sábado, 29 de diciembre de 2018

Volver a Nazaret a aprender la belleza de la sencillez


Fuente: Familia Espiritual Carlos de Foucauld

"Volvió con ellos a Nazaret y siguió siendo obediente con ellos" 

Hablar de Nazaret es hablar de sencillez, de la grandeza de lo pequeño, de lo pobre y de lo humilde. Pues ,para ser sencillo hay que tener alma de pobre como María: "Porque ha mirado con bondad la pequeñez de su servidora me llamarán bienaventurada". También Jesús llamó felices a los que tienen alma de pobre.

Según esto no es posible Nazaret, ni podemos hablar de la sencillez sin tener alma de pobre, ni decir que la pobreza del alma es 'consecuencia de la sencillez o raíz del abandono, pero si casi decir que la sencillez como la pobreza, es el primer fruto del abandono en las Manos del Padre, actitud esencial en el camino de búsqueda de la Voluntad de Dios.

Jesús en el Sermón del Monte, síntesis y programa de su Buena Noticia, encabeza sus palabras con un elogio de la sencillez, fruto de cuanto ha vivido y experimentado en su exilio silencioso de Nazaret. El llama "Dichosos, felices, bienaventurados... a los que . tienen alma de pobre, a los sencillos...". María tuvo alma de pobre esclava, el Señor miró su sencillez, su pequeñez y fue escogida para realizar en ella y por medio de ella cosas grandes. Hace falta mucha fe para creer y vivir esto. Por eso muchos creyentes desmienten con sus obras lo que pregonan sus labios. De aquí la necesidad urgente de volver a Nazaret para empapamos de su espíritu e impregnar a la Iglesia con el aire nuevo del Espíritu, precisamente ahora que tanto se habla de nueva evangelización y que muchos entienden por "hacer más cosas", olvidando que la sencillez, como la pobreza, no es cuestión de cosas, de tener más o menos, sino de actitudes interiores, consecuencia del abandono en las manos del Padre. "Y volvió con ellos a Nazaret, y siguió siendo obediente con ellos" . (Lc. 2,51). Esto es muy importante, porque puedo no tener nada y no ser pobre, ni sencillo, porque no acabo de aceptar la ausencia del tener, ni el riesgo que conlleva la fidelidad a lo pequeño, y en definitiva, no terminar de abandonarme en las manos del Padre.

Pero aún hemos de seguir profundizando en este misterio de Nazaret si queremos vivir el momento presente como un regalo de Dios, con confianza y con paz del alma, convencidos de que el futuro es cuestión de confianza, porque está en las manos de Dios. Esto fue lo que hizo exclamar a María: "Hágase en mi según tu Palabra". 

Según esto, mirando a Jesús:

Nazaret es una vida normal de trabajo, encarnada, sencilla que significa aceptación de la realidad humana de su pueblo y su completa adaptación a la misma.

Es una vida con José y María: Vida familiar y comunitaria. Vida de amor compartida con ellos y con los demás. Comunidad de amor.

Vida de oración. como todos los habitantes de aquella pequeña aldea, y algo más, porque Él es el Hijo de Dios, aunque sólo ellos lo saben. Allí vive Jesús "su vida escondida en Dios".

Una vida redentora. Cuando va a Jerusalén dice: "He venido a hacer la voluntad de mi Padre". Aquí se condensa lo que pudiéramos llamar el misterio de Nazaret, tan poco conocido.- .

Y es que después de mas de dos mil años, todavía seguimos desconfiando y siguen pesando en nuestra conciencia las palabras del Evangelio: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?. 

¡Qué miopía la nuestra y que dureza, para comprender que la persona sencilla es generosa al dar y al recibir! la paz de la pobreza de alma, la de un corazón simple y sencillo como el de un niño... un corazón grande y generoso corno el de una madre... un corazón fuerte y bondadoso corno el de un padre que todo lo acoge y lo afronta con fortaleza.

La consecuencia espiritual para todo aquel que vive en búsqueda de Dios, es que poco a poco de más valor a las cosas pequeñas, a los pequeños gestos... a todo lo que en realidad constituye la trama oculta de la vida y que tiene sabor a Evangelio: una sonrisa, una mirada amable, una palabra sincera y oportuna... Esta sensibilidad nos lleva a descubrir y reconocer con gratitud todos los gestos de generosidad de Dios y de los hermanos. La persona sencilla no olvida fácilmente el bien que recibe. De aquí la búsqueda de abnegación en el seguimiento de Cristo. "El que quiera venir en pos de mis, que se niegue a sí mismo..." Es el camino de la humildad, de la sencillez, de la Cruz y de la fe en la Eucaristía para hacer el camino junto a Jesús.

  • Nazaret es un camino que se descubre bajando. "Bajó con ellos y vino a Nazaret".(Lc.2,51). Toda la vida de Jesús fue sólo bajar. Bajar encarnándose, bajar haciéndose niñito, bajar haciéndose obediente, bajar haciéndose pobre, abandonado, desterrado, perseguido, ajusticiado, poniéndose siempre en el último lugar".
  • Nazaret es para Jesús el arraigamiento en una forma de vida, en una manera de pensar distinta de lo que se estilaba. (Mc.6,1 ss). Es conocido con sus antepasados, sus contactos hogareños.
  • Nazaret es el Misterio de la Encarnación. Jesús se ha anonadado tornando la forma de siervo. Se humilló haciéndose obediente hasta la muerte (Flp 2,7-8). Encarnación en su pueblo, en una historia que los evangelios evocan en unas genealogías: Mt.,1-17 y Lc.6,23-38. Encarnación en un pueblo.
  • Nazaret es la vida sencilla de cada día, el trabajo, las relaciones de la gente. Es compartir la vida, los gozos, las penas... y así ser evangelio. Buena Noticia vivida e irradiada. 'Esta sencillez de vida no sabe de perjuicio, ni de respetos humanos, porque enraizada en la pobreza no tiene nada que perder. Los que optan por esta vida sencilla no tienen más riqueza que Cristo, convencidos de que nadie podrá arrebatarles su amor. De aquí nace la necesidad ineludible de orar, de suplicar a Dios, porque en Él está toda la razón de su actuar, convencido de que la eficacia de todo lo que hace no viene de sus méritos sino de la bondad de Dios. 
  • Nazaret es un misterio de crecimiento. Crecer es aceptar cambiar, vivir rupturas. Nada es definitivo. Jesús en el templo: Lc. 2,40-52. Crecer es aceptar morir a sí mismo, a su propia vida. Lanzarse hacia el porvenir. Siempre se renace del agua y del Espíritu. Crecer es también aceptar la reciprocidad: recibir y dar, aprender y enseñar, hablar y escuchar. Hacerse experto en humanidad al contacto con los otros. Es aprender la lenta germinación de las semillas, y de este modo, la paciencia de Dios. Aprender los gozos de la cosecha, aprender a empezar siempre de nuevo.

martes, 25 de diciembre de 2018

Dejémonos Sorprender por Jesús en esta Navidad...


AUDIENCIA GENERAL del Papa FRANCISCO
Miércoles, 19 de diciembre de 2018

...Observemos la primera Navidad de la historia para descubrir los gustos de Dios. Esa primera Navidad de la historia estuvo llena de sorpresas. 

Comenzamos con María, que era la esposa prometida de José: llega el ángel y cambia su vida. De virgen será madre. 

Seguimos con José, llamado a ser el padre de un niño sin generarlo. Un hijo que  llega en el momento menos indicado, es decir, cuando María y José estaban prometidos y, de acuerdo con la Ley, no podían cohabitar. 

Ante el escándalo, el sentido común de la época invitaba a José a repudiar a María y salvar así su buena reputación, pero él, si bien tuviera derecho, sorprende: para no hacer daño a María piensa despedirla en secreto, a costa de perder su reputación. 

Luego, otra sorpresa: Dios en un sueño cambia sus planes y le pide que tome a María con él. Una vez nacido Jesús, cuando tenía sus proyectos para la familia, otra vez en sueños le dicen que se levante y vaya a Egipto. 

En resumen, la Navidad trae cambios inesperados de vida. Y si queremos vivir la Navidad, tenemos que abrir el corazón y estar dispuestos a las sorpresas, es decir, a un cambio de vida inesperado.

Pero cuando llega la sorpresa más grande es en Nochebuena: el Altísimo es un niño pequeño. La Palabra divina es un infante, que significa literalmente "incapaz de hablar". Y la palabra divina se volvió incapaz de hablar. Para recibir al Salvador no están las autoridades de la época, o del lugar, o los embajadores: no, son simples pastores que, sorprendidos por los ángeles mientras trabajaban de noche, acuden sin demora. ¿Quién lo habría esperado? La Navidad es celebrar lo inédito de Dios, o mejor dicho, es celebrar a un Dios inédito, que cambia nuestra lógica y nuestras expectativas.

Celebrar la Navidad, es dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra. No se puedes vivir “tierra, tierra”, cuando el Cielo trae sus noticias al mundo. La Navidad inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios, porque desde Navidad Dios es el Dios-con-nosotros, que vive con nosotros, que camina con nosotros. Vivir la Navidad es dejarse sacudir por su sorprendente novedad. 

La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo”.

Celebrar la Navidad es hacer como Jesús, venido por nosotros, los necesitados, y bajar hacia aquellos que nos necesitan. 

Celebrar la Navidad es hacer como María: fiarse, dóciles a Dios, incluso sin entender lo que Él hará. 

Celebrar la Navidad es hacer como José: levantarse para realizar lo que Dios quiere, incluso si no está de acuerdo con nuestros planes. San José es sorprendente: nunca habla en el Evangelio: no hay una sola palabra de José en el Evangelio; y el Señor le habla en silencio, le habla precisamente en sueños. 

Navidad es preferir la voz silenciosa de Dios al estruendo del consumismo. Si sabemos estar en silencio frente al belén, la Navidad será una sorpresa para nosotros, no algo que ya hayamos visto. Estar en silencio ante el belén: esta es la invitación para Navidad. Tómate algo de tiempo, ponte delante del belén y permanece en silencio. Y sentirás, verás la sorpresa.

Desgraciadamente, sin embargo, nos podemos equivocar de fiesta, y preferir las cosas usuales de la tierra a las novedades del Cielo. Si la Navidad es solo una buena fiesta tradicional, donde nosotros y no Él estamos en el centro, será una oportunidad perdida. Por favor, ¡no mundanicemos la Navidad! No dejemos de lado al Festejado, como entonces, cuando «vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron» (Jn 1,11). Desde el primer Evangelio de Adviento, el Señor nos ha puesto en guardia, pidiéndonos que no nos cargásemos con “libertinajes” y “preocupaciones de la vida” (Lc 21,34). Durante estos días se corre, tal vez como nunca durante el año. Pero así se hace lo contrario de lo que Jesús quiere. Culpamos a las muchas cosas que llenan los días, al mundo que va rápido. Y, sin embargo, Jesús no culpó al mundo, nos pidió que no nos dejásemos arrastrar, que velásemos en todo momento rezando (cfr. v. 36).

Será Navidad si, como José, daremos espacio al silencio; si, como María, diremos a Dios “aquí estoy”; si, como Jesús, estaremos cerca de los que están solos, si, como los pastores, dejaremos nuestros recintos para estar con Jesús. Será Navidad, si encontramos la luz en la pobre gruta de Belén. No será Navidad si buscamos el resplandor del mundo, si nos llenamos de regalos, comidas y cenas, pero no ayudamos al menos a un pobre, que se parece a Dios, porque en Navidad Dios vino pobre.

Queridos hermanos y hermanas, ¡Les deseo una Feliz Navidad, una Navidad rica en las sorpresas de Jesús! Pueden parecer sorpresas incómodas, pero son los gustos de Dios. Si los hacemos nuestros, nos daremos a nosotros mismos una sorpresa maravillosa. Cada uno de nosotros tiene escondida en el corazón la capacidad de sorprenderse. Dejémonos sorprender por Jesús en esta Navidad.

sábado, 8 de diciembre de 2018

Fiesta de la Inmaculada: Somos Invitados a entrar también «en el Gozo de nuestra Señora»...

Escrito por Dolores Aleixandre -rscj-

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo», repetimos con las palabras del ángel. Y eso quiere decir que ante nosotros, tantas veces sombríos y agobiados por mil preocupaciones, se abren hoy de par en par las puertas de la alegría. Como cuando en la parábola de los talentos, el dueño dice al servidor fiel: «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25, 23), nos sentimos también nosotros invitados a entrar también «en el gozo de nuestra Señora» y bendecir a Dios junto a ella, porque también ha querido hacer de nosotros hijos «agraciados». Sobre nosotros, como sobre María, descansan la complacencia y la ternura del Padre, no porque lo merezcamos, sino gracias a Jesús a quien estamos asociados e incorporados.

Por eso la Fiesta de la Inmaculada, que coincide con el tiempo de Adviento, nos adentra más profundamente en él, porque María se pone a nuestro lado para enseñarnos cómo acoger al Jesús que llega, cómo abrirnos a su presencia, cómo escuchar su Palabra. Junto a ella, la primera creyente, aprendemos qué es la fe y en qué consiste esa actitud de reconocerse pequeño y frágil, pero inmensamente querido y perdonado.

En María descubrimos ahora como terminada la misma obra que Dios tiene empezada en cada uno de nosotros. En ella vemos hoy el resultado victorioso de lo que acontece cuando alguien consiente que Dios intervenga en la propia vida y hasta dónde puede llegar la acción de ese Dios que siempre está llamando a nuestra puerta para estar con nosotros, como lo estuvo con ella y para llenarnos de gracia, como la llenó a ella.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Hacernos Adviento...

Aprenda tu corazón a amar lo que esperas...Adviento

Escrito por Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger (Marruecos)

El de Adviento es un tiempo litúrgico de preparación para la Navidad, pero para la Iglesia todo en tiempo es Adviento, y en cada día en la vida de los creyentes, pues vivimos esperando a Cristo, deseando a Cristo, amando a Cristo. No me preguntes cuántos fieles hubo hoy en la celebración eucarística. Pregunta cuánto amor, cuánto deseo, cuánta esperanza había en el corazón de cada uno, y sabrás si hubo hoy un verdadero Adviento en la comunidad.

Ya sé que, desde lo hondo de tu intimidad, desde la verdad de tu vida, puedes estar pensando: es que yo no amo a Cristo, yo no deseo su venida, yo no espero ninguna Navidad. No tengas miedo. Has de acercarte a ti mismo, a tu interioridad, antes de puedas ver que tu Salvador se acerca a Ti. Has de acercarte a tu pobreza, a tu oscuridad, a tu necesidad, a tu noche, a tu fragilidad...

Si no busca a Cristo el amor de tu corazón, que lo busque tu indigencia; que es el Señor amigo de indigentes, y pobres, por ellos vino a la pobreza, a la oscuridad, a la necesidad, a la noche, a la fragilidad, pues Dios, "envió a su Hijo, nacido de una mujer, Él actuando como un hombre cualquiera, pasó haciendo el bien”.

Que anhele tu deseo lo que necesitas, que espere todo tu ser lo que deseas, que aprenda tu corazón a amar lo que esperas. Sube desde tu necesidad a Cristo, y Cristo vendrá a ti para ser tuyo. Vendrá y lo reconocerás, lo amarás, lo cuidarás: escucharás su Palabra, recibirás su Espíritu, comulgarás su Cuerpo, lo verás en la comunidad, lo abrazarás en los pobres, y recordarás siempre con gratitud que fue tu pobreza la que te abrió la puerta de la fe para que le deseases, le esperases, le amases.

Feliz tiempo de Adviento....Feliz encuentro con Cristo

lunes, 1 de octubre de 2018

Fiesta de Santa Teresita...

Por Ángel Rossi, sj.

Vamos a reflexionar en torno a la Teresita seducida por Dios, o como hemos querido llamarla: la mimada. Lo fue de su familia y también lo fue de Dios. Una “gran mimada”. Y también nosotros lo somos...

Teresita tiene una especie de intuición muy clara: todos somos “predilectos de Dios”. En Dios, ser predilecto no hace que el otro sea menos que yo. Sólo Dios puede concederse plenamente esta posibilidad de cada hijo sea predilecto sin que esto vaya en desmedro del otro, del que quedaría en segundo lugar...

... mimada no significa que no conoció las dificultades, que todo fue color de rosa en su vida. Teresita sabe que los mimos de Dios por momentos tienen la forma de una caricia suave, y por momentos toman la forma de la prueba. Y en realidad, si hablamos en términos de tiempo _ lo cual puede ser muy injusto_, más tiempo pasó por la prueba que por los momentos fáciles. Y, sin embargo, no por eso deja de considerarse una cuidada por Dios, una mimada de Él. Algo de esto es lo que expresa Martín Descalzo en sus últimas voluntades: “... Quiero confesar que he sido y soy feliz, aunque en la balanza de mi vida sean más los desencantos y fracasos, porque aunque todos se multiplicasen, aún no borrarían la huella de tus besos. ¿De tus besos o de tus uñas, Halcón? No lo sé. Es lo mismo.”

El Papa Juan Pablo II ha dicho con mucha claridad que “el hombre contemporáneo cree más a los testigos que a los maestros. Cree más en la experiencia que en la doctrina. Cree más en la vida y en los hechos que en las teorías”. Por lo tanto, el evangelizador de este comienzo del milenio tendrá que ser no el que da una lección, no el que enseñe una sabiduría humana o una receta para bien vivir, sino el que anuncia la gozosa experiencia de una presencia viva en el propio corazón.

Teresita es, de un modo especial, ese testigo que nuestro mundo necesita, y lo es porque se sintió siempre una gran mimada de Dios a lo largo de toda su vida: Dios se ha complacido en rodearme siempre de amor.

En su sencillez, está dando la clave de toda vida cristiana: tener experiencia de ser amado. En su autobiografía lo que hace es declarar que ha sido amada, que ha habido amor en su vida. Y con esto ya tenemos para entretenernos, porque nuestra vida cristiana, sin esa experiencia de amar y de ser amado, no puede desarrollarse. Solamente somos fecundos cuando nuestro corazón ama, y nuestro corazón ama cuando se sabe amado. Teresita le escribía a su hermana Celina: Jesús hizo locuras por Celina... que Celina haga locuras por Jesús... El amor sólo con amor se paga y las heridas de amor, sólo con amor se curan.


Ésta es la clave de una vida cristiana y Teresita lo entendió. Se da lo que se recibe y siempre se recibe. El desafío es saber buscarlo...

viernes, 21 de septiembre de 2018

Hay gente con la Primavera en el alma...


Escrito por el Poeta Hamlet Lima Quintana

Hay gente que con solo decir una palabra, 
enciende la ilusión y los rosales,
que con sólo sonreír entre los ojos, 
nos invita a viajar por otras zonas,
nos hace recorrer toda la magia.

Hay gente,que con solo dar la mano, 
rompe la soledad, pone la mesa,
sirve el puchero, coloca las guirnaldas.
Que con solo empuñar una guitarra, 
hace una sinfonía de entre casa.

Hay gente que con solo abrir la boca
llega hasta todos los límites del alma,
alimenta una flor, inventa sueños,
hace cantar el vino en las tinajas
y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
desterrando una muerte solitaria,
pues sabe, que a la vuelta de la esquina,
hay gente que es así, tan necesaria.

domingo, 16 de septiembre de 2018

LA EXPERIENCIA DE LA CRUZ, EXPERIENCIA DE AMOR

Escrito por Santiago Agrelo 

Hay palabras que podremos pronunciar como nuevas y como nuestras, sólo si antes las hemos oído pronunciadas como suyas por Jesús de Nazaret: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Mi Señor me ayudaba; por eso no quedaba confundido”.

Son palabras que hablan de un crucificado, pero no derrotado; de un vejado, pero no confundido ni humillado; de un muerto, pero no vencido.

Son palabras que hablan de hombres, de muerte y de Dios.

Sólo Jesús de Nazaret puede decir con corazón y experiencia de Hijo amado, con corazón y experiencia de resucitado, la oración del salmista: “Me envolvían redes de muerte, me alcanzaron los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor… El Señor es benigno y justo… Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída”.

Las del Siervo del Señor, las del salmista, las de Jesús, son palabras que podemos hacer nuestras, porque compartimos con ellos la fe, la esperanza y el amor.

Son nuestras, porque el Señor nos ha atraído a él, y nos ha hecho discípulos suyos, y hemos querido caminar con él, cargar con nuestra cruz, seguirle a él, el Hijo, con corazón y obediencia de hijos.

Las de Jesús son palabras nuestras, como nuestros son, porque él ha querido llevarlos por amor, los sufrimientos del Señor, sus heridas, su muerte.

Las de Jesús son palabras nuestras, porque el Señor, por la encarnación, ha querido unirse a nosotros para siempre, y nosotros, por la fe y la comunión, hemos querido unirnos para siempre a él: Nada dice ya él sin nosotros; nada queremos decir nosotros sin él.

Para Jesús y para nosotros, la cruz es escuela y signo de obediencia, de amor, de confianza.

Porque estamos en comunión con él, porque nada suyo nos es ajeno, podemos decir también con él: “Amo al Señor, porque escucha mi voz suplicante; porque inclina su oído hacia mí el día que lo invoco”.

La experiencia de la cruz es para Jesús, para nosotros, para los pobres, para todos los crucificados, una experiencia de amor.

martes, 11 de septiembre de 2018

MAESTRO ARTESANO

El maestro es portador de una vida con mensaje.
Un artífice de sueños.
Un Dador cotidiano de fe y amor.
Un Profeta de Buenas Nuevas.
Un Creador de utopías.
Un Peregrino de horizontes.
Un Cuidador de amores vulnerables.
Un Protector de lo pequeño.
Un Protagonista del continuo milagro.
Un Mediador del diálogo.
Un Compañero de fatigas y alegrías compartidas.
Un Comunicador de vida.
Un Instrumento de esperanza.
Un Sanador de heridas.
Un Cobijo seguro.
Una Palabra comprensiva.
Un Silencio oportuno.
Un Gesto hecho a tiempo.
Un Aliento necesario.
Eduardo Casas

sábado, 25 de agosto de 2018

Señor ¿a quién vamos a ir?...

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no andaban con él.
 Entonces Jesús dijo a los doce: - ¿También ustedes quieren marcharse?. 
Le contestó Simón Pedro: - Señor, ¿a quién vamos a ir? 
Tú tienes palabras de vida eterna.” 
(Jn 6,66-68)

Escrito por Dolores Aleixandre, de su libro: "Relatos de la Mesa compartida"

"En un rato tranquilo, haz memoria de momentos o épocas de tu vida en los que has estado a punto de alejarte de Jesús y de su comunidad, o incluso has llegado a abandonar por una crisis de fe, por rebeldía, por situaciones personales difíciles...

Recuerda alguno de esos momentos y la experiencia que viviste de falta de sentido, de ausencia o lejanía de tu verdadero centro. Reconoce en la trayectoria, a aquellos discípulos de Emaús, tu propia trayectoria de búsqueda de vida verdadera: ellos han vivido en su propia carne cómo huir de la cruz para asegurarse, traicionar para salvarse, alejarse decepcionados... Pero eso no les ha dado vida verdadera, sino insatisfacción y vacío.

Recuerda también  fueron los caminos misteriosos por los que volviste (o sientes el deseo de volver...) a Jesús: personas, acontecimientos, palabras... Y cómo el Resucitado se ha hecho tantas veces el encontradizo contigo para devolverte la alegría, la paz, el perdón, el sentido...

Deja que fluyan en tu corazón el agradecimiento y la alabanza por la vivencia, tantas veces renovada, de reencuentro con Jesús y su evangelio, por la alegría de hacer la experiencia de que es posible la relación auténtica con los demás, de que vale la pena luchar por un mundo más humano y fraterno.

Repite una y otra vez: “Señor ¿a quién vamos a ir? Sólo, Tú tienes Palabras de Vida Eterna...”

sábado, 11 de agosto de 2018

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida...

Escrito por  José Pagola

El evangelista Juan repite una y otra vez expresiones e imágenes de gran fuerza para recordar a todos que han de acercarse a Jesús para descubrir en él una fuente de vida nueva. Un principio vital que no es comparable con nada que hayan podido conocer con anterioridad.

Jesús es «pan bajado del cielo». No ha de ser confundido con cualquier fuente de vida. En Jesucristo podemos alimentarnos de una fuerza, una luz, una esperanza, un aliento vital... que vienen del misterio mismo de Dios, el Creador de la vida. Jesús es «el pan de la vida».

Por eso, precisamente, no es posible encontrarse con él de cualquier manera. Hemos de ir a lo más hondo de nosotros mismos, abrirnos a Dios y «escuchar lo que nos dice el Padre». Nadie puede sentir verdadera atracción por Jesús, «si no lo atrae el Padre que lo ha enviado».

Lo más atractivo de Jesús es su capacidad de dar vida. El que cree en Jesucristo y sabe entrar en contacto con él, conoce una vida diferente, de calidad nueva, una vida que, de alguna manera, pertenece ya al mundo de Dios. Juan se atreve a decir que «el que coma de este pan, vivirá para siempre».

Si, en nuestras comunidades cristianas, no nos alimentamos del contacto con Jesús, seguiremos ignorando lo más esencial y decisivo del cristianismo. Por eso, nada hay pastoralmente más urgente que cuidar bien nuestra relación con Jesús el Cristo.

Si Jesús no nos alimenta con su Espíritu de creatividad, seguiremos atrapados en el pasado, viviendo nuestra religión desde formas, concepciones y sensibilidades nacidas y desarrolladas en otras épocas y para otros tiempos que no son los nuestros. Pero, entonces, Jesús no podrá contar con nuestra cooperación para engendrar y alimentar la fe en el corazón de los hombres y mujeres de hoy.

José Antonio Pagola


sábado, 4 de agosto de 2018

El Secreto de tu Pan es que viene de las Manos del Padre...

Escrito por Mariola Lopez -RSCJ- de su libro: La voz, el amigo y el fuego.

“Yo soy el Pan de la Vida,
el que Venga a Mí, no tendrá hambre
y el que crea en Mí, no tendrá nunca sed”
-Jn 6, 24-35-

A veces nos cuesta tanto saber qué es lo que queremos de veras. Buscamos algo que pueda saciar esta inquietud honda que sentimos cuando de pronto nos paramos y miramos el mundo y nuestra vida. Nos dices que vamos a Ti sin saber realmente porqué te buscamos, sin reconocer aquello que traes, y hablas de un alimento que permanece, que da vida verdadera. Estamos tan acostumbrados a sucedáneos, a consumir tan rápidamente las relaciones y las cosas, a tener experiencias fuertes y a vivir distraídos y en busca de diversiones, que hemos perdido el sentido del gusto para reconocer lo auténtico, estamos empachados y te pedimos señales. “¿Por qué lo tuyo va a ser diferente? ¿Qué nos das tú que no nos pueda dar el mundo?”.

El secreto de tu pan es que viene de las manos del Padre. Un pan que no podemos conseguir por nuestra propia cuenta ni disponer de él, sino recibirlo y esperarlo. Un pan que desvela la indigencia de nuestro corazón y que es , a la vez, el único alimento que puede colmarlo de dicha; un pan para ser repartido y celebrado.

¡Señor, que podamos creérnoslo, que salgamos corriendo hacia Ti!. Danos el hambre, o mejor, danos el poder descubrir que eres Tú aquel a quien buscamos detrás de las cosas; que es tu Cuerpo el puerto definitivo de llegada de todos nuestros deseos.

domingo, 1 de julio de 2018

Me llamó "hija" , y era en su boca una bendición...

Escrito por Mariola Lopez Villanueva -RSCJ-

“Hija, tu fe te ha salvado, vete en paz y sigue sana de tu tormento” (5, 34).

Jesús sitúa a la mujer en el proceso normal de su cuerpo, hace caso omiso al miedo y al tabú de la impureza, y la libra de una cultura que rechaza su sangre, y su sexualidad. 

Ella, al tocarle, hace brotar en él su fuerza sanadora, lo confirma en su misión; le ayuda a alumbrar su ministerio. Es la única vez, en los relatos de curación que Jesús llama a una mujer “hija”. Ha salido valedor de ella, igual que Jairo al comienzo pedía por la enfermedad de su hija. Jesús la recrea en su verdadera condición, la de hija muy amada, la introduce en el ámbito de la cercanía y la familiaridad con Dios, y crea vínculos muy estrechos con una mujer que estaba apartada de todo contacto y relación. 

¿Qué pudo significar este encuentro para la mujer?. ¿Cuántas veces reviviría este acontecimiento que cambió definitivamente su vida?... Su historia la narraron otros, dejemos que, por una vez, sea ella misma quien nos la cuente[1]: 

“Necesitaría toda una vida para relatarte lo que sucedió aquella tarde. Ya sabes que yo llevaba doce años en que poco a poco me iba quedando sin fuerzas, algo parecido a una de esas depresiones crónicas que destrozan cuanto tocan. Tú eres demasiado joven para comprender qué significaba en Israel ser una mujer con hemorragias constantes de sangre. Nadie podía tocarme, ni siquiera tocar aquello con lo que yo había estado en contacto, pues sería declarado impuro (Lev 15, 19-30). 

Tampoco yo podía tocar, ni acercarme a los otros, estaba condenada al aislamiento, como cuando tienes una enfermedad contagiosa por la que te temen y necesitan excluirte para sentirse a salvo. Y lo peor es que para ellos no era una enfermedad del cuerpo sino la señal de que mi vida estaba afectada por el pecado, de que una maldición de Dios me acompañaba, y así me lo hicieron creer a mí también. 

A lo largo de aquellos años, desesperada, lo probé todo y, entre curanderos que prometían cortarme la sangre y adivinos que consultaban el oráculo, se me fue cuanto tenía, era un tormento incurable, no tanto por esa sangre incontrolada que me secaba por dentro sino por esa distancia dolorosa de los otros cuerpos. Sentirme separada y rechazada; y experimentar el propio cuerpo como una mortaja. 

Después de aguantar tantos años llegó un día en que sólo el pensamiento de la muerte significaba para mí un poco de descanso. Fue entonces cuando una tarde oí hablar de él, decían que había sanado a mucha gente, que tenía una manera de decir de Dios que desconcertaba, y que cuando estabas a su lado te sentías intensamente viva. 

Pasé noches enteras sin dormir, con un pensamiento pegado a mis huesos, ¿y si lo intentara, y si pudiera verle?... Volvía una y otra vez sobre esas historias que había escuchado y se me clavaban dentro como si todo el sufrimiento de estos años hubiera estado esperando que aquel hombre viniera. 

Luego pensaba que yo era sólo una pobre mujer, marcada, a la que él, como buen judío, no podría ni siquiera mirar de frente, cualquier posibilidad de contacto resultaría imposible. Hasta que una mañana unas mujeres, las únicas que se me acercaban, me dijeron que tal vez dentro de unos días ese Jesús del que nos habían hablado pasaría por allí. Una corriente inesperada atravesó todo mi cuerpo: "ese Jesús". ¡Oh Dios!, me dije, si yo me atreviera a intentarlo, si fuera corriendo donde él...Me habían contado que tomaba a la gente de la mano. Cuánto deseaba yo sentir el calor de otro cuerpo, poder pasar mi mano silenciosa sobre una piel querida, recorrer un rostro lentamente, perderme en un abrazo, ser tocada para vivir... Decían que los paralíticos que lo conocieron ahora andaban y que devolvía la vista a los ciegos, aunque pensaba que ninguno de ellos podía contaminarle como yo. Me sentía cada vez más sucia y avergonzada de mí misma. Pero al amparo de lo que me llegaba acerca de él, una confianza desmedida se fue apoderando de mí, hasta llegar a pesar más que aquel flujo incontrolado que me tenía atada. 

A lo mejor bastaba con que yo pudiera tocarle, con que sus vestidos me rozaran apenas...Y esta confianza se fue convirtiendo poco a poco en el único motivo por el que seguir viviendo: correr hacia él con todas mis pérdidas y tocarle, aunque fuera por la espalda, entonces me curaría. 

Aquella tarde le rodeaba tanta gente que apenas podía distinguir su rostro, todos querían estar cerca de él. Pensé que nadie repararía en mi, ni siquiera Jesús se daría cuenta de que yo lo tocaba. Me acerqué por detrás, rápidamente, cerré los ojos y puse mi mano llena de deseo sobre el borde de su manto... Si pudiera describirte lo que experimenté en ese instante, aquella fuerza que detuvo la sangre, que ensanchó mis ganas de vivir, el poder entrar en relación con los otros, no tener que seguir ocultándome, sentir en mi cuerpo que estaba curada... Iba a salir corriendo cuando él preguntó "¿Quién me ha tocado?". Muchos se habían apretujado sobre él, pero yo sabía que preguntaba por mí. Dicen que me acerqué atemorizada y temblorosa, aunque no podría definir cómo me sentía realmente en ese momento, era una mezcla de temor y gratitud, de reverencia y de necesidad de postrarme ante él, y de pedirle perdón por mi atrevimiento... Confesé cómo me lancé a tocarle aunque era considerada una mujer apestada. Pero él, ante el asombro de los que nos miraban, me llamó "hija" , y era en su boca una bendición, queriéndome como si me conociera desde siempre, como si me hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo , y dijo que mi fe me había curado y que me fuera en paz. Después he revivido muchas veces lo que pasó aquella tarde, como una memoria dichosa que me alimenta, y creo cada vez más que lo de mi fe lo decía para quitarse importancia porque sé, desde entonces, que es sólo esa fuerza que sale de él la que puede curarnos”. 

[1] Así es como imagino lo que ella viviría...

sábado, 23 de junio de 2018

Manifestar lo que Dios ha puesto en nuestro corazón...


Publicado por Equipo CEP-Venezuela - www.cepvenezuela.com

Es muy especial la forma como se gesta la vida de Juan Bautista. Su papá, el bueno y gran Zacarías, envejeció tras el anhelado deseo de tener un hijo. Dios quiso sacarlo de su desdicha (Lc. 1,5-22), pero Zacarías se había aferrado a su deseo y a su concepto de la vida que terminó por quedar impedido para descifrar el momento de Dios, por eso se quedó mudo. No podía comunicar la vida, estaba anclado en el pasado. 

Isabel, su esposa, que también había envejecido tras su esterilidad y la espera anhelada del favor de Dios, al encontrarse embarazada pudo reconocer que el Señor la sacaba de su desgracia, y exclamó: esto ha hecho mi Dios para liberarme del oprobio del mundo (Lc. 1,25). Ella supo descifrar el tiempo de Dios en su vida y en la vida de los demás (Lc. 1,42-45). Por eso pudo experimentar en carne propia la alegría compartida. La alegría que no se vuelve envidiosa sino que se regocija con la dicha ajena (Lc. 1,58). 

“Este niño se llamará Juan”, dijo su mamá, y su papá recuperó el habla para reafirmarlo. El nombre de Juan significa: Dios tiene compasión; Él inclina su corazón al que lo necesita. Este acontecimiento produjo cierto temor en la comarca. Todos se preguntaban: ¿qué va a ser de este niño? Porque la mano de Dios está con él. De igual modo podemos preguntar por lo que empezó a ser nuestra vida desde niños y lo que sigue siendo hoy día, porque la mano de Dios puso entonces algo especial en nuestro corazón. 

La figura viva, austera y cercana del Bautista es cautivadora. Él propondrá un modo de ser desprendido de privilegios, de ropajes, de razonamientos retorcidos. Nos invitará al encuentro directo y sencillo con las personas y con el mismo Dios. Él despertará el deseo de autenticidad. Por eso el Bautista nos moverá a sumergirnos bien adentro de nosotros mismos para que salga a flote la mayor bondad y la mejor verdad que alberga nuestra vida interior. 

El Bautista nos revelará que Dios inclina su corazón hacia todos sus hijos y, que de nuestra parte, sólo hace falta ser capaces de hacerle lugar a Él, sin desvirtuar su misericordia, enseñándonos a cooperar con lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Y nos mostrará también el camino que nos conduce al encuentro directo y expreso con Jesús. 

Que nos atrevamos a sacar fuera lo que la Mano de Dios ha puesto en nuestro corazón, para inaugurar caminos nuevos y abrirnos a la auténtica alegría que transforma incertidumbres y provoca la esperanza. Y así aprendamos del Bautista, aquella libertad que nos capacita para vivir “suspendidos entre la angustia de la muerte y la esperanza de una plenitud anticipada”.

sábado, 16 de junio de 2018

EL HOMBRE QUE POSEÍA LA SABIDURÍA DE “NO SABER”


Sucede con el reino de Dios lo que con la semilla que un hombre echa en la tierra. 
 Duerma o vele, de noche o de día, la semilla germina y crece, sin que él sepa cómo.
  La tierra da fruto por sí misma: primero hierba, luego espiga, después trigo abundante en la espiga. 
Y cuando el fruto está a punto, en seguida mete la hoz, porque ha llegado la siega. 
-Mc 4, 26-29-

Texto escrito por la hna Dolores Aleixandre -rscj-

Esta parábola suele ser conocida como la de "la semilla que crece por sí misma",   pero mi propuesta es llamarla: el hombre que poseía la sabiduría de “no saber”,  y acercarnos a este personaje como a un maestro de sabiduría y discernimiento.

"Miren a ese hombre, parece decir  Jesús: actúa y decide intervenir justo en el momento que le corresponde: "siembra" la semilla y, al final, "mete la hoz" cuando llega el momento de la siega. Pero sabe que hay un periodo de tiempo en el que a él no le toca hacer nada, sino que es la  tierra la que "por sí misma" hace que la semilla  germine y crezca y dé fruto. Y todo eso acontece mientras él "duerme y se levanta" tranquilamente, sin empeñarse en dirigir unos ritmos que escapan a su control".  Es la convicción del orante del Salmo 127,2: Es inútil que madruguen, que retrasen  el descanso, que coman un pan de fatigas: Dios lo da a sus amigos mientras duermen.

Imaginemos a aquel hombre, sentado junto al lindero de su campo en el que aún no aparece ni  una brizna de hierba. Para los demás,  aquel campo está vacío, pero él está ya contemplando las mieses ondeando en él. No es un iluso: la apariencia da la razón a los que miran superficialmente,  pero la realidad  se la da a él que ha sembrado ese campo y confía en el dinamismo oculto de las semillas. ¿No es una preciosa parábola de lo que es la pura fe? También Noé, tierra adentro, se puso a construir un arca, quizá ante la burla de sus vecinos: “¡Estás loco, Noé! ¿No ves que nunca habrá aquí agua para que flote tu arca?” Pero él actuaba apoyado en la fuerza de la palabra que anunciaba un diluvio, lo mismo que los discípulos confiarán en la palabra de Jesús y echarán la red para pescar, más allá de toda evidencia ( Lc 5,5).

Vamos a detenernos en una frase central en la parábola: todo acontece “sin que él sepa cómo”.  Hay una larga tradición bíblica referida al “no saber”, como si desde los orígenes los hombres y mujeres más lúcidos nos pusieran alerta ante los peligros que se encierran en la ambición humana de hacer del “saber” un instrumento de dominio y  control.

 En los relatos de creación, es precisamente la avidez  por probar el fruto del “árbol del conocimiento” lo que provoca la pérdida del jardín (Gn 3,6); cuando Moisés pide conocer el nombre de Dios (Ex 3,13) recibe una respuesta negativa y sólo lo encontrará cuando entre en una nube (Ex 34,2.5), que permite oír pero no ver, símbolo elocuente de la imposibilidad de apoderarse a través de la vista de un Dios a quien sólo se puede escuchar y acoger.

Las primeras palabras que pronuncia María en la escena de la anunciación se inscriben en esa  esfera del “no saber”: “No conozco varón”, dice ella y,  parafraseando una frase de San Ireneo   podríamos decir: “Lo atado por el “querer saber” de Eva fue desatado por el “no saber” de María”. Jesús afirma desconocer el tiempo señalado por el Padre (Mc 13,32) y recordará a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere; oyes su rumor, pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va” (Jn 3,32). La Primera Carta de Pedro vuelve a insistir sobre esta “vía negativa”:    “Todavía no lo han visto, pero lo aman; sin verlo creen en él, y se  alegrarán con un gozo inefable y radiante” (1Pe 1,8)…

No lo estaba el hombre de la parábola, atento para saber cuándo llegaba la sazón del fruto para meter la hoz. Poseía la difícil sabiduría del ritmo entre actividad y quietud , la sabiduría que hacía decir a Edith Stein:  “Hay un estado de descanso en Dios, de total suspensión de toda actividad del espíritu,  en el que no se pueden concebir planes, ni tomar decisiones, ni aun llevar nada a cabo, sino que, haciendo del porvenir asunto de la voluntad divina, se abandona uno enteramente a su destino (…)  El descanso en Dios es un sentimiento de íntima seguridad, de liberación de todo lo que la acción entraña de doloroso, de obligación y de responsabilidad. Cuando me abandono a este sentimiento me invade una vida nueva que, poco a poco, comienza a colmarme y, sin ninguna presión por parte de mi voluntad, a impulsarme hacia nuevas realizaciones. Este exceso vital me parece ascender de una Actividad y de una Fuerza que no me pertenecen, pero que llegan a hacerse activas en mí. La única suposición previa necesaria para un tal renacimiento espiritual parece ser esta capacidad pasiva de recepción que está en el fondo de la estructura de la persona”. 

El protagonista de esta parábola vivía en contacto con esa “capacidad pasiva de recepción”…

sábado, 26 de mayo de 2018

Trinidad, "Comunidad de la Misericordia"...

Escrito por Miryam MARTIN ALONSO. -Revista Sal Terrae  96 (2008) 685-692-

Quisiera comenzar recordándote esta imagen: 



















Como ves, se trata de "La Trinidad de la Misericordia", realizada por Caritas Muller (dominica suiza).

En este icono se muestra en tres círculos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, que se inclinan hacia el ser humano.
  •  El Padre sostiene a éste con sus brazos;
  •  El Hijo le sirve en el gesto inconfundible del lavatorio de los pies;
  •  El Fuego del Espíritu alienta y fortalece su actuar conjunto, como   expresión inédita del amor.
Así es el Dios cristiano:
  •  Dios comunión.
  •  Dios es el Padre-Madre,
  •  el Hijo y el Espíritu Santo en comunión; nadie es anterior o posterior.
Ni siquiera se puede hablar de tiempos, como nosotros acostumbramos. En el principio no está la soledad de uno, de un ser eterno solo e infinito, sino la comunión ofrecida y entregada totalmente de uno para otros. Un solo Dios que es comunión.

Pero, además, no se trata de una comunidad cerrada en sí misma. Toda la creación significa un desbordamiento de vida de la Trinidad entera que se entrega, incluyendo a toda la humanidad en esa misma expresión de amor.

Por eso puede que te sorprenda esta imagen cuyo centro lo ocupa el ser humano roto y herido. Me gustaría que pudieras acercarte a este icono actual, que representa muy bien esta entrega.

  • MOMENTO CONTEMPLATIVO
La invitación es que puedas tomarte unos instantes para tomar conciencia y saborear el saberte ante Dios desde el profundo silencio y la comprometida Palabra.

Que intentes acercar la Trinidad a tu experiencia cotidiana, adorando al Dios que toma la iniciativa en el amor y la relación con la humanidad.

Lo que vamos a hacer es, pues, situar en el centro del relato a la propia humanidad rota y herida, la humanidad sufriente, de la misma forma que aparece en el icono de la Trinidad de la misericordia, como expresión del mismo Dios manifestado en Jesús, volcado en lo más pequeño y débil de la sociedad…

Trae a la oración a la humanidad sufriente, que día a día se te confía…

    A la que convive con vos y es parte de tu “paisaje cotidiano”...  
    A la que te encuentras fuera de tu casa y ya se te ha hecho “paisaje conocido”...
    A la que te habita interiormente –lo herido en tu corazón-

Quédate, adorando a este Dios Trinitario, que te invita a formar parte de “esta comunidad de misericordia”…


Y recuerda que a Dios ≪no le resulta ajeno nada de lo humano≫…

sábado, 19 de mayo de 2018

Pentecostés, nos Incendia para Sentir el Mundo como lo Sentía Jesús...

Escrito por Dolores Aleixandre -RSCJ-

Pentecostés nos invita a caer en la cuenta de cómo la acción del Espíritu Santo ha ido creciendo con el tiempo: cuando miramos hacia atrás, nos va siendo más fácil rastrear con agradecimiento sus huellas en nuestra vida y el eco de ese modo suyo de hacernos sentir su presencia que, como sintió Elias en el Horeb, es como "la voz de un silencio tenue" (1Re 19,12).

Pentecostés nos ayuda a entender mejor aquello de San Pablo de que "el Espíritu viene en auxilio de nuestra debilidad" (Rom 8, 26): el más elemental realismo nos va demostrando, no sólo que "no sabemos orar como conviene", sino que ese "no saber" abarca casi todo el resto de los aspectos de nuestra vida. Pero esa constatación que podría apabullarnos, podemos llegar a celebrarla porque nos recuerda que podemos contar con una fuerza que no nos pertenece pero que nos habita y que, a poco que se lo consintamos, se hace cargo de nuestra vida y se encarga de ella bastante mejor de lo que lo haríamos nosotros mismos si nos empeñáramos.

Pentecostés nos sitúa en la órbita del Maestro interior: según va pasando la vida y vamos teniendo experiencias preciosas de amistad, comunicación profunda y acompañamiento espiritual, puede crecernos la convicción de que hay en cada uno de nosotros una zona incomunicable y a la que casi no tenemos acceso ni nosotros mismos, pero que es transparente para el Espíritu que desde ahí enseña, atrae, conduce y mueve. Pero la cosa no va de intimismos porque es una conducción y ya se sabe dónde va a parar: oí contar hace poco que le preguntaron al Abbé Pierre en la TV: ¿Qué es lo más importante para Ud.? y él contestó: Los otros. Esa es la asignatura que enseña siempre el "Maestro interior".

Pentecostés nos incendia para sentir el mundo como lo sentía Jesús, sin permitir que la ausencia prolongada del Señor y el sufrir de tanta gente nos abrumen hasta el punto de apagar nuestra esperanza. Porque en medio de tantas cosas en contra, allí está también el Espíritu a favor nuestro, amigo fiel a nuestro lado para sostener en nosotros ese deseo que nos hace seguir clamando tercamente: "¡Ven Señor Jesús!" (Ap 21,17).

PARA UN MOMENTO CONTEMPLATIVO

Puedes rezar con esta poesía, quedándote sintiendo y gustando aquella imagen que sientas como invitación del Espíritu Santo para tu vida, en este Nuevo Pentecostes...

ESPÍRITU 

Que tu Espíritu sea danza que inspire el caminar. 
Que tu Espíritu sea aliento que convoque a la unidad. 
Que tu Espíritu arrase con la uniformidad. 
Que tu Espíritu se mezcle con nuestra humanidad. 

Que tu Espíritu transforme nuestras manos para dar. 
Que tu Espíritu madure nuestro sueño para amar. 
Que tu Espíritu fecunde con ternura nuestro ser. 
Que sea fuego en la campiña y encienda nuestra fe. 

Que tu Espíritu nos haga resistir la tempestad. 
Nos levante la mirada, nos regale libertad. 
Nos transforme en la palabra que restaure dignidad. 
Cómo ráfaga de vida, la esperanza traiga ya. 

Que tu Espíritu remueva nuestra tierra por sembrar. 
Que tu Espíritu inspire cada intento por sanar. 
Que tu Espíritu nos llene de gozo al mirar. 
Que la vida rompe el muro y la flor se asoma ya. 

Que tu Espíritu sacuda nuestro miedo a la verdad. 
Que tu Espíritu nos mueva siempre a dar un paso más. 
Nos invite a compartir la mesa con todo nuestro pan. 
Nos inunde de sentido y alegría en el andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva a desterrar la soledad. 
Que tu Espíritu sea el verso que nos dé la identidad. 
Sea el canto y la razón que movilice nuestro andar. 

Que tu Espíritu, Dios Padre y Madre, invite a la equidad. 
Que tu Espíritu nos mueva con los pobres a luchar. 
Que tu Espíritu con ellos avive la amistad. 
Que propague la justicia y por fin venga la paz. 

 Cecilia Rivero rscj

Hacer clik para ver el Video de esta Canción:


domingo, 13 de mayo de 2018

Desde la Ascensión el Cielo de Jesús es nuestro corazón...


 Escrito por: José Luis Martin Descalzo –Vida y Misterio de Jesús de Nazareth-
 En la ascensión, Cristo no nos dejo huérfanos, sino que se instaló más definitivamente entre nosotros con otras presencias… 

Por la ascensión Cristo no se fue a otro lugar sino que entro en la plenitud de su Padre ya como Dios y como hombre fue exaltado, glorificado en su humanidad .Y, precisamente por eso, se puso más que nunca en relación con cada uno de nosotros…

Con la ascensión, Cristo no se «alejo», sino que asumió una vida con la que realmente podía estar más cerca de nosotros, adquirió una eficacia infinita que le permitía estar en todas partes. San Pablo definiría esta realidad con una frase definitiva al decir que subió a los cielos para llenarlo todo con su presencia (Ef 4, 10) Y lo mismo señala el prefacio de la misa de la Ascensión que no dice que Jesús ascendiera para gozar la plenitud de su divinidad, sino para comunicarnos su divinidad. Su marcha no es, pues, una lejanía, sino una intensificación de su presencia…

En su ascensión, Cristo se sienta a la derecha del Padre, allí donde el Padre está: en el corazón de los que guardan la palabra de Cristo. Ese es el cielo. Porque, como apunta Cabodevilla, mejor que decir que Cristo está en el cielo, debemos decir que el cielo está allí donde está Cristo. ¿Y dónde está Cristo sino en el corazón de los suyos?

sábado, 5 de mayo de 2018

Para permanecer en el amor de Jesús, es necesario sabernos amados por Él...

Les dejo este texto de Eloi Leclerc, del libro “Sabiduría de un pobre”, que me parece lindo para      re-descubrir el modo de evangelizar el corazón de los hombres, invitándonos a compartir la amistad que Jesús nos regala...
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“Nadie ama como Dios, y nosotros debemos imitarle. Hasta ahora no hemos hecho todavía nada. Empecemos, pues, a hacer algo. 

Pero ¿Por dónde comenzar?; padre Francisco, dímelo –preguntó Tancredo. 

-La cosa más urgente –dijo Francisco- es desear tener el Espíritu del Señor. Él solo puede hacernos buenos, profundamente buenos, con una bondad que es una sola cosa con nuestro ser más profundo. 

Se calló un instante y después volvió a decir: 

-El Señor nos ha enviado a evangelizar a los hombres, pero ¿has pensado ya lo que es evangelizar a los hombres? 

Mira, evangelizar a un hombre es decirle: “Tu también eres amado de Dios en el Señor Jesús”. Y no solo decírselo, sino pensarlo realmente. 

Y no solo pensarlo, sino portarse con este hombre de tal manera que sienta y descubra que hay algo en él algo de salvado, algo más grande y más noble de lo que él pensaba , y que se despierte así a una nueva conciencia de sí. 

Eso es anunciarle la Buena Nueva y eso no podemos hacerlo más que ofreciéndole nuestra amistad; una amistad real, desinteresada, sin condescendencia y de estima profundas. Es preciso ir hacia los hombres. 

La tarea es delicada. El mundo de los hombres es un inmenso campo de lucha por la riqueza y el poder, y demasiados sufrimientos y atrocidades les ocultan el rostro de Dios. 

Es preciso, sobre todo, que al ir hacia ellos no les aparezcamos como una nueva especie de competidores. 

Debemos ser en medio de ellos testigos pacíficos del Todopoderoso, hombres sin avaricias y sin desprecios, capaces de hacerse realmente sus amigos. 

Es nuestra amistad lo que ellos esperan, una amistad que les haga sentir que son amados de Dios…

martes, 1 de mayo de 2018

BIENAVENTURANZAS PARA EL DÍA DEL TRABAJO...

BIENAVENTURANZAS PARA EL DÍA DEL TRABAJO
Escritas por el P. Eduardo Casas.


Benditos los que ofrecen y comparten trabajos a sus hermanos.

Benditos los que trabajan digna y honestamente.

Benditos los que trabajan por la paz.

Benditos los que trabajan para que siempre haya trabajo para todos.

Benditos los que trabajan por la justicia y trabajan justamente.

Benditos los que luchan para que se destierre la desocupación
y la manipulación de las personas.

Benditos los que trabajan con las manos, la cabeza y el corazón.

Benditos los que trabajan por amor a los demás.

Benditos los que trabajan por mantener y cuidar a sus familias. 

Benditos los que se sacrifican duramente en sus trabajos.

Benditos los que trabajan y disfrutan.

Bendito seas Jesús que trabajaste por nosotros. 

Amén.

sábado, 28 de abril de 2018

Itinerario desde la Poda hasta la Alegría...

Escrito por Benjamín GONZÁLEZ BUELTA, SJ* -Sal Terrae 2002-

Nuestro proceso de crecimiento personal nos revela un constante despojarnos de costumbres, lugares familiares, modos de relacionarnos con las personas queridas..., que nos acompañaron durante una etapa, pero que ahora nos aprietan como andamiajes estrechos que se nos han quedado pequeños y ya nos impiden crecer...
                                                                                                       
   Con la edad van surgiendo los límites físicos, psicológicos, morales, religiosos, como desperfectos que atentan contra nuestra imagen ante nosotros y ante los demás. Algunos límites podemos repararlos, pero otros se instalan en nuestro organismo o en nuestro espíritu como compañeros de viaje para toda la vida.

Cualquier intento de ignorarlos o de negarlos se vuelve contra nosotros, porque los límites crecen entonces desmesuradamente en las propias sombras como fantasmas, como una amenaza clandestina.
Es inútil maquillarlos cuando nos relacionamos con los demás, porque siguen vivos delante de nosotros. Sólo nos queda aceptarlos y acogerlos dentro de nuestra propia persona como la única manera de que no anden sueltos por nuestra intimidad erosionando nuestra consistencia y nuestra alegría.

La tendencia que tenemos a vivir sin limitaciones y ser, en último término, ilimitados sólo se puede satisfacer en el encuentro y la comunión con el Ilimitado. Cualquier otro intento está condenado al fracaso. En esa comunión percibimos los límites como algo real y nuestro, pero los vivimos como abrazados dentro del misterio de perdón y plenitud que nos llega desde Dios incesantemente. En el límite percibimos que Dios es la causa de nuestra alegría.

Itinerario desde la poda hasta la alegría

Desde la poda hasta la alegría hay un tiempo que pasar y un itinerario que recorrer. Con el tiempo y la experiencia espiritual, se puede asentar en nosotros la alegría como una certeza, como un sentir sustancial en que se van sufriendo las podas dolorosas y nuevas. Pero vamos a detenernos en ese itinerario de la alegría.

Se poda un árbol que tiene vida, que ha experimentado la exuberancia de las hojas y de los frutos. Siempre el golpe afilado del hacha sobre el tronco es doloroso y se vive como una agresión que viene a desprendernos de algo nuestro. Se corta por lo sano, por donde duele.

Cuesta ver partir hacia la nada la rama seca que se corta y se echa al fuego, porque es el recuerdo de los tiempos en que una parte de nuestra existencia fue bella y fecunda. Se parece a esos caserones viejos y deteriorados, como cascarones vacíos, que en otros tiempos cobijaron la vida familiar que todavía hoy sigue alimentando nuestra existencia.

Pero resulta más doloroso cortar la rama verde que está en la plenitud de su vida, que acaba de brindarnos una cosecha excelente. Cuando la cortamos, todavía la savia fresca sigue llegando hasta el borde del tajo reciente. El podador sabe que está preparando una vida nueva y de más plenitud. Pero es doloroso, se produce una pérdida, y es necesario hacer el duelo y despedirse de lo que inevitablemente perdimos.

Algunos llevan sus muertos colgados de las cruces, sin poder desprenderse del dolor. Necesitamos bajar de la cruz a nuestros muertos, mirarlos de frente, sepultarlos y despedirnos de ellos para que la vida nueva pueda extenderse con libertad. Podados por el lugar exacto que el agricultor experto ha escogido, seguimos fielmente pegados al tronco, desde donde nos llegará la vida nueva. En momentos especialmente críticos, nos miramos a nosotros mismos y nos vemos tan despojados de lo que más estimábamos que nos parece imposible que la vida pueda seguir; que de ese muñón minimizado puedan volver a nuestra existencia una eficacia y un esplendor más fecundos que nunca.

«Permanezcan en mí, y yo en ustedes. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí solo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecen en mí» (Jn 15,4).

La permanencia en Jesús, al recibir el amor creador que nos llega desde él, es la posibilidad de dar «mucho fruto» (Jn 15,5). Puede ser difícil. En esos momentos de dolor nos damos cuenta de que la poda ha llegado precisamente por estar firmemente adheridos al tronco, por ser una rama llena de vida evangélica. Seguir unidos a la vid se percibe como una amenaza, como dejar nuestra vida expuesta de nuevo al riesgo del hacha, precisamente por dar fruto generoso.

Antes de la poda, el fruto se ve como algo natural, como hijo del propio esfuerzo y de las propias condiciones. Después de la poda, reducidos a ese muñón vegetal pegado al tronco sin hojas ni flores, el fruto es percibido como un milagro, como un don que llega desde más allá de nosotros mismos, como un regalo. Inevitablemente, esta constatación nos pone en nuestro lugar, y preferimos no apropiarnos de lo que tiene su origen en la vid y en el agricultor que la cuida.

Con más transparencia, nos vivimos a nosotros mismos como don y nos vamos haciendo entera referencia hacia el Padre de bondad que es el origen de todos los bienes. «Mi Padre será glorificado si dan fruto abundante y serán mis discípulos» (Jn 15,8).

Así llegamos a la alegría sustancial, última, la que tiene su fundamento más allá de nosotros mismos, la que llega caminando por los capilares como la savia desde el tronco al que estamos unidos.
«les he dicho esto para que participéis de mi alegría, y vuestra alegría sea colmada» (Jn 15,11). 

Participar de la alegría de Jesús, de la alegría que él afirma en ese momento en que su vida se encamina hacia la pasión desgarradora y la muerte, es haber conectado la existencia con el Dios de la vida...