domingo, 15 de febrero de 2026

Los Mandamientos son Leyes del Corazón...

Escrito por la hermana Joan Chittister . OSB, -de su Libro: Los diez Mandamientos-

La hermana Joan, se pregunta y se responde ante la novedad que hoy tienen los Diez Mandamientos:

¿Qué son los Diez Mandamientos y que significan para nosotros ahora, en un mundo en el que judíos, cristianos y musulmanes afirman, todos ellos, aceptar a Moisés y las Tablas del Sinaí como fundamento de su ley, por mas leyes distintas que queramos añadirles?

Si somos verdaderamente personas –cultural, política y socialmente- imbuidas de los Diez Mandamientos y pretendemos preservarlos como fundamento de nuestra civilización, ¿Qué significa eso para nosotros aquí y ahora? ¿Son acaso los principios vitales que dichos mandamientos nos proporcionan un verdadero impulso vivo para nosotros o meras reliquias de épocas pasadas que se han convertido en una especie de fetiche cultural, en algo que nos  distingue quizá del mundo religioso circundante, pero que apenas tiene incidencia alguna en nuestra vida personal o pública?

¿Hay en ellos algo por lo que merezca la pena interesarse o son, quizá, meros productos de un mundo pasado?, ¿son en verdad un criterio válido para nuestra vida?; ¿Qué medida dan de nosotros y a quien le importa? 

Estas leyes, que encarnaban para ellos los deseos de Dios, hicieron de ellos una sociedad única por su adhesión, no a las leyes de Moisés –sometidas a cambio por cualquier gobernante posterior-, sino a la ley de Dios. Esas leyes no emanaban del capricho humano; eran irrevocables e inmodificables y debían estas escritas en la mente y en el corazón de la comunidad hebrea por los siglos de los siglos.

El otorgamiento de los Diez Mandamientos puede verse al instante como algo único. Estas leyes, destinadas a ser principios morales por los que vivir, mas que prescripciones minuciosamente definidas que hubiera que seguir, tenían la finalidad inequívoca de configurar un modo de vivir, un estilo de vida, una actitud mental, un espíritu de comunidad humana, un pueblo.

La cuestión es que los Diez Mandamientos son leyes del corazón, no del Estado; son leyes que pretenden llevar a la plenitud de la vida, no simplemente a una vida bien ordenada.                                                       
Aristóteles insiste en que la vida perfecta es aquella en la que contemplamos las cosas mejores y mas valiosas, las cosas de mayor merito. La vida perfecta –dice Aristóteles- nos compromete a dedicarnos a aquello sobre lo que merece la pena pensar. Los Diez Mandamientos nos dicen sobre que merece la pena pensar en la vida.                                        

Se trata de las cosas que son mas importantes que la mecánica transitoria del día a día; se trata de las cosas que perduran, que se convierten en el sustrato espiritual en que reposa nuestra vida, las cosas que acaban formando el camino que conduce a plenitud desde la pequeñez de los mayores empeños humanos.             

Se trata, no tanto de nuevas leyes, cuando de una nueva visión de lo que significa ser una comunidad humana, un pueblo de Dios. A Moisés –dice la Escritura- se le ordena posponer la promulgación de la ley hasta que el pueblo judío haya llegado finalmente a la Tierra Prometida, hasta que esté listo, al fin, para instalarse y comenzar un modo de vida completamente nuevo.

Puede que lo mas significativo de todo sea que las Tablas del Sinaí son denominadas “mandamientos” una sola vez en toda la Escritura, los Diez Mandamientos son mencionados como el Decálogo: las “diez palabras”. Es el Decálogo –esas diez palabras- lo que a lo largo de los años se desarrollo en diez ideas o conceptos o ideales o propuestas que hicieron de las doce tribus de Israel un tipo distinto de “pueblo”.         Son palabras acerca de la alabanza,  la responsabilidad humana, la justicia,  la creación, el valor de la vida, la naturaleza de las relaciones, la honradez, la veracidad, el deseo y la sencillez de vida.                                                                                                                               
Escritas en segunda persona del singular del futuro, las “palabras” están destinadas a ser todo un nuevo modo de enfocar la vida para todos nosotros. Esta vez se nos ha dicho, no lo que el rey espera, sino lo que espera Dios, y cada uno de nosotros es responsable de adecuar a ello su propia vida.            
Los  Diez Mandamientos son, pues, una aventura del crecimiento humano. No somos tanto condenados cuanto trasformados por ellos.       

sábado, 14 de febrero de 2026

Primer Mensaje de Cuaresma del Papa Leon XIV - 2026-

Queridos hermanos y hermanas:

La Cuaresma es el tiempo en el que la Iglesia, con solicitud maternal, nos invita a poner de nuevo el misterio de Dios en el centro de nuestra vida, para que nuestra fe recobre su impulso y el corazón no se disperse entre las inquietudes y distracciones cotidianas.

Todo camino de conversión comienza cuando nos dejamos alcanzar por la Palabra y la acogemos con docilidad de espíritu. Existe, por tanto, un vínculo entre el don de la Palabra de Dios, el espacio de hospitalidad que le ofrecemos y la transformación que ella realiza. Por eso, el itinerario cuaresmal se convierte en una ocasión propicia para escuchar la voz del Señor y renovar la decisión de seguir a Cristo, recorriendo con Él el camino que sube a Jerusalén, donde se cumple el misterio de su pasión, muerte y resurrección.

Escuchar

Este año me gustaría llamar la atención, en primer lugar, sobre la importancia de dar espacio a la Palabra a través de la escucha, ya que la disposición a escuchar es el primer signo con el que se manifiesta el deseo de entrar en relación con el otro.

Dios mismo, al revelarse a Moisés desde la zarza ardiente, muestra que la escucha es un rasgo distintivo de su ser: «Yo he visto la opresión de mi pueblo, que está en Egipto, y he oído los gritos de dolor» (Ex 3,7). La escucha del clamor de los oprimidos es el comienzo de una historia de liberación, en la que el Señor involucra también a Moisés, enviándolo a abrir un camino de salvación para sus hijos reducidos a la esclavitud.

Es un Dios que nos atrae, que hoy también nos conmueve con los pensamientos que hacen vibrar su corazón. Por eso, la escucha de la Palabra en la liturgia nos educa para una escucha más verdadera de la realidad.

Entre las muchas voces que atraviesan nuestra vida personal y social, las Sagradas Escrituras nos hacen capaces de reconocer la voz que clama desde el sufrimiento y la injusticia, para que no quede sin respuesta. Entrar en esta disposición interior de receptividad significa dejarnos instruir hoy por Dios para escuchar como Él, hasta reconocer que “la condición de los pobres representa un grito que, en la historia de la humanidad, interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia”.

Ayunar

Si la Cuaresma es tiempo de escucha, el ayuno constituye una práctica concreta que dispone a la acogida de la Palabra de Dios. La abstinencia de alimento, en efecto, es un ejercicio ascético antiquísimo e insustituible en el camino de la conversión. Precisamente porque implica al cuerpo, hace más evidente aquello de lo que tenemos “hambre” y lo que consideramos esencial para nuestro sustento.

Sirve, por tanto, para discernir y ordenar los “apetitos”, para mantener despierta el hambre y la sed de justicia, sustrayéndola de la resignación, educarla para que se convierta en oración y responsabilidad hacia el prójimo.

San Agustín, con sutileza espiritual, deja entrever la tensión entre el tiempo presente y la realización futura que atraviesa este cuidado del corazón, cuando observa que: “es propio de los hombres mortales tener hambre y sed de la justicia, así como estar repletos de la justicia es propio de la otra vida.

De este pan, de este alimento, están repletos los ángeles; en cambio, los hombres, mientras tienen hambre, se ensanchan; mientras se ensanchan, son dilatados; mientras son dilatados, se hacen capaces; y, hechos capaces, en su momento serán repletos”.

El ayuno, entendido en este sentido, nos permite no sólo disciplinar el deseo, purificarlo y hacerlo más libre, sino también expandirlo, de modo que se dirija a Dios y se oriente hacia el bien.

Sin embargo, para que el ayuno conserve su verdad evangélica y evite la tentación de enorgullecer el corazón, debe vivirse siempre con fe y humildad. Exige permanecer arraigado en la comunión con el Señor, porque «no ayuna de verdad quien no sabe alimentarse de la Palabra de Dios”.

En cuanto signo visible de nuestro compromiso interior de alejarnos, con la ayuda de la gracia, del pecado y del mal, el ayuno debe incluir también otras formas de privación destinadas a hacernos adquirir un estilo de vida más sobrio, ya que “sólo la austeridad hace fuerte y auténtica la vida cristiana”.

Por eso, me gustaría invitarles a una forma de abstinencia muy concreta y a menudo poco apreciada, es decir, la de abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo.

Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz.

Juntos

Por último, la Cuaresma pone de relieve la dimensión comunitaria de la escucha de la Palabra y de la práctica del ayuno. También la Escritura subraya este aspecto de muchas maneras. Por ejemplo, cuando narra en el libro de Nehemías que el pueblo se reunió para escuchar la lectura pública del libro de la Ley y, practicando el ayuno, se dispuso a la confesión de fe y a la adoración, con el fin de renovar la alianza con Dios (cf. Ne 9,1-3).

Del mismo modo, nuestras parroquias, familias, grupos eclesiales y comunidades religiosas están llamados a realizar en Cuaresma un camino compartido, en el que la escucha de la Palabra de Dios, así como del clamor de los pobres y de la tierra, se convierta en forma de vida común, y elayuno sostenga un arrepentimiento real.

En este horizonte, la conversión no sólo concierne a la conciencia del individuo, sino también al estilo de las relaciones, a la calidad del diálogo, a la capacidad de dejarse interpelar por la realidad y de reconocer lo que realmente orienta el deseo, tanto en nuestras comunidades eclesiales como en la humanidad sedienta de justicia y reconciliación.

Queridos hermanos, pidamos la gracia de vivir una Cuaresma que haga más atento nuestro oído a Dios y a los más necesitados. Pidamos la fuerza de un ayuno que alcance también a la lengua, para que disminuyan las palabras que hieren y crezca el espacio para la voz de los demás. Y comprometámonos para que nuestras comunidades se conviertan en lugares donde el grito de los que sufren encuentre acogida y la escucha genere caminos de liberación, haciéndonos más dispuestos y diligentes para contribuir a edificar la civilización del amor.

Los bendigo de corazón a todos ustedes, y a su camino cuaresmal.

Vaticano, 5 de febrero de 2026, memoria de santa Águeda, virgen y mártir

León XIV PP


sábado, 7 de febrero de 2026

Tanto la Sal como la Luz son Imagenes de un "DON"

 

Escrito por Giancarlo Pani

Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿cómo podrá recobrarlo? Ya no sirve para nada, sino solo para tirarla y para que la pise la gente. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad construida sobre una montaña. Tampoco se enciende una lámpara y se pone bajo un cajón, sino sobre el candelero para que alumbre a todos los que están en la casa. Del mismo modo brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos (Mt 5,13-16).

«Ustedes son la sal… la luz»: estos versículos están en el corazón del Sermón de la montaña y se vinculan con la bienaventuranza precedente sobre los perseguidos: «Dichosos serán cuando los insulten, los persigan y, mintiendo, digan toda clase de mal contra ustedes por mi causa» (Mt 5,11). El «ustedes» se refiere a los perseguidos y define su identidad: el discípulo perseguido es «sal de la tierra y luz del mundo». El desarrollo que sigue a las Bienaventuranzas revela la característica del testimonio cristiano, que es a la vez «sal», escondida pero bien reconocible, y «luz», manifiesta y claramente resplandeciente.

Tanto la sal como la luz son imágenes de un «don»: la sal penetra en los alimentos, da sabor y gusto, pero no se ve, desaparece en los platos. Tiene además la característica de no uniformar los sabores de los alimentos, sino de identificarlos y exaltarlos. Es el signo de un don que, al darse, se anula, pero no desaparece: vive de una vida nueva, «donada». Así, el cristiano debe ser «don». Jesús añade: «son la sal de la tierra», es decir, el cristiano es el sabor del mundo.

También la luz es signo de un don: ilumina todo, envuelve cada cosa sin distinción ni prejuicios; hace brillar los colores de las cosas, los resalta, hace emerger sus características; se hace una sola cosa con ellas y no existe sin ellas. La luz es asimismo signo de alegría y hace gozar. Así debería ser el cristiano en la vida cotidiana: signo de luz y de gozo. 

La sal tiene una segunda característica: preserva de la corrupción; es uno de los descubrimientos más antiguos del ser humano para conservar los alimentos. Esto indica que la sal es fiel a sí misma: no puede perder su sabor, porque la sal que no tiene sabor no tiene sentido, ya no es sal; del mismo modo, el discípulo que no puede dar sabor al mundo en el que vive ha perdido todo sentido, ha extraviado su identidad. La ha perdido de manera absoluta, como criatura, no solo como discípulo. El punto es que una cosa radicalmente privada de sentido es irreal: una conexión que Jesús no niega, pero de la que no habla. Él habla de la única pérdida radical y originaria de sentido. El otro aspecto permanece en penumbra, pero conserva todo su peso, que consiste en agravar el absurdo de esa pérdida de sentido.

En esta línea, la sal es también símbolo de sabiduría, de gusto por la vida, de amistad, de experiencia viva que se comunica a los demás.

En el Evangelio, la luz es el signo de Cristo: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). El evangelista Mateo ve a Jesús como la luz que surge para quienes están en las tinieblas y en la sombra de muerte (cf. Mt 4,12-17). Iluminados por el Señor, nosotros llegamos a ser a nuestra vez luz para otros.

«Brille la luz de ustedes delante de los demás, para que, viendo sus buenas obras, den gloria al Padre que está en los cielos»: esta es la vocación del cristiano, su testimonio, su vida. Nuestras buenas obras son de ayuda a los hermanos, porque en nuestra vida fraterna se percibe el signo de la fidelidad al Señor, y eso glorifica a Dios.

martes, 3 de febrero de 2026

Bienaventuranzas: Una Pedagogia de lo Pequeño...

Escrito por Pedro Huerta

Hay una pedagogía de lo pequeño. Una escuela humilde donde los márgenes y la fragilidad no son un fallo del sistema, sino el método mismo para aprender a vivir. En lo débil —en todo eso que solemos despreciar, ocultar o maquillar— se nos abren posibilidades para la receptividad, en lugar de espacios de egocentrismo, autosuficiencia y falsa seguridad. Lo pequeño nos baja del pedestal y nos vuelve porosos. Y solo lo poroso puede ser habitado.

Dios no se equivoca al elegir a los frágiles. Es su modo de revelar que la salvación no se conquista, se recibe, se acoge. No se exhibe, se susurra. Lo contrario de la autoafirmación no es la derrota, sino la apertura. Y esa apertura —siempre incómoda y vulnerable— es la puerta por la que entra la gracia.

Quizá lo que más nos aleja de Dios no es el pecado, sino la sensación de que ya estamos bien. El anestésico de la autosuficiencia nos separa más que la herida. La herida duele, pero nos deja expuestos. El «estar bien», confundido tantas veces con la felicidad, nos encierra y endurece, nos vuelve impermeables a todo lo que no controlamos. Byung-Chul Han dice: «La sociedad del rendimiento produce sujetos agotados, incapaces de abrirse al otro». Donde todo funciona, nada acontece.

La propuesta de bienaventuranza del Evangelio no pregona resignación ni alienación. Es, más bien, un anuncio de consuelo y fortaleza en medio de la adversidad. No viene a legitimar estructuras injustas, sino a sostener a quienes, desde dentro de ellas, trabajan para transformarlas. Nunca serán realmente felices los que observan la vida desde la barrera, sino los que actúan y arriesgan, los que se exponen y se dejan afectar.

La felicidad de lo pequeño no es una promesa de tranquilidad ni de éxito. Significa algo mucho más profundo: tu vida, incluso en la incertidumbre, tiene sentido. Es una quiebra de la tiranía del bienestar obligatorio. No todo está bien, ciertamente, pero no todo está perdido. Es una promesa que sostiene el paso cuando el suelo tiembla bajo nuestros pies.

Jesús no promete una vida fácil. Promete que ninguna herida vivida con Él es inútil. Que ninguna lágrima se desperdicia. Que ninguna lucha se queda estéril. Que el fracaso no es el desenlace, sino una tierra donde la buena noticia germina a ras de suelo.

Las Bienaventuranzas, como pedagogía de lo pequeño, no son una escalera de virtudes para alcanzar el cielo, sino la fotografía del lugar donde Dios ya está. Tal vez por eso nos incomodan tanto: porque nos invita a bajar, justo allí donde Dios decidió quedarse.

Bajar no es romantizar el dolor, es habitarlo sin fingir.

No es amar la pobreza, sino amar a quienes la padecen.

No es glorificar la persecución, sino acompañar a los que son apartados y silenciados.

Bajar es desandar la carrera hacia el prestigio para descubrir el rostro de Dios en los rostros que no brillan.

Dice Pablo a los corintios: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar el poder» (1 Cor 1,27). No se trata de despreciar los dones, sino de despintar el ego. De renunciar a la ficción del control. De vivir a la intemperie, donde los elementos contrarios dejan de ser enemigos y se convierten en memoria.

Tal vez la pregunta no sea si somos felices, sino si nuestra vida está siendo vivida con sentido. La felicidad sin sentido es como una gaseosa: nos ofrece un estallido inmediato y nos anestesia para el camino. Pero es precisamente en el camino de nuestra vida —con su polvo y su cansancio— donde ocurren los milagros: lo pequeño se vuelve semilla; lo débil, signo; lo que falta, lugar de encuentro.

«Lo débil del mundo…» no es derrota, es estrategia de Dios.

Una pedagogía que nos desarma para poder abrazarnos.

Un descenso que nos hermana.

La audacia de vivir sin refugio, de encontrar el lugar exacto de nuestra vida donde Dios ha decidido acampar.

Y si nos perdemos, ese es el punto de encuentro...


domingo, 1 de febrero de 2026

Las Bienaventuranzas, nos presentan el Rostro de la Persona que se Convierte en Radicalmente Humana, Amiga, Hermana...

Fuente: Centro de Espiritualidad y Pastoral - Venezuela-

Es muy consoladora, la invitación a reflexionar en lo que fundamenta la auténtica felicidad, para que lleguemos a ser hombres y mujeres apasionados por la vida, con alegría, forjadores de esperanza. Personas que sabemos estar al lado del que sufre y celebrar con los que están contentos.

El evangelio de Mateo (5, 1-12) presenta el rostro de la persona que se convierte en radicalmente humana, amiga, hermana. Una persona que no vive para sí ni se repliega sobre sus propios intereses, sino que está empeñada en crear fraternidad. Por eso comienza diciendo este evangelio: felices los pobres que tienen espíritu: a ellos les pertenece el cielo. Nunca serán pobres. De su corazón, su mente y sus manos, siempre saldrá la vida.

Hacerse radicalmente humano requiere fe, confianza, apuesta, generosidad. Jesús ha mostrado el modo de lograrlo, abajándose hasta la indigencia humana para levantarla a la dignidad y a la comunión. Las bienaventuranzas son la ruta. Por ello nos invitan a comenzar por erradicar el sutil egoísmo que manipula la vida, incluso lo sagrado, convirtiendo en el pedestal la propia autoafirmación y complacencia. 

Ser humano a plenitud equivale a ser compasivo, misericordioso. Una compasión y misericordia que se convierte en la fuerza interior que mueve a los hombres y mujeres que tienen espíritu. Jesús les llamará dichosos, porque se han hecho libres de sí mismos y por eso liberan a otros. No viven de modo pasivo sino con una actividad que recrea la tierra.

No es fácil actuar distinto a lo que manda el comercio, la moda o la propaganda. Incluso, no es fácil actuar con generosidad en ambientes donde predominan los intereses propios. Sin embargo, hay quienes descubren la felicidad que produce devolver la dignidad al pobre, saciar el hambre de pan al necesitado, atender con la propia ternura al que sufre, al enfermo, al triste. Más aún, hay quienes mantienen su compromiso de construir la justicia y la paz.

El que quiera ser feliz ha de salir de sí mismo, renunciando a convertirse en el centro o el importante, y renunciando también a instrumentalizar a las personas y al abuso del poder. Lo propio del amor y de la felicidad consiste en vivir libres, incluso de sí mismo, para hacer partícipes a los demás de lo que uno es y posee.

Bienaventurado significa la máxima expresión de la bendición de Dios. Será bienaventurado o feliz, quien venza las barreras que impiden crecer en unión y se lance al encuentro auténtico con los demás. Será feliz quien tenga la libertad de salvar siempre al otro antes que a sus propias convicciones, ideologías o puntos de vista. Así podrá experimentar la dicha de asemejarse a Jesús.

Te invito a terminar con esta poesía:
Seremos Felices:

Si avivamos el espíritu que nos hace vencer las barreras que impiden la alegría, la ternura, la bondad, la amistad, la solidaridad, 
la esperanza y la paz.

Si rompemos nuestra comodidad, y nos comprometemos con los marginados, los enfermos y los tristes, poniendo a su disposición cuanto somos y tenemos.

Si nos atrevemos a ir contra corriente, por estar junto a la gente, sin miedo, sin desconfianza, con libertad y audacia para salvar a la persona antes que a nuestras convicciones y puntos de vista.

Si nos situamos allí donde nuestra finalidad no sea ganar más, sino servir mejor, haciéndonos solidarios de los que son más frágiles o tienen menos oportunidades.

Si sobrepasamos las barreras deshumanizadoras, haciéndonos cercanos a mujeres y hombres de cualquier raza, ideología, religión, lengua, cultura o condición social.

Si creemos en la locura de cambiar este mundo de guerras, violencias, desigualdades e injusticias por una nueva humanidad.
 (G.A)

domingo, 25 de enero de 2026

24 Pequeñas Maneras de Amar


Autor desconocido

Cuando a la gente se la habla de que “hay que amarse los unos a los otros” son muchos los que se te quedan mirando y te preguntan: ¿y amar, qué es: un calorcillo en el corazón? ¿Cómo se hace eso de amar, sobre todo cuando se trata de desconocidos o semiconocidos? ¿Amar son, tal vez, solamente algunos impresionantes gestos heroicos? Un amigo mío, Amado Sáez de Ibarra, publicó hace muchos años un folleto que se titulaba “El arte de amar” y en él ofrecía una serie de pequeños gestos de amor, de esos que seguramente no cambian el mundo, pero que, por un lado, lo hacen más vividero y, por otro, estiran el corazón de quien los hace.

Siguiendo su ejemplo voy a ofrecer aquí una lista de 24 pequeñas maneras de amar:

 -Aprenderse los nombres de la gente que trabaja con nosotros o de los que nos cruzamos en el ascensor y tratarles luego por su nombre.

– Estudiar los gustos ajenos y tratar de complacerles.

– Pensar, por principio, bien de todo el mundo.

– Tener la manía de hacer el bien, sobre todo a los que no se la merecerían teóricamente.

– Sonreír. Sonreír a todas horas. Con ganas o sin ellas.

– Multiplicar el saludo, incluso a los semiconocidos.

– Visitar a los enfermos, sobre todo sin son crónicos.

– Prestar libros aunque te pierdan alguno. Devolverlos tú.

– Hacer favores. Y concederlos antes de que terminen de pedírtelos.

– Olvidar ofensas. Y sonreír especialmente a los ofensores.

– Aguantar a los pesados. No poner cara de vinagre escuchándolos.

– Tratar con antipáticos. Conversar con los sordos sin ponerte nervioso.

– Contestar, si te es posible, a todas las cartas.

– Entretener a los niños chiquitines. No pensar que con ellos pierdes el tiempo.

– Animar a los viejos. No engañarles como chiquillos, pero subrayar todo lo positivo que encuentres en ellos.

– Recordar las fechas de los santos y cumpleaños de los conocidos y amigos.

– Hacer regalos muy pequeños, que demuestren el cariño pero no crean obligación de ser compensados con otro regalo.

– Acudir puntualmente a las citas, aunque tengas que esperar tú.

– Contarle a la gente cosas buenas que alguien ha dicho de ellos.

– Dar buenas noticias.

– No contradecir por sistema a todos los que hablan con nosotros.

– Exponer nuestras razones en las discusiones, pero sin tratar de aplastar.

– Mandar con tono suave. No gritar nunca.

– Corregir de modo que se note que te duele el hacerlo.

La lista podría ser interminable y los ejemplos similares infinitos. Y ya sé que son minucias. Pero con muchos millones de pequeñas minucias como éstas el mundo se haría más habitable.

viernes, 23 de enero de 2026

El Reino de los Cielos está "Aquí "

 

Escrito por Giancarlo Pani

"El anuncio parece retomar el del Bautista: «El Reino de los cielos está cerca [literalmente: está aquí]». Por eso: «¡Conviértanse!». El gran “esfuerzo” de Dios en Jesús es convertirnos a Él. La palabra del Evangelio se dirige desde siempre a nosotros y espera una respuesta que tarda en llegar, aunque sea la expresión más bella de nuestra libertad. Es la respuesta de quien busca la verdad, de quien no se conforma con soluciones de segunda mano o superficiales, sino que quiere ser responsable de sus propias decisiones.


Jesús camina a lo largo del mar de Galilea y llama a algunos a seguirlo. Es la vocación de los primeros discípulos: Pedro y Andrés, Santiago y Juan. ¿Cuándo sucede la llamada? ¿Dónde ocurre? Parece que acontece casi por casualidad…

 Ciertamente tiene lugar en el momento más común del día: estaban remendando las redes, pues eran pescadores. Es el trabajo de todos los días, el trabajo monótono y tedioso, la cotidianeidad más gris; y sin embargo es allí donde Jesús llama. Ninguna epifanía, ningún hecho espectacular; ni siquiera estaban en oración: ¡estaban trabajando! «Vengan conmigo y los haré pescadores de hombres». Así sucede la llamada a la vida cristiana: Jesús pasa cuando menos se lo espera y llama a seguirlo. «Los haré pescadores de hombres»: para Jesús, llamar y hacer son la misma cosa. Hay, sin embargo, una novedad en el trabajo. Antes pescaban peces y, al capturarlos, los hacían morir; ahora pescan a los hombres del abismo y los hacen vivir. La llamada es seguimiento, para que los discípulos hagan lo que hace Jesús: vivir para los hermanos.

Dos veces se subraya el modo de la respuesta: «De inmediato [vv. 20. 22] lo siguieron». Y también se dice que dejaron la barca, las redes, al padre, la casa, todo. Es un «inmediatamente» que revela también decisión y alegría. Ciertamente es el instante de un comienzo que puede conocer incertidumbres, vacilaciones, quizá infidelidades, conflictos… pero en el fondo uno decide porque ha encontrado un valor, un sentido más grande para su propia vida, algo que buscaba y no lograba encontrar. Y se decide también gracias al atractivo indescriptible que, evidentemente, emana de la persona de Jesús, de su manera inusual y atrayente de presentarse y de proponer.

Resulta interesante la llamada de dos en dos: y son hermanos. El Señor llama a la fraternidad y pide dar testimonio de ser hermanos. Puesto que, como hijos del Padre, somos hermanos: esa es nuestra dignidad. Más tarde Jesús dirá: «donde dos o tres se reúnen en mi nombre, yo estoy allí en medio de ellos» (Mt 18,20). Es la comunidad que nace y se convierte en "Iglesia"

sábado, 17 de enero de 2026

El Evangelio se Escribe con los Pies


Escrito por Clemente Sobrado

Es posible que a muchos les pueda parecer extraño este título de que “El Evangelio se escribe con los pies”.
Es que estamos acostumbrados a que todo se escribe con la cabeza y el bolígrafo o la pluma.
Un Evangelio escrito con ideas.
Y sin embargo, el Evangelio comenzó a escribirse con los pies.
El primer Evangelio, el que vivió Jesús y el que vivieron sus primeros seguidores no fue un Evangelio escrito en los libros sino escrito en la vida.
Jesús escribe con los pies.
El Evangelio de hoy nos habla de cómo Juan se fijó en Jesús que pasaba. No dice de dónde venía ni a donde iba. Sencillamente es el Jesús que pasaba, caminando sobre las arenas calientes del desierto, y ese era el “Cordero de Dios”. El primer reconocimiento de Jesús como el Salvador. Y la primera manera de revelarse Jesús como el Cordero de Dios.

Jesús no se reveló escribiendo libros ni escribiendo el Evangelio. Felizmente no sabemos si sabía escribir. Felizmente Jesús no nos dejó nada escrito. Todo lo que escribió lo hizo caminando entre los hombres, viviendo entre los hombres y para los hombres. Lo que sí sabemos es que su vida se manifestaba en su caminar por la vida. Jesús primero se revela a través de sus pies de caminante, “fijándose en Jesús que pasaba”. Es ahí dónde Juan lo reconoce. En el “que pasaba”, en el que “caminaba”.
No es un Evangelio de ideas frías y de laboratorio.
No es un Evangelio plasmado en las páginas de un libro.
Es el Evangelio escrito con los pies sobre las arenas del camino.
Es el Evangelio escrito en una vida que ni siquiera dice nada.
Es el Evangelio del “que pasa”, del que camina.
Es el Evangelio del que “está ahí” y cuya vida sorprende y llama la atención.
El primer Evangelio de los seguidores de Jesús
Y lo curioso es que el primer Evangelio que leen sus seguidores es precisamente el Evangelio del que pasa.
Y los dos primeros discípulos que encuentran a Jesús comienzan también a escribir el Evangelio de los hombres, el Evangelio de los seguidores poniéndose en camino.
“Los dos discípulos oyeron las palabras de Juan y le siguieron a Jesús”.
Ahí comenzamos los hombres a escribir el Evangelio del seguimiento.
Un Evangelio escrito también con los pies. “Le siguieron”.
Y es ahí donde comienza el Evangelio del primer encuentro de Jesús con los hombres y de éstos con Jesús.
Es el Evangelio de los “pies”, es el Evangelio “del camino”.

“Al ver que le seguían”. No al ver que estaban sentados sino al ver que también ellos comienzan y se deciden a caminar. Ese el Evangelio de Dios a los hombres y de los hombres con Dios: “Evangelios de caminantes, Evangelio del camino”.

No se escribe el Evangelio acodándonos en nuestras hamacas, sino poniéndonos en camino, haciéndonos caminantes con el Caminante.
Porque es ahí donde, caminando, que Jesús entabla su primer diálogo con los hombres: “¿Qué buscáis?”

“Maestro, ¿dónde vives?” Es el Evangelio del que busca, del que quiere saber dónde encontrar y compartir la vida con Jesús. Y es el Evangelio de la respuesta de Dios: “Venid y lo veréis”.
Dios en camino.
Los hombres en camino.
Dios y los hombres al encuentro.
Y al final, el primer capítulo del Evangelio se escribe en “ver dónde vive Dios y quedarse con él aquel día”.

Es el Evangelio en que Dios pregunta “qué buscamos”.
Es el Evangelio en el que los hombres preguntan “dónde estás, dónde vives”.
Es el Evangelio donde, por primera vez, hombres y Dios comparten juntos un mismo día: “y se quedaron con él aquel día”.

Un Evangelio que comienza con un Dios que “pasa”.
Un Evangelio que comienza con unos hombres que “le siguen”.
Un Evangelio que comienza con la búsqueda de Dios.
Un Evangelio que comienza con el quedarse los hombres compartiendo con Dios.

Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio en los libros.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio de los caminos.
Estamos demasiado habituados a leer el Evangelio escrito.
Estamos poco habituados a leer el Evangelio escrito con los pies.
Estamos demasiado habituados a hablar del Evangelio con palabras.
Y es preciso que aprendamos a hablar del Evangelio escrito con nuestros pies.
El Evangelio del Dios que camina hacia los hombres.
El Evangelio de los hombres que caminan hacia Dios.
El Evangelio de los hombres que buscan donde está Dios.
El Evangelio de los hombres que son capaces de vivir con Dios una tarde.
Es el Evangelio escrito no en papel sino “en los caminos”.
Es el Evangelio escrito no con las manos sino con los “pies de caminante”.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia los hombres, para encontrarnos con Dios.
Es el Evangelio que nos pone en camino hacia Dios, para encontrarnos con los hombres. “Hemos encontrado al Mesías”. Y se abre la deuda de los caminantes: “Andrés y Juan eran los que oyeron a Juan y siguieron a Jesús”. Y Andrés y Juan son los primeros en anunciar a Simón la buena noticia del Mesías.

sábado, 10 de enero de 2026

Bautismo del Señor


Escrito por Hermann Rodríguez Osorio, SJ*

Después de haber pasado treinta años de su vida en el anonimato de Nazaret, dedicado a los trabajos ordinarios y sencillos de una vida campesina, Jesús decidió un día, dejar atrás sus pequeñas seguridades y ponerse en camino hacia el sur, junto al río Jordán, donde Juan estaba bautizando. 

Se despidió de los suyos y se lanzó a una aventura de la cual no regresaría más. Tomó una decisión que resultó ser trascendental para su vida y para la nuestra. Por eso, vale la pena preguntarse ¿Qué fue lo que llevó a Jesús a tomar esta decisión? ¿Qué esperaba encontrar con el bautismo de Juan? ¿Cuáles fueron los sentimientos que lo acompañaron durante este recorrido de más de cien kilómetros desde Nazaret hasta el lugar donde recibió su bautismo? ¿Fue un viaje solitario o lo hizo en compañía de algunos amigos y amigas que también buscaban lo mismo?

Seguramente a Nazaret llegaron las noticias de lo que Juan el Bautista estaba haciendo en un recodo del río Jordán, cerca de Betabara: Invitaba a los pecadores a cambiar de vida, a preparar los caminos del Señor. La llegada del Mesías era algo que todos los israelitas habían esperado con impaciencia durante muchos años. Todos esperaban al Ungido de Dios que liberaría a Israel de la dominación romana y les devolvería la libertad. Haría de ellos una gran nación. Los guiaría en la construcción de una sociedad que fuera sólo de Dios. Muchos de los estudiosos de la Biblia se preguntan si Jesús tenía en este momento de su vida una conciencia plena de su misión, o si la fue descubriendo poco a poco, a través de los mismos acontecimientos históricos que siguieron, a partir de esta decisión. 

Todos nosotros, en un momento u otro de nuestra vida, sentimos la llamada a reorientar nuestro camino. Tuvimos que tomar la decisión de dejar atrás los espacios y las personas conocidas que formaban nuestro entorno vital. Dirigimos nuestros pasos hacia rumbos desconocidos, sobre los cuales no estábamos totalmente seguros. Nos aventuramos a establecer nuevas relaciones, nuevas prácticas, nuevas formas de comunicación con nuestro entorno, nuevas formas de pensar la misma realidad.

Caminamos hacia lo desconocido confiados en la promesa y en la fidelidad de Dios. Por Él y en Él, nos fuimos a descubrir nuevos horizontes. De la mano de Dios también salió Jesús de Nazaret y fue a bautizarse junto con todos los pecadores y pecadoras de su tiempo, que acudían a recibir el baño regenerador del bautismo de Juan.

Ver a Jesús dirigirse hacia lo desconocido, confiado solamente en la cercanía de su Padre Dios, nos anima a emprender también un camino nuevo cada día, con la confianza de que Dios nos acompañará y repetirá de nuevo lo que el mismo Jesús escuchó en el Jordán: “Este es mi hijo amado, a quien he elegido".



martes, 6 de enero de 2026

Epifania: Dios no se Manifiesta Bajo Techo


Escrito por Pedro Huerta

Dios no se revela a los que están cómodamente instalados. Se deja encontrar por los que se atreven a salir más allá de sus seguridades. Por los que se exponen. Por los que caminan sin garantías. Los Magos que hoy celebramos no tenían catecismo, ni Templo, ni certezas teológicas. Solo una pregunta ardiendo por dentro. Y eso bastó para ponerlos en camino.

Mientras tanto, en Jerusalén, los expertos sabían exactamente dónde debía nacer el Mesías… y no dieron ni un paso para encontrarlo. Sabían, pero no buscaban. Y quien no busca, no encuentra. La Epifanía desmonta esa mentira piadosa que nos hace creer que Dios se aparece a los correctos. Nada más lejos de la realidad: Dios se manifiesta a los inquietos.

Los Magos leen el cielo porque no tienen otro lugar donde leer. Viven a la intemperie. No esperan que la verdad les llegue servida, la persiguen. Por eso no encuentran un tratado teológico, sino una estrella. Una luz frágil: suficiente para no quedarse quietos, insuficiente para controlarlo todo. Porque Dios no ilumina para que controlemos el suelo que pisamos, sino para que caminemos.

Buscaban un rey y encuentran un niño. Y ese niño es el mejor signo de la esperanza para los auténticos buscadores. Un niño sin ejército, sin poder, sin discurso. Un niño pobre, vulnerable, expuesto. Un niño que rompe todas las expectativas: Dios no se manifiesta donde se acumula fuerza, sino donde se acepta la fragilidad. No en el palacio de Herodes, sino en una casa cualquiera. No en el ruido, sino en el silencio.

Y es delante de ese niño frágil que los Magos se inclinan y ofrecen los mejores regalos para su humanidad recién estrenada: oro, incienso y mirra; lo valioso, lo sagrado y lo doloroso. Porque adorar no es solo rezar ni decir bonitas palabras. Adorar es bajar de nuestros pedestales, soltar el control y entregar la vida entera, especialmente aquello que más nos cuesta, lo que más nos pesa y lo que nos duele.

La Epifanía que hoy celebramos no es una escena dulce y amable. Es una crisis. En ella aprendemos que quien se encuentra con Dios ya no puede volver por el mismo camino. Eso es la fe: no una confirmación de lo que ya pensábamos, sino una desviación peligrosa.

La pregunta incómoda que se nos plantea es inevitable: ¿Somos Herodes, expertos en Escritura pero paralizados por el miedo a equivocarnos? ¿O somos Magos, buscadores dispuestos a perder seguridades por una verdad que no conocemos del todo?

La Iglesia, cuando es fiel al Evangelio, no es palacio ni aduana. Es estrella. No retiene, no se coloca en el centro, no exige quedarse. Señala y desaparece. Acompaña un tramo y luego se aparta, dejando espacio para el encuentro y la adoración de las presencias redentoras de Dios. Y vuelve a aparecer cuando nos ponemos en camino. Porque su luz se nos muestra mientras caminamos, no antes.

Epifanía no sucede bajo techo.

Sucede fuera.

En el camino.

En la duda.

En la noche.

Allí donde todavía hay gente capaz de levantar la vista y decir:

no lo sé todo, pero no me conformo.

Feliz Epifania!! 

lunes, 5 de enero de 2026

Fiesta de Reyes - Epifanía del Señor...


Escrito por Clemente Sobrado

No siempre un mismo camino es el de ida y de regreso. Puede que cuando crees haber llegado al final de tu camino, a Dios se le ocurra que regreses por otro nuevo. Es que en la vida hay muchos caminos.
Los tuyos y los de Dios.
Los de búsqueda y los de regreso luego del encuentro. Este fue el camino de estos Tres personajes venidos de no sabemos dónde
Sabemos qué buscaban, pero no sabemos su punto de partida. Porque la búsqueda puede partir de cualquier lugar. ¿Eran del Oriente? Yo prefiero decir: “eran del mundo”.

Es que en la vida hay muchos caminos. Los tuyos y los de Dios. Los de búsqueda y los de regreso luego del encuentro. Este fue el camino de estos Tres personajes venidos de no sabemos dónde de conservar caminos.

Estos tres personajes han sentido la necesidad de “buscar”. Buscar al que otros también esperaban, pero que se olvidaron de buscar. Era la búsqueda del corazón. Y era la búsqueda a través de los signos. Todo parece que fue muy fácil, sólo cuando ya estaban a punto de llegar, el camino se pierde porque se pierde la señal.

Es que las crisis de la fe pueden darse en cualquier momento y en cualquier recodo del camino. Y a veces son crisis al comienzo del camino. Otras, al final, cuando uno ya está como para tocarlo con la mano. Como en todo camino, hay momentos de alegría y felicidad. Y hay momentos de duda, de tristeza, de angustia. Y no es que uno no quiera creer. Sencillamente son situaciones en que las señales que marcan la dirección se pierden. Se oscurecen.

“Tarde o temprano llegará un ángel y tu jornada habrá llegado a su término”. En su oscuridad no se arredran, ni vuelve sobre sus huellas.
Es el momento de las preguntas.
Es el momento en el que, incluso quien se niega a buscar, puede convertirse en señal que vuelve a señalar la ruta.
Porque hasta los malos pueden luz.
Porque hasta los que viven desinteresados pueden ser faros de orientación.
Eso fue lo que hicieron los Magos.
Entrar en Jerusalén.
Y preguntar a quién menos interés tenía por el nuevo rey de los judíos, a Herodes.

Y de nuevo aparece la estrella. De nuevo se ilumina el camino. Y de nuevo siguen alegres, peregrinos de Dios, hasta que llegan a la cuna del Niño. Los caminos de búsqueda de Dios pueden tener paisajes maravillosos. Pueden estar llenos de flores en los campos. Y pueden ser escarpados. Con un cielo que se oscurece. Con un Dios que pareciera se ha escondido. La fe tiene momentos de luminosidad, y momentos de oscuridad. Y a Dios también se le encuentra en la oscuridad de la noche.

Cuando ya habían aprendido el camino, ahora Dios los manda regresar por otro nuevo y desconocido.
El camino de la búsqueda ya no sirve para el regreso.
Ya no es el camino que va al encuentro.
Es el camino de haber encontrado.

Nadie que haya conocido a Dios, puede seguir por el mismo camino de antes.
Nadie que se haya encontrado realmente con Dios puede andar los mismos caminos del pasado. Porque ahora es el mismo Dios quien se hace tu camino.
Un camino que ya no depende de una estrella, de una señal.
Es el camino de quien ha llegado y ha dejado que Dios se haga luz en su corazón.
Es el camino no del que busca, sino el camino que se convierte en vida, en una nueva visión, en una nueva realidad vital.

No se puede encontrar a Dios y seguir igual.
Cuando uno se ha contagiado de Dios, la vida ya no es la misma.
Cuando uno ha visto a Dios, aunque sea en la pobreza de un pesebre, los ojos ya no ven lo mismo.
Cuando uno ha escuchado a Dios, la vida tiene otra música.
Cuando uno ha sentido a Dios en su corazón, la vida se llena de caminos y todos son caminos de Dios.

Algunas preguntas que pueden ayudar para un momento de oración:
  • ¿Estás en el camino de ida o de regreso?
  • ¿Estás en el camino de búsqueda o del encuentro?
  • ¿Estás en tus viejos caminos o andas ya por los nuevos caminos donde Dios mismo se hace tu camino?
  • ¿Tratas de andar los caminos por donde andan todos, o andas por ese nuevo camino donde escuchas la voz de Dios en tu alma?

sábado, 3 de enero de 2026

Visibilidad de Dios...


Escrito por Miguel A. Munárriz Casajús


«Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros» Jn 1,1-18

Impresionante prólogo de Juan del que llaman la atención dos imágenes preciosas por su carácter paradójico: las tinieblas cerrándose a la Luz y Dios acampando entre nosotros. Pero lo más importante para quienes nos consideramos simples cristianos de a pie, es su final: «A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer».

No es la razón la que descubre o se inventa a Dios, sino que el ser humano lo busca porque su naturaleza lo necesita… y lo encuentra porque Él le sale al encuentro. Para los cristianos, ese lugar de encuentro entre Dios y el hombre es Jesús. Dios se manifiesta en Jesús, un hombre. Dicho de otro modo, en un ser humano, Jesús de Nazaret, el cristiano ve a Dios. Decía Ruiz de Galarreta que «el quicio fundamental de quien se llame cristiano es creer que Jesús es visibilidad de Dios sin poner en duda su humanidad».

En Jesús hemos conocido a Dios, y no es el juez, es Abbá. Tampoco es un arcano inaccesible, sino un sembrador que esparce la semilla de la Palabra continuamente y nos alienta en nuestro caminar por la vida. Y esta imagen de Dios que hemos conocido en Jesús es la mejor noticia que los seres humanos podíamos recibir.

Porque hemos descubierto que Dios es para nosotros Padre, Palabra y Viento: Padre con quien se puede contar, Palabra que nos guía en la vida entera y Viento que nos ayuda a caminar.

«La Palabra –dice Juan– era la luz verdadera que alumbra a todo hombre»… Jesús es la luz encendida en la oscuridad que nos permite caminar sin tropezar; es la sabiduría de Dios encarnada. Dios es la perfecta sabiduría y Jesús es la sabiduría de Dios ofrecida a los seres humanos. Es la sabiduría de vivir con sentido; de llenar la vida de cosas que merecen la pena; de cosas que nos marcan el camino correcto. Y no estamos hablando de salvar el alma –si Dios es Abbá el alma está salvada de antemano–, sino de salvar nuestra vida de la banalidad, de la mediocridad, del sinsentido, del vacío, de la angustia... Estamos hablando de recibir «aquí el ciento por uno, y además la vida eterna».

Pero para ello hace falta creerle, y hace falta también sentirse necesitado de su luz. La suficiencia que tan a menudo mostramos, la confianza en nuestra razón por encima de la Palabra, fruto de nuestra cultura ilustrada, nos cierran a la luz y nos condenan a las tinieblas. El ciego de Jericó lo tenía todo para que Jesús se fijase en él; tenía fe y se sentía necesitado. Si el ser humano se empeña en negar su ceguera, su necesidad de luz, la cosa no tiene remedio:

«Si fueran ciegos no tendrían pecado, pero como dicen que ven su ceguera persiste».