sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo del Señor


Escrito por Hermann Rodríguez Osorio, SJ*

Después de haber pasado treinta años de su vida en el anonimato de Nazaret, dedicado a los trabajos ordinarios y sencillos de una vida campesina, Jesús decidió un día, dejar atrás sus pequeñas seguridades y ponerse en camino hacia el sur, junto al río Jordán, donde Juan estaba bautizando. 

Se despidió de los suyos y se lanzó a una aventura de la cual no regresaría más. Tomó una decisión que resultó ser trascendental para su vida y para la nuestra. Por eso, vale la pena preguntarse ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a tomar esta decisión? ¿Qué esperaba encontrar con el bautismo de Juan? ¿Cuáles fueron los sentimientos que lo acompañaron durante este recorrido de más de cien kilómetros desde Nazaret hasta el lugar donde recibió su bautismo? ¿Fue un viaje solitario o lo hizo en compañía de algunos amigos y amigas que también buscaban lo mismo?

Seguramente a Nazaret llegaron las noticias de lo que Juan el Bautista estaba haciendo en un recodo del río Jordán, cerca de Betabara: Invitaba a los pecadores a cambiar de vida, a preparar los caminos del Señor. La llegada del Mesías era algo que todos los israelitas habían esperado con impaciencia durante muchos años. Todos esperaban al Ungido de Dios que liberaría a Israel de la dominación romana y les devolvería la libertad. Haría de ellos una gran nación. Los guiaría en la construcción de una sociedad que fuera sólo de Dios. Muchos de los estudiosos de la Biblia se preguntan si Jesús tenía en este momento de su vida una conciencia plena de su misión, o si la fue descubriendo poco a poco, a través de los mismos acontecimientos históricos que siguieron, a partir de esta decisión. 

Todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, sentimos la llamada a reorientar nuestro camino. Tuvimos que tomar la decisión de dejar atrás los espacios y las personas conocidas que formaban nuestro entorno vital. Dirigimos nuestros pasos hacia rumbos desconocidos, sobre los cuales no estábamos totalmente seguros. Nos aventuramos a establecer nuevas relaciones, nuevas prácticas, nuevas formas de comunicación con nuestro entorno, nuevas formas de pensar la misma realidad.

Caminamos hacia lo desconocido confiados en la promesa y en la fidelidad de Dios. Por Él y en Él, nos fuimos a descubrir nuevos horizontes. De la mano de Dios también salió Jesús de Nazaret y fue a bautizarse junto con todos los pecadores y pecadoras de su tiempo, que acudían a recibir el baño regenerador del bautismo de Juan.

Ver a Jesús dirigirse hacia lo desconocido, confiado solamente en la cercanía de su Padre Dios, nos anima a emprender también un camino nuevo cada día, con la confianza de que Dios nos acompañará y repetirá de nuevo lo que el mismo Jesús escuchó en el Jordán: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido".



martes, 6 de enero de 2026

Epifania: Dios no se Manifiesta Bajo Techo


Escrito por Pedro Huerta

Dios no se revela a los que están cómodamente instalados. Se deja encontrar por los que se atreven a salir más allá de sus seguridades. Por los que se exponen. Por los que caminan sin garantías. Los Magos que hoy celebramos no tenían catecismo, ni Templo, ni certezas teológicas. Solo una pregunta ardiendo por dentro. Y eso bastó para ponerlos en camino.

Mientras tanto, en Jerusalén, los expertos sabían exactamente dónde debía nacer el Mesías… y no dieron ni un paso para encontrarlo. Sabían, pero no buscaban. Y quien no busca, no encuentra. La Epifanía desmonta esa mentira piadosa que nos hace creer que Dios se aparece a los correctos. Nada más lejos de la realidad: Dios se manifiesta a los inquietos.

Los Magos leen el cielo porque no tienen otro lugar donde leer. Viven a la intemperie. No esperan que la verdad les llegue servida, la persiguen. Por eso no encuentran un tratado teológico, sino una estrella. Una luz frágil: suficiente para no quedarse quietos, insuficiente para controlarlo todo. Porque Dios no ilumina para que controlemos el suelo que pisamos, sino para que caminemos.

Buscaban un rey y encuentran un niño. Y ese niño es el mejor signo de la esperanza para los auténticos buscadores. Un niño sin ejército, sin poder, sin discurso. Un niño pobre, vulnerable, expuesto. Un niño que rompe todas las expectativas: Dios no se manifiesta donde se acumula fuerza, sino donde se acepta la fragilidad. No en el palacio de Herodes, sino en una casa cualquiera. No en el ruido, sino en el silencio.

Y es delante de ese niño frágil que los Magos se inclinan y ofrecen los mejores regalos para su humanidad recién estrenada: oro, incienso y mirra; lo valioso, lo sagrado y lo doloroso. Porque adorar no es solo rezar ni decir bonitas palabras. Adorar es bajar de nuestros pedestales, soltar el control y entregar la vida entera, especialmente aquello que más nos cuesta, lo que más nos pesa y lo que nos duele.

La Epifanía que hoy celebramos no es una escena dulce y amable. Es una crisis. En ella aprendemos que quien se encuentra con Dios ya no puede volver por el mismo camino. Eso es la fe: no una confirmación de lo que ya pensábamos, sino una desviación peligrosa.

La pregunta incómoda que se nos plantea es inevitable: ¿Somos Herodes, expertos en Escritura pero paralizados por el miedo a equivocarnos? ¿O somos Magos, buscadores dispuestos a perder seguridades por una verdad que no conocemos del todo?

La Iglesia, cuando es fiel al Evangelio, no es palacio ni aduana. Es estrella. No retiene, no se coloca en el centro, no exige quedarse. Señala y desaparece. Acompaña un tramo y luego se aparta, dejando espacio para el encuentro y la adoración de las presencias redentoras de Dios. Y vuelve a aparecer cuando nos ponemos en camino. Porque su luz se nos muestra mientras caminamos, no antes.

Epifanía no sucede bajo techo.

Sucede fuera.

En el camino.

En la duda.

En la noche.

Allí donde todavía hay gente capaz de levantar la vista y decir:

no lo sé todo, pero no me conformo.

Feliz Epifania!! 

lunes, 5 de enero de 2026

Fiesta de Reyes - Epifanía del Señor...


Escrito por Clemente Sobrado

No siempre un mismo camino es el de ida y de regreso. Puede que cuando crees haber llegado al final de tu camino, a Dios se le ocurra que regreses por otro nuevo. Es que en la vida hay muchos caminos.
Los tuyos y los de Dios.
Los de búsqueda y los de regreso luego del encuentro. Este fue el camino de estos Tres personajes venidos de no sabemos dónde
Sabemos qué buscaban, pero no sabemos su punto de partida. Porque la búsqueda puede partir de cualquier lugar. ¿Eran del Oriente? Yo prefiero decir: “eran del mundo”.

Es que en la vida hay muchos caminos. Los tuyos y los de Dios. Los de búsqueda y los de regreso luego del encuentro. Este fue el camino de estos Tres personajes venidos de no sabemos dónde de conservar caminos.

Estos tres personajes han sentido la necesidad de “buscar”. Buscar al que otros también esperaban, pero que se olvidaron de buscar. Era la búsqueda del corazón. Y era la búsqueda a través de los signos. Todo parece que fue muy fácil, sólo cuando ya estaban a punto de llegar, el camino se pierde porque se pierde la señal.

Es que las crisis de la fe pueden darse en cualquier momento y en cualquier recodo del camino. Y a veces son crisis al comienzo del camino. Otras, al final, cuando uno ya está como para tocarlo con la mano. Como en todo camino, hay momentos de alegría y felicidad. Y hay momentos de duda, de tristeza, de angustia. Y no es que uno no quiera creer. Sencillamente son situaciones en que las señales que marcan la dirección se pierden. Se oscurecen.

“Tarde o temprano llegará un ángel y tu jornada habrá llegado a su término”. En su oscuridad no se arredran, ni vuelve sobre sus huellas.
Es el momento de las preguntas.
Es el momento en el que, incluso quien se niega a buscar, puede convertirse en señal que vuelve a señalar la ruta.
Porque hasta los malos pueden luz.
Porque hasta los que viven desinteresados pueden ser faros de orientación.
Eso fue lo que hicieron los Magos.
Entrar en Jerusalén.
Y preguntar a quién menos interés tenía por el nuevo rey de los judíos, a Herodes.

Y de nuevo aparece la estrella. De nuevo se ilumina el camino. Y de nuevo siguen alegres, peregrinos de Dios, hasta que llegan a la cuna del Niño. Los caminos de búsqueda de Dios pueden tener paisajes maravillosos. Pueden estar llenos de flores en los campos. Y pueden ser escarpados. Con un cielo que se oscurece. Con un Dios que pareciera se ha escondido. La fe tiene momentos de luminosidad, y momentos de oscuridad. Y a Dios también se le encuentra en la oscuridad de la noche.

Cuando ya habían aprendido el camino, ahora Dios los manda regresar por otro nuevo y desconocido.
El camino de la búsqueda ya no sirve para el regreso.
Ya no es el camino que va al encuentro.
Es el camino de haber encontrado.

Nadie que haya conocido a Dios, puede seguir por el mismo camino de antes.
Nadie que se haya encontrado realmente con Dios puede andar los mismos caminos del pasado. Porque ahora es el mismo Dios quien se hace tu camino.
Un camino que ya no depende de una estrella, de una señal.
Es el camino de quien ha llegado y ha dejado que Dios se haga luz en su corazón.
Es el camino no del que busca, sino el camino que se convierte en vida, en una nueva visión, en una nueva realidad vital.

No se puede encontrar a Dios y seguir igual.
Cuando uno se ha contagiado de Dios, la vida ya no es la misma.
Cuando uno ha visto a Dios, aunque sea en la pobreza de un pesebre, los ojos ya no ven lo mismo.
Cuando uno ha escuchado a Dios, la vida tiene otra música.
Cuando uno ha sentido a Dios en su corazón, la vida se llena de caminos y todos son caminos de Dios.

Algunas preguntas que pueden ayudar para un momento de oración:
  • ¿Estás en el camino de ida o de regreso?
  • ¿Estás en el camino de búsqueda o del encuentro?
  • ¿Estás en tus viejos caminos o andas ya por los nuevos caminos donde Dios mismo se hace tu camino?
  • ¿Tratas de andar los caminos por donde andan todos, o andas por ese nuevo camino donde escuchas la voz de Dios en tu alma?

sábado, 3 de enero de 2026

Visibilidad de Dios...


Escrito por Miguel A. Munárriz Casajús


«Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» Jn 1,1-18

Impresionante prólogo de Juan del que llaman la atención dos imágenes preciosas por su carácter paradójico: las tinieblas cerrándose a la Luz y Dios acampando entre nosotros. Pero lo más importante para quienes nos consideramos simples cristianos de a pie, es su final: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

No es la razón la que descubre o se inventa a Dios, sino que el ser humano lo busca porque su naturaleza lo necesita… y lo encuentra porque Él le sale al encuentro. Para los cristianos, ese lugar de encuentro entre Dios y el hombre es Jesús. Dios se manifiesta en Jesús, un hombre. Dicho de otro modo, en un ser humano, Jesús de Nazaret, el cristiano ve a Dios. Decía Ruiz de Galarreta que «el quicio fundamental de quien se llame cristiano es creer que Jesús es visibilidad de Dios sin poner en duda su humanidad».

En Jesús hemos conocido a Dios, y no es el juez, es Abbá. Tampoco es un arcano inaccesible, sino un sembrador que esparce la semilla de la Palabra continuamente y nos alienta en nuestro caminar por la vida. Y esta imagen de Dios que hemos conocido en Jesús es la mejor noticia que los seres humanos podíamos recibir.

Porque hemos descubierto que Dios es para nosotros Padre, Palabra y Viento: Padre con quien se puede contar, Palabra que nos guía en la vida entera y Viento que nos ayuda a caminar.

«La Palabra –dice Juan– era la luz verdadera que alumbra a todo hombre»… Jesús es la luz encendida en la oscuridad que nos permite caminar sin tropezar; es la sabiduría de Dios encarnada. Dios es la perfecta sabiduría y Jesús es la sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos. Es la sabiduría de vivir con sentido; de llenar la vida de cosas que merecen la pena; de cosas que nos marcan el camino correcto. Y no estamos hablando de salvar el alma –si Dios es Abbá el alma está salvada de antemano–, sino de salvar nuestra vida de la banalidad, de la mediocridad, del sinsentido, del vacío, de la angustia... Estamos hablando de recibir «aquí el ciento por uno, y además la vida eterna».

Pero para ello hace falta creerle, y hace falta también sentirse necesitado de su luz. La suficiencia que tan a menudo mostramos, la confianza en nuestra razón por encima de la Palabra, fruto de nuestra cultura ilustrada, nos cierran a la luz y nos condenan a las tinieblas. El ciego de Jericó lo tenía todo para que Jesús se fijase en él; tenía fe y se sentía necesitado. Si el ser humano se empeña en negar su ceguera, su necesidad de luz, la cosa no tiene remedio:

«Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen que ven su ceguera persiste».

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Año Nuevo: Festejar es afirmar la Bondad de la Vida…

Estamos por comenzar un Nuevo año y esto nos llena de esperanza!!

Estamos a pocas horas de celebrar la Fiesta de año Nuevo y me gustaría que reflexionáramos sobre el sentido de Festejar…, de hecho, nos venimos deseando ¡Felices Fiestas!!, no??

Encontré providencialmente, en estos días un texto escrito por Leonardo Boff, en donde dice que Festejar es afirmar la bondad de la vida…

El tema de la fiesta es un fenómeno que ha desafiado a los  grandes pensadores de todos los tiempos, entre los que podemos nombrar, se encuentran Pieper hasta  Nietzsche. 

Y es que la fiesta revela lo que hay de sagrado  en nosotros en medio de la vida cotidiana, que cuando la vivimos mal se nos transforma en lo que llamamos la fría rutina. 

La fiesta en sí está libre de intereses y finalidades, aunque haya fiestas de negocios donde la fiesta se transforma en comer y negociar. Pero en la fiesta que es fiesta, todos están juntos no para aprender o enseñar algo unos a otros, sino para alegrarse, para estar ahí, uno para el otro comiendo y bebiendo en amistad y concordia. La fiesta reconcilia todas las cosas y nos devuelve la simplicidad del paraíso de las delicias, que nunca se perdió totalmente. 

La fiesta es como un regalo que no depende ya de nosotros y que no podemos manipular. Se puede preparar la fiesta, pero la festividad, es decir, el espíritu de la fiesta, surge gratuitamente. Nadie la puede prever ni simplemente producir. Solamente podemos prepararnos interior y exteriormente y acogerla.

A la fiesta más social (bodas, aniversario) pertenecen la ropa festiva, el adorno, la música y el baile. ¿De dónde brota la alegría de la fiesta? Tal vez Nietszche encontró la mejor manera de formularlo: «para alegrarse de alguna cosa, hay que dar la bienvenida a todas las cosas». Por tanto, para poder festejar de verdad necesitamos afirmar positivamente la totalidad de las cosas: «Si podemos decir sí a un único momento entonces habremos dicho sí no sólo a nosotros mismos sino a la totalidad de la existencia» 

Ese sí está en el interior  a nuestra decisiones cotidianas, en nuestro trabajo, en la preocupación por la familia, en la convivencia con los colegas, los compañeros. La fiesta es el tiempo fuerte en el cual el sentido secreto de la vida es vivido incluso inconscientemente. De la fiesta salimos más fuertes para enfrentarnos a las exigencias de la vida.

La grandeza de una religión, cristiana o no, reside en gran parte en su capacidad de celebrar y de festejar a sus santos y maestros, los tiempos sagrados, las fechas fundacionales, para nosotros la Navidad es una de las Celebraciones más importantes para nuestra Fe, y de hecho, muchas personas se juntas a festejar, el 24 de diciembre y ni siquiera tienen fe, allí esta lo misterioso… es lo que en el Documento de Puebla, se hablaba de las “semillas del Verbo”…, es decir, en cada corazón que Dios ha creado, hay un anhelo de trascendencia… . 

En las fiestas cesan los interrogantes del corazón y el practicante celebra la alegría de su fe en compañía de hermanos y hermanas que comparten sus mismas convicciones, oyen la misma palabra sagrada y se sienten próximos a Dios.

Por haber perdido la alegría, gran parte de nuestra cultura no sabe festejar...

La fiesta tiene que ser preparada y solamente después celebrada. Sin esta disposición interior corre el riesgo de perder su sentido alimentador de la vida que llevamos...
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Deseándote un muy Fecundo y Bendecido 2026, sigamos compartiendo este espacio en la ESPIRITUALIDAD COTIDIANA...

Con mi cariño y oración, gracias por lo compartido!!

Marta Irigoy

domingo, 28 de diciembre de 2025

Una Familia marcada por la Fragilidad, el Desarraigo y la Obediencia Confiada

 


Escrito por Juan Berli sj

La Sagrada Familia aparece marcada por la fragilidad, el desarraigo y la obediencia confiada. 

Navidad trae consigo persecuciones tanto exteriores como interiores

Jesús no comienza su vida rodeado de seguridades, sino como otro perseguido; María y José aprenden que amar es proteger, aun cuando el camino sea incierto y doloroso. 

José escucha, discierne y actúa: se levanta de noche, huye, regresa, cambia de rumbo. Obedecer es saber interpretar lo que oímos, para buscar y hacer la voluntad de Dios.

La voluntad de Dios no se da como un plan rígido, sino como una llamada que se despliega paso a paso. Nazaret -lugar pequeño y sin prestigio- se convierte en el espacio donde Dios elige que su Hijo crezca. 

Así, la historia de la salvación se escribe en la fidelidad cotidiana de una familia que confía incluso cuando no entiende del todo.

1. ¿Qué miedos o amenazas internas o exteriores te están invitando hoy a ponerte en camino, confiando más en Dios que en tus propias seguridades?

2. ¿En qué “Nazaret” concreto de tu vida te cuesta reconocer que Dios está cumpliendo su promesa?

jueves, 25 de diciembre de 2025

Homilia de Navidad - Papa Leon IVX

 
Queridos hermanos y hermanas:

«Prorrumpan en gritos de alegría» (Is 52,9), clama el mensajero de paz a quienes encuentra entre las ruinas de una ciudad que debe ser totalmente reconstruida. Sus pies, aun llenos de polvo y heridos, son hermosos —escribe el profeta (cf. Is 52,7)— porque, a través de caminos largos y difíciles, han llevado un anuncio gozoso, en el que ahora todo renace. ¡Es un nuevo día! También nosotros participamos en este momento decisivo, en el que pareciera que aún nadie cree: la paz existe y está ya en medio de nosotros.

«Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo» (Jn 14,27); así habló Jesús a sus discípulos —a los que poco tiempo antes había lavado los pies—, mensajeros de paz que desde ese momento deberían correr por el mundo, sin cansarse, para revelar a todos el «poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12). Hoy, por tanto, no sólo nos sorprende la paz que ya hay aquí, sino que celebramos cómo nos ha sido dado este don. En el cómo, en efecto, brilla la diferencia divina que nos hace prorrumpir en cantos de alegría. Así, en todo el mundo, la Navidad es una fiesta de música y de cantos por excelencia.

También el prólogo del cuarto Evangelio es un himno y tiene por protagonista al Verbo de Dios. El “verbo” es una palabra que indica acción. Esta es una característica de la Palabra de Dios: nunca queda sin efecto. Si nos fijamos bien, también muchas de nuestras palabras producen efectos, a veces no deseados. Sí, las palabras actúan. Pero he aquí la sorpresa que la liturgia de la Navidad coloca frente a nosotros: el Verbo de Dios se manifiesta y no sabe hablar, viene a nosotros como un recién nacido que sólo llora y solloza. «Se hizo carne» (Jn 1,14) y, si bien crecerá y un día aprenderá la lengua de su pueblo, lo que ahora habla es sólo su presencia sencilla y frágil. «Carne» es la desnudez radical de quien en Belén y en el Calvario carece también de palabra; como carecen de palabra tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. La carne humana requiere cuidado, solicita acogida y reconocimiento, busca manos capaces de ternura y mentes dispuestas a la atención, desea palabras buenas.

«Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron […] les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Este es el modo paradójico en el que la paz está ya entre nosotros: el don de Dios es fascinante, busca acogida y mueve a la entrega. Nos sorprende porque nos expone al rechazo, nos atrae porque nos arrebata de la indiferencia. Llegar a ser hijos de Dios es un verdadero poder; un poder que queda enterrado mientras permanecemos indiferentes al llanto de los niños y a la fragilidad de los ancianos, al silencio impotente de las víctimas y a la melancolía resignada del que hace el mal que no quiere.

Como escribió el amado Papa Francisco, para llamarnos a la alegría del Evangelio: «A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero Jesús quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás. Espera que renunciemos a buscar esos cobertizos personales o comunitarios que nos permiten mantenernos a distancia del nudo de la tormenta humana, para que aceptemos de verdad entrar en contacto con la existencia concreta de los otros y conozcamos la fuerza de la ternura» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 270).

Queridos hermanos y hermanas, puesto que el Verbo se hizo carne, ahora la carne habla, grita el deseo divino de encontrarnos. El Verbo ha establecido su tienda frágil entre nosotros. ¿Y cómo no pensar en las tiendas de Gaza, expuestas desde hace semanas a las lluvias, al viento y al frío, y a las de tantos otros desplazados y refugiados en cada continente, o en los refugios improvisados de miles de personas sin hogar en nuestras ciudades? Frágil es la carne de las poblaciones indefensas, probadas por tantas guerras en curso o terminadas dejando escombros y heridas abiertas. Frágiles son las mentes y las vidas de los jóvenes obligados a tomar las armas que, estando en el frente, advierten la insensatez de lo que se les pide y la mentira que impregna los rimbombantes discursos de quien los manda a morir.

Cuando la fragilidad de los demás nos atraviesa el corazón, cuando el dolor ajeno hace añicos nuestras sólidas certezas, entonces ya comienza la paz. La paz de Dios nace de un sollozo acogido, de un llanto escuchado; nace entre ruinas que claman una nueva solidaridad, nace de sueños y visiones que, como profecías, invierten el curso de la historia. Sí, todo esto existe, porque Jesús es el Logos, el sentido a partir del cual todo ha sido formado. «Todas las cosas fueron hechas por medio de la Palabra y sin ella no se hizo nada de lo que existe» (Jn 1,3). Este misterio nos interpela desde los pesebres que hemos construido, nos abre los ojos a un mundo donde la Palabra todavía resuena, «en muchas ocasiones y de diversas maneras» (cf. Hb 1,1), y nos sigue llamando a la conversión.

Ciertamente, el Evangelio no esconde la resistencia de las tinieblas a la luz, describe el camino de la Palabra de Dios como un trayecto escabroso, diseminado de obstáculos. Hasta hoy, los auténticos mensajeros de paz siguen al Verbo por este camino, que finalmente alcanza los corazones; corazones inquietos, que a menudo desean precisamente aquello a lo que se resisten. De ese modo, la Navidad vuelve a motivar a una Iglesia misionera, impulsándola sobre vías que la Palabra de Dios le ha trazado. No estamos al servicio de una palabra prepotente —estas ya resuenan por todas partes— sino de una presencia que suscita el bien, que conoce su eficacia, que no se atribuye el monopolio.

Este es el camino de la misión: un camino hacia el otro. En Dios cada palabra es palabra pronunciada, es una invitación al diálogo, una palabra nunca igual a sí misma. Es la renovación que el Concilio Vaticano II ha promovido y que veremos florecer sólo si caminamos juntos con toda la humanidad, sin separarnos nunca de ella. Mundano es lo contrario: tener por centro a uno mismo. El movimiento de la Encarnación es un dinamismo de diálogo. Habrá paz cuando nuestros monólogos se interrumpan y, fecundados por la escucha, caigamos de rodillas ante la carne desnuda de los demás. La Virgen María es precisamente en esto la Madre de la Iglesia, la Estrella de la evangelización, la Reina de la paz. En ella comprendemos que nada nace del exhibicionismo de la fuerza y todo renace del silencioso poder de la vida acogida.