domingo, 28 de mayo de 2017

La Fiesta de la Ascensión de Jesús, es una Invitcion es Entrar en un Nuevo modo de Relacionarnos con Él...

Escrito por el Padre Eduardo Mangiarotti

La fiesta de la Ascensión nos invita a pensar en partidas y llegadas, ausencias y presencias, cercanías y distancias, lo viejo que se va y lo nuevo que llega... del mismo modo que un atardecer se esconde la promesa de un nuevo día.

"Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo."

Con la fiesta de la Ascensión nos acercamos a la plenitud del tiempo de Pascua. Jesús se va pero se queda, y todo en las lecturas nos invita a meditar sobre las distancias y las ausencias en nuestra relación con Jesús.

La ausencia física de Jesús es más que una simple pérdida para los discípulos: es entrar en un nuevo modo de relacionarse con él. Más profundo, más maduro y auténtico. No es muy distinto a lo que ocurre en la vida de un niño: al principio necesita el contacto permanente con la madre. Pero a medida que crece, si la relación es sana, va desarrollando una mayor autonomía y libertad. Esto no quiere decir que el amor se pierda; por el contrario, ese amor se vuelve una parte de la personalidad del niño y le permite crecer hasta el día en que ella o él hacen su propio camino y construye su propia familia. El amor de la madre se ha vuelto un pilar de la personalidad del niño.

Algo similar ocurre ahora con los discípulos: el amor entre Jesús y ellos entra en una nueva profundidad. Es real, de todos modos, que hay un cambio, y no menor. Los discípulos tienen que "dejar subir al cielo" a Jesús, dejar que el modo de antes de estar con él se abra paso a algo nuevo. Es la prueba de la madurez que nos suelen pedir los cambios en la vida. Podemos elegir aferrarnos con saña a lo viejo o dejarlo ir para recibir eso nuevo que Dios nos está preparando. El misterio de la Ascensión nos recuerda que no podemos quedarnos "mirando al cielo", como dicen los hombres de blanco a los apóstoles en la primera lectura. Estamos invitados a esperar lo nuevo, a sostener la tensión entre la pérdida de lo viejo y aquello que está por venir.

No cabe duda de que esto no es fácil. Implica aceptar que estamos en medio de una transición, y ellas siempre son tiempos de vulnerabilidad. Pero por eso mismo nos abren a pedir, a dejarnos ayudar, a estar más atentos y alertas. En ese sentido, lo mejor que podemos hacer es comenzar a invocar al Espíritu Santo, que va a descender sobre toda la Iglesia en la fiesta de Pentecostés.

El Espíritu es siempre el que trae la novedad, el que nos hace gustar el Reino, el que hace despuntar esas chispas de Cielo que se nos revelan en los encuentros verdaderos, en los gestos de amor y compromiso, el que transforma y renueva todas las cosas. Es quien hace que podamos conocer verdaderamente a Jesús y nos lleva a crecer en la madurez propia de un creyente adulto. Es lo que Pablo pide para los Efesios: _"Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les conceda un espíritu de sabiduría y de revelación que les permita conocerlo verdaderamente."_

No es fácil dejar ir al cielo; no lo es soportar la tensión de lo nuevo que no termina de llegar. Pero en este tiempo de Ascensión, se esconde por eso mismo la posibilidad de recibir un regalo con las manos abiertas. La novedad del Espíritu, del Reino, de un mundo nuevo que Jesús encarna y nos invita a compartir con los demás al "hacerlos discípulos".

sábado, 20 de mayo de 2017

La Efusión de la Alegría Pascual desborda el Mundo de Alegría...














Escrito por las Monjas  Trinitrias del Monasterio de Suesa 

Las lecturas de este Sexto domingo de Pascua nos pasean por nuestro interior a modo de guías turísticas para despertarnos a lo esencial, que, como decía El Principito, es invisible a los ojos. Nos llevan hacia lo que habita dentro, nuestros amores, lo que escuchamos, lo que vemos y conocemos y, muy importante, nuestros descubrimientos. Esas experiencias que anclan la existencia en Dios.

Felipe en Samaría es capaz de alegrar a toda la ciudad hablando de Jesús, de Cristo. Contando que vive y que su presencia es sanadora, liberadora, permite volar al viento del Espíritu. Durante toda la Pascua afirmamos en la Eucaristía que la efusión del gozo Pascual desborda el mundo de alegría.

Así que la primera parada en nuestra ruta turística interior, es la calle de la alegría. Aquella que descubrimos cuando Dios se hizo presente en nuestra vida, o nos dimos cuenta de que siempre había estado ahí, acompañándonos con su mirada enamorada. ¿Cómo andamos de alegría? Atención, cuidado con desviarse por la calle de la amargura porque se nos avinagra la sonrisa.

Si pasamos a la segunda lectura, nos encontramos con una carta de Pedro. Nos anima a ser valientes y explicar abiertamente a quien nos lo pregunte, sin pudor, qué es lo que llena nuestra vida de esperanza, de confianza, de serenidad. Nos invita a hablar de Dios a quien nos quiera escuchar… pero nos pide que lo hagamos con delicadeza y respeto. Nada de caer en la tentación de imponer nuestra experiencia a otras personas, o despreciarlas y sentirnos por encima.

Nuestra guía interior después de mostrarnos la calle de la alegría nos para frente a la fuente de la esperanza… Agua fresca y gratuita, para todas las personas que se quieran acercar. Y digo que nos para porque es precisamente lo que se necesita, parar. Parar para comprender y contemplar cuál es nuestra verdadera fuente, qué aguas bebemos que a veces nos arrugan la mirada y nos decoloran la sonrisa.

Para escuchar las palabras de Jesús la Iglesia durante la Pascua nos acerca al Evangelio de Juan, que para algunas personas es belleza y poesía y para otras es más bien enigmático y filosófico. Este domingo, igual es porque escribimos desde una monasterio trinitario, lo que más resuena en el corazón es la presencia de las Tres Divinas Personas a lo largo del texto. Y, como no puede ser de otra manera, para hablar de Dios Trinidad habla de amar, del amor que damos, del que recibimos, del Amor. Y lo hace como simulando una danza de entrega y acogida.

                                               “el Espíritu mora en ustedes”… 
                           “Yo estoy en mi Padre, ustedes en Mí, y Yo en ustedes”… 
                     “quien me ama, será amado por mi Padre, y Yo también lo amaré”

Si leemos el texto con serenidad nos está invitando a participar en la danza del Amor, con Jesús, con Abba, con el Espíritu Santo. Así que, para nuestras sorpresa, esta ruta por nuestro interior no nos lleva a una clase teórica de dogmática cristiana sino a un taller de danza. La torpeza no es una excusa, porque el taller está preparado para quien se decida a dejar a un lado el pequeño mundo de los razonamientos y dejarse llevar por el ritmo trinitario del Amor. El Amor que habita en ti. Tan solo escucha, y que el latir del corazón se acompase con el latir de Dios. ¡A danzar!

Oración.

Tus palabras refrescan nuestra alma,
todo se hace posible,
envueltos y a la vez habitados por Ti,
nos hacemos música para Ti.

Fuente: www.monjasdesuesa.org

domingo, 30 de abril de 2017

El Peregrino que ayuda a comprender la Cruz..

Escrito por Javier Albisu
Lc. 24,13-31
La Cruz se interpreta de a dos. Nunca solos.  

Los dos compañeros que huyen de la Cruz, aun yendo juntos, caminan solos. 
Espejan su propia tristeza en el otro. 
Necesitan que aparezca un compañero de camino, para que salga de ellos ese: “cada uno de nosotros esperaba…” y entonces les pueda purificar lo que su esperanza no ve. 
No ven que la verdadera Esperanza nunca nos deja solos. Se espera ‘con otro’, ‘por otro’ y ‘en Otro’. Y cuando alguna de esta tríada, falla, quedamos solos, y solos ya no esperamos, y sin esperanza no tiene luz la Cruz para poder leerse.  

El Dios que camina con nosotros sin darnos cuenta, es el que nos explica que de la Cruz tenemos necesidad. Que para el que ama, el sufrimiento será siempre ‘parte necesaria’ del amor. 

El “pan de amor” se gana “con el sudor” del corazón que amasa sufrimiento y gozo. Ese es el “pan” que el ‘cum-paniero’ de camino le com-parte al que con un resto de esperanza de amor com-partido, le pide  que se quede. 

Así, compartido, el Misterio del Amor doliente, entra como posibilidad necesaria de la vida y alimenta la luz de los ojos que recién entonces pueden ver lo que antes no veían: que la clave de lectura de sus propios pasos no se encuentra huyendo del amor sino en camino con él. 

sábado, 22 de abril de 2017

"Tomas... un auténtico hombre moderno..."

Escrito por Martín Descalzo -de su Libro: Vida y Misterio de Jesús de Nazaret"

"Dice en Evangelio de San Juan, que Tomás estaba ausente. Y en el va a representarse la resistencia a la luz.  Todos los apóstoles se habían mostrado reticentes. Tomas ira mucho mas allá, hasta la cerrazón. No le ha convencido la tumba vacía  no le han impresionado las meditaciones sobre las Escrituras que le han narrado los dos de Emaus, no se rinde ante el testimonio concorde de todos sus hermanos El quiere ver. Se encierra en su incredulidad Y cuando todos le aseguran que ellos han visto, quiere ir mas allá no solo tocar, sino sondear la identidad del crucificado metiendo sus dedos, sus manos en las mismas llagas.

Jesús va a prestarse, con admirable condescendencia, a todas las absurdas exigencias del discípulo Pero dejara pasar ocho días como para dar un plazo a esa incredulidad.

¿Es que Tomas no amaba a su Maestro? Si, evidentemente. Pero era testarudo, positivista, obstinado. No solo quería pruebas, sino que las exigía a la medida de su capricho.

Jesús se somete a ellas con una mezcla de ironía y realismo. Esta vez los apóstoles se han reunido para rezar en común. Tomas se siente incomodo en medio de la fe de todos, pero el paso de los días parece haber robustecido su incredulidad. Mas no por ello piensa en separarse de sus hermanos. Hay una fe, mas honda que sus dudas, que sigue uniéndole a ellos. Esta fue su salvación: seguir con los suyos a pesar de la oscuridad Como comenta Evely:

"Tomas es un autentico hombre moderno, un existencialista que no cree mas que en lo que toca, un hombre que vive sin ilusiones, un pesimista audaz que quiere enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para el lo peor es siempre lo mas seguro..."

Y Jesús ahora se aparece solo para él. Están todos, pero el Maestro se dirige directamente a Tomas. Ven, Tomas, trae tu dedo y mételo en las llagas de mis manos, trae tu mano y métela en mi costado. (Jn 19, 27) Ahora queda completamente desconcertado. En realidad nunca había podido imaginarse que su deseo pudiera ser escuchado. Su desafío no había sido mas que un pedir imposibles, un modo de encerrarse en su duda.

Eso creía el, al menos. Porque cuando vio a Jesús, cuando oyó su voz dulce, tierna, Tomas se dio cuenta de que, allá en el fondo, siempre había creído en la resurrección, que la deseaba con todo corazón, que si se negaba a ella, era por miedo a ser engañado en algo que deseaba tanto, que se había estado muriendo de deseo y de miedo de creer al mismo tiempo.

Los dos de Emaús creían que creían. Tomas creía que no creía. Jesús les trajo a los tres a la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos. En el fondo Tomas se dio cuenta de que si se negaba a creer era por la rabia de no haber estado allí cuando Jesús vino ¿Los demás iban a verle y el tendría que creer solo por la palabra de los otros. Con su negativa estaba provocando a Jesús a aparecerse de nuevo También el necesitaba mimos, cariño, ternura. No era, en el fondo otra cosa, que un niño enrabietado.

Por eso temblaba cuando Jesús le mando tocar. No quería hacerlo. Sentía ahora una infinita vergüenza de sus palabras de ocho días antes. Si tocó, no lo hizo ya por necesidad de pruebas, sino como una penitencia por su cerrazón. Deslumbrado y aplastado, cayo de rodillas y dijo:¡ Señor mío y Dios mío!

Asi la humillación le llevaba a una de las mas bellas oraciones de todo el evangelio. Ahora iba en su fe hasta donde nunca había llegado ningún apóstol nadie le había dicho antes a Jesús Dios mío. Tiene razón Evely al subrayar:

"De aquel pobre Tomas Jesús ha sacado el acto de fe mas hermoso que conocemos. Jesús lo ha amado tanto, lo ha curado con tanto esmero, que de esta falta, de esta amargura, de esta humillación ha hecho un recuerdo maravilloso. Dios sabe perdonar así los pecados. Dios es el único que sabe hacer de nuestras faltas, unas faltas benditas, unas faltas que no nos recordaran mas que la maravillosa ternura que se ha revelado con ocasión de las mismas..."

domingo, 16 de abril de 2017

Invitados a anunciar: el latir del Resucitado...

Texto completo de la homilía de la Vigilia Pascual, del Papa Francisco

«En la madrugada del sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro» (Mt 28,1). Podemos imaginar esos pasos…, el típico paso de quien va al cementerio, paso cansado de confusión, paso debilitado de quien no se convence de que todo haya terminado de esa forma… Podemos imaginar sus rostros pálidos… bañados por las lágrimas y la pregunta, ¿cómo puede ser que el Amor esté muerto?

A diferencia de los discípulos, ellas están ahí —como también acompañaron el último respiro de su Maestro en la cruz y luego a José de Arimatea a darle sepultura—; dos mujeres capaces de no evadirse, capaces de aguantar, de asumir la vida como se presenta y de resistir el sabor amargo de las injusticias. Y allí están, frente al sepulcro, entre el dolor y la incapacidad de resignarse, de aceptar que todo siempre tenga que terminar igual.

Y si hacemos un esfuerzo con nuestra imaginación, en el rostro de estas mujeres podemos encontrar los rostros de tantas madres y abuelas, el rostro de niños y jóvenes que resisten el peso y el dolor de tanta injusticia inhumana. Vemos reflejados en ellas el rostro de todos aquellos que caminando por la ciudad sienten el dolor de la miseria, el dolor por la explotación y la trata. En ellas también vemos el rostro de aquellos que sufren el desprecio por ser inmigrantes, huérfanos de tierra, de casa, de familia; el rostro de aquellos que su mirada revela soledad y abandono por tener las manos demasiado arrugadas. Ellas son el rostro de mujeres, madres que lloran por ver cómo la vida de sus hijos queda sepultada bajo el peso de la corrupción, que quita derechos y rompe tantos anhelos, bajo el egoísmo cotidiano que crucifica y sepulta la esperanza de muchos, bajo la burocracia paralizante y estéril que no permite que las cosas cambien. Ellas, en su dolor, son el rostro de todos aquellos que, caminando por la ciudad, ven crucificada la dignidad.

En el rostro de estas mujeres, están muchos rostros, quizás encontramos tu rostro y el mío. Como ellas, podemos sentir el impulso a caminar, a no conformarnos con que las cosas tengan que terminar así. Es verdad, llevamos dentro una promesa y la certeza de la fidelidad de Dios. Pero también nuestros rostros hablan de heridas, hablan de tantas infidelidades, personales y ajenas, hablan de nuestros intentos y luchas fallidas. Nuestro corazón sabe que las cosas pueden ser diferentes pero, casi sin darnos cuenta, podemos acostumbrarnos a convivir con el sepulcro, a convivir con la frustración. Más aún, podemos llegar a convencernos de que esa es la ley de la vida, anestesiándonos con desahogos que lo único que logran es apagar la esperanza que Dios puso en nuestras manos. Así son, tantas veces, nuestros pasos, así es nuestro andar, como el de estas mujeres, un andar entre el anhelo de Dios y una triste resignación. No sólo muere el Maestro, con él muere nuestra esperanza.

«De pronto tembló fuertemente la tierra» (Mt 28,2). De pronto, estas mujeres recibieron una sacudida, algo y alguien les movió el suelo. Alguien, una vez más salió, a su encuentro a decirles: «No teman», pero esta vez añadiendo: «Ha resucitado como lo había dicho» (Mt 28,6). Y tal es el anuncio que generación tras generación esta noche santa nos regala: No temamos hermanos, ha resucitado como lo había dicho. «La vida arrancada, destruida, aniquilada en la cruz ha despertado y vuelve a latir de nuevo» (cfr R. Guardini, El Señor). El latir del Resucitado se nos ofrece como don, como regalo, como horizonte. El latir del Resucitado es lo que se nos ha regalado, y se nos quiere seguir regalando como fuerza transformadora, como fermento de nueva humanidad. Con la Resurrección, Cristo no ha movido solamente la piedra del sepulcro, sino que quiere también hacer saltar todas las barreras que nos encierran en nuestros estériles pesimismos, en nuestros calculados mundos conceptuales que nos alejan de la vida, en nuestras obsesionadas búsquedas de seguridad y en desmedidas ambiciones capaces de jugar con la dignidad ajena.

Cuando el Sumo Sacerdote y los líderes religiosos en complicidad con los romanos habían creído que podían calcularlo todo, cuando habían creído que la última palabra estaba dicha y que les correspondía a ellos establecerla, Dios irrumpe para trastocar todos los criterios y ofrecer así una nueva posibilidad. Dios, una vez más, sale a nuestro encuentro para establecer y consolidar un nuevo tiempo, el tiempo de la misericordia. Esta es la promesa reservada desde siempre, esta es la sorpresa de Dios para su pueblo fiel: alégrate porque tu vida esconde un germen de resurrección, una oferta de vida esperando despertar

Y eso es lo que esta noche nos invita a anunciar: el latir del Resucitado, Cristo Vive. Y eso cambió el paso de María Magdalena y la otra María, eso es lo que las hace alejarse rápidamente y correr a dar la noticia (cf. Mt 28,8). Eso es lo que las hace volver sobre sus pasos y sobre sus miradas. Vuelven a la ciudad a encontrarse con los otros.

Así como ingresamos con ellas al sepulcro, los invito a que vayamos con ellas, que volvamos a la ciudad, que volvamos sobre nuestros pasos, sobre nuestras miradas. Vayamos con ellas a anunciar la noticia, vayamos… a todos esos lugares donde parece que el sepulcro ha tenido la última palabra, y donde parece que la muerte ha sido la única solución. Vayamos a anunciar, a compartir, a descubrir que es cierto: el Señor está Vivo. Vivo y queriendo resucitar en tantos rostros que han sepultado la esperanza, que han sepultado los sueños, que han sepultado la dignidad. Y si no somos capaces de dejar que el Espíritu nos conduzca por este camino, entonces no somos cristianos.

Vayamos y dejémonos sorprender por este amanecer diferente, dejémonos sorprender por la novedad que sólo Cristo puede dar. Dejemos que su ternura y amor nos muevan el suelo, dejemos que su latir transforme nuestro débil palpitar.

miércoles, 12 de abril de 2017

Imaginando al Crucificado, le decimos a Jesús: “Tú eres mi esperanza”...


Catequesis del Papa Francisco, antes de SEMANA SANTA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El domingo pasado hemos hecho memoria del ingreso de Jesús en Jerusalén, entre las aclamaciones festivas de los discípulos y de mucha gente. Esa gente ponía en Jesús muchas esperanzas: muchos esperaban de Él milagros y grandes signos, manifestaciones de poder e incluso la liberación de los enemigos dominantes. ¿Quién de ellos habría imaginado que dentro de poco Jesús habría sido en cambio humillado, condenado y asesinado en la cruz? Las esperanzas terrenas de esa gente se derrumbaron delante de la cruz. Pero nosotros creemos que justamente en el Crucificado nuestra esperanza ha renacido. Las esperanzas terrenas caen ante la cruz, pero renacen esperanzas nuevas, aquellas esperanzas que duran por siempre. Es una esperanza diversa esta que nace de la cruz. Es una esperanza diversa de aquellas que se derrumban, de aquellas del mundo. Pero ¿De qué esperanza se trata, esta esperanza que nace de la cruz?

Nos puede ayudar a entenderlo lo que dice Jesús justamente después de haber entrado a Jerusalén: «Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Tratemos de pensar en un grano o en una pequeña semilla, que cae en el terreno. Si permanece cerrado en sí mismo, no sucede nada; si en cambio se fracciona, se abre, entonces da vida a una espiga, a un retoño, y después a una planta y una planta que dará fruto.

Jesús ha traído al mundo una esperanza nueva y lo ha hecho a la manera de la semilla: se ha hecho pequeño, pequeño, pequeño como un grano de trigo; ha dejado su gloria celestial para venir entre nosotros: ha “caído en la tierra”. Pero todavía no era suficiente. Para dar fruto, Jesús ha vivido el amor hasta el extremo, dejándose fragmentar por la muerte como una semilla se deja fragmentar bajo la tierra. Justamente ahí, en el punto extremo de su anonadamiento – que es también el punto más alto del amor – ha germinado la esperanza. Si alguno de ustedes me pregunta: ¿Cómo nace la esperanza? Yo respondo: “De la cruz. Mira la cruz, mira al Cristo Crucificado y de ahí te llegará la esperanza que no desaparece jamás, aquella que dura hasta la vida eterna. Y esta esperanza ha germinado justamente por la fuerza del amor: porque el amor que «todo lo espera, todo lo soporta» (1 Cor 13,7), el amor que es la vida de Dios ha renovado todo lo que ha alcanzado. Así, en la Pascua, Jesús ha transformado, tomándolo en sí, nuestro pecado en perdón. Pero escuchen bien como es la transformación que hace la Pascua: Jesús ha transformado nuestro pecado en perdón, nuestra muerte en resurrección, nuestro miedo en confianza. Es por esto, que en la cruz, ha nacido y renace siempre nuestra esperanza; es por esto que con Jesús toda nuestra oscuridad puede ser transformada en luz, toda derrota en victoria, toda desilusión en esperanza. Toda: sí, toda. La esperanza supera todo, porque nace del amor de Jesús que se ha hecho como el grano de trigo caído en la tierra y ha muerto para dar vida y de esa vida llena de amor viene la esperanza.

Cuando elegimos la esperanza de Jesús, poco a poco descubrimos que el modo de vivir vencedor es aquel de la semilla, aquel del amor humilde. No hay otra vía para vencer el mal y dar esperanza al mundo. Pero ustedes pueden decirme: “No, es una lógica equivocada”. Parecería así, que es una lógica frustrada, porque quien ama pierde poder. ¿Han pensado en esto? Quien ama pierde poder, quien dona, se despoja de algo y amar es un don. En realidad la lógica de la semilla que muere, del amor humilde, es la vía de Dios, y sólo esta da fruto. Lo vemos también en nosotros: poseer impulsa siempre a querer algo más: he obtenido una cosa para mí y enseguida quiero otra más grande, y así, no estoy jamás satisfecho. Es una sed terrible, ¿eh? Cuanto más tengo, más quiero. Es feo. Quien es ávido no se sacia jamás. Y Jesús lo dice de modo claro: «El que ama su vida, la perderá» (Jn 12,25). Tú eres codicioso, amas tener tantas cosas, pero perderás todo, también la vida, es decir: quien ama lo propio y vive por sus intereses se hincha sólo de sí y pierde. En cambio, quien acepta, es disponible y sirve, vive según el modo de Dios: entonces es vencedor, salva a sí mismo y a los demás; se convierte en semilla de esperanza para el mundo. Pero es bello ayudar a los demás, servir a los demás. Tal vez, nos cansaremos, ¿eh? La vida es así, pero el corazón se llena de alegría y de esperanza. Y esto es el amor y la esperanza juntos: servir, dar.

Claro, este amor verdadero pasa a través de la cruz, el sacrificio, como para Jesús. La cruz es el paso obligatorio, pero no es la meta, es un paso: la meta es la gloria, como nos muestra la Pascua. Y aquí nos ayuda otra imagen bellísima, que Jesús ha dejado a los discípulos durante la Última Cena. Dice: «La mujer, cuando va a dar a luz, siente angustia porque le llegó la hora; pero cuando nace el niño, se olvida de su dolor, por la alegría que siente al ver que ha venido un hombre al mundo» (Jn 16,21). Es esto: donar la vida, no poseerla. Y esto es aquello que hacen las mamás: dan otra vida, sufren, pero luego son felices, gozosas porque han dado otra vida. Da alegría; el amor da a la luz la vida y da incluso sentido al dolor. El amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. Lo repito: el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza. 
Y cada uno de nosotros puede preguntarse:
  • ¿Amo? 
  • ¿He aprendido a amar? 
  • ¿Aprendo todos los días a amar más?,  porque el amor es el motor que hace ir adelante nuestra esperanza.

Queridos hermanos y hermanas, en estos días, días de amor, dejémonos envolver por el misterio de Jesús que, como un grano de trigo, muriendo nos dona la vida. Es Él la semilla de nuestra esperanza. Contemplemos al Crucificado, fuente de esperanza. Poco a poco entenderemos que esperar con Jesús es aprender a ver ya desde ahora la planta en la semilla, la Pascua en la cruz, la vida en la muerte. Pero yo quisiera darles una tarea para la casa. A todos nos hará bien detenernos ante el Crucificado – todos ustedes tienen uno en casa – mirarlo y decirle: “Contigo nada está perdido. Contigo puedo siempre esperar. Tú eres mi esperanza”. Imaginando ahora al Crucificado y todos juntos decimos a Jesús Crucificado, tres veces: “Tú eres mi esperanza”. Todos: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Más fuerte: “Tú eres mi esperanza”. Gracias.

sábado, 8 de abril de 2017

ENTRADA a la SEMANA SANTA...

Por el Papa Francisco

"Esta semana comienza con la procesión festiva, con los ramos de olivos: todo el pueblo recibe a Jesús. Los niños, los jóvenes cantan y alaban a Jesús"…

"Pero esta semana va adelante en el misterio de la muerte de Jesús y de su Resurrección. Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien hacernos solamente una pregunta:  
  • ¿Quién soy yo? 
  • ¿Quién soy yo delante de mi Señor? 
  • ¿Quién soy yo delante de Jesús que entra festivamente en Jerusalén? 
  • ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo, o tomo distancia? 
  • ¿Estoy yo delante a Jesús que sufre? 
Hemos sentido tantos nombres, tantos nombres. Grupos de dirigentes, algunos eran sacerdotes, algunos fariseos, algunos maestros de la ley que habían decidido asesinarlo. Esperaban la oportunidad de apresarlo".
  • "¿Soy yo como uno de ellos? Y hemos sentido otro nombre: ¡Judas!, treinta monedas. ¿Soy yo como Judas? Hemos sentido otros nombres, los discípulos que no entendían nada, que se dormían mientras el Señor sufría. ¿Mi vida está dormida? O soy como los discípulos que no querían quizás traicionar a Jesús? ¿O como aquel otro discípulo que quería solucionar todo con la espada. Soy yo como ellos?”.
  • “¿Soy yo un Judas que recita de amarlo y besa al Maestro para entregarlo, traicionarlo? ¿Soy un traidor? ¿Soy como esos dirigentes que rápidamente constituyen el tribunal y buscan falsos testimonios? ¿Soy yo como ellos? ¿Y cuando hago estas cosas si las hago, creo que con esto salvo al pueblo? 
  • ¿Soy yo como Pilato, que cuando veo que la situación se pone difícil me lavo las manos, no sé asumir mi responsabilidad y dejo condenar o condeno yo a las personas?”.
  • “¿Soy yo como aquella multitud que no sabía bien si estaban en una reunión religiosa, en un juicio o en un circo, y elige a Barrabás? Para ellos era lo mismo, era más divertido para humillar a Jesús. 
  • ¿Soy yo como los soldados que golpean al Señor, le escupen, lo insultan, se divierten con la humillación del Señor? 
  • ¿Soy yo como el cireneo que volvía del trabajo, cansado, pero tuvo la buena voluntad de ayudar al Señor a cargar la cruz?".
  • "¿Soy yo como aquellos que pasaban delante a la cruz y hacían sus burlas a Jesús?: 'Tanto coraje, que baje de la cruz y creeremos en él'. La burla de Jesús. 
  • ¿Soy yo como aquellas mujeres llenas de coraje, como la madre de Jesús, que estaba allí y sufría en silencio? 
  • ¿Soy yo como José, el discípulo escondido que lleva el cuerpo de Jesús para darle sepultura?”.
  • “¿Soy yo como estas dos Marías que se quedan en la puerta del sepulcro llorando, rezando? 
  • ¿Soy yo como estos dirigentes que el día siguiente van a lo de Pilato para decirle: 'Mire que éste decía que iba a resucitar; que no suceda otro engaño' y bloquean la vida, el sepulcro, para defender la doctrina, para que la vida no venga afuera. 
  • ¿Dónde está mi corazón?
  • ¿A cuál de ellos me asemejo? 
Y que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana"...

domingo, 2 de abril de 2017

“La voz del Amor grita ¡Sal fuera!”

Autora de este texto: Hermana Alejandra 

La Voz de Amor te grita ¡Sal fuera!

Donde la Voz de Amor atraviesa los lazos de la muerte, ¿quién hay que haya de desesperar…?
¡LÁZARO, SAL FUERA!

Tu grito, Señor, atraviesa los siglos de la historia teñidos en sangre y dolor…
¿Qué muerte tan muerte no ha sido desalojada de su potestad por la Voz delAmor que impregna de Vida cualquier sepulcro?

¡LÁZARO, SAL FUERA!

Sal fuera de la tristeza, porque Soy tu alegría.
Sal fuera de la congoja, porque Soy tu consuelo.
Sal fuera de la duda, porque Soy tu verdad.
Sal fuera de la desesperanza, porque Soy tu certeza.
Sal fuera de las tinieblas, porque te inundo de luz.
Sal fuera de tus rencores, porque en mi perdón te hago nuevo.
Sal fuera de las sombras del odio, y escucha mi Voz de Amor que hace estallar el egoísmo.

Sal fuera porque te hablo, y mi Voz la has de escuchar desde dentro hacia fuera, desde el centro inerte en el que me he metido para buscarte.
Sal fuera. Mi Voz se ha metido en el germen de tu abandono. Sal fuera de él, porque te hago morada de comunión y paz.

La Voz de Amor no puede quedar encerrada en un sepulcro, ni en el de Lázaro, ni en el del mismo Jesús…

El sepulcro está vacío, porque la Voz de Amor es más fuerte que la muerte. Es centella de fuego, llamarada divina que desata los sudarios de cualquier dolor y los incendia del Fuego Vivo del Amor…

A vos, con tu nombre, como te llames…. ¡SAL FUERA! La Voz de Amor te espera…

lunes, 27 de marzo de 2017

20° Día de los EJERCICIOS ESPIRITUALES: "CONTEMPLACIÓN PARA ALCANZAR AMOR"

Hacer clik para acceder al link:

Hoy nos encontramos en el último encuentro de nuestros ejercicios en los cuáles hemos recibido muchas gracias para nuestra vida y la de los nuestros. San Ignacio, para coronar los ejercicios nos invita a entrar en lo que él llamó la contemplación para alcanzar amor. Todos los ejercicios fueron para alcanzar amor, para que el amor del Señor nos alcance, nos llegue y también para que nosotros a ese amor lo entreguemos, lo hagamos servicio, lo donemos y seamos testigos de la vida nueva que el Señor fue haciendo germinar en nuestro corazón. A través de esta contemplación tenemos la posibilidad de permanecer una vez concluida esta experiencia de los ejercicios, en la presencia de Dios y encontrarlo en todas las cosas.

En cuanto a la estructura de esta contemplación el Padre Fiorito dice que la contemplación para alcanzar amor es una recapitulación de la experiencia de los ejercicios. Los ejercicios han sido un encuentro personal con Cristo Nuestro Señor en el que se nos ha manifestado su voluntad y nos ha llamado a un servicio y a un seguimiento más de cerca.

San Ignacio comienza la metodología con una nota que dice: “Ante todo conviene advertir dos cosas: la primera es que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras. La segunda es que el amor consiste en comunicación de las dos partes, en el compartir y comunicar el amante con el amado lo que tiene o de lo que tiene y puede, y así por el contrario el amado a la amante”. En esta nota San Ignacio quiere remarcar que este amor no requiere del esfuerzo para ser alcanzado sino que es un amor que ya nos dio alcance.

Nosotros ya hemos sido alcanzados por el amor y por eso mismo la respuesta es el amor que se debe poner más en las obras que en las palabras. Y aquí podemos recordar los hermosos textos del Buen samaritano como también del lavatorio de los pies. “Ve y haz tú lo mismo”; “Ustedes serán felices si sabiendo estas cosas las practican”. Es un modo de poner en acción la gracia que pedíamos.

En la segunda semana cuando contemplábamos la vida del Señor, su nacimiento, su pesebre, su vida pública, pedíamos interno conocimiento del Señor para más amar y servir. Éste amor es recíproco, sólo es de a dos, y comunica lo mejor que tiene uno y se lo da al otro. Es decir, Dios me ha dado todo su amor y yo le respondo con todo mi amor. Es un intercambio de dones. “Amor con amor se paga”, dice Santa Teresita.

En cuanto a la metodología de nuestra oración no debemos olvidar como Dios nuestro Señor nos mira. Como lo veníamos haciendo, en la oración preparatoria decimos: “Señor, que este rato en el cuál me voy a dedicar a rezar y encontrarme con Vos, todo mi ser esté abierto a tu amor, a tu voluntad, a tu gracia”. Después la composición viendo el lugar. Aquí será verme delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, y santos que interceden por mí. Después será pedir “interno conocimiento de tanto amor recibido para que yo reconociéndolo completamente pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad”.

 Es un momento importante en donde le vamos a pedir a los ángeles y santos del cielo que intercedan por mí, para que me ayuden a reconocer todo lo que he recibido del Señor a lo largo de mi vida. Ésto consiste en hacernos conscientes de los dones recibidos, de entender nuestra vida como don y reconocerla como parte de la gratuidad amorosa de Dios, por lo que buscaremos responder al Señor con un gran agradecimiento. De ahí nacerá el descubrimiento de lo importante y el sentido que tiene en nuestra vida el amar y servir. Es un amor expresado en el servicio y es el fruto definitivo de los ejercicios espirituales.

Uno se va a ir dando cuenta que fue haciendo bien los ejercicios cuando brote de lo más profundo de nuestro corazón el agradecimiento, que se va a traducir en un servicio desinteresado al Señor y a mis hermanos. Esto nos llevará también a encontrar a Dios en todas las cosas.

La contemplación para alcanzar amor, es la síntesis de los ejercicios que nos lleva a descubrir que la vida de Dios es regalo, y pasar de creer que depende de los méritos acumulados a sentir el gozo inmenso del agradecimiento por la gratuidad recibida. Para ello nada más útil que recordar los beneficios recibidos en la vida entera y agradecer cuánto el Señor se ha dado en mi vida. El Señor se quiere dar, se ha venido dando a lo largo de toda mi vida, y lo va a seguir haciendo en todo el tiempo y el camino que me queda por recorrer. Es lo que nos ayuda a captar como la propia vida ha sido, está siendo, la historia de la fidelidad de Dios para con cada uno de nosotros.

Quiero dar las gracias a Dios por este regalo que me ha hecho de ayudar a otros a que Jesucristo sea más conocido y amado. En estos días hemos entrado en diálogo, nos hemos ayudado mutuamente a descubrir a Dios presente en nuestra vida. ¡Qué bueno! Hoy que terminamos nuestros ejercicios quiero dejarles a todos mi agradecimiento y la alegría por haber compartido esta experiencia tan linda de Ejercicios por la Radio.

Y para concluir y despedirme quería dejarles un texto del padre Arrupe que me parece lindo para que les quede como recuerdo de lo que es importante de ahora en más.

Enamórate, nada puede importar más que encontrar a Dios,
es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta.
Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación
y acaba por ir dejando su huella en todo.
Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana,
qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana,
Lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón,
y lo que te sobrecoge de alegría y gratitud.
¡Enamórate! Permanece en el amor.
Todo será de otra manera.
P. Arrupe s.j.

Memoria agradecida y abandono a Dios 
 P. Ángel Rossi: 

 Hoy que terminamos con este mes de Ejercicios Ignacianos con mucha alegría y agradecimiento vamos a centrarnos en “La contemplación para alcanzar amor”, con la que Ignacio quiere que terminemos porque nos prepara para seguir el camino.

Es una contemplación para alcanzar amor, que también podría ser para crecer en amor y sobre todo para que el amor después se manifieste. El amor se manifiesta más en obras que en palabras dice San Ignacio. Dentro del mes de ejercicios, Ignacio en el texto es la primera vez que usa la palabra amor. Es como si Ignacio la reservara y la guardara para el final, aclarando que estamos hablando de amor que implica reciprocidad, un amar y ser amado. Además, éste amor se manifiesta en obras más que en palabras. Ignacio pretende que éste “buscar y hallar la voluntad de Dios para poder seguirla” que es la finalidad de los ejercicios, se de en la medida que crezcamos en el amor a Dios, a su voluntad y a lo que Él nos ha dado como misión. Deberíamos terminar los ejercicios amando más o deseando amar, o intentando amar más, pero no solo afectivamente o con lindas palabras (que por supuesto son importantes) sino sobretodo a través de los gestos. Se debería notar a través de nuestros gestos que hemos hecho ejercicios durante este tiempo.

 Recordar con Agradecimiento

Así como al comienzo los ejercicios nos hicieron recorrer la vida para ver nuestro pecado, ahora la recorremos para descubrir cuánto cuidado y cariño de Dios, todo lo positivo y lindo. Dice Ignacio “Traigan a la memoria, los beneficios recibidos, los beneficios de creación, beneficios de redención y dones particulares”. Los beneficios de creación tiene que ver con la vida, el hecho de haber sido creados, y esta vida que me toca vivir hoy; dar gracias por haber sido creados amorosamente por Dios con infinito amor. Los beneficios de redención, es sobre todo la gracia de la fe, este regalo inmenso que no viene pegado al hecho de nacer, sino que es un regalo de Dios.

Piet Van der Meer, en su libro “Nostalgia de Dios” se preguntaba después de su conversión “¿a quién le deberé yo el milagro de creer? ¿quién habrá rezado por mí sin yo saberlo? ¿cuál será el grado de sufrimiento ofrecido que hace que hoy día pueda yo creer? (…) Creo que parte del gozo del cielo va a ser cuando el Señor nos presente a las personas a quienes nosotros les debemos el milagro de creer y el milagro de llegar al cielo”.

Seguramente nos llevaremos una gran sorpresa. Quizás en el cielo, entre la gran alegría de encontrarnos con el Señor, también va a ser lindo cuando el señor nos ponga frente a frente con aquellos a quienes les vamos a tener que agradecer el milagro de la fe y el milagro posiblemente de nuestra redención. A veces Dios quizás se ha valido de tantas mediaciones y de tantas personas que han intercedido por nosotros. Ésto también incluye este pedido de agradecimiento en memoria de los beneficios de redención, la gracia de la fe.”

También traemos a la memoria los dones particulares que son mi familia, mi vocación, mi misión, las personas que Dios puso al lado de mi vida, las circunstancias y los hitos fuertes que han marcado mi vida.

En todo amar y servir

Ignacio nos hace recordar, y a continuación agrega “Ponderando con mucho afecto”. Recordamos con la cabeza, pero Ignacio nos propone hacer una memoria desde el corazón, “ponderando con mucho afecto cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí”. Ignacio quiere que nos admiremos, que gocemos haciendo memoria de todo el cariño que el Señor me ha brindado de tantos modos tan misteriosos a lo largo de la vida.

San Ignacio como composición de lugar, quiere que nos pongamos junto al Señor, la virgen, San José, los apóstoles y aquellos santos a los que les tenemos devoción. Y pedimos “conocimiento interno de tanto bien recibido para que yo enteramente reconociendo pueda en todo amar y servir a su Divina Majestad”. Al hacer memoria, en este conocimiento interno de tanto bien recibido para que lo pueda reconocer y pueda crecer en amor, aparece este lema muy ignaciano ”En todo amar y servir”. Esto es lo que Ignacio pretende del ejercitante que termina los ejercicios. Significa buscar y hallar a Dios en todas las cosas, en todo amar y servir, es decir cuando estoy rezando, en la vida de mi trabajo, de mi familia, cuidando un enfermo, en todo y a todos. “Amar y servir a Dios en todas las cosas” quiere decir que la santidad es la fidelidad a lo que Dios me pide en el momento en que estoy viviendo. En todo amar y servir... cuando estoy de rodillas frente al Santísimo, en la misa, cuando estoy cocinando, descansando, jugando, trabajando o lo que sea.

Ignacio nos hace recordar, y el fruto de esta memoria es el ofrecimiento, es decir, viendo todo lo que Dios ha hecho por mí, la reacción natural del corazón es la ofrenda, brindarse enteramente al Señor. No es un ejercicio afectivo puramente sino que viendo tanto bien recibido la reacción natural es la oración con que Ignacio termina los ejercicios, que es una oración de total disponibilidad. Hemos empezado los ejercicios pidiendo la gracia de la disponibilidad y los terminamos con una oración de Ignacio de total disponibilidad:
Toma Señor y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad. Todo mi haber y poseer vos me lo diste, a vos Señor lo torno. Todo es tuyo, disponelo a Tu voluntad, dame tu amor y tu gracia que esta me basta.

Esta oración de disponibilidad es el fruto de todo un camino que hemos venido haciendo en los ejercicios. Hacia el final hacemos memoria agradecida y al darnos cuenta de todo lo que el Señor hizo por nosotros surge del corazón decir “Señor no puedo menos que ofrecer toda mi vida y ponerla en tus manos”.

Hacer memoria

Cabodevilla dice que la memoria es recordar el camino y calentar el corazón. Es un llegar a la conclusión de que el Señor estuvo y está en mi vida, por lo que no hay lugar a pensar que pueda dejar de seguir estando y cuidando de mí. La memoria es aquello que me constituye, es aquello por lo cuál yo soy yo, es la trama que unifica mi vida. La memoria para nosotros no es un archivo viejo guardado en un sótano, sino que es la médula espinal de mi alma. Decía Cabodevilla: Yo soy mi memoria.

Por otro lado es importante porque de la memoria nace la esperanza. Esto que canta tan lindo Julián Zini: Qué lindo mi pueblo que tiene memoria, seguro que tiene esperanza también. La esperanza se sostiene y se apoya sobre la memoria. Y el mismo Cabodevilla dice que si uno al hacer memoria se encuentra con que el pasado ha sido decepcionante y pareciera que no hay nada firme, aún en ese caso, todo náufrago puede rescatar de las aguas algunas tablitas de su barca deshecha y con esas tablitas armar una frágil y digna cabaña. Aún si al mirar al pasado lo encontramos repleto de cosas tristes, siempre hay materia suficiente para levantar una digna cabaña donde uno pueda encontrar cobijo. Quizás hay muchas páginas oscuras que si uno las tuviera que vivir de nuevo trataría de evitarlas, pero puestas en el tiempo tienen sentido.

La memoria del corazón es una lectura que hacemos desde los ojos de Dios. Fray Luís de Granada decía una frase muy parecida a la de San Ignacio: “La memoria sirve para hacer a los hombres agradecidos a Dios”. Toda oración debe ser acción de gracias. Tomar conciencia que hemos recibido mucho más de lo que podemos pedir. Es casi una obligación ejercitar la memoria, recuperar y detallar los recuerdos delante de Dios.

Ayer en la reflexión de los discípulos de Emaús ¿qué hace el Señor para calentarles el corazón y para consolarlos? Les hace recordar, los lleva allá al primer amor, los hace recordar porque la tentación de la tristeza y el escándalo de la cruz les ha traído el olvido. Se olvidaron de las gracias recibidas, de que el Señor les dijo que esto iba a suceder, y también de que después iba a resucitar. La memoria del corazón implica recuperar y detallar los recuerdos delante de Dios, incluidos los del evangelio y los de mi propia vida.

Un ejemplo aparece en el comienzo del evangelio de San Lucas, en donde María canta el Magníficat. Seguramente Ignacio es inspiró en el Magníficat de la Virgen porque en esas líneas aparece la memoria del corazón de la Virgen y del pueblo de Israel como un canto de alabanza, agradecido y jubiloso de tantos favores concedidos por Dios. “Mi alma canta la grandeza del Señor, mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador porque…”. Todos podemos cantar nuestro propio Magníficat. Ignacio quiere que hagamos memoria de cuáles son las razones y los favores concedidos por Dios a lo largo de mi vida.

En la contemplación para alcanzar amor hay materia para una semana entera para rezar. En estos días estaría bueno animarse a “perder tiempo” en traer a la memoria personas, situaciones y dar gracias. A la vez entrelazar ese agradecimiento con el ofrecimiento de nuestra vida y de todo nuestro ser. Santo Tomás decia que “de las cosas pasadas conviene sacar argumentos para los sucesos futuros” por eso, la memoria del pasado es necesaria para aconsejar bien en el futuro.

En la mitología griega aparece Teseo como símbolo de la memoria. El personaje es aquel que mata al minotauro en el laberinto de Creta. Para salir del laberinto, comienza a recoger el hilo que su amada le había dado antes de entrar y que fue desenrollando mientras caminaba. Encontró la salida simplemente recorriendo el hilo. La memoria muchas veces tiene fuerza para sacarnos de esos momentos de la vida donde nos sentimos en un laberinto, sin salida y sin saber para donde rumbear y sin poder recordar cosas lindas. Son esos momentos en donde el corazón y el alma se ofuscan, y perdemos los puntos de referencia. Las memorias de las gracias recibidas muchas veces nos da esa pequeña luz que necesitamos para salir de los laberintos de la vida.

Hay una sabiduría escondida en la memoria y ella también es un lugar de meditación. En el Salmo 43, 5 dice “Recuerdo los tiempos pasados, considero todas tus acciones”. Recordar es hacer presente. San Agustín decía: “En qué santuario te encuentro Señor”, y se respondía: “Tú le has concedido a mi memoria este honor de residir en ella”. Agustín decía que la memoria es como un sagrario, un lugar donde yo lo encuentro al Señor, no sacramentalmente, pero sí encuentro las marcas de su paso a lo largo de mi vida.

Les prepongo recuperar la memoria de nuestro camino personal, hacer memoria de cómo nos buscó el Señor, de mi familia, de mi pueblo... Dicho así: pierdan tiempo. Y por eso les digo ojala puedan quedarse algunos días más con este texto. Quédense recordando a su abuela si les hacen bien, momentos de la infancia que te marcaron para siempre, consejos de tus padres, experiencias con tus hermanos, con tus amigos... el recuerdo de tu primera comunión, la partida de los que hemos querido y nos marcaron en la vida. Será un “perder tiempo” recordando, un ejercicio que lo tenemos muy descuidado quizás por el mismo ritmo de vida pero que es fundamental para el ser humano.

Textos de la Palabra

Hacer memoria con la propia vida ya nos debería dar materia suficiente para la oración de varios días. De igual modo les propongo algunos textos por si les ayuda a rezar.

Carta a los Hebreos 10, 32 – ss. “Traigan a la memoria los días pasados, en que después de ser iluminados hubieron de soportar un duro y doloroso combate (...) No pierdan ahora la confianza”. Es la memoria de las luchas que hemos tenido y Dios nos ha rescatado. Podemos traer a la memoria aquellos duros y dolorosos combates que soportamos, dejarnos decir por el apóstol: “No pierdas ahora la confianza”, como diciendo “oiga, no me afloje ahora, acuérdese que hemos tenido unas batallas interesantes en la vida... acuérdese que en aquellas también pensábamos que estábamos perdido y Dios nos rescató”.

Hebreos 13, 7: “Acuérdense de sus dirigentes”. Nos referimos a los papás, tus abuelos, tu maestro bueno de primaria, tu catequista, tu hermano mayor. “Acuérdense de sus dirigentes, de aquellos que les anunciaron la Palabra de Dios y considerando el final de su vida imiten su fe” dice el texto. Traemos a la memoria esas personas que fueron significativas y marcaron nuestras vidas. Qué picardía que se nos haga más fácil recordar los que nos hace sufrir, y se nos dificulta acordarnos con más frecuencia aquellos que nos han hecho tanto bien.

Deuteronomio 8, 2-6 dice: “Acuérdate del camino recorrido y date cuenta”. Si la gracia es la memoria la tentación es el olvido. Dice allí entonces bellísimamente: “Acordate del camino recorrido y date cuenta, no vayas a olvidarte estas cosas que tus ojos han visto ni dejes nunca que se aparten de tu corazón”. No nos olvidemos de lo que los ojos del corazón vieron ni dejes nunca que se aparte de tu corazón.

Deuteronomio 8, 11-20: “Guárdate de olvidar jamás a Yahvé, no sea que cuando comas y quedes satisfecho, cuando construyas casas cómodas, cuando se multipliquen tus ganados y tengas oro en abundancia, tu corazón se ponga orgulloso y entonces olvides a Yahvé que te sacó de Egipto, de la casa de esclavitud”. El texto habla al pueblo de Israel, que así como la desesperanza es la tentación en el desierto, cuando llegan a Canaán la tentación es el olvido de quién te condujo en el camino. A veces la comodidad, cuánto más la sobreabundancia, la opulencia trae el olvido de a quienes le debemos la gracia y nos atribuimos a nosotros mismos cosas que no son nuestras, son puro regalo de Dios. Esa es la gran tentación del poder.

Deuteronomio 15, 15 que dice: “Acuérdate que tu también fuiste esclavo en tierra de Egipto”. La memoria nos hace misericordiosos.

La Virgen Santísima, es el icono de la memoria. Ella es quien “guardaba todas estas cosas en su corazón” dice el evangelio.

Esta es la gracia con la que Ignacio termina los ejercicios. Así como la primera gracia de la resurrección fue la alegría y la hemos trabajado, la segunda gracia que está muy unida es la memoria agradecida para “agradeciendo ofrecerme mucho”.

Además de la oración de disposición que ya compartimos de San Ignacio, aparece otra muy linda de Charles de Foucauld: “Padre, me pongo en tus manos, haz de mí lo que quieras, sea lo que sea. Te doy gracias”.

O quizás aquella que decía San Agustín al final de su vida: “Señor lo que quieras, cuando quieras, y del modo que tu quieras”. ¡Qué trilogía más hermosa y a la vez exigente!.

Les propongo este ejercicio y ojala se animen a prolongarlo y tengan la “valentía” de tomarse varios días recordando y ofreciéndose mucho, como dice San Ignacio.

Mi agradecimiento grande a la Hermana Marta y a cada uno de ustedes queridos oyentes de Radio y usuarios de Oleada Joven desde distintos puntos del país.

19° DÍA EJERCICIOS ESPIRITUALES: "LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS"

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En este día seguiremos contemplando al Señor que ha resucitado. Decíamos en el día de ayer que San Ignacio nos hace pedir gracia para “alegrarme y gozarme de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor”. Esta alegría y este gozo es don y hay que pedirlo, nos dice la Hermana Marta Irigoy. Se trata de una alegría y un gozo espiritual que se orientan hacia Cristo para participar de su alegría. Esta petición la vamos a renovar a lo largo de toda la jornada, más allá del tiempo que le dediquemos a la oración, vamos a ir pensando y pidiendo esta gracia de la alegría. La pedimos insistentemente porque tenemos que ir descubriendo cómo llevar después esta experiencia de los ejercicios, la gracia de la vida de Dios, a nuestra vida cotidiana. Así poder vivir una espiritualidad que se alimenta de la vida de Dios, para compartir su amor en una vida de servicio y descubrir al Señor que camina de nuestro lado y se hace compañero de camino.

Nos detendremos hoy a considerar cómo la resurrección hace que la vida divina se manifieste con todo su esplendor. Decíamos ayer que en la Resurrección estalla la vida divina manifestando toda la gloria de Dios. Jesús resucitado no oculta su divinidad, sino que manifiesta sus cualidades divinas para que los discípulos las experimenten y puedan así ser testigo de la resurrección. Como dice San Juan en su carta: “Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con nuestras manos acerca de la palabra de vida, es lo que les anunciamos”. Y a la misma experiencia estamos invitados cada uno de nosotros, a ser testigos de esta vida.

Vamos a mirar hoy este oficio de consolar que ejerce Cristo nuestro Señor. Él durante toda su vida lo ha hecho. Para eso vino al mundo, para anunciar la buena noticia a los pobres, consolar a todos los que están de duelo... Sus amigos estaban de duelo y se acercó a cada uno según su necesidad.

Lo que quiere hacer San Ignacio a través de las contemplaciones de las apariciones del Señor resucitado, es que el ejercitante, cada uno de los que hacemos estos ejercicios, descubra por sí mismo cada uno de los gestos o palabras de consuelo del Señor a sus amigos y cómo los envía a consolar a otros. También cómo ellos se consuelan entre sí y comienzan su misión. “Consuela a mi pueblo” dice el profeta. Todos y cada uno de los discípulos hace una experiencia personal de la resurrección, y la comunidad reunida también, cada uno conforme a su necesidad.

A través de estas experiencias de la resurrección, cada uno de nosotros, va a ir encontrando el impulso para consumar la reforma de vida, esto de ordenar la propia vida para después acompañar al Señor en su camino pascual. Recibir esta gracia de la resurrección hace que nosotros podamos decir un sí profundo a la voluntad de Dios sobre la propia vida que lo capacita para servir en la iglesia, descubriendo el lugar que está reservado para cada uno. Jesús resucitado muestra que todavía la tarea está sin terminar y una parte del trabajo les corresponde a cada hombre y a cada mujer de la historia. Cada uno de nosotros tiene un puesto y un lugar para seguir anunciando al Señor resucitado. Cada uno de nosotros somos invitados a ser testigos de la vida nueva que hemos recibido del resucitado. De esta experiencia nace la misión de la Iglesia, en donde somos enviados.

 El camino de Emaús
Padre Angel Rossi sj

En estos últimos encuentros que vamos a tener, hoy y mañana, Ignacio nos hace pedir insistentemente la gracia de la alegría y el gozo de Jesús. Esto es una alegría que está en el Señor, Él es la fuente de esa alegría, por lo tanto se la pedimos a Él.

Hoy vamos a meditar en torno a los discípulos de Emaús (Lucas 24, 13- ss). En la escena vemos a estos dos discípulos que se van yendo a Emaús; el Señor los ha citado en Galilea y ellos en cambio se van con aire entristecido a Emaús, a contramano. Emaús significa encuentro, el encuentro con el Señor desde la Palabra y después el pan como símbolo de la eucaristía y el encuentro con Él, pero también a Emaús, yo le llamo “la capital del raje”. En un primer momento es la huida de Jerusalén como lugar de la cruz y a la vez también es el raje del gozo. Jesús los ha citado en Galilea para encontrarse, y ellos van para el otro lado. A veces en nuestro corazón también se dan estas huidas. Huimos de la cruz; también del gozo.

Les propongo para la meditación de hoy dos momentos: el camino de ida hacia Emaús y la transformación que se da en ellos tras reconocerlo en el partir el pan.

Estas dos personas que caminan juntas es evidente que no van felices, van con la cabeza gacha, el paso cansino, no se miran el uno al otro, no parecen tener metas... más que ir a Emaús, están escapando de Jerusalén y de Galilea. Emaús es algo así como un pretexto. Los biblistas y los arqueólogos dicen que es difícil probar hoy dónde fue realmente Emaús, de hecho aparece en el mapa antiguo. Sabemos la distancia pero no sabemos bien en dónde es, lo cual visto desde lo espiritual, viene bien porque Emaús puede ser en cualquier lado. Es el lugar donde nos escapamos de la cruz, y también cuando no aceptamos el gozo de la resurrección.

Hay muchas formas de Emaús, y de hecho cada uno tiene su propio Emaús. Sería interesante poder reflexionar sobre uno mismo, ponerle nombre a mi Emaús. Para unos Emaús es la dispersión, para otros el ensimismamiento, para otros es el enfrascarse en el estudio, o Emaús puede ser la tristeza... ¿cuál es mi Emaús? ¿Adónde me escapo cuando se me hace pesada la cruz o cuando me resisto al gozo?. No solemos ser muy originales, no tenemos muchos Emaús, solemos ser muy repetitivos en los modos de escaparse por lo que sería importante descubrirlo y ponerle nombre al a donde me escapo.

Y a la vez es hermosa la imagen de estos hombres que van caminando y el Señor que los sale a buscar y camina con ellos. Ellos hace poco tiempo habían conocido a alguien que había cambiado su vida y que ahora, aquel que prometió tanto había muerto. En realidad está resucitado, pero en el corazón de ellos está muerto, no le creen a las mujeres que dicen haberlo visto, lo han perdido. Al perderlo a Jesús se han perdido a sí mismos, no tienen hogar, su corazón esta rumeando una tristeza, están sufriendo una pérdida. Nuestros dolores generalmente están unidos a las pérdidas. Pero hay muchas formas de pérdidas. A veces son pérdidas de personas, pero también hay otras cosas que podemos perder: a veces la intimidad, la seguridad, la inocencia, el amor, el hogar, los hijos... a veces también hemos perdido nuestros sueños y preocupados, angustiados somos incapaces de hablar de cosas lindas.

Entre resentimientos y lamentaciones

Nowen dice que frente a las pérdidas tenemos dos opciones. Por un lado el resentimiento, que es la imagen de estos hombres, un ir caminando, e ir a la eucaristía con el corazón roto por las pérdidas, las nuestras y las del mundo. “Nosotros esperábamos...” dicen los discípulos. Es una expresión muy humana y nosotros también la podemos hacer propia. ¿Nosotros que esperábamos? esperábamos a esta altura ser mas buenos, una tranquilidad económica y por lo que sea la hemos perdido... nosotros esperábamos mas gratitud de nuestros hijos, un matrimonio más lindo, un ministerio sacerdotal más fecundo. “Nosotros esperábamos”… cada uno póngale nombre a esta frase que está indicando un desencanto, la experiencia del fracaso, de algo que se esperó y se nos prometió y finalmente no se dio. El resentimiento es una fuerza destructiva, y el Cardeal Martini la define como una ira fría que se instala en el centro mismo de nuestro ser, endurece nuestros corazones y hasta puede convertirse en una forma de vida. En la medida que lo dejamos anidar en el corazón se vuelve un modo de ser, de juzgar, de tratar a la gente y ese resentimiento empieza a impregnar mis palabras, mis comentarios, mis juicios y mi obrar.

Hay gente que vive de los resentimientos, y algunos están tan acostumbrados a hablar de las personas que no les gustan o recordar que le han hecho daño que dicen por allí “yo no sé cómo sería mi vida si no hubiera nada de qué quejarme ni nadie a quien culpar”. Londbleau decía hablando de la tristeza, que no es lo mismo que el resentimiento, que el primer paso para dejar la tristeza era dejar de amarla. Acá podríamos decir lo mismo, a veces uno se enamora de su resentimiento, porque convive con ello y se va como metiendo en el corazón.

La segunda posibilidad de reaccionar frente a las pérdidas es la eucaristía, es optar no por el resentimiento sino por el agradecimiento. Eucaristía significa acción de gracias, pero para llegar a ese agradecimiento no hay que ser ingenuo. Quien sufre una pérdida no puedo pasar al agradecimiento de golpe, entonces hay un camino que es lo que se llama la lamentación. En la Biblia está el libro las Lamentaciones y el evangelio también está lleno de lamentaciones. Por ejemplo: Marta, “Si tu hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerto” o los discípulos frente a la tempestad, “Señor no te importa que nos hundamos”.

Los santos y las personas que han estado muy cerca de Jesús no han tenido ningún reparo en lamentarse de sus pérdidas al Señor. Por lo tanto para poder pasar del resentimiento al agradecimiento y no quedar estancados, un camino es pasar por las lamentaciones. La lamentación es en vez de asfixiar la queja en mi corazón, abrirle un espacio. Hablar con Dios de aquello que me tiene mal, y animarse es es el primer paso, porque a veces algunos pudorosamente no se animan a lamentarse y el resentimiento adentro termina haciendo mucho más daño. No tener miedo que surjan las lágrimas, que le lloremos al Señor aquellas cosas que sentimos que humanamente nos cuestan, y en algún aspecto nos parece que ha sido injusto. Se dice que las lágrimas ablandan el corazón y nos abren al agradecimiento, y éste es el desafío.

Después de este paso de la lamentación vamos yendo a la eucaristía, hacia la acción de gracias. Vivir una vida eucarística no es solo ir a comulgar todos los días, es vivir la vida como un don y en clave de agradecimiento. Mientras sigamos empeñados en quejarnos de los tiempos difíciles, de las terribles situaciones, del insoportable destino, va a ser difícil que lleguemos al agradecimiento. Cuando entramos de verdad en lo más hondo de nuestro corazón, uno constata que por debajo de nuestros escepticismo, hay una ansia de amor, de unión que no desaparece a pesar de todo. En lo hondo tenemos una reminiscencia de nuestra infancia, y dice Nowen que hay una zona nuestra que se conserva buenita e inocente, una zona no herida de nuestro corazón. Es importante saber re- descubrir estos espacios nuestros.

 Quédate con nosotros

“Jesús camina con ellos”, esta imagen hermosa de un Señor que no irrumpe, que no se tira del árbol, ni interviene con un rayo, sino que camina con ellos con una paciencia inmensa. Pero ellos no lo reconocen. A veces la misma tristeza y el desencanto hace que no nos demos cuenta que el Señor camina junto a nosotros. “El Señor les fue calentando el corazón”, una expresión hermosa. Les contó la Palabra de Dios y a la vez les fue haciendo recordar; la memoria agradecida nos calienta el corazón. Jesús camina con ellos, les va calentando el corazón y aquellos hombres ya no miran el suelo sino que miran a los ojos de este extraño que les pregunta de qué venían conversando por el camino. Quizás una pregunta que cada uno de nosotros la puede hacer propia, sentir que este Señor que camina con nosotros nos pregunta personalmente: “¿Qué venís conversando por el camino?, ¿Cuáles son los temas en el camino de tu vida en este momento? Háblame de tus ausencias, de tus pérdidas, de las cosas que te entristecen, las cosas que te alegran”.

El Señor les está como tirando la lengua para que ellos puedan sacar afuera aquello que los tiene cabizbajos y encerrado en sí mismos. Y a medida que escuchan al desconocido, algo va cambiando de a poco en aquello dos tristes viajeros. Cuando llegan a la casa, el Señor amaga con pasar de largo y ellos le dicen “Quédate con nosotros”. Todavía no lo reconocieron pero les brota este sentido de hospitalidad, y quieren recibir a este peregrino que ha caminado con ellos y que les ha hecho tanto bien. Es interesante la escena porque uno a veces está más acostumbrado a pensar que el Señor nos invita a nosotros que nos quedemos con Él, pero también Jesús quiere que nosotros lo invitemos a nuestra casa y a sentarse a nuestra mesa. Él nunca nos impone su presencia.

No dejemos que aparezca simplemente como un desconocido inteligente con el que hemos mantenido una interesante conversación. Incluso después de haber hecho desaparecer gran parte de nuestra tristeza y de habernos mostrado que nuestras vidas no son tan insignificantes ni tan miserables, Jesús puede seguir siendo para nosotros una persona extraordinaria que se cruzó en nuestro camino, un personaje poco común del que podemos hablar a nuestros familiares y amigos, muy estimulante, muy atractivo, pero que en definitiva pasa, lo dejo seguir de largo, lo conocí y dijo cosas lindas, pero nada más. Lo nuestro es mucho más que eso. A veces en el trato con el Señor puede pasar que una relación periférica, similar a lo que nos pasa en nuestra sociedad en donde los encuentros son muy ocasionales y las relaciones normalmente no son profundas.

Solo invitando al otro a venir y quedarse se puede dar un encuentro interesante y una relación transformadora, no solo con Jesús, sino también con la gente. Una posibilidad es agradecerle lo lindo, el caminito que nos acompañó, las ideas lindas que nos dijo... Él nos dio animo y bueno ahora sigo mi camino. La otra posibilidad es decirle “te he escuchado y siento que mi corazón está cambiando, por favor no solo no pases de largo, vení a mi casa y mirá como vivo”.

Jesús es una persona muy interesante, sus palabras están llenas de sabiduría, su presencia reconforta el ánimo, su amabilidad es conmovedora... pero acá viene la gran pregunta: ¿lo invitamos a nuestra casa? ¿Queremos que venga a conocernos, allí entre las paredes de nuestra vida más íntima, lo hondo del corazón? ¿Deseamos presentárselo a todas las personas con las que vivimos? ¿Permitimos que este peregrino nos vea tal como somos en nuestra vida diaria? ¿Estamos dispuestos a dejarle tocar nuestros puntos más vulnerables? ¿Le permitimos entrar a aquel lugar del corazón que a veces nos esforzamos por mantener cerrado? ¿Queremos que realmente se quede con nosotros cuando anochece y el día toca su fin?

Ésta es la pregunta que se hace Nowen y también nos hacemos nosotros. “Quédate con nosotros, siéntate a la mesa”, la eucaristía requiere esta invitación. Una vez que hemos escuchado su Palabra, sería bueno que surja de nuestro corazón un “confío en Vos, me entrego en cuerpo y alma, no quiero tener secretos para Vos, podes ver todo lo que hago y lo que digo, no quiero que sigas siendo un desconocido, sino mi más íntimo amigo. Quiero que me conozcas no solo mientras camino y hablo con mis compañeros de viaje, también cuando me encuentro a solas con mi sentimiento y mis pensamientos más íntimos”. El desafío es poder decirle a Jesús “quédate con nosotros, sentate en la mesa” como símbolo de intimidad.

En un documento del episcopado argentino “Jesucristo, Señor de la historia”, los obispos dicen:

“Él está allí para encontrarse con nosotros, para ofrecernos un abrazo de amistad que calme nuestras angustias y alivie nuestros cansancios. Él está allí para escuchar aquello que con nadie podemos conversar. Está allí para decirnos lo que más necesitamos escuchar. Está para alimentarnos en el camino y derramar su Espíritu de vida en nuestros corazones, porque Él quiere sanar nuestra debilidad, impulsarnos a la lucha por la verdad y la justicia, y preservarnos de las atracciones del mal que nos seduce y enferma”.

Es fuerte el símbolo de la mesa. Los discípulos de Emaús no sólo lo hacen pasar sino que lo invitan a compartir la mesa. La mesa es símbolo de intimidad, es el lugar donde rezamos, donde en familia nos preguntamos “qué tal día has tenido”, donde no nos hablamos, donde nos damos ánimo entre nosotros... es el lugar donde se cuentan historias nuevas y viejas, espacio de las sonrisas y las lágrimas, es el lugar donde la distancia (cuando existe) se hace más dolorosa y evidente, es el lugar donde los hijos perciben las tensiones de sus padres, donde los hermanos expresan sus enfados y envidias, donde se hacen acusaciones e incluso donde los platos pueden convertirse en instrumento de violencia. Todo eso es la mesa.

Sentarlo al Señor a la mesa es dejar al desnudo lo que somos. En la mesa no se puede disimular, sobre todo cuando no hay lugar para embellecerla. En torno a la mesa sabemos si hay amistad, unidad, si hay odio, división en la familia, en nuestra comunidad, y es el lugar donde la falta de intimidad se revela más dolorosamente. En la mesa se hacen reales la familia, la comunidad, la amistad, la hospitalidad, la generosidad.


Estalla la misión

En la segunda parte del relato que estamos meditando, los discípulos vuelven de Emaús y ya todo ha cambiado. Las pérdidas ya no es algo que los debilita, ni la casa es un lugar vacío, sino que los caminantes que antes estaban abatidos vuelven con alegría, con paz, con esperanza, se les ha dado un nuevo corazón y un nuevo espíritu. Ya no son dos que se consuelan mientras lloran lo perdido, ahora tienen una nueva misión y algo que decir en común. Rápido se pusieron en camino para volver a Jerusalén. Los demás necesitan saber que no ha terminado todo, que Él está vivo y que ellos lo han reconocido al partir el pan.

“Apresurémonos”, se dicen el uno al otro. Se calzan las sandalias, se cubren con el manto, se ponen en camino, y dice el texto “Levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén”. Qué diferencia entre el modo en que iban y el modo en el que vuelven. La duda se convierte en fe, la desesperación en esperanza, el miedo se ha convertido en amor.

Volver a Jerusalén no es fácil, la Eucaristía no termina con la comunión, termina con la misión. “Vayan y cuéntenlo”. Vuelven al lugar donde salieron, Jesús no los manda a tierras lejanas. Nos manda a los nuestros que muchas veces son los más difíciles. A veces uno puede estar tentado y quiere ir a llevar el mensaje a otro lado dejando de ser testigo de la resurrección en nuestra propia casa.

Todos los encuentros con Cristo resucitado se vuelven misión, se vuelven anuncio, para volver a la comunidad y no quedarse en sí mismo. Siempre necesita el espacio del anuncio. La misión referida a la familia, los amigos, quienes son importante en nuestra vida. Qué gran desafío, la autenticidad de nuestra experiencia es puesta en prueba por quienes nos conocen. Lo más difícil es hacer de manifiesta la resurrección con los que conocen nuestra impaciencia, nuestros resentimientos, nuestras relaciones desechas, nuestras promesas incumplidas y nuestros compromisos rotos.

¿Podemos realmente decir que lo hemos encontrado a Cristo en el camino, que hemos recibido su cuerpo y su sangre y que nos hemos convertido en Cristo viviente? Escuchamos esto y ya nos parece como muy fuerte.

La vida vivida eucarísticamente es vida de misión. Vivimos en un mundo que llora constantemente sus pérdidas. Cánceres, guerras, sida, enfermedades duras, terremotos, inundaciones, accidentes... Son muchos los seres que caminan abatidos por la superficie de éste planeta, y que de una o de otra manera nos dicen “Nosotros esperábamos, pero hemos perdido las esperanzas”. La vida eucarística es la que nos da la fuerza para caminar con ellos y no porque seamos mejores. Nos permite animarnos a escuchar historias de soledad, de rechazos, de miedos, de abandono, de tristezas.

La invitación también es a desafiar a los compañeros de camino. Elegir el agradecimiento en lugar del resentimiento, la esperanza en lugar de la desesperación. Pero es importante que lo vean en nosotros. No vamos a resolver todos los problemas pero si animarnos a despertar en los demás la pregunta, ¿Hay personas que en memoria de Él se reúnen en torno a la mesa y hacen lo que Él hizo? ¿Hay personas que siguen contándose unas a otras sus historias de esperanza y salen juntos a ayudar a sus semejantes?.

Les propongo entonces, pedir la gracia de la alegría y del gozo de Cristo resucitado, porque de verdad la necesitamos. San Ignacio dice que Jesús viene con el oficio de consolar. Y como dice San Pablo, “Somos consolados para poder consolar”. Al lado nuestro hay muchos que caminan abatidos y necesitan no genios ni grandes hombres, sino personas frágiles, quizás más frágiles que ellos mismos, pero que ponemos la confianza en este Señor que entra dentro de nosotros, que se sienta en la mesa del corazón y parte para nosotros el pan.

18° Día de los Ejercicios Espirituales: "La Alegría de la Resurrección"


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 Ayer contemplamos al Señor en el camino de la cruz y su entrega de amor hasta el extremo por cada uno de nosotros. Hoy entraremos en la última etapa de los ejercicios a la que San Ignacio llama la cuarta semana y en ella contemplaremos los misterios de la Resurrección del Señor. Nos dice la Hermana Marta Irigoy que a esta altura quizás tengamos la tentación de empezar a aflojar. Ya hacen tres semanas y unos días que nos venimos encontrando y quizás uno piense que el Señor me dijo todo, ya hice mi reforma de vida, ya el Señor me consoló, me aclaró cosas y puedo decir “bueno, hasta acá es suficiente” y sin embargo tenemos que pensar que todavía tenemos mucho por recibir y lo mejor está por venir.

Esta etapa tiene por objeto coronar todos los frutos de las otras semanas anteriores por medio de una participación íntima en la gracia de la resurrección vivificante de Cristo, porque así como fuimos parte en sus sufrimientos, también participamos en su consolación. Como dice Pablo: “Bendito sea Dios el Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de la Misericordia y Dios de todo consuelo que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones para nosotros poder dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios”.

Para el ejercitante que ha hecho estos días la oración y fue purificando el corazón se ha entregado más al Señor, San Ignacio tiene en vista una gracia especial, un nuevo florecimiento de la vida del hombre interior en Cristo, la gracia de un nuevo resurgir en la vida espiritual que dilata el alma en el gozo del Señor. Podemos decir que es como si se imprimiera un impulso íntimo hacia Cristo, que nos hace gustar todo lo que proviene de El.

Nos regala la consolación espiritual, por lo tanto lo que se pide es gozar de una vida nueva, “que no viva yo sino que Cristo viva en mí”, como dice San Pablo. La alegría de Cristo resucitado no es solamente que Él ya pasó por la cruz sino que es el que “todo se ha cumplido”. Es la alegría de haber sido fiel al Padre y así haber llevado a todos los hombres al corazón de Dios. No es una alegría porque ya pasó el sufrimiento sino es la alegría de la misión cumplida. El sueño de Dios para la humanidad se ha cumplido y todos podemos participar de la vida divina. Es el canto de la pascua del sábado santo. El pecado y la muerte han sido vencidos. La alegría y el gozo del Señor resucitado es lo que expresa el sentido de todo lo que ha sido la vida de Jesús en este mundo.

Quería detenerme en esta petición a la que San Ignacio nos invita, pedir lo que deseo y aquí será: “Pedir gracia para alegrarme y gozarme de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”. El gozo del Señor resucitado es un don recibido, es gratuito. Hay que pedirlo porque Jesús comunica este gozo y lo hace desinteresadamente. Este gozo es una consolación que lleva a compartir la vida con los demás, se hace apostólica y es de envío. Es una alegría tan honda que cala el núcleo más íntimo de nuestra persona y por lo tanto nos transforma y armoniza desde lo más profundo de nuestro corazón.

 Contagiarnos de la Alegría de la Resurrección
 Padre Ángel Rossi

 Hoy los ejercicios toman un giro particular, y entrando a lo que Ignacio llama la cuarta Semana, y entramos en la Resurrección del Señor. San Ignacio nos pone de frente a este Señor que viene con el oficio de consolar. Si estos días lo hemos venido siguiendo, acompañándolo en la pena, acá Ignacio abre todas las ventanas a la alegría y nos invita a disfrutar, a pedir la gracia de la alegría que brota de Cristo resucitado. Todos los relatos de la resurrección nos muestran al Señor que viene con el oficio de consolar, que marca también en nosotros la vocación. Todo cristiano según su carisma, según el lugar donde Dios nos ha puesto, tenemos el oficio de consolar a quienes el Señor puso a nuestro lado.

Ignacio en la cuarta semana nos hace pedir dos gracias: la primera es la gracia de la alegría y gozo que trae la resurrección; es la más importante. Y hay una segunda gracia que la vamos a rezar al final de este ejercicio, que es la gracia de la memoria. Están unidas porque es la memoria agradecida que también nos llena de gozo.

El gozo es el amor de un bien presente, así como la tristeza es el amor de un bien que está ausente. El desafío nuestro es la dicha, la alegría y de hecho estamos llamados a ser felices. Cuando a San Agustín le preguntaban cuál era la clave de la sabiduría, él decía que sabio es el que encuentra la clave para ser feliz. Y cuando le preguntaban qué significaba ser feliz, agustín decía: “Ser feliz es amar y saberse amado”. Ésta es la primera gran vocación, la de las bienaventuranzas...

La felicidad y la alegría, es lo que Ignacio nos presenta como experiencia y como exigencia de la resurrección del Señor. Si bien la alegría invade el Antiguo Testamento estalla en el Nuevo Testamento. La alegría aparece cincuenta y nueve veces en el texto del Nuevo testamento.

Les doy dos citas para que ustedes, si quieren, después recen en torno a esta gracia:

Son textos de las despedidas de Jesús que rezamos días anteriores en clave de pasión, pero Jesús en un ámbito de mucho dolor habla de la alegría. Jesús dice: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría sea colmada” (Jn 15, 11). O también “ustedes están ahora tristes pero volveré a verlos y se alegrará su corazón y su alegría nadie se las podrá quitar. Ese día no me van a preguntar nada. Pidan y recibirán para que su alegría sea colmada” (Jn 16, 22-24). Está hablando en un contexto de dolor porque se viene la cruz y sin embargo el Señor obstinadamente repite el tema de la alegría.

Y el otro texto clásico es de San Pablo y dice: “Estén siempre alegres en el Señor” (Filip 4,4-7). Nos conoce, sabe y se da cuenta que hay resistencia en nosotros y dice: “Se los repito, estén alegres. Que la bondad de ustedes sea conocida por todos los hombres”. Y después da la razón de esa alegría: “el Señor está cerca”.

Fíjense que linda expresión. Uno puede imaginar el sentido del final de los tiempos, pero también uno puede entenderlo en el sentido que el Señor está cerca, junto a nosotros, en lo hondo de nuestro corazón y esto para nosotros es motivo de alegría por eso agrega Pablo: “No se inquieten por cosa alguna”.

Es curioso que a veces haya una resistencia en nosotros a la alegría. A veces tenemos la sensación de que uno es más fiel sufriendo que gozando, lo que es una gran mentira, algo que quizás los curas y catequistas hemos enseñado mal. Así da la impresión que sufriendo uno es más fiel al Señor que gozando, lo cuál es grave como afirmación, porque el gozo, la alegría, es lo más propio del cristiano. En los tiempos de alegría nuestra fidelidad se manifiesta en disfrutar, así como en los tiempos de dolor nuestra fidelidad se manifiesta en la paciencia. Santa Teresa lo resolvía diciendo aquello: “Cuando perdices, perdices, cuando penitencia, penitencia”. Perdices aludiendo a un plato rico, entonces cuando son tiempos lindos disfrútelo, soy fiel disfrutándolo. Cuando vienen los tiempos de dolor, aguante.

Éste es el desafío, el saber que el gozo es tan importante y más que el dolor. Para un cristiano el gozo, la alegría y la resurrección debería ser el estado habitual. Por otro lado no somos ingenuos, sabemos que hay momentos de mucha tristeza, hay dolores grandes, pérdidas muy dolorosas, pero entonces con mucha sabiduría, los monjes decían que en los tiempos de mucho dolor la alegría toma la forma de la paciencia. Es decir la alegría se queda como esperando y no la arranca del corazón. A la tristeza la podemos ofrecer momentáneamente mientras sufrimos pero no puede ser un estado de vida si es que queremos ser cristianos, aún cuando nos lleve mucho sacrificio el salir de la tristeza. Esto es lo que el Señor resucitado nos trae como primera gran gracia de la resurrección y diría yo que es la gracia más importante que tenemos. Alegría que a veces cuesta definirla, y es más fácil experimentarla y uno lo descubre en las personas que son alegres y es como si te hicieran la vida más fácil.

A veces uno tiene lo suficiente para ser feliz y estar contento y sin embargo se siente incómodo. Hay una tesis doctoral de un Jesuita norteamericano que lleva un título interesante, “El malestar de sentirse bien”. A veces cuando estamos bien empezamos a sentirnos incómodos, y sospechamos que hay algo que anda mal o que estamos haciendo mal y no nos estamos dando cuenta... O algunos dicen: “andamos bien” y agregan una frase terrorífica: “qué se vendrá”. O a veces peor todavía se la colgamos a Dios y decimos: “andamos bien, qué me estará preparando el Señor”. Como si el Señor estuviera metido en una especie de laboratorio y al vernos bien piensa inmediatamente algo para mandaros. Es una imagen muy triste de Dios y nada tiene que ver con la realidad. Decimos: “¿Qué se vendrá?” Y capaz que se viene más gozo todavía y si yo no me dispongo desaprovecho la oportunidad, o peor aún la aborto antes de que florezca. Yo le robo una frase a Borges que el toma de la mitología griega y dice: “De hambre y de sed muere un hombre al lado de la fuente”. A veces en lo espiritual pasa esto, tenemos lo suficiente para estar contentos -no la plenitud porque la plenitud sólo se va a dar en el cielo- y no termina de creerle y le tiene desconfianza. Y salimos a buscar alguna contradicción por ahi, y por supuesto que rápido encontramos alguna y nos sentimos más seguros cuando estamos sufriendo. Esto es una especie de límite o enfermedad espiritual que sería muy bueno que nos animemos a vencerlo.

“Alégrense”

La gracia que Ignacio pide en este momento nos lleva a las contemplaciones de la resurrección y en ellas, el primer gran mensaje de la resurrección es: “alégrense, ánimo”, o dicho negativamente: “por qué dudan, no tengan miedo”. El gran mensaje del Señor en la resurrección es la alegría. El gran mensaje de Jesús, el imperativo cada vez que se encuentra con los discípulos es sacarlos de la tristeza, es la alegría.

Por otro lado el gozo para nosotros es esencial porque es testimonial, no es un privilegio ya que el gozo para el cristiano es necesidad, es obligación y es parte esencial del anuncio. Decía Pablo VI, “un evangelizador triste traiciona el mensaje” decía en la carta apostólica “El anuncio del evangelio”. El anuncio del evangelio debe ser dado en alegría porque el gozo del anunciador será el elemento que seduce, interpela y le da credibilidad al mensaje y provoca en el que escucha la convicción de que este anuncio, por lo que se ve en su rostro y en sus gestos, vale la pena y es realmente buena noticia. No hace falta ser muy geniales para darnos cuenta que una de las tentaciones más fuertes y sutiles de este mundo y también de muchos cristianos y en muchos casos de nuestra Iglesia es la tristeza. A mí siempre me pareció muy sugestivo el planteo de muchos padres de la Iglesia que no consideraban a la pereza la madre de todos los vicios, como solemos decir, sino a la tristeza.

Cuando leemos los textos de la resurrección notamos cuánto le costó al Señor consolarlos, sacarlos de su tristeza, animarlos al anuncio gozoso de la resurrección. Se dice que Cristo fue tan paciente en su vía crucis como después de su resurrección cuando durante cincuenta días los buscó personalmente a cada uno de ellos para consolarlos. El Cardenal Martini dice que Jesús tuvo una pedagogía particular de acuerdo con la circunstancia y el modo de ser de cada uno.

Por ejemplo, a Magdalena, la afectiva, nombrándola con ternura; a Juan, el intuitivo, por medio de la piedra corrida y la sobreabundancia de la pesca; a Pedro en su lentitud le dejó los lienzos y el sudario doblado, lo hizo participar de la pesca milagrosa y le envió a Juan para que le dijera en la pesca “Pedro, es el Señor” y Jesús le preparó aquél delicado desayuno y después lo llamó aparte para conversar. Tenía que hacer que aquél hombre todavía herido por la triple negación de su traición se curase con un triple sí, “Señor tú lo sabes todo, tú sabes que te amo”, va a decir Pedro. Y a los discípulos encerrados, muertos de miedo se les manifiesta vulnerando sus puertas cerradas y pacificándolos. Con los discípulos de Emaús va a tener que caminarse unos cuántos kilómetros para ir calentándoles el corazón y finalmente lo puedan reconocer al partir el pan. Con Tomás, el escéptico, tiene que redoblar los gestos, y cuando aquél vuelve a la comunidad, lo llama y le concede su capricho: “Toca, mete la mano en mi costado”.

El gozo para nosotros se constituye en una exigencia personal. La posesión y perseverancia de algo muy nuestro que es don pero que se cuida, que se defiende, que no se negocia a cambio del gozo eufórico falaz y pasajero que ofrece seductoramente el mundo. Y se constituye en una exigencia apostólica. El gozo es para ser dado, es el puente tendido de un corazón a otro por el que cruza la Buena Nueva y la hace creíble.

Pronzato hace hablar a un hombre no cristiano reclamándole a quién dice ser cristiano, lo que le es más propio y que más necesita de él para poder creer, que es la alegría.

El no cristiano dice: “Tengo necesidad de tu alegría hermano, el servicio más grande que espero de vos es la alegría. La alegría de los superficiales, de los oportunistas, de los mediocres, de los ricos, de los condenados a placeres forzados, de los esclavos de la apariencia, de los vanidosos... ya la conozco, ya sé lo que es. Yo tengo necesidad de la alegría de una persona que se ha jugado su vida por el Señor, me interesa, tengo que descubrirla y necesito conocerla, mirarla a la cara, aprenderla. No la escondas por favor, no la enmascares. Cometerías un robo, nos privarías de algo a lo que tenemos derecho. Muéstrame a Dios con tu alegría, no me interesa saber lo que es Dios en sí mismo, cualquier libro me puede dar esas nociones yo tengo ganas de saber lo que es Dios en vos, qué provoca en vos, como te transforma. Me urge descubrir lo que sucede cuando Dios llena completamente una vida. Pido a tu alegría, los signos de la presencia de Dios en tu existencia. No dudo de tu muerte en Cristo, pero me hacen falta las señales de tu vida en Él”.

Estas palabras fuertes de Pronzato de alguna manera nos ponen de frente a la exigencia que el mundo nos pide a nosotros como testimonio. Y por eso Ignacio en este momento pide “gracia para alegrarme y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo nuestro Señor”.

 La Piedra fue corrida

Otro texto que les propongo es en Marcos 16, 18 que podemos unirlo a Juan 20, 11-18, la escena donde las mujeres van al sepulcro. Posiblemente fue una sola escena dividida en dos momentos, uno puede imaginar como le dé más devoción.

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé compraron perfume para ungir el cuerpo de Jesús. A la madrugada del primer día de la semana cuando salía el sol fueron al sepulcro y se decían entre ellas: ¿quién nos va a correr la piedra de la entrada del sepulcro? Pero al mirar vieron que la piedra ya había sido corrida, y era una piedra muy grande. Al entrar al sepulcro vieron a un joven sentado a la derecha vestido con una túnica blanca. Ellas quedaron sorprendidas, pero él les dijo: “No teman, ustedes buscan a Jesús de Nazareth el crucificado, ha resucitado, no está aquí. Miren el lugar donde lo habían puesto, vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que él irá antes que ustedes a Galilea, que allí lo verán como el se los había dicho. Ellas salieron corriendo del sepulcro porque estaban temblando y fuera de sí, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo”.

Esta escena tan hermosa expresa todo el amor de ellas por el Señor. Uno podría ver el camino de estas mujeres en la mañana del domingo, puede imaginarlas, queriendo ungir el cuerpo de Jesús y a la vez conscientes de la piedra que podría impedirles hacerlo. Es interesante que mientras van de camino se tientan, se acuerdan de la piedra, se dan cuenta que era inútil seguir yendo porque a esa piedra no la iban a poder correr... y sin embargo es muy lindo porque no se vuelven sino que siguen caminando y Dios las bendice cuando ya estando cerca, descubren que la piedra, que era muy grande, ya estaba corrida.

Hay piedras nuestras que sí las podemos correr, siempre con la ayuda del Señor. Por ejemplo en la tumba de Lázaro Jesús les dice a la gente allí: “Corran la piedra”. Hay piedras que uno puede solito, con la ayuda del Señor, correrlas, y hay otras piedras que si Él no las corre es imposible. Hay cosas que uno las pone muy en manos de Dios porque uno solo no puede, uno toca el límite y el texto nos presente uno de estos casos. Luego lo imprevisto, la preocupación de la piedra se desvanece al ver que había sido corrida. El Cardenal Bergoglio comenta en una homilía del 2006 de la Vigilia Pascual, “la dificultad se vuelve puerta de entrada, la duda aflora en horizonte prometedor, la sorpresa engendra esperanza, lo que era muro e impedimento se transforma en nuevo acceso a otra certeza y a otra esperanza que las pone nuevamente en camino. “Vayan ahora a decir a sus discípulos y a Pedro que Él irá antes que ustedes a Galilea y allí lo verán como Él se los había dicho”.

Y ahí comienza un nuevo camino, en continuidad con el anterior pero nuevo: “Vayan, allí lo verán”. Estas mujeres que distaban bastante de estar tranquilas, salieron corriendo temblando y fuera de sí, “tenían miedo”, dice el evangelista. Sienten en sí el estupor que produce todo encuentro con el Señor quién de esta manera se va acercando a ellas para manifestárseles plenamente.

Este camino que hacen estas mujeres, que hace María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé, puede confrontarse con nuestro camino en los ejercicios. Uno puede imaginarse el camino que hemos hecho hasta aquí en los ejercicios y entonces podemos preguntarnos: ¿qué tal mi camino? ¿Va en dirección de la promesa del encuentro con Jesús resucitado? ¿Se detiene y vuelve atrás ante la dificultad de las tantas piedras de la vida? ¿O como los de Emaús disparan hacia el lado contrario para no tener dificultades? ¿O como los otros discípulos, prefiero la parálisis, el encerrarme, y la defensa ante cualquier horizonte de esperanza. Mi camino, el personal, ¿apuesta a la esperanza?, ¿busca el encuentro? ¿Se dejó tocar por la noticia y sale corriendo de todo lo que es sepulcro y muerto? ¿sale corriendo temblando y fuera de sí con miedo porque sintió el escalofrío del anuncio y el estupor de la presencia?

Javier Albisu siempre comenta en sus meditaciones: “El sepulcro encierra una esperanza guardada, una esperanza contenida, que ninguna piedra por grande que sea podrá tapar”. No se puede frenar la vida, no se puede tapar la vida, y allí todo huele a plenitud del vivir, todo allí huele también a niño, a una especie de nuevo Belén, en esa tumba con la piedra corrida. La muerte cede el lugar a la vida. La vida va desatando aquellos nudos de muerte que la tenían atada y aquellas vendas arrojadas en el suelo son como una bandera rendida, la bandera de la muerte. La piedra ha sido corrida y da mido entrar. Estas mujeres, al ver la piedra corrida se alegran, igual cuando llegan Pedro y Juan, pero les da miedo imaginar lo que se pueden encontrar. Da miedo pensar como será un vivir nuevo.

El Señor viene con la fuerza y el consuelo propio del resucitado para ayudarme a pasar a la vida, a mi vida diaria de resucitado y normalmente la primera reacción es el miedo, es lo que más le cuesta a Jesús sacarles a ellos y sacarnos a nosotros. Al Señor le es más fácil aliviarnos en el dolor que fortalecernos en la alegría. Dice allí: “Estaban llenos de temor”. En la otra escena dice: “No se atrevían a levantar la vista del suelo”. Tenemos miedo que en el gozo se avecine algo malo tal como hemos dicho al comienzo, por lo tanto nos hará bien quedarnos junto a la piedra removida.

Puede ser un modo de rezar, contemplar esa escena y quedarnos junto a la piedra corrida hasta que esa certeza de lo que Dios ya hizo por mí sea algo incuestionable. Ayudará pasar por la memoria del corazón las piedras que el Señor ya corrió, esquemas que el Señor removió, obstáculos o impedimentos que quitó en nuestra vida, proyectos que renovó, la luz que nos dejó quizás en momentos de mucha oscuridad, la confianza que nos puso de pié en momentos de tristeza o de prueba. Muchas veces nos ocurre como a aquellas mujeres que seguimos buscando entre los muertos al que está vivo, lo buscamos en las cosas oscuras, lo buscamos en las parálisis. Dios pasó por todas aquellas situaciones que nosotros creíamos clausuradas y de las cuáles parecía que no saldríamos más.

Por lo tanto, pedir dejar consolarme por el resucitado a las puertas de mi sepulcro, junto a la piedra que Él ya removió. Aquello tan lindo si quieren en 1 Corintios 15, 54 -55 “La muerte ha sido vencida, ¿dónde está muerte tu victoria, dónde está tu aguijón?”
Y si quieren centrarse en la mirada de Magdalena que también fue entre aquellas mujeres, pero San Juan la toma aparte. Puede ser que Magdalena o regresó con las mujeres y después se volvió solita o quizás se quedó en la duda y entonces tiene el encuentro con aquel jardinero a quién no reconoce que es el Señor. Dice por allí algún autor que a veces las lágrimas no nos dejan ver y el dolor nos enceguece, y es un poco este caso, Magdalena lo tenía al Señor al lado y no lo podía reconocer, y muchas veces a nosotros nos pasa lo mismo. A ella no la frena ni la piedra ni su historia, que la historia de Magdalena era una piedra pesadísima ciertamente, corre, pero a la vez cree y no cree, no se anima a la luz, la vislumbra pero prefiere todavía hablar de muerte. Cuando vuelve a los discípulos dice: “Se han llevado el cadáver”. Ella sigue dolorosa y el Señor viene glorioso. Es como si nosotros le dijéramos: “Yo doloroso, y vos venís glorioso; yo rumiando tristeza y vos venís diciéndome “alégrense”; yo coleccionando tinieblas y vos diciéndome “llénense de luz”; yo tirado y vos diciéndome “tengan ánimo”; yo lápida y vos piedra corrida”.

Es hermosa la secuencia de resurrección que vamos a rezar también el día de Pascua “Dinos María Magdalena ¿qué viste en el camino para tener esta alegría tan grande?” Nosotros podríamos seguir “¿Qué viste en el camino de este tiempo?, ¿cuál ha sido esa piedra corrida que hace que tu actitud sea tan distinta?”.

 El P. Ernesto Giobando, habla de esta piedra del sepulcro abierto como signo de la vida futura:

“Quién nos correrá la piedra? se preguntan las mujeres que acuden al sepulcro, ¿quién nos correrá la piedra de la falta de fe?, ¿quién nos correrá la piedra del egoísmo?, ¿quién nos correrá la piedra que aprisiona la esperanza?, ¿quién nos correrá la piedra que impide tantas muestras de ternura?, ¿quién nos correrá la piedra de la falta de diálogo en nuestras familias?, ¿quién nos correrá la piedra del apuro para dar lugar al sosiego?, ¿quién nos correrá la piedra de la injusticia que deja a tanta gente al borde del camino?, ¿quién nos correrá la piedra de la impunidad que nos hace sentir exiliados en nuestra propia tierra?, ¿quién nos correrá la piedra de la inseguridad que nos lleva a vivir enfrentados y temerosos entre hermanos?”

Y entonces dejar que el Señor nos diga: “No teman, ¿ustedes buscan a Jesús de Nazareth, el crucificado? Ha resucitado, no está aquí, miren el lugar donde lo habían puesto”. Que este sea el paso en este caminito de resurrección donde Ignacio nos pide que dejemos los pensamientos tristes y que traigamos a la memoria todas las cosas lindas. Ignacio sugiere que en esos días de ejercicios comamos bien, abramos las ventanas, contemplemos la flores. Busca que los gestos externos acompañen la contemplación de este Señor lleno de alegría y que nos anda buscando. Si nos buscó en la pasión con tanta paciencia, nos busca ahora para sacarnos de los desencantos y de las tristezas... Nos busca porque nos quiere y porque nos necesita. Somos nosotros sus anunciadores y no son tiempos para andar con anunciadores enfermos de tristeza que por la misma tristeza hacen que el mensaje no sea creíble. A animarse y a dejarse mirar hondamente por el Señor y dejarnos decir, con ese rostro transfigurado, hermoso, de Cristo resucitado, “Ánimo, alégrense, no tengan miedo”.

Con estas contemplaciones comenzamos esta última etapa de los Ejercicios Espirituales, hermosa, de la contemplación de Cristo resucitado.