sábado, 13 de abril de 2013

¿Me amas más...?

Escrito por Mariola Lopez Villanueva- RSCJ-

“ Poco después, Jesús  se apareció otra vez a sus discípulos junto al lago de Tiberiades . Y nombrando a los discípulos,  poniendo de relieve el ser único y diferente de cada uno: “salieron juntos y subieron a una barca pero aquella noche no pescaron nada”. En las noches en que no pescamos nada, que son muchas, cansados de nosotros mismos; queriendo tener el valor de cambiar, echando sin esperanza las redes porque nos puede lo que ya sabemos de nosotros y de los demás, lo que creemos acaba casi siempre pasando...Y es ahí precisamente, en esas noches del mundo y de nuestra vida donde Él viene por donde menos lo esperamos. “Al clarear el día se presentó en la orilla del lago, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él” .

Se acerca a nosotros  preguntando, no imponiendo, ofreciendo, sugiriendo. Se acerca como un pobre, se acerca sin avisarnos para decirnos que tiene hambre de nuestras vidas: “ muchachos, ¿tienen algo que comer?”. Pero ¿no es él el único alimento que puede saciar definitivamente el hambre desmedida de nuestro corazón? ¿Cómo siendo el Dador nos pide? Es su manera de hacerse presente, haciéndonos valiosos para él, pidiéndonos  a nosotros.

“ Les dijo: echan la red al lado derecho de la barca y encontraran. Ellos la echaron, y la red se lleno de tal cantidad de peces que no podían moverla”. Entonces, fiados de su Palabra, nos viene esa sobreabundancia por la que le reconocemos, lo descubre  primero el que se ha dejado querer más:  “¡ Es el Señor !”. El  que abre la noche  y aguarda discreto para servirnos a la mesa. “ Al saltar a tierra, vieron unas brasas con peces colocados sobre ellas y pan. Jesús les dijo:  traigan ahora alguno de los peces que han pescado y vengan a comer”

Y ya no necesitan preguntarle quién es. Después nos hará aquella pregunta que realmente le interesa: “¿me amas más que estos? ”. Nos insiste tantas veces como las que nosotros nos olvidamos de él. “¿Me amas?”, le preguntará tres veces a Pedro para sanar sus heridas, para poner misericordia y gozo en el espacio donde había crecido la culpabilidad. El pecado no tiene historia, el amor de Dios en nuestra vida sí. En realidad le está  diciendo a Pedro: “déjate amar hasta el fondo, para que mi amor te cruce y te estalle ante cada rostro. Déjate amar para que puedas, como el Único Pastor Bueno, amar a las menos amadas: fortalecer a las débiles, curar a las enfermas, vendar a las heridas, recoger las descarriadas. No dejar que se pierdan sin salir a buscarlas, cuidarlas para que no sean presa de las fieras salvajes, que no vaguen sin rumbo y sin sentido” (Cf Ez 34). Es el Señor mismo el que sigue su rastro para liberarlas y le dice a Pedro, y a nosotros, “sé para ellas lo que yo he sido para ti. Quiérelas con un amor de madre”, que es un amor que va a dolernos...

 Tú lo sabes todo, Señor, tu sabes que pobre y apasionadamente queremos amarte. ¿A quién vamos a ir? Tu eres el Señor de las noches en que no pescamos nada, el Señor de las preguntas, el que nos abres a un futuro sorprendente desde cualquier situación. El Jardinero, el Desconocido herido, el Mendigo que nos pone en movimiento y nos lanza hacia los otros; regalándonos el contento y el gusto de existir.

El dinamismo de esta energía de vida imparable que atraviesa la historia se llama Resurrección. Se prendió el fuego que anhela arder en el Corazón del Mundo               (Lc 12, 49). Dejémonos quemar sin miedo, en él están nuestra alegría y nuestra paz..



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