lunes, 29 de febrero de 2016

12° Día de los Ejercicios Espirituales: "Las Bienaventuranzas"

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Los Ejercicios Espirituales son para buscar, hallar y hacer la voluntad de Dios en nuestras vidas y re-ordenar la vida. El Señor a esta altura de los ejercicios ya puede ir revelando algo... siendo fieles a la oración y al examen de la oración, en nuestras notas podemos ir descubriendo por dónde nos quiere llevar, qué nos está diciendo en este tiempo.

Nos dice la hna Marta Irigoy, que hoy nos vamos a detener en una consideración que nos da San Ignacio para tener en cuenta durante el día. "¿Cómo está mi amor por Dios?" nos preguntamos. San Ignacio llama a esta consideración las tres maneras de humildad (algunos lo llaman los tres modos de amor, los tres grados de amor de Dios): cómo está mi corazón con respecto al amor de Dios. Apunta a ver cómo mi corazón está activo con respecto a mi obediencia humilde a Dios, y cómo el Señor me va atrayendo, me va haciendo sentir su amigo. Es como si fuera un test que nos va revelando cómo está la relación entre el amor a Dios y el apego a nosotros mismos.

En estos días, ¿estoy optando por lo que me conviene o por lo que el Señor me va mostrando?. Este preguntarnos nos va a ir ayudando a poner el corazón al servicio del evangelio, poner el corazón para que sea purificado por su Palabra, todo el corazón para que el Señor lo tome y lo haga suyo... sólo desde ahí van a brotar las verdaderas decisiones de la vida.  

Es una invitación a poner en nuestros labios "Señor te seguiré a donde vayas". El corazón del que está contemplando los misterios de la vida de Cristo, como venimos haciendo nosotros en estos ejercicios, deberá ir colmándose del amor por el Señor, un amor en respuesta a tanto amor recibido, una respuesta ante la persona del Señor que nos salvó y ahora nos llama a seguirlo. El corazón se va haciendo cada vez más disponible para poner en orden la propia vida según el querer del Señor. Es un ir alcanzando esta gracia que tanto venimos pidiendo "Conocimiento interno del Señor para más amarlo y servirlo". Ya lo decíamos en el "Principio y fundamento" sólo del corazón de quien se experimenta criatura amada puede brotar la alabanza.

El discurso de las Bienaventuranzas

Estamos en el corazón de los Ejercicios, que son tiempo de elección. Y para elegir, San Ignacio nos hace contemplar la vida de Cristo, ver sus gestos y su modo de tratar a la gente, oír sus palabras; en ese conocimiento interno y en esa identificación personal con el Señor, va brotando lo que Dios nos va pidiendo. Nos metemos en las escenas del Evangelio como si presente me hallase y dejamos que el relato vuelva sobre mi vida. En ese momento, cuando hago reflectir la escena y me pregunto qué significa en mi vida, la escena me interpela, me da la clave de aquello que siento o me hace sentir el Señor, por dónde me quiere llevar. Y exige de mí una respuesta. La Palabra de Dios no es una historia antigua sino que es tan eficaz y tan actual como en aquel momento.

Hoy contemplamos la escena del Monte, el discurso de las bienaventuranzas, en Mt. 5, 1-12 (el texto paralelo es Lucas 6):

“Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:
«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.
Felices los afligidos, porque serán consolados.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.
Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.
Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.
Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.
Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.
Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.
Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.”

A esta escena no solo la meditamos sino que también la contemplamos: “Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él.” Uno puede sentirse parte de la muchedumbre, meterse en la escena. También puedo ponerme del otro lado -sin pretender ponerme en la figura de Cristo- pero pedirle al Señor la gracia de saber mirar, de tener una mirada a la muchedumbre, en torno a nosotros; saber ver a los cercanos.

La Madre Teresa decía “miramos pero no vemos”, porque a veces no vemos ni a nuestros familiares o amigos, mucho menos a los lejanos, a los pobres. Levantar la mirada: ¿cuál es mi pequeña o gran muchedumbre? ¿Qué tipo de mirada tengo yo para mi gente?

Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices...” El Señor, al ver nuestra pobreza, nuestra aflicción, nuestros deseos insatisfechos, es como si los asumiera y da una especie de diagnóstico al corazón de la gente, y a cada uno de nosotros. A través de las bienaventuranzas Jesús describe cómo se siente la gente, lo que les pasa; y al mismo tiempo Jesús tiene una mirada profética: Jesús los ve y nos ve ya salvados, ya purificados. Es la mirada de su corazón de Buen Pastor, que mira la salvación, y lo que le nace es hablarles de la felicidad. Los ve pobres, sencillos, deseosos de escuchar su Palabra, sedientos de justicia, ve los gestos de misericordia (por ej., trayendo a los enfermos en camilla, o ayudando a tanta gente para que se acerque a Jesús). Jesús fue con la gente, se sentó y mirando a la gente les fue hablando. Es un lindo tono de cercanía, de este Señor fascinante, seductor por su mansedumbre, por su sencillez...

El padre Rossi nos invita a escuchar las bienaventuranzas pero no desde afuera, sino subiendo a la montaña con la multitud y dejándome seducir por esta imagen del Señor que los mira y me mira a mí también, gustando del tono misericordioso con que el Señor se acerca a mí.

Petición

Vamos a  demandar, como dice San Ignacio,  “conocimiento interno del Señor que por mí anuncia la Buena Noticia”; “que más le ame y amándolo, le siga”. Sentir que el Señor subió al monte de las bienaventuranzas por mí, no solo por aquella multitud, sino también por mí.

 Felices los que...

Yendo a lo que Martín Descalzo llamó las ocho locuras de Cristo, estas ocho bienaventuranzas, ocho normas cristianas, hermosas y exigentes a la vez, es importante remarcar que están encabezadas por la palabra bienaventurados, felices, es un canto de optimismo. Es lo que el Señor quiere de nosotros en primer lugar: que seamos felices. Beato, bienaventurado, significa santo, feliz. ¿Qué significa ser santo? El santo es el feliz, feliz porque hace la voluntad de Dios.

El padre Rossi nos invita a usar el sentido del oído y dejarnos decir por el Señor “feliz vos”. Quizás hasta la misma palabra “feliz vos” ya me consuela, o me interpela.

José María Cabodevilla, sacerdote y teólogo español, dice: “Hubo un tiempo en que las ocho bienaventuranzas eran como ocho ríos de lava, como unas cesta llena de alacranes, como llamas junto al polvorín, como un látigo de ocho brazos. Eran ocho granos de sal capaces de sazonar el mundo, ocho palomas furiosas, ocho campanas golpeando sin cesar a la noche. Y eran también, a la vez, como ocho panes, como un manto de brocado para el mendigo, como miel, como brisa, como nieve en el verano. Esto eran las bienaventuranzas aquel día, cuando Cristo las predicó en un monte de Galilea. Las ocho bienaventuranzas se tratan de una página portentosa, incandescente, a la que nadie debería acercarse sin antes quitarse las sandalias. He aquí el crisol donde se prueban las presuntas virtudes del místico y los presuntos valores del profeta y del libertador. He aquí ocho espejos deformantes que acaban revelando nuestra verdadera imagen de hombre rico, inmisericorde, violento, injusto, impuro de corazón.

Las Bienaventuranzas eran un mensaje desesperado tirado al mar dentro de una botella. ¿Y qué nos queda hoy de ellas, a dónde han ido a parar? Las bienaventuranzas se han convertido en un tema para una tesis doctoral, una batalla pintada al óleo, un roble trasplantado a una maceta, una “crucecita” colgada al cuello, ocho fórmulas de condolencias, ocho tigres de papel, ocho espadas de madera, una vaga absolución general que desciende del presbiterio hasta los últimos bancos.

Las Bienaventuranzas son Palabra de Dios. Las aceptamos, desde luego, como Palabra divina revelada. Sin embargo, no estaría de más que permitiésemos alguna vez a nuestro corazón escandalizarse de lo que en las bienaventuranzas se dice, formular nuestras objeciones y expresar sinceramente nuestro rechazo. No sería malo que reflexionáramos sobre las bienaventuranzas con algo más de seriedad.”

Dice el P. Rossi que lo que plantea Cabodevilla, si bien puede sonar duro, es dejarse interpelar por las bienaventuranzas. Estamos frente a la síntesis de nuestra fe, frente a un Señor que nos dice sean felices, sean bienaventurados. Pero, a la vez, las bienaventuranzas son un gran desafío.

El papa Juan Pablo II, en su mensaje a los jóvenes en el Jubileo, recordaba las bienaventuranzas y se las repetía sencillo: “Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los limpios de corazón, los que trabajan por la paz, los perseguidos.” Y agregaba: “Bienaventurados los que parecen perdedores, porque son verdaderos vencedores a los ojos de Dios.”

Las Bienaventuranzas son casi irónicas, son contradictorias. Y exigen un gran cambio en nuestro corazón; porque, como decía Juan Pablo II, “en nuestro corazón hay otra voz que nos dice bienaventurados los orgullosos, bienaventurados los violentos, bienaventurados los que prosperan a toda costa, bienaventurados los que no tienen escrúpulos, bienaventurados los crueles, los inmorales, bienaventurados los que hacen la guerra en lugar de la paz, los que persiguen a quien consideran un estorbo en su camino. En definitiva, bienaventurados los que vencen según el mundo pero según Dios son vencidos. Las dos voces están en nosotros”.

Hay que elegir entre las dos voces, parecido a lo que hemos meditado estos días en las dos banderas, estas dos voces que compiten por conquistar mi corazón. Y Juan Pablo II se preguntaba “¿Qué voz elegiremos los hombres y mujeres del siglo XXI? Jesús no solo proclama las bienaventuranzas, sino que Él las vive, las encarna, y por lo tanto, al contemplarlo a Él, veremos lo que significa ser manso y misericordioso, lo que es llorar, lo que es tener hambre y sed de justicia, veremos lo que es ser limpios de corazón, lo que es trabajar por la paz y ser perseguidos... Seguirlo es dejar tu barca y tus redes ahora en el alba del tercer milenio. Ahora les corresponde a ustedes ser apóstoles valientes que vivan las bienaventuranzas. Háganse cargo de esta doble voz que pelea en el corazón de ustedes y elijan...”

Bienaventuranzas, modelo de felicidad realista

A Jesús no le gustan las medias tintas, exige elección. Lo que elijo es lo que el Señor quiere de mí, y ésta es la gracia que nosotros en este momento pedimos.

El P. Ángel basándose en un texto del P. Eduardo Casas comenta: “Las bienaventuranzas anuncian felicidad peligrosas que, en primera instancia, nunca elegiríamos. Felicidad contenidas dentro de grandes infelicidades”. ¿Cómo se es feliz con la infelicidad de la pobreza, del hambre, de la persecución, el insulto, la calumnia? Realidades que aparecen en el sermón de la montaña.

¿Jesús no se habrá equivocado? ¿Nadie le dijo que esos pesares y esas calamidades humanas son más para desterrar en cuanto antes? Lo que sucede es que Jesús no está glorificando y exaltando la realidad de la pobreza, del hambre, de la persecución, del insulto, de la calumnia en sí mismo como si fuera una realidad deseable, sino que nos está dando un criterio de realidad. Esta uniendo felicidad con realidad, no vincula realidad con sueños o con aspiraciones porque sino así la tentación sería elevación y fugarse del mundo. Al contrario, muy sabiamente Jesús nos hace mirar alrededor y ver lo que hay y lo que abunda. En sus tiempo, como en los nuestros, la realidad humana social no ha cambiado mucho: al abrir los ojos cada día, salir a la calle, al leer los diarios, escuchar las noticias lo que continuamente observamos son las distintas caras del sufrimiento, contemplamos los viejos harapos de la condición humana que siguen lastimando nuestra carne (pobreza, engaños, injusticias ).

Para ser felices, no hay que “evadirse”. Hay que “sumergirse” en la realidad, por dolorosa que sea. No existe el “mundo ideal”, existe sólo el “mundo real”, lo que tenemos, “es lo que hay”. Sólo el que puede aceptar la realidad y transformarla, empezará a ser feliz con lo que es y con lo que tiene. La felicidad “posible” es sólo posible en nuestra realidad. De lo contrario para ser felices, deberíamos salir de la realidad, salir del mundo, de la historia, de los escenarios de sufrimiento humanos. La felicidad que propone Jesús, la de las bienaventuranzas, no es una felicidad ciega, fácil, ciega a los dolores y sorda a los clamores. El primero paso a la felicidad posible es un acto de aceptación de asunción de lo que somos y nos toca. Este primer acto de humildad y de aceptación nos otorga la convicción de que la felicidad es aún posible.

No solo hay que estar felices, sino hay que ser felices. Este criterio de realidad para asumir la felicidad posible viene del misterio de la encarnación. Sumergiéndose en la realidad es como la redimió Jesús, desde abajo y desde adentro. No fue saliendo y evadiéndose, sino internándose, entrando, aceptando y asumiendo como revirtió desde las entrañas de la realidad una mejor posibilidad. No fue haciéndose algo distinto de nosotros, sino uno de nosotros que nos enseña el camino de una felicidad real, histórica, concreta, una felicidad posible. La felicidad de las bienaventuranzas no es la de la sonrisa fácil, superficial sino una felicidad pascual que pasa por la cruz y llega a la resurrección, que asume los sufrimientos para revertirlos, que acepta la realidad para crear otras condiciones nuevas y posibles, y así encontrar el secreto de la felicidad.

La felicidad de las Bienaventuranzas y de la pascua, es fruto de una esperanza dramática, no de una esperanza ingenua. La esperanza verdadera, como la felicidad verdadera, siempre se sumergen en el barro del mundo buscando las vertientes subterráneas donde brota el agua limpia y pura a nuestro corazón y a nuestro mundo.

Estas palabras nos pueden ayudar a dejarnos decir “Felices ustedes”, y recorrer las bienaventuranzas no ingenuamente ni sospechando que el Señor se equivocó, sino al contrario que podamos sentir que el Señor al decir las bienaventuranzas conoce hondamente y mejor que nosotros la realidad del mundo de todos los tiempos y la del corazón humano con todas sus cosas hermosas y aquellas dolorosas.

Las bienaventuranzas son un canto a la esperanza, con una mirada del Señor con trascendencia, con los pies muy sobre la tierra y con los ojos que ven más allá.


La gran exigencia del Evangelio es el pedido de Jesús a que seamos felices y éste es el desafío, difícil y hermoso del Sermón de la Montaña. Subimos junto a todos, no en una entrevista vip, sino junto a toda la multitud.

11° Día Ejercicios Espirituales : "EL LLAMADO DE JESÚS A SEGUIRLO..."

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 La hna Marta Irigoy, comentado sobre este tercer lunes de ejercicios dice que entramos en el corazón del camino ignaciano, porque estos días nos van a ayudar a que todo nuestro ser vaya enamorándose más de la persona del Señor Jesús. La contemplación de los misterios de la vida del Señor va haciendo que la nuestra empiece a configurarse con los sentimientos de su corazón y que nuestro corazón se adhiera profundamente a su voluntad.

Para descubrir la voluntad de Dios, San Ignacio en los ejercicios espirituales, da mucha importancia a la práctica del examen cotidiano al cual el llamó examen general. Algunos autores lo han llamado el “examen sobre la vida”, otros le dicen la “pausa diaria”, porque esta práctica cotidiana nos ayuda a encontrar a Dios en todas las cosas pero fundamentalmente en mi día vivido, y discernir su obra en los hechos concretos. ¿Qué quiere decir esto? Mirar mi día, el día que termino, y discernir la obra de Dios en las cosas concretas que hice. Para nosotros, que estamos haciendo los ejercicios en la vida diaria es importante esto, que también hagamos, aparte de nuestro rato de oración, ese que ya tenemos establecido, al concluir el día, ver cómo me fue, por dónde pasó el Señor. Porque cada día transcurre en el interior del mundo, es decir que cada día es una historia vivida única y exclusivamente por cada uno de nosotros.

Este pararnos al final de la jornada, día a día, y traer a la memoria lo ocurrido y sellarlo en nuestra historia personal, va produciendo un fruto cotidiano y se da a través de este ejercicio que llamamos “examen cotidiano”. Los beneficios recibidos, las tentaciones padecidas, las agitaciones o movimientos interiores como consolación y desolación, las arideces, los avances y retrocesos en nuestra vida espiritual... la intención no es ni enumerarlos, ni acusarnos, sino ofrecérselos a Dios con actitud de hijos, para descubrir su paso en nuestra jornada. Lo importante es reconocer que en este día el Señor caminó conmigo, el Señor estuvo presente, se hizo compañero mío de camino.

¿Y cómo practicamos este examen cotidiano? San Ignacio nos propone una sucesión de cinco puntos que nos pueden ayudar.

-El primer momento es pedir la mirada del Señor. Cada vez que nos ponemos a rezar sentimos como Dios nuestro Señor mira este día conmigo, y lo primero es dar gracias a Dios por los beneficios recibidos en toda la jornada.

- El segundo es pedir al Señor la gracia de conocer aquellas cosas que no pude hacer según su voluntad. Ver el paso de la tentación en mis actos y pedirle luz, pedirle al Espíritu Santo.

- El tercer paso es traer a la memoria lo vivido en esta jornada. En este punto vamos hasta la fuente de los pensamientos que está en nuestro corazón y desde ese interior podremos ver todo lo aceptado y rechazado durante este día, distinguiendo y haciendo discernimiento. Me pregunto qué fue lo que me guió si el buen espíritu o el mal espíritu.

- El cuarto paso es pedir perdón a Dios nuestro Señor por todo lo que no pudimos hacer bien.

- Y el quinto paso es pedir la gracia para poder caminar mañana con un levantarme distinto, como un hombre nuevo, y así poder progresar en mi amistad con el Señor, progresar así en la vida espiritual. Y terminar rezando el Padrenuestro.

Puede ayudar escribir lo que con la gracia de Dios podamos ver que haya sucedido en esta jornada. Es importante distinguir, ver todo lo que hice de bien y lo que no, para ver cómo voy caminando en amistad con el Señor. Y después puede ayudar tomar un lápiz de color o un resaltador, y colorear lo más significativo, lo que más se repite de mí cada día para ver si avanzamos en las gracias, si avanzamos en una vida en amistad con el Señor o si vamos regresando a nuestras tentaciones y debilidades. Y luego, esto es muy importante, conversarlo con alguien: algún acompañante espiritual, algún confesor o alguna persona entendida en temas espirituales.

El llamamiento de Jesús a sus discípulos

Padre Ángel Rossi

El viernes rezamos en torno a la contemplación del Bautismo del Señor dentro de esta segunda semana que es como el corazón de los ejercicios porque es el tiempo de elección. El bautismo fue el comienzo de la vida pública de Jesús, y San Ignacio nos propone a continuación la meditación del llamamiento de los discípulos, por lo tanto también el llamamiento de cada uno de nosotros. Todos somos llamados. Todo bautizado es un misionado. Uno puede rezar en torno a los distintos llamamientos. Recordemos que es importante que cada uno se quede con el que sienta que más les ayuda.

Jesús llama a los primeros discípulos (Jn 1, 35- ss)

Uno puede hacer la composición de lugar, después de la oración preparatoria, imaginando a Jesús que está a orillas del Jordán. Los discípulos de Juan el Bautista pasan a la escuela de Jesús; Andrés, y Juan en el momento en que Juan el Bautista, su maestro, les ha dicho refiriéndose a Jesús que pasaba por allí: He allí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo (Jn 1,29). Desde ese momento se ponen en camino y deciden seguirlo. Es un momento misterioso, y se da una mezcla en el corazón de ellos, un momento fascinante y también de miedo, de indecisión e incertidumbre frente a qué les deportará este ponerse en camino detrás de este personaje que en realidad todavía no lo conocen. Van más guiados por el consejo de Juan que por conocerlo pero sin duda ese primer encuentro marcó sus vidas. Lo sabemos porque en el texto ellos se acuerdan perfectamente la hora, dicen: “eran más o menos la hora décima” (n 1, 39).

Esta es un poco la experiencia de este seguimiento, en donde Jesús se da vuelta, los miró... (uno puede quedarse contemplando esta mirada) y les pregunta “¿qué buscan? ¿Qué quieren?”. Cuando Jesús hace esta pregunta no obtiene respuesta directa, parece que Jesús los sorprende y es que Juan y Andrés en realidad no buscan preguntas sino respuestas como los verdaderos seguidores. Sus pasos tras de Jesús ya eran en sí mismo una pregunta, por eso es natural que respondan a Jesús con otra pregunta: Maestro, ¿donde vives? Le preguntan por la casa, símbolo de intimidad... que Jesús les haga compartir sus proyectos, sus intereses, en fin ir a conocerlo hondamente. La casa es símbolo de intimidad.

Para empezar, un sencillo encuentro puede bastar. Después las cosas van creciendo en intensidad. “Fueron, vieron donde vivían y se quedaron con él aquel día”. Muy lindo el relato porque además fue muy fuerte que al salir de allí llamaron a los otros discípulos que encontraron en el camino. “Hemos encontrado al Mesías”, como diciendo que hemos encontrado a aquel que vale la pena conocer. Y Juan no cuenta la experiencia, dando a entender que cada uno tiene que ir a vivir esa experiencia de encuentro con el Señor.

Otra composición de lugar que podríamos hacer, y en esto me guío por Sagües s.j. y Cortabarría s.j., dos Jesuitas que comentan los ejercicios, podría ser imaginando el majestuoso lago de Tiberíades, Jesús que se pasea tranquilamente por la orilla, los pescadores están metidos en sus tareas, unos están echando las redes, otros las están remendando, otros las limpian, las extienden para que el viento y el sol las seque. Jesús se pasea allí, por la orilla. Entre esos sencillos pescadores va a escoger a sus amigos y compañeros de apostolado.

Es interesante cuando Ignacio habla del seguimiento de los discípulos, del llamamiento, señala algunos detalles a tener en cuenta;

Dice Ignacio: son de baja y ruda condición, el Señor no busca lo grande para hacer sus obras: “Has ocultado estas cosas a los sabios y a inteligentes y se las has revelado a los pequeños” (Mateo 11, 25 ).

“Son llamados suavemente por el Señor para ser de los suyos”, dice Ignacio, “y los dotó de gran dignidad por encima de los Padres del Antiguo y del Nuevo Testamento”.

Del hilo del evangelio podemos por lo tanto incidir en algunos puntos de reflexión: los discípulos son llamados para la misma tarea del Señor, los llama a seguirle: vengan conmigo. También los llama para ser sus amigos y compañeros en la tarea de la construcción del Reino, que es el sentido y espíritu de la meditación del rey que hemos meditado hace unos días en donde el rey decía “El que quiera venir conmigo sepa que va a tener que luchar conmigo de día y velar conmigo de noche pero también sepa que el que me acompañe en la pena después me va a acompañar en la gloria”. Un Señor que pasa y que invita a que vayamos con Él, nos suma a su causa, no es el que rey que manda y el se queda, sino que él viene con nosotros, es llamamiento a ser sus discípulos, a ser sus compañeros. “Llamó a los que él quiso” (Mc 3,13 – ss) y les dice para qué los llama: para que estuvieran con Él y para enviarlos a predicar, y les da poderes para curar, para aliviar dolores, para manifestar al mundo todo lo que su Maestro les ha enseñado con su Palabra y con su ejemplo.

En el Antiguo Testamento, Dios a través del profeta nos dice en Isaías 40, 1-11 “Consuelen a mi pueblo, háblenle al corazón, grítenle que ha terminado su condena, en el desierto preparen un camino al Señor”. Son palabras llenas de consuelo a lo que invita el Señor y nos invita a nosotros en el seguimiento.

Por otro lado, a la respuesta a los llamados las presentan los evangelistas como inmediata: “Ellos al instante, dejando las redes lo siguieron” (Mt 4, 20). No indica tanto el instante en el sentido de que pasó, los llamó y se pusieron de pie así automáticamente, sino que está indicando la radicalidad, que lo siguieron sin vueltas. Dice Mateo 4, 22 “Ellos al instante, dejando la barca y a su padre, lo siguieron”. Se convierten en testigos de Cristo. Han dejado todo por lo que libremente han escogido.

“Quedarse con Jesús”

Si yo hago una opción fundamental por Dios, por Jesús en concreto, como el sentido definitivo y último de mi vida, voy a expresar que para mí es el valor fundamental de mi existencia. Desde la meditación de las dos banderas que hemos hecho en estos días, decidirse por Jesús y quedarse con Él equivale a situarse en oposición al tener, al aparentar, al poder, a la mediocridad, a la superficialidad.

Para los pescadores de Galilea Jesús se convierte en el centro, “se deja y se vende todo para comprar el tesoro escondido” (Mateo 13, 44), es decir se deja y se vende todo por la alegría de quedarse con Jesús. “Los llamó para estar con Él”, implica un alistarse en una marcha sin retorno, es peregrinar con Jesús hacia el Padre, es aceptar la oferta de Jesús con voluntad pronta y gozosa, íntima, dispuesta y resuelta, es la respuesta continua de amor a la llamada continua de amor del Señor.

Quedarse con Jesús es una gracia, una vocación de oración y de servicio desde el Padre hacia los hombres y desde los hombres hacia el Padre. Este quedarse con Jesús es apropiarse de su estilo (“con Él”, “como Él) dando un sí anticipado a lo imprevisto aunque esta imprevisión se resume en fracasos a veces y sinsabores, en menosprecios y en desengaño, o como dice San Ignacio en los ejercicios en el número 167 “estar dispuesto a ser desestimado, tenido por vano y loco”, pero no cualquier loco, loco por Cristo. El hombre o la mujer de los ejercicios, al optar por Jesús y quedarse con Él pone la propia firma en una hoja en blanco en la cuál sólo está escrito “A mayor gloria, servicio y alabanza de su Divina Majestad” EE 98,2.

En definitiva, la vocación tiene tres características, por un lado es absolutamente gratuita, fundada en el amor de Dios y no en el mérito de nuestras buenas obras; es una llamada recibida por medio de Jesucristo acogida como una gracia pascual que se concreta en la obediencia del evangelio; y por último es una vocación que tiene como meta la santidad, “la plena comunión con el Dios santo” dice Silvio José Vaez.

“Jesús te seguiré”, respuestas a Jesús

Quizás yendo más adelante, dando un pasito más, uno puede tomar este “Jesús te seguiré” (Lc 9, 57-62) que en el fondo es lo que uno debería poder llegar a decir desde lo hondo del corazón al Señor. Y sería interesante que uno se deje responder por el Señor. ¿Qué me diría el Señor? Uno puede imaginar, tomando los textos evangélicos, qué me podría decir hoy el Señor. Les propongo tres posibles respuestas.

1) “Tienes que nacer de nuevo”

Es la respuesta a Nicodemo, que podríamos adaptarla a la ocasión “Si querés seguirme tenés que nacer de nuevo” (Jn 3, 1-ss). Es una invitación a la conversión. No se lo puede seguir al Señor si no hay al menos el intento de conversión. El Señor llama a pecadores pero implica en nosotros un camino de purificación del corazón, la conversión, que no es un cambio de modales, es un cambio en el modo de vivir, en el modo de ser... no es cuidar la vidriera, es desmantelar la trastienda, es ir de a poquito desmantelando las zonas de noche disimuladas que tenemos en el corazón. La conversión no es mejorar un poquito, es reorientar la vida, este es el desafío.

“Jesús te seguiré” y Jesús nos diría como a Nicodemo: “Tenés que nacer de nuevo”. A este hombre judío, inteligente, culto, le decía una especie de: “Nicodemo, no me estudies, seguime; no me conozcas fríamente, conoceme internamente; no me adules, rezame, pedime con corazón de hijo”, este es el desafío. En el fondo Jesús le está diciendo a Nicodemo y nos dice a nosotros, que la condición para poder seguirlo es enamorarse. Nadie sigue a quién no ama, nadie ama a quién no conoce. Enamorarse es este conocimiento interno del Señor que es lo que me seduce para poder seguirlo.

Nos decía el P. Arrupe: “Nada puede importar más que encontrar a Dios, es decir, enamorarse de él de una manera definitiva y absoluta. Aquello de lo que te enamoras atrapa tu imaginación y acaba por ir dejando su huella en todo. Será lo que decida qué es lo que te saca de la cama en la mañana, qué haces con tus atardeceres, en qué empleas tus fines de semana, lo que lees, lo que conoces, lo que rompe tu corazón, lo que te sobrecoge de alegría y gratitud, enamórate y luego permanece en el amor, verás que todo será de otra manera”.

Por lo tanto, quizás, frente a este “Jesús te seguiré” quizás uno podría dejarse decir: Si querés seguirme tendrás que nacer de nuevo.

2) Levantate del borde del camino

“Jesús te seguiré”, quizás el Señor me diría: “Si querés seguirme tenés que levantarte del borde del camino” (Marcos 10, 46 – ss) aquello que le dice al ciego. Éste hombre que cuando pasa Jesús le grita, los discípulos lo intentan callar, Jesús se da cuenta de aquel grito que tiene una hondura muy especial, lo manda a llamar y los discípulos le dicen aquello tan lindo que ojala nos lo podamos decir nosotros: “Levántate, porque Él te llama”. Y aquel hombre pegó el salto, soltó la túnica. Para un hombre que es ciego y pordiosero la túnica lo es todo, es la seguridad y le permite pasar la noche sin morirse en los lugares que hace frío. El ciego se pone frente al Señor y entonces el Señor le pregunta: “Qué quieres que haga por ti” y él le contesta “Señor, que vea”, y el Señor le dice: “Ve, tu fe te ha salvado”, y concluye el texto diciendo: “Y después lo siguió por el camino”.
El Señor lo cura pero por sobretodo lo levanta del borde del camino. Nadie puede ir detrás del Señor, nadie lo puede acompañar al Señor arrastrándose, es necesario seguirlo de pié. Dios no nos quiere tirados, nos quiere de pie, Dios no nos quiere reptando, nos quiere caminando junto a Él. Quizás la condición para seguirlo al Señor sea esta de levantarnos del borde del camino, y uno podría ponerle nombre a ese borde del camino, es como si el Señor nos dijera: levántate de tu pereza, levántate de tu tristeza, levántate de tu pecado que te tiene hundido, levántate de tus proyectos rastreros.

Juan Pablo II en una de las primeras meditaciones de pascua, tomando el texto de Jesús que la hace poner de pie a la hija de Jairo en el evangelio, decía aquello tan lindo en la Plaza San Pedro:
Levántate tú que estás desilusionado, levántate tú que ya no tienes esperanza, levántate tú que te has acostumbrado a una vida gris y a los dones de Dios, levántate tú que has perdido la confianza de llamar a Dios papá, levántate tú que sufres, levántate cuando te sientas excluido, abandonado, o marginado.
“Jesús te seguiré”, quizás el Señor podría decirnos “si quieres seguirme levántate, te quiero de pie, levántate del borde del camino”.

3) Rompé el frasco

Y finalmente el Señor podría decirme: “Si quieres seguirme tienes que romper el frasco” Está en Juan 12 en donde aquella mujer unge al Señor con un perfume de nardo carísimo. Los textos paralelos dicen que la mujer rompe el frasco y lo perfuma. El perfume es símbolo de lo más caro, y lo más caro nuestro es el amor... La mujer rompe el frasco, no es que se le cayó y se le rompió, ella lo rompió y al romperlo Judas se escandaliza pensando en cuánto podría valer. Están simbolizadas dos actitudes, romper el frasco como símbolo del derroche, la medida del evangelio es el derroche. Jesús lo enseñó en la multiplicación de los panes, en la pesca milagrosa, en las bodas de Caná, cuando Jesús ama, cuando Jesús nos da, cuando Jesús hace sus milagros, siempre es en clave de derroche. Es un gesto hermoso de esta mujer, rompe el frasco, y es lindo, porque sin darse cuenta es un gesto profético. Por un lado porque Dios Padre ha hecho lo mismo con nosotros, porque Jesucristo es el mejor perfume del Padre, y para ungirnos a nosotros, para redimirnos, rompe el frasco, nos entrega a su hijo a la cruz y después a la resurrección para salvación nuestra. Y esta mujer no solo lo contempla a Jesús sino que lo contempla en la acción, se juega en un gesto, rompe el frasco en un ambiente que además le es hostil, porque entra en un grupo de hombres que la habrán visto como diciendo “si Jesús supiera quién es esta mujer”.

Está bueno preguntarnos: ¿cuál es mi frasco de perfume que todavía no termino de romper? ¿Qué es eso que me todavía me reservo?. Siempre hay algo reservado, algo que no termino de entregarle al Señor, a veces uno dice que algo se reserva para una mejor ocasión pero ¿cuál es la ocasión? No existe la ocasión. Se dice que el amor siempre reconoce la ocasión, y si no la reconoce, el amor es creativo, crea la ocasión para entregar. Seguirlo al Señor es terminar de romper ese frasquito que está ahí metido en el corazón nuestro y que no terminamos de romper para ungir al Señor.

Y por otro lado es interesante lo de esta mujer porque está ungiendo a un derrotado, estamos en el texto de Juan 12, faltan pocos días para la Pascua y Jesús a esta altura es un prófugo, está recorriendo los pueblitos esperando la hora para subir a Jerusalén para el momento de la Pasión. Por lo tanto es un Jesús, no de las multitudes, no es un Jesús triunfador, es un Jesús derrotado, humanamente a esta altura es un Jesús solitario, sus discípulos ya ni lo entienden. Entonces uno, reflictiendo para sacar provecho puede decir ¿y nosotros? Lo mejor de mi amor tiene que ser para ungir a lo derrotado de Cristo entre nosotros: los solitarios de mi familia, o de mi mundo en donde nos toque vivir, los pobres, los enfermos, los que no encuentran sentido a la vida, los presos... cada uno sabrá cuáles son los derrotados, los Cristos derrotados que tenemos en torno a nosotros. Ungimos a todos, pero el mejor de nuestros perfumes es para ellos.

Exigencias para seguir a Jesús

En estas tres posibles respuestas de Jesús ante el “Jesús te seguiré” nuestro, siempre algo se sacrifica. Nicodemo, sacrifica su estatus social porque seguirlo a Jesús suponía el rechazo de los de su ámbito: desaparece de la escena y recién aparece después en la Pasión. En el caso del ciego tiene que soltar la túnica. Y la mujer tiene que romper el frasco. Siempre en el seguimiento del Señor tiene que haber esta disponibilidad de entrega, esta disponibilidad de soltar aquello que quizás nos está impidiendo seguirlo al Señor, nos está impidiendo pegar el salto como el ciego o nos está impidiendo romper el frasco.

El “Jesús te seguiré” también tiene sus condiciones, y de hecho en la Palabra Jesús le va a decir a figuras anónimas, que no son los discípulos: “Sepan que el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Otro le pide permiso para ir a despedirse de los suyos y Jesús les va a decir que ya no hay tiempo, “dejen que los muertos entierren a los muertos”, está hablando de una urgencia evangélica.

Nos animemos a sentir muy hondo este seguimiento que para nosotros a veces son decisiones grandes de vida pero que también es un seguimiento en lo cotidiano. El modo cotidiano de seguirlo al Señor es el trabajo de cada día, es asumir la ley desde nuestro pueblo de nuestra gente... éste es nuestro modo de seguimiento además de los modos concretos que el Señor pueda pedirnos a lo largo de nuestra vida a cada uno en particular.

Para terminar compartimos aquella oración del misionero que tiene el hermano Fermín Gainza en donde imagina el llamado del Señor a sembrar y entonces qué respuesta le doy a su llamado a sembrar como signo del evangelizar:

“Señor, cuando nos mandas a sembrar rebozan nuestras manos de riqueza, tu Palabra nos llena de alegría cuando la echamos en la tierra abierta.
Señor, cuando nos mandas a sembrar sentimos en el alma la pobreza, lanzamos la semilla que nos diste y esperamos inciertos la cosecha.
Y nos parece que es perder el tiempo este sembrar en insegura espera.
Y nos parece que es muy poco el grano para la inmensidad de nuestras tierras.
Y nos aplasta la desproporción de tu mandato frente a nuestras fuerzas.
Pero la fe nos hace comprender que estás a nuestro lado en la tarea.
Y avanzamos sembrando por la noche y por la niebla matinal.
Profetas pobres pero confiados que tú nos usas como humildes herramientas.
Gloria a ti Padre bueno que nos diste a tu Verbo, semilla verdadera.
Y por la gracia de tu Santo Espíritu la siembras con nosotros en la Iglesia. Amén.


Que Dios los bendiga, nos ponemos entonces en actitud de seguimiento, sentir muy hondo, y no con miedo sino con una inmensa confianza y cariño este Señor que nos invita a caminar con Él. Esta belleza de un Señor que no quiere andar solito, Él ha querido evangelizar, ha querido que el Reino sea sembrado con sus compañeros, con cada uno de nosotros.

sábado, 27 de febrero de 2016

Dios Jardinero...

Este texto ha sido escrito por Miguel Tombilla Martínez

En la parábola de este III domingo de Cuaresma, en el corazón de este camino hacia la Pascua, nos encontramos con un relato en el que Jesús rompe la unión entre castigo y que pecado. 

Comienza con la noticia de los galileos que fueron ejecutados por Pilato y los 18 que fueron sepultados por la caída de una torre en Siloé. Muchos pensaban que la muerte violenta era el precio de sus pecados, pero Jesús rompe esta relación falsa con una parábola en la que él mismo se convierte en jardinero. 

Una higuera plantada en un viñedo que lleva tres años sin dar un triste fruto. El dueño, cansado de la esterilidad, le pide al viñador que la corte para poder utilizar ese lugar y plantar algo que dé fruto. Y aquí se sitúa lo más sorprendente: el viñador, contra toda lógica, insiste para que la higuera permanezca. Él mismo se encargará de cavar y abonar. Él mismo regalará sus cuidados al árbol bueno que no daba frutos. Una intercesión cuidadosa que, suponemos (el relato no lo dice), regala un tiempo precioso a la higuera y compromete al Hijo del hombre en su cuidado. 

Tres años sin fruto y, a pesar de ello, Dios se empecina en seguir insistiendo con el mimo que sólo Él puede prodigar, a fondo perdido y confiando en que la savia haga brotar los higos benéficos para la higuera y los seres humanos. 

Dios jardinero de nuestras esterilidades y cansancios, de nuestro pecado y tristeza. Dios de los tres años de mimos y de los tres días de sepulcro que hace brotar la vida del sepulcro asesino y convierte la esterilidad del palo de la cruz en árbol de fruto increíble. 

Dios jardinero que sale a nuestro encuentro, amoroso siempre, rompiendo la triste relación entre pecado y muerte. 

jueves, 25 de febrero de 2016

10mo Día Ejercicios Espirituales :"EL BAUTISMO DE JESÚS"

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La hna Marta Irigoy, nos acerca algunos elementos para seguir profundizando en las contemplaciones y el papel de la imaginación que San Ignacio nos propone en estos días de ejercicios.

En primer lugar es primordial a la hora de armar la escena imaginarnos que cada uno de nosotros es un personaje más que interviene en la escena evangélica. Imaginarme como si presente me hallase, dice San Ignacio. Esto hay que hacerlo en cada una de las contemplaciones, mirar y mirarme como si estuviera ahí mismo, siempre formando parte de la historia evangélica. Contemplar desde adentro, sumergiéndome en el misterio. No significa mirar como espectador, sino, estar ahí, hablar con los personajes, mirar lo que miran, sentir lo que sienten

De este modo, en cada ejercicio que hacemos se actualiza el misterio de Cristo y cada uno de nosotros puede recibir el sentido nuevo que tiene cada lectura de la Escritura. Es un abrir el corazón para poder ponerlo en práctica, es estar abierto a obedecer con fe y es escuchar el mensaje que Dios tiene parta mí. Aquel que hace los ejercicios y contempla la vida del Señor, ve y oye en la contemplación del evangelio, como si el acontecimiento que contempla tuviera que ver con él directa y personalmente. No es una oración en el aire sino que es algo que tiene que ver con mi vida cotidiana, con mi vida personal, con la vida de mi familia, de la iglesia, con la vida de nuestro pueblo, de nuestro país y del mundo.

A veces se nos puede presentar la dificultad de pensar que todos los misterios de la vida de Cristo son acontecimientos que del pasado, sin ninguna relación con mi vida presente. La contemplación nos actualiza el misterio, en la situación concreta de cada uno. Ésto se da en la medida que se da el encuentro entre Dios y el ejercitante que comienza su contemplación bajo la mirada amorosa del Padre. El encuentro con Dios en la oración nos permite alcanzar la gracia que pedimos en estos días, “un crecido conocimiento de Cristo para que más le ame y le siga”.

Decíamos en estos días que este conocimiento interno del Señor, no es un conocimiento intelectual, sino un acontecimiento amoroso. Como dice el texto de San Juan: “Conozco a mis ovejas y mis ovejas me conocen a mí, como el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre”. El término “conocimiento interno” en la Biblia, nos habla de la experiencia personal con el Señor.

Por eso, seguimos la misma metodología cada día: preparar la oración, considerar cómo el Señor me mira, hacer la oración preparatoria diciendo “Señor, que todo este rato que voy a estar en oración con Vos, todo mi ser esté atento a tu voz, a tu cariño, a tu amor”, pedir conocimiento interno del Señor para que más lo ame y le siga, y después ponerme en la escena como si yo estuviera ahí, junto con el Señor, junto con los discípulos, junto con la gente en medio del pueblo de su tiempo.

La hna Marta agrega algunas recomendaciones para el fin de semana. Puede ayudar en éstos días que no tenemos una meditación pautada, repetir algunas de las contemplaciones que hicimos durante estos días. Puede suceder que alguna de todas las contemplaciones me llegó más, me dio más gusto, me habló más del Señor, me aclaró dudas, me consoló hondamente... Entonces la puedo volver a hacer, sacándole más el jugo que tiene guardado para mí. Así nos ayuda a seguir imprimiendo esta imagen del Señor, de su misterio, de su vida en nuestro corazón.

El Bautismo de Jesús (P. Ángel Rossi)

Ayer hemos rezado en torno a las dos banderas con la que Ignacio nos pone de frente a la gracia del discernimiento, que tiene por finalidad poder distinguir lo que es de Dios y lo que no es de Dios en mi propio corazón, y desde ahí poder elegir. Decimos siempre que la finalidad de los ejercicios espirituales de San Ignacio es “buscar y hallar la voluntad de Dios para poder seguirla”. Siempre los ejercicios son de elección, no siempre de elección de vida, pero siempre implica tomar decisiones: elijo dar un paso, elijo cambiar una actitud, una opción en mi vida que puede ser una opción en cosas pequeñas o grandes.

Para buscar y hallar la voluntad, como decíamos en estos días, no hay que buscar cosas raras sino seguirle el paso al Señor, contemplarlo. Y para ello, nada mejor que meternos en las escenas del evangelio como si presente me hallase y dejar que el relato vuelva sobre mi vida. En ese momento, cuando hago reflectir la escena, y me pregunto qué significa en mi vida, la escena me interpela, me consuela, me da fuerza, me da la clave de aquello que siento o me hace sentir el Señor por dónde me quiere llevar.

San Ignacio nos propone hoy el Bautismo del Señor que es el comienzo de la vida pública de Jesús. En Mateo 3,13 dice:
“Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser Bautizado por él, Juan se resistía diciéndole, soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti y eres Tú el que viene a mi encuentro. Pero Jesús le respondió: Ahora déjame hacer esto porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo. Y Juan se lo permitió, apenas fue bautizado, Jesús salió del agua, en ese momento se le abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia Él. Y se oyó una voz del cielo que decía, “Éste es mi hijo muy querido en quien tengo puesta toda mi predilección”.

Momento de despedida

Cuando Ignacio presenta el Bautismo en el libro de los ejercicios, en el número 273, quizás respondiendo a una tradición, nos pone frente a “Cristo que después de haberse despedido de su bendita Madre, vino desde Nazaret al río Jordán donde estaba San Juan Bautista”. San Ignacio coloca la escena en el contexto de quien deja la vida oculta,un Jesús que rondaría los 30 años, deja la casa y se despide de los suyos.

Este éxodo de Jesús supone una despedida, no solo ésta, su vida va a estar signada por despedidas continuas y muchas veces han implicado romper con vínculos afectivos como puede ser la despedida de su casa. Es un momento duro para Jesús y para sus padres. María unida en el dolor de su hijo, es la comunión pascual sabiendo que Él va a cumplir la voluntad del Padre.

Podemos imaginar este camino: son unos tres días de camino en donde su Padre lo guía desde la casa de la Virgen hasta el río Jordán. Imaginemos todo lo que pasaría por el corazón de Jesús, entrar en sus sentimientos, posiblemente nostalgia o incertidumbre por lo que hay por delante, por otro lado las ganas hondas de hacer la voluntad del Padre. Es un camino que Jesús ha recorrido muchas veces, porque por ese camino acudían a las fiestas anuales del templo, y sabemos que por lo menos desde los doce años Jesús hacía aquel camino. Ahí podemos rumear esta despedida de su mamá para poder cumplir la voluntad de Dios.

En nuestras vidas también hay decisiones, hay pasos que hemos dado, a veces pasos lindos donde hemos querido, hemos creído, o a veces hemos deseado hacer la voluntad de Dios y que implica muchas veces despojos. Es el caso cuando un matrimonio decide casarse, el joven se va contento con la novia, contento porque se casa pero también hay un desgarro, hay algo que se deja atrás. También aparece cuando se decide entrar al seminario o al noviciado, o en los momentos fuertes de la vida... el que decide ir a buscar trabajo en un lugar lejano o quiere irse de misionero. Son muchas las experiencias donde nos despedimos, dejamos atrás gente que queremos, que no implica que los dejemos de querer... así también es la la experiencia de Jesús.

Cada uno podría aquí reflectir para sacar provecho, como dice Ignacio, y volver sobre la propia experiencia y rumiar mis despedidas y momentos de decisiones.

Se anonadó a sí mismo

Por otro lado es interesante el estilo con el que Jesús comienza su vida pública. Inaugura su vida pública desde la humildad. Llega al Jordán y hace cola como uno más, y la gente ni se daría cuenta quien era. Por otro lado, inaugura su misión pública pasando por pecador, que es un gesto que va a tener Jesús para unirse a su gente, un gesto de reconciliación, un gesto de purificación que ciertamente Jesús no necesitaba. El Señor, como dice San Pablo, se hace pecado por mí. Objetivamente Jesús no tiene pecado, pero comparte de tal manera el pecado que hace el camino de los pecadores y hace esta cola de purificación que ciertamente no necesitaba. Este gesto indica el abajamiento, el misterio de este Señor que se abaja y que se une a nosotros de este modo tan misterioso.

La petición que Ignacio pone en esta meditación será aquí demandar “conocimiento interno del Señor”. También le podemos agregar “conocimiento interno del Señor que por mí deja su familia y su pueblo y se bautiza con los pecadores para que yo más lo ame y le siga”.

La escena honda del bautismo, es una especie de segunda epifanía, donde el Padre se manifiesta, y Jesús aparece como el hijo de Dios: “Éste es mi hijo muy amado en quien tengo puesta mi predilección”. El Bautismo del Señor es como una segunda manifestación de aquel niño encarnado en nuestra historia, de aquella palabra acampada en nuestros mutismos. Han pasado treinta años de escondimiento, desapercibido en Nazaret como uno de tantos. Con el Bautismo de Jesús concluye esa fase del Señor en la que se asemejó completamente a nosotros. Jesús no es un enviado de Dios que acorrala, un mensajero que se ensaña con los indignos, sino alguien que viene a restablecer el latir de los corazones acabados y para ello se pondrá en el último de la fila como uno de tantos, fingiendo amorosamente una necesidad que no tenía, abrazando extremosamente un pecado que no le pertenecía... era el abrazo a una humanidad concreta, buscadora de una felicidad que no conseguía encontrar, la humanidad frágil y pecadora por la que Él vino, a la que amó hasta el extremo por lo que da su propia vida.

A mí me gusta imaginar cuando Juan el Bautista, quizás después de bautizar a alguna persona, levantando la vista lo reconoce en la hilera de la gente. ¿Que habrá pasado por el corazón de Juan? sabemos por el evangelio que se resiste a bautizarlo. “Yo no te bautizo” le habrá dicho, y Jesús le habrá respondido “Juan, vos ahora quizás no entiendas lo que estás haciendo, pero es necesario que me bautices”. Y dice el texto que Juan lo aceptó, quizás sin entender, ante la insistencia del amigo, de aquel de quien él era el precursor. Me gusta imaginar este cruce de mirada entre Juan y Jesús... gesto de fidelidad y de todo el cariño de quien tenía que allanar los caminos para su manifestación.

Era un escenario doliente esta cola de gente que va a bautizarse, de tantos dramas... junto a algunas lágrimas bañadas de arrepentimiento y de deseo de perdón, allí estaba el Señor, el justo, el Santo, Dios mismo que se manifestaba en Él. Así, sin concesiones, un Jesús que nació en Belén y vivió humildemente en Nazaret quiere ahora seguir su itinerario y su misión, desde la única razón de toda su existencia que es hacer la voluntad de Dios, no lo que le apetece, no lo que le dictan las conveniencias políticas, sino lo que quiere Dios, lo que el Padre ha diseñado como designio de amor y de salvación.

Pedimos que nuestra postura también sea vivir desde OTRO, realizando el diseño del designio de ese Otro, del Padre Dios, para que como Jesús también seamos hijos amados y predilectos, para que el Espíritu se pose en nosotros.

Mi hijo muy querido

Jesús adulto, después del bautismo, comenzará a recorrer los caminos, a anunciar el evangelio, a curar, a consolar y después irá camino a Jerusalén para nuestra salvación. Antes de comenzar su misión pública, es ungido desde lo alto por el Padre, “Tú eres mi hijo amado”. Es un reconocimiento desde arriba que necesita. Cuando estamos frente a nuestra misión, lo que nos da fuerza, no es tanto la preparación, el estudio, sino el Señor que nos sostiene, sabernos amados. Ocurre lo mismo desde lo humano, el sabernos amados nos sostiene y nos da fuerza para la misión.

Dice Gonzalez Valle:
“Tú eres mi hijo amado”, estas son las palabras que más me gusta escuchar de tus labios Señor. “Tú eres mi hijo”, hace falta fe para pronunciarla ante mi propia miseria y ante una turba escéptica, pero yo sé que son verdad, y son la raíz de mi vida y la esencia de mi ser. Te llamo “Padre” todos los días y te llamo “Padre” porque Tú me has llamado hijo. Ese es el secreto más entrañable de mi vida, mi alegría más íntima y mi derecho más firme a ser feliz. La iniciativa de tu amor, el milagro de la creación, la intimidad de la familia, el cariñoso acento con que te oigo decir esas palabras a un tiempo sagrada y delicada... “Tú eres mi Hijo”, quiero sentirme hijo tuyo hoy, quiero caer en la cuenta de que me estás dando vida en cada instante, de que comienzo a vivir de nuevo cada vez que vuelvo a pensar en Tí, y en ese momento Tú vuelves a ser mi Padre”

Tenemos derecho a dejarnos decir cada uno personalmente “Tú eres mi Hijo muy amado”. Lo que dice de Jesús también lo dice a cada uno de nosotros. Uno podría decirle “no, mirá, se te fue la mano, exageraste, te voy a defraudar, pensalo bien antes de decírmelo”. Sin embargo Dios no se arrepiente, no se echa atrás, volverá mil veces a pesar de nuestras agachadas, de nuestras quedaditas al costado del camino, de nuestros desvíos o las veces que no lo hemos escuchado, Él nos seguirá diciendo, “vos sos mi hijo muy amado, en vos tengo puesta mi complacencia”. Y si uno lo escuchara no sólo con el oído sino con el corazón, seguramente nos daría mucha más fuerza para ser fieles a nuestra propia misión. También podemos detenernos acá y orar con estas palabras el ejercicio del bautismo.

El propio bautismo

Por otro lado estamos contemplando el Bautismo y seguramente casi todos los que estamos haciendo estos ejercicios somos bautizados. Nos hace bien volver al propio bautismo. En el bautismo de Jesús, se manifiesta Jesús y entonces el desafío es que nuestro bautismo necesita ser manifestado, o sea es un don que ha de convertirse en compromiso, en responsabilidad. El bautismo nos da una pertenencia que se expresa en una praxis. Es urgente que nosotros que estamos anotados posiblemente en un libro grande de la parroquia, que ese nombre salga al descubierto.

Es tiempo de hacernos cargo, de honrar los compromisos que los otros han tomado por nosotros el día del bautismo. Allí ese día, nuestros papás y padrinos reafirmaron la fe, renunciaron al demonio, ese día tomaron la velita, estuvieron dispuestos a cuidar la fe del ahijado. Estos gestos que hicieron ellos por nosotros en algún momento de la vida hay que hacerse cargo, tiene que manifestarse este bautismo a lo largo de la vida. En el caso de Jesús fue en un mismo tiempo, el mismo día del bautismo se manifestó Jesús, nosotros lo hacemos en una especie de segundo tiempo. Aquel bautismo de niño tendría que manifestarse en nuestros gestos. La prueba de que somos bautizados no debería ser un certificado del párroco, sino nuestro modo de ser y de actuar.

Ojalá que esta gracia que hemos pedido al comienzo sea un modo de ser y de actuar no excesivamente diferente del de Cristo que cada vez se vaya pareciendo un poquito más al modo de mirar, de perdonar, de querer, de cuidar al prójimo como lo hacía Jesús.

Un poeta uruguayo, le dedica a la pila de su bautismo una poesía de diez páginas, que puede parecernos mucho. A la pila bautismal la llamaba “madre nuestra y madre mía”, como diciendo “aquí nací”. En esa pila de bautismo nacía a la fe.

Sería lindo que además de renovar espiritualmente rezando con esta contemplación tan honda , recordar nuestro bautismo, cuándo fue, quiénes eran nuestros padrinos, el cura que nos bautizó. Nos puede hacer bien si aquel lugar no está tan lejos, hacer una peregrinación al lugar donde fuimos bautizados, quedarnos un ratito en silencio frente a la pila bautismal y, como dice San Ignacio, con la vista imaginativa, imaginar mi bautismo y poder preguntarnos: ¿qué fue de aquel bautismo?, ¿qué es hoy en mi corazón aquel gesto de hace veinte, treinta, u ochenta años?, ¿qué es hoy en mi vida, aquella manifestación, aquel día en donde Dios a través de este gesto sacramental me dijo “vos sos mi hijo muy amado”?, ¿qué ha quedado en mi corazón en todo este tiempo?. Podría ser también un modo lindo de rezar en torno a esta escena del evangelio, pero como dice San Ignacio hay que reflectir, tiene que volver sobre mí para sacar provecho.

Que el Señor nos conceda esta gracia linda, renovemos la fuerza del Espíritu de esta gracia hermosa del bautismo.

9no Día Ejercicios Espirituales : Meditación "LAS DOS BANDERAS"

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San Ignacio en este momento de los Ejercicios Espirituales, después de contemplar la Vida Oculta, nos invita a hacer una meditación a la que llama “Dos banderas”.

¿Por qué pone esta meditación en este momento?  se pregunta la hna Marta Irigoy. "Porque nosotros vamos descubriendo qué es lo que el Señor nos está pidiendo en concreto. Estamos vislumbrando la voluntad de Dios para nuestra vida y entramos en lucha"

San Ignacio es consciente que la vida espiritual es lucha, y el campo de batalla es el corazón, no es un territorio exterior sino el corazón del hombre, el mío y el de mis hermanos. Por lo tanto percibimos que lo que se pone en juego es si mi corazón queda bajo la bandera de Jesús o bajo la bandera del enemigo.

Lo que se pone en juego es si en mi corazón se instaura el reino de los cielos con su ley de amor y con el estilo de la vida del Señor (pobreza, humildad, servicio) o se instala el reino de este mundo con sus leyes y su estilo de vida (riqueza, vanidad, soberbia).

Esta lucha que se da en el corazón hay que saber discernirla, saber si lo que estoy sintiendo es de Dios o es del enemigo. La regla de San Ignacio sobre la consolación dice "Es propio del buen Espíritu dar ánimo y fuerza, consolaciones, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando todos los impedimentos para que se pueda obrar el bien; y en contraste, el mal espíritu nos trae tristeza, nos pone impedimentos, nos inquieta con falsas razones para impedir que vayamos adelante.

Este proceso que vamos haciendo de descubrir cuáles son las cosas que no nos ayudan a ser más fieles al Señor, está lucha que se va librando en nuestro corazón nos va ayudando a ser más libres, más hijos de Dios y a descubrir cómo el Señor nos cuida y nos sostiene. No es sólo para nosotros sino que es para que ayudemos a otros a liberarse, a crecer en amistad con el Señor.

Es interesante este mandato misionero, ya que es escuchar al Señor que nos dice, ayuden a todos los hombres sin excepción a liberarse de las riquezas que preocupan, a liberarse del deseo de agradar y de la fama que es fluctuante, a liberarse de la soberbia que mata el amor. El Señor que es amigo del hombre nos envía a liberar a los demás, a todos aquellos que están atados y nos manda a ayudar a todos a vivir la libertad de los hijos de Dios.

San Ignacio nos da algunas ayudas con las reglas de discernimiento y algunos consejos que nos ayudan para luchar frente a la tentación, en esta lucha que se da en el corazón de cada uno.

Lo primero que dice es la paciencia: a través de distintas imágenes va diciendo que hay que ser paciente, que es una de las armas más importantes que tenemos.

Otra es no cambiar los compromisos asumidos: muchas veces cuando uno hace buenos propósitos, cuando uno está consolado, se siente contento haciendo las cosas del Señor, en cambio cuando estamos tentados, desolados, sentimos otras voces que nos van envolviendo y nos sacan del lugar donde el Señor nos ha enviado. Por lo tanto no cambiar los compromisos, no cambiar los caminos por donde el Señor me está haciendo andar. Por lo tanto es una invitación a permanecer firme y constante pero con paciencia, porque pronto seremos consolados. El Señor quiere ayudarnos a cuidar los compromisos asumidos, él es fiel y nos invita también a ser fieles, en la familia, en el trabajo, en la pastoral.

Un ejemplo práctico en la vida pastoral: aquellas veces en que vamos a llevarle la comunión a una abuelita que está en cama, y un día sentimos que no tenemos ganas de ir y resolvemos ir mañana, y la abuelita se queda esperando. ¿Qué hay que hacer? la contra, dice San Ignacio. Hay que resistir, hacer lo contrario a lo que yo siento. Entonces qué voy a hacer, a modo de ejemplo, voy a ir con más ganas a visitar a la abuelita, le voy a llevar unos jazmines, voy a ir con una sonrisa aunque sienta que no tengo ganas, voy a poner lo mejor de mí en esta visita y llevar a Jesús que quiere ir a alimentar al enfermo. Me voy a dar cuenta que al cambio de actitud interior voy a recibir paz y alegría de saber que estoy haciendo lo que el Señor quiere para mí.

San Ignacio, en estos casos, nos invita a permanecer, a resistir y hacer lo contrario de lo que sentimos. ¿Me siento tentada de no hacer la oración? la hago con mayor esmero, la hago mejor, voy a prender una velita, voy a preparar mi corazón con mayor deseo de encontrarme con el Señor.

La humildad es otra de las armas que tenemos para luchar. La humildad es la mejor arma que tenemos, humildad confiada en que pronto el Señor nos va a consolar.

Quisiera terminar con un cuento que nos puede iluminar en este discernimiento, en esta lucha que se presenta en el corazón.

Dice el cuento: Un viejo cacique de una tribu estaba teniendo una charla con sus nietos acerca de la vida. Él les dijo: “¡Una gran pelea está ocurriendo dentro de mí!… ¡es entre dos lobos! Uno de los lobos es maldad, temor, ira, envidia, avaricia, arrogancia, resentimiento, egolatría, competencia, superioridad. El otro es bondad, alegría, paz, amor, esperanza, verdad, humildad, dulzura, generosidad, amistad, compasión y fe. Esta misma pelea está ocurriendo dentro de ustedes y dentro de todos los seres de la tierra.”
Lo pensaron por un minuto y uno de los niños le preguntó a su abuelo: “¿Y cuál de los lobos crees que ganará?” El viejo cacique respondió, simplemente… “El que tú alimentes.”

 Reflexión Padre Ángel Rossi

Hasta ayer, hemos rezado en torno al Principio y Fundamento, hemos revisado el cariño del Señor que por ese mismo cariño nos hace disponibles para hacer su voluntad, después hemos transitado por el camino de la purificación del corazón contemplado su misericordia. Pedimos que fuera una experiencia no sólo de la cabeza sino del corazón y a la vez también la purificación que significa ponerle nombre a nuestro propio pecado para poder pedir perdón al Señor. Todo esto en función de lo que es la finalidad de los ejercicios que es “buscar y hallar la voluntad de Dios para poder seguirla”. Entonces después de este caminito de la meditación, Ignacio nos hizo pasar por la meditación del reino, donde pedíamos la gracia de no ser sordo a su llamamiento, y presto y diligente estar disponible para seguir su voluntad en la meditación del reino. Después Ignacio con mucha sabiduría y bajo esta gracia que pedimos, buscar la voluntad de Dios que está muy unida a esta gracia del interno conocimiento de nuestro Señor, nos llevó a la vida de Cristo que comienza por la encarnación y el nacimiento.

Después de este paso por el silencio del pesebre y el nacimiento de Cristo, Ignacio nos propone una meditación. Nos presenta primero un escenario de las “Dos Banderas”, la bandera de Cristo y la bandera del mal espíritu, es esta lucha la que está en nuestro propio corazón.

Santa Teresa decía, "a veces siento que soy dos" como si adentro hubiera una Teresa buena y una Teresa mala. San Agustín habla de las dos ciudades, Ignacio de las dos banderas, dos capitanes, los dos caminos, las dos estrategias... diríamos dos formas de vivir. En nuestro corazón conviven estas dos banderas e Ignacio lo teatraliza; ambos luchan para ponernos bajo su bandera: Dios que quiere que sigamos su camino y el demonio que intenta llevarnos por otro camino.

 Las Dos Banderas

Comenzando por la composición de lugar, Ignacio dice: será como “ver un gran campo de toda aquella región de Jerusalén, adonde el sumo capitán general de los buenos es Cristo nuestro Señor; otro campo en la región de Babilonia, donde el caudillo de los enemigos es Lucifer".

Por lo tanto nos presenta dos lugares simbólicos. Uno es la ciudad santa, que Ignacio lo presenta como un lugar humilde, hermoso y gracioso... un lugar donde uno está a gusto. La contraposición es Babilonia, ciudad símbolo del pecado, del poder, de la riqueza, de la apariencia. Además aparecen dos protagonistas que también están en contradicción: el sumo capitán que es Cristo, y Lucifer a quien Ignacio le llama “el mal caudillo”.. Ambos están luchando dentro de nuestro propio corazón.

Ambos caudillos quieren llevarnos bajo su bandera y entonces Ignacio nos hace pedir: "conocimiento de los engaños del mal caudillo y ayuda para guardarme de ellos” y por otro lado “conocimiento de la vida verdadera que nos muestra el sumo y verdadero capitán que es Cristo y gracia para seguirlo”

La petición es pedir la gracia del discernimiento, poder darme cuenta no sólo los pecados sino poder ver de qué manera uno es tentado, de qué manera yo soy engañado normalmente, y al mismo tiempo, conocimiento de cómo el Señor a mí me va mostrando el verdadero camino. Al pedir el discernimiento, Ignacio está preparando el corazón para poder elegir bien, éste es el sentido de la meditación.

Completando esta imagen de Babilonia donde dice que allí estaba presente el demonio, Ignacio muestra una figura horrible y espantosa, una figura que despierta temor y angustia. Ignacio está tratando de mover el corazón y dice "en cátedra de fuego y humo". Cátedra, alude a que ahí está quien “lo sabe todo”, es como enseñar con autosuficiencia con dogmatismo... y agrega que esta cátedra es "de fuego y humo" porque ambos elementos aumentan la confusión. El fuego y el humo agudizan y crean una agitación neurótica del caudillo. Ignacio nos presenta esta figura maléfica del mal espíritu que intenta confundirnos y la contraposición de la ciudad de Jerusalén, una imagen linda de Jesús.

A la vez cada uno de ellos tiene una propuesta.

El mal caudillo manda a los demonios y los desparrama por todo el mundo para molestarnos e invadirnos con la codicia de riquezas, con el vano honor del mundo y con la soberbia, y desde ahí todos los vicios. San Ignacio también dice que es propio del mal espíritu, morder, entristecer, poner impedimentos agitando con falsas razones para que no avancemos, llenar de culpas los corazones de los hijos de Dios, trabar los caminos, crear desconfianza respecto al Señor. Ésta es la escena, pero hay que traerla a nuestra propia experiencia, y pensar, de qué manera normalmente me acosa a mí el mal espíritu.

En contraposición aparece la imagen del mensaje del verdadero capitán, Cristo, que su invitación es a través de los discípulos, a través nuestro, somos enviados a la pobreza, oprobios y menosprecios y a la humildad. Se enfrentan codicia de riquezas, Jesús nos propone la pobreza; vano honor del mundo, Jesús nos propone oprobios y menosprecios; la soberbia propone el mal caudillo, y Jesús nos propone la humildad. El caudillo dice “de aquí a todos los vicios”, Jesús dice “de aquí a todas las virtudes”. El mensaje es totalmente contrapuesto.
Es evidente que nadie elige la bandera del mal espíritu. Pero ¿qué pedimos con este ejercicio? no pedimos poder elegir una u otra, sino la gracia de estar atentos, porque fácilmente podemos ser engañados, a veces sutilmente y a veces descaradamente, y marchamos hacia la bandera del mal espíritu.

Hay que pedir la gracia de la sabiduría para estar atentos. Así como el mal espíritu muerde, entristece, inquieta, pone falsas razones para que no pasemos adelante, es propio de Jesús dar ánimo, dar fuerza, consolar, facilitar y evitar impedimentos. Dios siempre nos da fuerza, nos da el “empujoncito” que necesitamos, nos hace valorarnos a nosotros mismos, nos anima a dar ese pasito que quizá estamos necesitando dar, es totalmente contrapuesto a la acción del mal.

Por lo tanto el ejercicio de hoy es una contemplación y a la vez es meditación, nos presenta las dos banderas: por un lado lo que San Pablo llama el mundo, y por otro el afecto de Cristo. Por un lado vivir entregado al yo, entorno a uno mismo y por otro lado vivir en torno al tú, por un lado el egoísmo y por otro la bandera del amor. Uno es la preocupación obsesiva por el tener y lo que Jesús propone es la gracia de desprenderse, de despojarse. El mal espíritu nos lleva al honor del mundo, a vivir de la apariencia, Jesús nos propone la capacidad de abajarnos. La preocupación obsesiva por el poder el mal espíritu, e Ignacio en cambio, nos presenta la humildad como la gracia de anonadarse.

 Textos para la oración

El Evangelio está lleno de contraposiciones, por ejemplo:

- "El joven rico" (Mt 19, 21-26): aquel que se va entristecido porque tenía demasiadas riquezas y estaba apegado. Queriendo estar bajo la bandera de Cristo termina alejándose, al menos en ese momento del evangelio, quizá después volvió. Es la imagen de alguien que tiene la voluntad sin embargo es engañado porque no se anima a soltar las posesiones para seguirlo al Señor.

- “Entren por la puerta estrecha” (Mt 7,13-14) mientras el mundo busca los primeros puestos.

- Peleas por los puestos (Mt 23, 1-7) “Pero no será así entre ustedes. Al contrario, el de ustedes que quiera ser grande, que se haga el servidor de ustedes”. En la pedagogía evangélica los primeros puestos son para los servidores.

- Las obras de la carne y del Espíritu ( Gálatas 5, 22 en adelante). Pablo nos presenta en un solo texto y nos contrapone la bandera del mal espíritu y la de Cristo, y a la vez, la doble propuesta. "Se sabe muy bien cuáles son las obras de la carne: fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza. Les vuelvo a repetir que los que hacen estas cosas no poseerán el Reino de Dios. Por el contrario, el fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia."

Es una meditación no referida a los pecados sino que es pedir la gracia e ir tanteando para ver de qué manera siento que Dios me lleva en el corazón, cómo el Señor me invita a ponerme a mí bajo su bandera, cuáles son los signos que a mí me ayudan a darme cuenta por dónde Dios me va llevando, y a la vez ir ganando en sabiduría, en conocimiento de sí mismo. Por otro lado pedir la gracia de ver cómo normalmente soy tentado, de qué manera soy engañado, que táctica usa el diablo conmigo para alejarme del Señor, para ensimismarme, para que no rece, para que no haga caridad, para que me enemiste con los míos. Pedimos esta gracia de poder conocerme, con la gracia del Señor.

San Ignacio termina esta meditación con el triple coloquio: pedir la gracia primero a la Virgen, después a Jesús, y después al Padre no sólo para que me dé discernimiento sino además pedir que Jesús me quiera elegir y recibir debajo de su bandera. No solo yo lo elijo sino que le pido que Él me ponga bajo su bandera, que me ponga en pobreza, oprobios, menosprecio y humildad para mas imitarlo y seguirlo. Elijo este camino, no sólo porque me hace bien, sino porque fue el camino que Jesús siguió para salvarme. La espiritualidad ignaciana es ser compañero de Jesús, voy con Él, quiero correr su misma suerte -lo mismo que veíamos en la meditación del reino - pido la gracia para que me quiera elegir debajo de su bandera del modo como Él me buscó, me redimió, me salvó.

Ésta es la meditación pero les propongo que la hagan con sencillez, la simplifiquen, vayan a los textos evangélicos, siempre con mucha sencillez en lo hondo del corazón.

Dice por allí Balduino Cantorbery: “Hay caminos que parecen derechos pero van a parar a la muerte.” Para evitar este peligro - nos advierte San Juan- “examinen si los espíritus vienen de Dios. Pero ¿quién será capaz de examinar si los espíritus vienen de Dios si Dios no le da el Espíritu con el que pueda examinar, con agudeza y rectitud, sus pensamientos, sus afectos, sus intenciones?”

La hermana Marta lo explicaba también en el cuento de los dos lobos en el que simplemente vencerá aquel que nosotros alimentemos. Un sinónimo de eso son estas dos banderas que están allí en nuestro corazón: una es la de Cristo - y Cristo nos quiere empecinadamente bajo su bandera, nos ha puesto bajo su bandera en la cruz-, y el mal espíritu que quiere que vayamos de contramano de esa bandera. Por eso pedimos la gracia de no ser engañados y la gracia de poder ver por dónde Dios nos va llevando para poder elegir bien que en definitiva es lo que Ignacio busca en los Ejercicios.