentro de la Iglesia, y fuera de ella, cuyos miembros, con ocasión de epidemias, calamidades o conflictos armados, afrontan fatigas y peligros para cuidar a los heridos y enfermos, como también para enterrar a los difuntos. Junto a ellos, deseo mencionar a las personas y a las asociaciones que ayudan a los emigrantes que atraviesan desiertos y surcan los mares en busca de mejores condiciones de vida. Estas acciones son obras de misericordia, corporales y espirituales, sobre las que seremos juzgados al término de nuestra vida.

Me dirijo también a los periodistas y fotógrafos que informan a la opinión pública sobre las situaciones difíciles que interpelan las conciencias, y a los que se baten en defensa de los derechos humanos, sobre todo de las minorías étnicas y religiosas, de los pueblos indígenas, de las mujeres y de los niños, así como de todos aquellos que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad. Entre ellos hay también muchos sacerdotes y misioneros que, como buenos pastores, permanecen junto a sus fieles y los sostienen a pesar de los peligros y dificultades, de modo particular durante los conflictos armados.

Además, numerosas familias, en medio de tantas dificultades laborales y sociales, se esfuerzan concretamente en educar a sus hijos «contracorriente», con tantos sacrificios, en los valores de la solidaridad, la compasión y la fraternidad. Muchas familias abren sus corazones y sus casas a quien tiene necesidad, como los refugiados y los emigrantes. Deseo agradecer particularmente a todas las personas, las familias, las parroquias, las comunidades religiosas, los monasterios y los santuarios, que han respondido rápidamente a mi llamamiento a acoger una familia de refugiados[28].

Por último, deseo mencionar a los jóvenes que se unen para realizar proyectos de solidaridad, y a todos aquellos que abren sus manos para ayudar al prójimo necesitado en sus ciudades, en su país o en otras regiones del mundo. Quiero agradecer y animar a todos aquellos que se trabajan en acciones de este tipo, aunque no se les dé publicidad: su hambre y sed de justicia será saciada, su misericordia hará que encuentren misericordia y, como trabajadores de la paz, serán llamados hijos de Dios (cf. Mt 5,6-9).

La paz en el signo del Jubileo de la Misericordia

8. En el espíritu del Jubileo de la Misericordia, cada uno está llamado a reconocer cómo se manifiesta la indiferencia en la propia vida, y a adoptar un compromiso concreto para contribuir a mejorar la realidad donde vive, a partir de la propia familia, de su vecindario o el ambiente de trabajo.

Los Estados están llamados también a hacer gestos concretos, actos de valentía para con las personas más frágiles de su sociedad, como los encarcelados, los emigrantes, los desempleados y los enfermos.

Por lo que se refiere a los detenidos, en muchos casos es urgente que se adopten medidas concretas para mejorar las condiciones de vida en las cárceles, con una atención especial para quienes están detenidos en espera de juicio[29], teniendo en cuenta la finalidad reeducativa de la sanción penal y evaluando la posibilidad de introducir en las legislaciones nacionales penas alternativas a la prisión. En este contexto, deseo renovar el llamamiento a las autoridades estatales para abolir la pena de muerte allí donde está todavía en vigor, y considerar la posibilidad de una amnistía.

Respecto a los emigrantes, quisiera dirigir una invitación a repensar las legislaciones sobre los emigrantes, para que estén inspiradas en la voluntad de acogida, en el respeto de los recíprocos deberes y responsabilidades, y puedan facilitar la integración de los emigrantes. En esta perspectiva, se debería prestar una atención especial a las condiciones de residencia de los emigrantes, recordando que la clandestinidad corre el riesgo de arrastrarles a la criminalidad.

Deseo, además, en este Año jubilar, formular un llamamiento urgente a los responsables de los Estados para hacer gestos concretos en favor de nuestros hermanos y hermanas que sufren por la falta de trabajo, tierra y techo. Pienso en la creación de puestos de trabajo digno para afrontar la herida social de la desocupación, que afecta a un gran número de familias y de jóvenes y tiene consecuencias gravísimas sobre toda la sociedad. La falta de trabajo incide gravemente en el sentido de dignidad y en la esperanza, y puede ser compensada sólo parcialmente por los subsidios, si bien necesarios, destinados a los desempleados y a sus familias. Una atención especial debería ser dedicada a las mujeres —desgraciadamente todavía discriminadas en el campo del trabajo— y a algunas categorías de trabajadores, cuyas condiciones son precarias o peligrosas y cuyas retribuciones no son adecuadas a la importancia de su misión social.

Por último, quisiera invitar a realizar acciones eficaces para mejorar las condiciones de vida de los enfermos, garantizando a todos el acceso a los tratamientos médicos y a los medicamentos indispensables para la vida, incluida la posibilidad de atención domiciliaria.

Los responsables de los Estados, dirigiendo la mirada más allá de las propias fronteras, también están llamados e invitados a renovar sus relaciones con otros pueblos, permitiendo a todos una efectiva participación e inclusión en la vida de la comunidad internacional, para que se llegue a la fraternidad también dentro de la familia de las naciones.

En esta perspectiva, deseo dirigir un triple llamamiento para que se evite arrastrar a otros pueblos a conflictos o guerras que destruyen no sólo las riquezas materiales, culturales y sociales, sino también —y por mucho tiempo— la integridad moral y espiritual; para abolir o gestionar de manera sostenible la deuda internacional de los Estados más pobres; para la adoptar políticas de cooperación que, más que doblegarse a las dictaduras de algunas ideologías, sean respetuosas de los valores de las poblaciones locales y que, en cualquier caso, no perjudiquen el derecho fundamental e inalienable de los niños por nacer.

Confío estas reflexiones, junto con los mejores deseos para el nuevo año, a la intercesión de María Santísima, Madre atenta a las necesidades de la humanidad, para que nos obtenga de su Hijo Jesús, Príncipe de la Paz, el cumplimento de nuestras súplicas y la bendición de nuestro compromiso cotidiano en favor de un mundo fraterno y solidario.

Vaticano, 8 de diciembre de 2015
Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María
Apertura del Jubileo Extraordinario de la Misericordia

FRANCISCUS

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[1] Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 1.
[2] Cf. ibíd., 3.
[3] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 14-15.
[4] Cf. Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 43.
[5] Cf. ibíd., 16.
[6] Carta. enc. Populorum progressio, 42.
[7] «La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos. La razón, por sí sola, es capaz de aceptar la igualdad entre los hombres y de establecer una convivencia cívica entre ellos, pero no consigue fundar la hermandad» (Benedicto XVI, Carta. enc. Caritas in veritate, 19).
[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 60.
[9] Cf. ibíd., 54.
[10] Mensaje para la Cuaresma 2015.
[11] Cf. Carta. enc. Laudato si’, 92.
[12] Cf. ibíd., 51.
[13] Discurso a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede (7 enero 2013).
[14] Ibíd.
[15] Cf. Benedicto XVI, Intervención durante la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo, Asís, 27 octubre 2011.
[16] Cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 217-237.
[17] «Pero hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad —local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier sistema político y social por más sólido que parezca» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 59).
[18] Cf. Carta enc. Laudato si’, 31; 48.
[19] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2015, 2.  
[20] Bula de convocación del Jubileo extraordinario de la Misericordia Misericordiae vultus, 12.
[21] Cf. ibíd., 13.
[22] Juan Pablo II, Carta. enc. Sollecitudo rei socialis, 38.
[23] Ibíd.
[24] Cf. ibíd.
[25] Cf. Catequesis durante la Audiencia general (7 enero 2015).
[26] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2012, 2.
[27] Ibíd.
[28] Cf. Ángelus (6 septiembre 2015).
[29] Cf. Discurso a una delegación de la Asociación internacional de derecho penal (23 octubre 2014).

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Año Nuevo: Festejar es afirmar la Bondad de la Vida…

Estamos por comenzar un Nuevo año y esto nos llena de esperanza!!

Estamos a pocas horas de celebrar la Fiesta de año Nuevo y me gustaría que reflexionáramos sobre el sentido de Festejar…, de hecho, nos venimos deseando ¡Felices Fiestas!!, no??

Encontré providencialmente, en estos días un texto escrito por Leonardo Boff, en donde dice que Festejar es afirmar la bondad de la vida…

El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a los  grandes pensadores de todos los tiempos, entre los que podemos nombrar, se encuentran Pieper hasta  Nietzsche. 

Y es que la fiesta revela lo que hay de sagrado  en nosotros en medio de la vida cotidiana, que cuando la vivimos mal se nos transforma en lo que llamamos la fría rutina. 

La fiesta en sí está libre de intereses y finalidades, aunque haya fiestas de negocios donde la fiesta se transforma en comer y negociar. Pero en la fiesta que es fiesta, todos están juntos no para aprender o enseñar algo unos a otros, sino para alegrarse, para estar ahí, uno para el otro comiendo y bebiendo en amistad y concordia. La fiesta reconcilia todas las cosas y nos devuelve la simplicidad del paraíso de las delicias, que nunca se perdió totalmente. 

La fiesta es como un regalo que no depende ya de nosotros y que no podemos manipular. Se puede preparar la fiesta, pero la festividad, es decir, el espíritu de la fiesta, surge gratuitamente. Nadie la puede prever ni simplemente producir. Solamente podemos prepararnos interior y exteriormente y acogerla.

A la fiesta más social (bodas, aniversario) pertenecen la ropa festiva, el adorno, la música y el baile. ¿De dónde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietszche encontró la mejor manera de formularlo: «para alegrarse de alguna cosa, hay que dar la bienvenida a todas las cosas». Por tanto, para poder festejar de verdad necesitamos afirmar positivamente la totalidad de las cosas: «Si podemos decir sí a un único momento entonces habremos dicho sí no sólo a nosotros mismos sino a la totalidad de la existencia» 

Ese sí está en el interior  a nuestra decisiones cotidianas, en nuestro trabajo, en la preocupación por la familia, en la convivencia con los colegas, los compañeros. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de la vida es vivido incluso inconscientemente. De la fiesta salimos más fuertes para enfrentarnos a las exigencias de la vida.

La grandeza de una religión, cristiana o no, reside en gran parte en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y maestros, los tiempos sagrados, las fechas fundacionales, para nosotros la Navidad es una de las Celebraciones más importantes para nuestra Fe, y de hecho, muchas personas se juntas a festejar, el 24 de diciembre y ni siquiera tienen fe, allí esta lo misterioso… es lo que en el Documento de Puebla, se hablaba de las “semillas del Verbo”…, es decir, en cada corazón que Dios ha creado, hay un anhelo de trascendencia… . 

En las fiestas cesan los interrogantes del corazón y el practicante celebra la alegría de su fe en compañía de hermanos y hermanas que comparten sus mismas convicciones, oyen la misma palabra sagrada y se sienten próximos a Dios.

Por haber perdido la alegría, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar...

La fiesta tiene que ser preparada y solamente después celebrada. Sin esta disposición interior corre el riesgo de perder su sentido alimentador de la vida que llevamos...
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Deseándote un muy Fecundo y Bendecido 2016, sigamos compartiendo este espacio en la ESPIRITUALIDAD COTIDIANA...

Con mi cariño y oración, gracias por lo compartido!!

Marta Irigoy

sábado, 26 de diciembre de 2015

Fiesta de la Sagrada Familia = "Cuando se percibe que es más importante lo que es que lo que hace..."


Bajó con ellos y vino a Nazaret y les estaba sujeto. 
Y crecía en sabiduría, en edad y en gracia 
ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51- 52).

Escrito por Jose Luis Martin Descalzo, (de su libro: Vida y Misterio de Jesús de Nazareth)

Difícilmente se puede encerrar mayor número de misterios en menor número de palabras. Lucas, el evangelista, que ha sido minucioso y detallista al contarnos la anécdota ocurrida a los doce años, se refugia ahora en la más general de las fórmulas, como desconcertado —o asustado quizá— de lo que está contando. Escribe Robert Aron:

Aquí el historiador vacila y el misterio aparece. Aquí se anuda, en la intimidad de una conciencia convertida en adulta y consagrada a Dios, uno de los dramas más asombrosos y de más graves consecuencias que haya conocido la historia del mundo. Aquí se prepara una de las principales mutaciones que haya sufrido el pensamiento humano y la historia de Dios sobre la tierra.

¡Es comprensible que el misterio se resista a dejarse analizar y que prefiera esa discreta sombra a la luz de la frivolidad humana! 

 ¿Por qué volvió con sus padres a Nazaret y por qué estuvo allí tanto tiempo? 

Este misterios no es el más profundo, pero sí el más desconcertante. ¿No acaba de proclamar en Jerusalén que él tiene que ocuparse de las cosas de su Padre, que ha sido encargado de una misión que forzosamente le alejará de sus padres y de su diaria rutina?

Hasta ahora era un niño, pero, de pronto, le hemos visto crecer, tomar entre sus dos manos el timón de su destino y señalar hacia un misterioso norte. Pero, apenas dichas estas palabras, todo regresa a la sombra. El muchacho parece olvidarse de «las cosas de su Padre», pospone de nuevo su misión —que ha brillado en sus ojos con la intensidad, pero también con la celeridad de un relámpago— y vuelve ¡durante dieciocho años! a la vulgaridad de la carpintería. ¿No estará traicionando con ello su misión? ¿No estará «desaprovechando» su vida? ¿No dirá él mismo más tarde que nadie enciende una lámpara y la pone bajo el celemín, sino sobre el candelero para que alumbre a cuantos hay en la casa? (Mt 5, 15). ¿No es un error dedicar más de nueve décimas partes de su vida a la oscuridad? ¿No hace con ello un daño irreparable a cuantos en el mundo podrían salvarse conociéndole?

Es éste uno de los puntos en que más claramente se muestra la diferencia entre Jesús y cualquier otro de los genios del espíritu que ha conocido el mundo. Todos los grandes hombres han vivido «a presión», con la sensación de no poder perder un momento de sus años, con la obligación de «vivirse» de punta a punta. Nada de este vértigo hay en Jesús, al contrario: una soberana calma, una —como ha señalado Cabodevilla— señorial indiferencia ante el paso del tiempo.

Jesús, evidentemente, ni en su vida privada ni tampoco en la pública, tiene jamás prisa, nunca se ve dominado por la angustia de que la muerte pueda llegar sin haber concluido su tarea. Sabe cuándo
vendrá; sabe que acabará joven; que tendrá pocos meses para predicar su mensaje; que no le quedará tiempo para salir de los límites de Palestina; que, incluso, dejará muchas cosas sin decir y tendrá que venir «otro» —el Espíritu— a completar su obra. Pero nada de esto le convierte en ansioso, nada le hace vivir angustiado y ni siquiera tenso.


Jesús es el único humano en quien, en todo momento, se percibe que es más importante lo que es que lo que hace. Por eso no vive «a la carrera». Sabe que su simple existir como hombre, su humanidad son ya la gran revelación del amor de Dios hacia los hombres. Viviendo redime, viviendo predica, sin necesidad de palabras ni milagros. Estos serán simples añadidos a la gran realidad de su existencia sobre la tierra. En este caso el mensaje no es lo que trae el mensajero, sino el mensajero mismo; el mensaje es el hecho de que el mensajero haya venido. En él, respirar, cortar maderas son un testimonio tan alto como resucitar muertos. En sus años «perdidos» en Nazaret está ya enseñando y redimiendo, dando tanta gloria al Padre como con su muerte y su resurrección.

viernes, 25 de diciembre de 2015

Contemplando el Pesebre, fijamos la Mirada en los Brazos Abiertos de Jesús que nos muestran el Abrazo Misericordioso de Dios...

Mensaje Urbi et Orbi del  Papa FRANCISCO
NAVIDAD 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Navidad!

Cristo ha nacido para nosotros, vamos a regocijarnos en el día de nuestra salvación!

Abrimos nuestros corazones para recibir la gracia de este día, que es el mismo Cristo: Jesús es la luz "día" que ha surgido en el horizonte de la humanidad. Día de la misericordia, en la que Dios el Padre le reveló a la humanidad su oferta. Día de la luz que dispersa la oscuridad del miedo y la angustia. Día de la Paz, en el que se hace posible conocer, hablar, y sobre todo de reconciliarse. Día de júbilo: "una gran alegría" para los pequeños y los humildes, y para todo el pueblo (cf. Lc 2,10).

En este día, de la Virgen María, Jesús nació, el ​​Salvador. El pesebre nos hace ver la "señal" de que Dios nos ha dado "un niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre" (Lc 2:12). Al igual que los pastores de Belén, también vamos a ver este signo, este evento, que se renueva cada año en la Iglesia. 
La Navidad es un acontecimiento que se renueva en cada familia, en cada parroquia, en cada comunidad que acoge el amor de Dios encarnado en Jesucristo. Como María, la Iglesia demuestra que toda la "señal" de Dios: el niño que ha llevado en su vientre y dio a luz, pero que es el Hijo del Altísimo, porque "es el Espíritu Santo" (Mt 01:20) . Por lo tanto Él es el Salvador, porque es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo (cf. Jn 1,29). Con los pastores, se postran delante del Cordero, nos encanta la bondad de Dios hecho carne, y dejamos lágrimas de arrepentimiento llenan nuestros ojos y lavar nuestros corazones. Todos lo necesitamos!

Sólo Él, sólo Él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede liberar a la humanidad de las muchas formas del mal, a veces monstruosas, lo que genera el egoísmo en ella. La gracia de Dios puede convertir corazones y formas abiertas de situaciones humanamente insolubles.

¿De dónde viene Dios, la esperanza nace: Él trae esperanza. ¿De dónde viene Dios viene la paz. Y de dónde viene la paz, no hay lugar para el odio y la guerra. Sin embargo, justo donde vino al mundo el Hijo de Dios hecho carne, la tensión y la violencia y la paz sigue es un regalo que se invoca y que se construirá. Que israelíes y palestinos a reanudar el diálogo directo y llegar a un acuerdo que permitirá a los dos pueblos a vivir juntos en armonía, la superación de un conflicto que se ha opuesto siempre a ellos, con graves repercusiones en toda la región.

Pedimos al Señor que el entendimiento alcanzado en las Naciones Unidas tan pronto como sea posible para poder silenciar el ruido de armas a Siria y para remediar la grave situación humanitaria de la población agotado. Es igualmente urgente que el acuerdo sobre Libia tiene el apoyo de todos, a fin de superar las serias divisiones y la violencia que asolan el país. La atención de la comunidad internacional está dirigida por unanimidad a poner fin a las atrocidades, tanto en esos países, así como en Irak, Yemen y África subsahariana siguen afirmando muchas víctimas, causando un inmenso sufrimiento y no escatimó ni el patrimonio histórico y cultural de pueblos enteros. Mi pensamiento se dirige también a los afectados por actos atroces de terrorismo, en particular las recientes masacres que tuvieron lugar en los cielos de Egipto, Beirut, París, Bamako y Túnez.

Nuestros hermanos perseguidos en muchas partes del mundo a causa de su fe, el regalo de consuelo y fortaleza al Niño Jesús. Ellos son nuestros mártires hoy.

La paz y la concordia piden los queridos habitantes de la República Democrática del Congo, Burundi y Sudán del Sur para que, a través del diálogo, vamos a fortalecer el compromiso común para la construcción de la sociedad civil, animado por un sincero espíritu de reconciliación y la comprensión mutua .

Navidad llevar la paz real, incluso Ucrania, proporcionar alivio a los afectados por las consecuencias del conflicto e inspirar a la voluntad de completar los acuerdos, para restaurar la armonía en todo el país.

La alegría de este día iluminar los esfuerzos del pueblo colombiano, ya que, animada por la esperanza, con el compromiso continuo para perseguir la tranquilidad deseada.

Dónde viene Dios, la esperanza nace; y donde nace la esperanza, la gente a encontrar su dignidad. Sin embargo, incluso hoy en día multitud de hombres y mujeres se ven privadas de su dignidad humana y, como el niño Jesús, sufriendo por el frío, la pobreza y la negativa de los hombres. Llega hoy nuestra cercanía a los más vulnerables, especialmente los niños soldados, a las mujeres que sufren violencia, las víctimas de la trata de personas y el tráfico de drogas.

No te pierdas nuestra comodidad a los que huyen de la pobreza o la guerra, viajando en condiciones a menudo inhumanas y, a menudo arriesgando sus vidas. Ellos son recompensados ​​con abundantes bendiciones a las personas y los Estados, se esforzarán generosamente para ayudar y dar cabida a los numerosos inmigrantes y refugiados, ayudándoles a construir un futuro digno para ellos y sus seres queridos y de integrarse en las sociedades que los reciben.

En este día de celebración, el Señor está restaurando esperanza a los que no tienen trabajo - y hay muchos! - Y apoyar los esfuerzos de los que tienen responsabilidades públicas en las esferas política y económica que hacer todo lo posible para perseguir el bien común y para proteger la dignidad de toda vida humana.

¿De dónde viene la misericordia de Dios prospera. Es el don más precioso que Dios nos da, sobre todo en este año jubilar, en el que estamos llamados a descubrir la ternura que nuestro Padre Celestial tiene con respecto a cada uno de nosotros. Que el Señor, especialmente aquellos en la prisión de experimentar su amor misericordioso que cura las heridas y vence al mal.

Y por eso hoy, junto regocijan en el día de nuestra salvación. Contemplando el pesebre, fijamos la mirada en los brazos abiertos de Jesús que nos muestran el abrazo misericordioso de Dios, mientras escuchamos el grito del niño que susurra: "A mis hermanos y amigos voy a decir:" La paz contigo "! "(Sal 121 [122], 8).

martes, 22 de diciembre de 2015

Triduo, Preparando el Corazón para esta Navidad...

TERCER DÍA: En el Pesebre

“…le llegó a María el tiempo del parto, 
y dio a luz a su hijo primogénito,
lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre…”
 (Lc.2, 6-7)

Habitar en el pesebre es habitar el lugar de la dureza y la ternura. Dureza de una realidad que se acepta, se sufre y se padece, a la que sólo la fuerza del amor podrá transformar tiernamente.

Habitar el pesebre es habitar la delicadeza de unas manos que son capaces de disponer lo necesario para hacer que nazca en una situación inhumana, la dignidad de toda vida, y así poder celebrar la liturgia del amor de Dios, cargada de gestos de humanidad. 

El pesebre es el lugar de la pobreza vivida verdaderamente. No de quien juega a ser pobre, sino de quien lo es y lo agradece.

El pesebre es el lugar donde todas las miradas están vueltas hacia el niño, hacia aquél que en su fragilidad está necesitado del cuidado de todos.

Habitar en el pesebre es habitar en la pequeñez del niño que nos permite entrar en el Reino; que nos hace entrar en las entrañas maternales de Dios; que nos hace entrar en el seno mismo de su amor Trinitario.

Habitar el pesebre, es habitar el sitio donde el corazón se arrodilla y adora, en la carne del Dios hecho hombre, el lugar para siempre de encuentro con su gracia y amor; y en el beso sacramental dado al niño, gusta en sus labios sabor de Eternidad y Salvación. -de Javier Albisu-

(Pido la gracia que necesito)

AL PEQUEÑO JESÚS

Déjame ser quien te cuide ahora
porque siempre serás quien cuide de mí.
Déjame ser quien te mire ahora
porque nunca dejarás de mirarme a mí.

Déjame ser quien te arrulle ahora
porque siempre cantarás por alegrarme.
Déjame ser quien te hable ahora
porque mi corazón intentará siempre escucharte.

DÉJAME SER QUIEN VELE TUS SUEÑOS                    
MUCHOS DE ELLOS SERÁN PARA QUIENES AMO.
DÉJAME SER QUIEN TE SOSTENGA AHORA
MUCHAS VECES MÁS ME SOSTENDRÁS A MÍ.

Déjame ser quien te alimente ahora
srá tu cuerpo quien alimente mi alma.
Déjame ser tus ojos ahora
toda mi vida rezaré por tu mirada.

Déjame ser quien te bese ahora
siempre serás quien bese mi debilidad.
Déjame ser quien te enseñe a amar ahora
serás vos quien me ame hasta la vida dar.

DÉJAME SER QUIEN SEQUE TUS LÁGRIMAS
PORQUE TODA MI VIDA LO HARÁS POR MÍ.
DÉJAME DAR LA VIDA POR VOS AHORA.
PORQUE UN DÍA SE BIEN
QUE LO HARÁS POR MÍ.
PORQUE UN DÍA SE BIEN
QUE LO HARÁS POR MÍ.
Y SIEMPRE ME SERÁ DIFÍCIL COMPRENDER.
-Mauro Tesuri-


-Rezar un Padre Nuestro.

Triduo, Preparando el Corazón para esta Navidad...

SEGUNDO DÍA: En el sueño de San José

“Cuando José se despertó del sueño,
 hizo lo que el ángel del Señor le había mandado:
 recibió a su esposa.”(Mt. 1,24)

El sueño de San José es el sueño de un corazón que quiere ser fiel. Es el sueño de quien quiere creer contra toda evidencia. El sueño de quien quiere seguir dejando a Dios, la posibilidad de soñar, ya que su sueño, cargado como está de un amor que no se detiene, llega mucho más allá de lo que el hombre se atreve a soñar.

Habitar el sueño de San José, es habitar el lugar donde el corazón renuncia a todas sus defensas, a toda resistencia.

Es saber hacer a un lado toda inquietud, mientras se descansa en los brazos de un Dios que sigue sosteniendo la vida, así como hace crecer la semilla ya sea que el sembrador duerma o se levante.

Habitar el sueño de San José, es habitar el sueño de quien al despertar está dispuesto a realizar aquello que Dios le hizo soñar, porque él, que es fiel a su sueño, no dejará que se vea frustrado.

Es descubrir que Dios, habla aún en el silencio de la noche más oscura.

Es descubrir que la fecundidad que él da, se alcanza poniéndose detrás de sus proyectos, detrás de su amor, a su sombra, a la sombra de su Paternidad.

Y descubrir que para esto, es preciso tomar a María, por Madre de este sueño y pedirle que con su beso nos haga entrar sin miedos a soñarlo. -de Javier Albisu-

(Pido la gracia que necesito)

Enséñanos, José,
cómo se es "no protagonista",
cómo se avanza sin pisotear,
cómo se colabora sin imponerse,
cómo se ama sin reclamar.
cómo se obedece sin rechistar
cómo ser eslabón entre el presente y el futuro
cómo luchar frente a tanta desesperanza
cómo sentirse eternamente joven
  
Dinos, José,
cómo se vive siendo "número dos",
cómo se hacen cosas fenomenales
desde un segundo puesto.
Cómo se sirve sin mirar a quién
cómo se sueña sin más tarde dudar
cómo morir a nosotros mismos
cómo cerrar los ojos, al igual que tú,
en los brazos de la buena Madre.

Explícanos
cómo se es grande sin exhibirse,
cómo se lucha sin aplauso,
cómo se avanza sin publicidad,
cómo se persevera y se muere uno
sin esperanza de un póstumo homenaje
cómo se alcanza la gloria desde el silencio
cómo se es fiel sin enfadarse con el cielo.
Dínoslo, en este tu día, buen padre José.
  
-Rezar un Padre Nuestro.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Triduo, Preparando el Corazón para esta Navidad...


PRIMER DÍA: En el seno de la Virgen María

“…su madre María estaba prometida a José y, 
antes de vivir juntos,
resultó que esperaba un hijo
 por la acción del Espíritu Santo.” (Mt. 1,18)

Habitar el seno de la Virgen, es habitar el lugar de las entrañas maternales, en las que Dios engendra a sus hijos. El seno de María es el lugar que Dios se preparó, libre de todo pecado, y por tanto amorosamente obediente, para que el Hijo cumpliera su misión en nuestra carne.

Habitar su seno es estarme en el lugar que Dios prepara para que su Proyecto de amor, pueda cumplirse; para que pueda decirle que sí, a su Voluntad amorosa.

El seno de la Virgen es el lugar del Sí. Del sí del abandono en las manos de un Dios que es Padre. Del sí de la confianza, de que lo que parece oscuro es sombra de un Dios altísimo, que desciende para estarse conmigo, aunque oculta su presencia. Del sí de la humildad de quien se deja mirar por Dios en la propia pequeñez. Del sí de la disponibilidad que le permite obrar y le reconoce su especialidad en cuestiones imposibles.

Habitar el seno de la Virgen, es habitar la tierra buena, fecunda y fértil, cargada de esperanza, que se abre atenta a la escucha de la Palabra y acepta, como el grano de trigo, pasar una experiencia de muerte, para así convertirse en miga del Pan Bendito; tierno Pan de Amor, que Dios Padre reparte en la mesa de los hijos. - de Javier Albisu-

(Pedir la Gracia que necesito)

MARÍA DE LA ESPERANZA
PREPARANOS PARA RECIBIR A DIOS,
QUE TUS DOS MANITOS BUENAS
RECUESTEN AL NIÑO EN NUESTRO CORAZÓN.

Madre de la aurora, tráenos al Señor,
que nuestra pobreza haga de horizonte,
donde salga el sol.
Madre peregrina, Virgencita de Belén
tráenos la Buena Nueva,
Virgen misionera, haznos renacer.

Alegría de los pobres, madrecita del amor.
Amor hecho niño que une en su carne
al hombre con Dios.
Ilumina nuestra espera, que se haga claridad.
Ven a transformar la noche,
nuestra noche oscura en Noche Buena.

-Rezar un Ave María

sábado, 19 de diciembre de 2015

Adviento, Tiempo de no resistirnos a Cooperar con Dios en su Plan de Amor por el Mundo...

Escrito por Reverenda Ruth Patterson -Iglesia Presbiteriana en Irlanda-

Dios decidió realizar el proyecto que llevaba en su corazón desde antes de la creación del mundo. El tiempo llegó, es el momento. Es el lugar adecuado y he aquí la persona que escogió. María es una prueba maravillosa de que la forma que Dios tiene para intervenir es siempre una sorpresa y no está sometida a los grandes de este mundo. Al contrario, le gusta revelarse a través de los desconocidos y de los humildes. Las opiniones y los valores terrenales no cuentan en el plan de Dios. Pero María no es una creatura anónima, débil y sumisa. He aquí una mujer joven, enraizada en su fe, consciente de la historia de su pueblo, alguien que reflexiona, que hace preguntas, que se interroga sobre ella misma. El sí que va a cambiar todo para siempre no llegó de manera inmediata. Aquello que se le pide, sobre el plano humano, es inimaginable, absurdo, extremadamente peligroso y aparentemente imposible. Ustedes pueden imaginar no solamente a Gabriel, pero al cielo entero aguantar su respiración mientras esperaban su respuesta. 

Con los ojos bien abiertos y la visión del Espíritu Santo, deseando unir su destino al misterio, ella pronuncia finalmente su "Si", “Fiat”. “Yo soy la sierva del Señor y estoy dispuesta a aceptar todo lo que él quiera. Y que todo lo que acabas de decir se realice “. ¿Tendríamos razón de leer el combate que acaba de llevarse a cabo? Cuando pienso en María durante la anunciación, no veo un persona pasiva y sumisa, sino alguien plenamente viva, mirando hacia el futuro, maravillada por el milagro, alguien totalmente llena de lo que acaba de ser revelado que se siente invadida de un entusiasmo luminoso, tal vez con un poco de aprensión y también una verdadera determinación, ahora que ha dicho sí. 

María descubre su voz de una manera totalmente nueva, y entona su canto para todas las generaciones por la eternidad, un canto de liberación, de salvación y de libertad que se hará carne en ella por el poder del Espíritu Santo. Es como si su canto fuese la cúspide de todos los cantos a través de los siglos, cantados antes de ella por sus hermanas ancestrales, Myriam, Déborah y Hannah, todas ellas cantaron cantos de salvación pero no se les concedió ver lo que María vio, o escuchar lo que María escuchó. Es el canto de una profetisa quien se sabe bendecida por la revelación que le fue transmitida, quien sabe que debe cantar con todo su ser, cuerpo, alma y espíritu. El canto reúne en el eterno hoy de Dios todo aquello que sucedió como todo lo que va a suceder, y declara la fidelidad primordial de Dios por todos aquellos que reconocen la necesidad que tienen de él, de su misericordia eterna y de su amor inquebrantable.

 María representa el modelo de lo que significa ser discípulo de Jesús, no porque ella ofrece el retrato de un ideal de perfección muy alejado de las realidades de nuestras vidas, sino porque ella era plenamente humana y que, a través de su humanidad, ¿ impulsa a creer que es posible elegir un camino desconocido, a creer en la fuerza de la determinación individual, a creer que nuestras vidas pueden cambiar las cosas, mucho más de lo que podemos imaginar cuando no resistimos a cooperar con Dios en su plan de amor por el mundo.

Una Oración para concluir...  

Jesús, tú nos pides recibirte en nuestras casas en Navidad y todos los días. 
Tú escogiste a María para ser la madre de Jesús.
Nosotros podemos aprender de ella como recibirte en nuestras vidas. 
Podemos creer en la promesa que nos haces como María creyó en ella. 
Te damos las gracias. 
Ayúdanos a hacer de nuestras casas verdaderos lugares de acogida para aquellos que nos envías, 
Y acógenos en tu casa de Amor, en este tiempo de Navidad y siempre. 
Amén. 

lunes, 14 de diciembre de 2015

Adviento, Tiempo de Preparar Tu Venida, Señor...

Escrito por  Florentino Ulibarri

                                                        PARA PREPARAR TU VENIDA


¿Qué debo hacer par a preparar tu venida, Señor?
¿Renunciar a los gozos de la vida?
¿Abajar montañas y rellenar valles?
¿Rectificar los caminos y sendas?
¿Superar pruebas y dificultades?
¿Realizar sacrificios costosos?
¿Hacer promesas extraordinarias?
¿Desprenderme de mis anhelos humanos?
¿Seguir en vela hasta la madrugada?

Para preparar tu venida, Señor,
yo sólo quiero y busco...
unas palabras claras para que se me entienda,
unos gestos apropiados para hacer agradable la jornada,
una mirada serena que infunda paz y ternura,
un momento de silencio para escuchar con el corazón,
unas gotas de rocío para alimentar las esperanzas,
un sueño ligero que capte los rumores
de las personas y de los ángeles.

Para preparar tu venida, Señor,
yo sólo necesito abrir mis entrañas
y dejarlas que se llenen con tu presencia,
como lo hizo Juan Bautista,
como los profetas de entonces y ahora,
como los pobres que nunca cuentan
pero tienen historias que nos golpean y penetran,
como María...

martes, 8 de diciembre de 2015

Fiesta de la Inmaculada: Somos Invitados a entrar también «en el Gozo de nuestra Señora»...

Escrito por Dolores Aleixandre -rscj-

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo», repetimos con las palabras del ángel. Y eso quiere decir que ante nosotros, tantas veces sombríos y agobiados por mil preocupaciones, se abren hoy de par en par las puertas de la alegría. Como cuando en la parábola de los talentos, el dueño dice al servidor fiel: «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 23), nos sentimos también nosotros invitados a entrar también «en el gozo de nuestra Señora» y bendecir a Dios junto a ella, porque también ha querido hacer de nosotros hijos «agraciados». Sobre nosotros, como sobre María, descansan la complacencia y la ternura del Padre, no porque lo merezcamos, sino gracias a Jesús a quien estamos asociados e incorporados.

Por eso la Fiesta de la Inmaculada, que coincide con el tiempo de Adviento, nos adentra más profundamente en él, porque María se pone a nuestro lado para enseñarnos cómo acoger al Jesús que llega, cómo abrirnos a su presencia, cómo escuchar su Palabra. Junto a ella, la primera creyente, aprendemos qué es la fe y en qué consiste esa actitud de reconocerse pequeño y frágil, pero inmensamente querido y perdonado.

En María descubrimos ahora como terminada la misma obra que Dios tiene empezada en cada uno de nosotros. En ella vemos hoy el resultado victorioso de lo que acontece cuando alguien consiente que Dios intervenga en la propia vida y hasta dónde puede llegar la acción de ese Dios que siempre está llamando a nuestra puerta para estar con nosotros, como lo estuvo con ella y para llenarnos de gracia, como la llenó a ella.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Adviento, Tiempo de descubrir al Dios que nos sale al Encuentro...

Escrito por Miguel Tombilla 

San Lucas recoge un texto de Isaías para aplicarlo al mensaje del Bautista y a su labor: Preparar los Caminos. 

Con la exageración de la poesía descubrimos como lo torcido se endereza y lo escabroso se iguala, como colinas y montes descienden mientras que los valles se elevan. No es cuestión de ingeniería sino de un Dios que sale en busca del ser humano y transforma lo que parecía invariable, fijo y férreo. 

De una manera u otra Dios se vale de muchas personas que hacen que pequeños milagros cotidianos se hagan patentes si sabemos verlos. Es cierto que hay que tener los ojos y el corazón lleno a de la poesía del profeta (de tantos profetas) para poder percibirlos, pero siempre se muestran con la fuerza del signo frágil y equívoco. 

Suelen ser percibidos por la gente sencilla de alma, por los que necesitan salvación. Los que ya se salvan a sí mismos no pueden verlos. No suelen venir acompañados por el estruendo de la trompeta sino por la brisa suave que parece no cambia nada. 

Adviento sutil, que pasa como la llovizna suave sobre nuestras vidas pero que va haciendo germinar retoños de esperanza colmada incluso en medio de las noches más oscuras. Y solo hay que fiarse, dejarse llevar, sentirse necesitado y frágil. Solo así puede llegar esa salvación que no nos pertenece y de la que no somos fin dueños ni señores. Solo así podremos ver la salvación de Dios. 

Que sigas caminando un Fecundo Adviento...

sábado, 28 de noviembre de 2015

ADVIENTO = "TIEMPO de ESPERANZA”


Estamos comenzando el tiempo de Adviento, un tiempo especial para poner en el horizonte de nuestra vida cotidiana, lo que es importante en la vida…

Por eso, el Adviento, es una oportunidad para recrear la esperanza.
Aunque para muchos, quizás, no es fácil la esperanza hoy. Quizás no lo haya sido nunca. Es más visible el temor, la inseguridad, la desconfianza. 

Pero Jesús se ha metido en nuestra historia y ha sembrado semillas de esperanza en lo más profundo del ser humano.

¿No escuchaste sus pasos silenciosos en la noche? 
¿No oíste el latido de su corazón derramando ternura y amor entrañable? 
¿No sentiste su Palabra de vida acariciando nuestras penas y levantando nuestra vida?

La invitación del Adviento, es que nos atrevamos  a esperar con Jesús: una humanidad más confiada; una convivencia más humana; un futuro con ilusiones…
Aceptamos el reto del Espíritu y pongamos en movimiento: una palabra de esperanza; unos signos de justicia; unos gestos de paz.

Animémonos a situarnos en el mundo como el Padre quiere: con mirada limpia y acogedora, con sentimientos de ternura y compasión, con iniciativas a favor de los necesitados y sufridos…

Nuestra oración frecuente podría ser:

VEN, ESPÍRITU SANTO.  Ayúdame a recorrer este camino de esperanza... 
VEN, ESPÍRITU SANTO Abre mi corazón a la confianza.

Tu gesto y actitud para el camino: "A ti, Señor, levanto mi alma: Dios mío, en ti confío; los que esperan en ti no quedan defraudados"
Quisiera proponernos algunos  pasos para vivir la ESPERANZA

En camino de esperanza

Lo nuevo que está siempre brotando

Hay mil señales de vida en el mundo. Dios mira cada mañana la creación y la deja vestida de hermosura. Todo esto lo ve quien va por la vida con los ojos abiertos, limpios, y avanza hacia Dios de comienzo en comienzo.
Dice un salmo: "Tu luz nos hace ver la luz". No es fácil, ¡pero es tan hermoso ver el sol! ¡Es tan hermoso creer que lo mejor de la persona está en un futuro más pleno, que el amor pervivirá por encima de heridas y menosprecios!
Pero hay también muchos signos de muerte. Y a menudo nos empeñamos en recordar y en pensar en lo de antiguo.

Sin embrago, Dios invita siempre a una mirada contemplativa, envuelta en la sorpresa y en la admiración. "Miren, que realizó algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notan?" (Is 43,18-19).

Por eso, eso es tan necesario alentar la esperanza, allí donde hay pequeños brotes… hay que asomarse a la vida…

Estas preguntas pueden ayudarnos a asomarnos a la vida…
·        ¿Dónde anida tu  esperanza?
·        ¿En qué lugar de tu corazón tiene su casa?
·        ¿Cómo la distingues en medio de tu realidad?
·        ¿La has encontrado dentro de ti?

Cuando la esperanza está escondida en el cansancio, en el dolor, en la monotonía, nos solemos preguntar: ¿cómo hacer  revivir la esperanza?

Por eso, la invitación del Adviento es ir a nuestra fuente interior y descubrir como fuente, el amor y el servicio cotidiano…

Ya que, fuente son todas las obras de misericordia que hacen presente al Dios del amor y llenan la oscuridad de luces y el silencio de canciones. Son los milagros de cada día.
- Y fuente es el Espíritu, verdadero animador de la fiesta en el corazón de la creación. "Sólo el amor engendra la maravilla, sólo el amor consigue encender lo muerto" (Martí).

Vale la pena, traer la imagen de los brotes de la esperanza.

Toda semilla pasa un tiempo escondida en la tierra, después aparecen los brotes, más tarde irrumpen los fríos que ponen a prueba la planta, pero, como a la vida le basta el espacio de una grieta para renacer, al final, aparece el fruto. Así pasa con la esperanza. La ilusión de esperar hace que broten pequeños frutos, pero la tardanza en cumplirse lo prometido es una amenaza grande. El que persevera hasta el final ve la salvación, ve a Jesús que nace.

La última palabra la tiene la vida. Ha merecido la pena esperar como el centinela la aurora. "Los cielos ya destilan el rocío; las nubes derraman al Justo; la tierra se abre y brota el Salvador". Lo que ha dicho el Señor se cumplirá (Mateo 1,18-24).

Quiero terminar con estas palabras, anónimas:

Donde hay desaliento y desconfianza en el futuro:¡Ven Señor, Jesús!                    
Donde crecen la intolerancia y la violencia:¡Ven Señor, Jesús!
Donde abunda la injusticia y se margina al débil:¡Ven Señor, Jesús!                    
Cuando la llama está a punto de apagarse:¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando los buenos se cansan de hacer el bien:¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando todo parece quedar en un intento:¡Ven, Señor, Jesús!
Cuando la soledad no es sonora, ni música el silencio:¡Ven, Señor, Jesús!

Comprometerse a anunciar la esperanza es:

-   Hablar con Jesús y hablar de Jesús con tu vida.
-   Vivir tu fe en comunidad. - Disfrutar de la vida.
-   Acompañar desde tu debilidad a los más débiles.
-   Creer en la bondad de un Padre que es todo ternura y amor.
-   Aceptar tus límites y seguir cantando
-   Contemplar a María como mujer donde todas las esperas se cumplen en plenitud.
-   Dar respuesta desde tus dones a los desafíos que llaman a tu puerta.
-   Sembrar gratuidad a tu alrededor.
-   Dejarse sorprender por lo inesperado, por Dios que llega siempre con ropaje nuevo.
-   Querer mucho a la gente.
-   Romper toda frontera y saludar la nueva humanidad que el Espíritu recrea cada noche.

Para terminar

Pregúntate, ¿por qué eres un hombre o una mujer de esperanza?

Y si te ayuda, compártelo  con algún amigo en la fe o con nosotros.

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Fuente CIPE