Comenzamos
El desierto que nos presenta el evangelista, es tiempo
y lugar de contrastes. En el desierto vive Jesús cuarenta días y vive rodeado
de animales salvajes. Es tentado por satanás y los ángeles le sirven. Así el
desierto, aunque es un tiempo y lugar de apartamiento, no está vacío, está
cargado de presencias.
La conversión también es tiempo y lugar de contrastes.
Se nos anuncia que se ha cerrado ya un ciclo: “el tiempo se ha cumplido”, y a
la vez nos anuncian que estamos en el tiempo del Evangelio. Y así, la
conversión implica el tiempo para
transitar el de la llegada del Reino.
Pero en medio de la experiencia de desierto y
conversión, aparece el Espíritu que impulsa. Lucas nos dice que Jesús va al
desierto bajo el impulso del Espíritu Santo. Jesús ni se resiste al Espíritu,
ni se paraliza ante la dificultad o el reto.
El Evangelio nos está invitando a vivir el desierto y
la conversión. Propone que dejemos guiarnos por el Espíritu Santo al desierto
de Dios, que nos demos un tiempo para que podamos encontrarnos cara a cara y
sin miedo, con todo lo que llevamos dentro de nosotros mismos. Y nos propone,
como a Jesús, que estemos atentos a lo que va pasando a nuestro alrededor, para
que las realidades de hoy provoquen el coraje de responder a los retos que nos
presenten el Espíritu y el Mundo.
Desierto y conversión son presentados como dos
aspectos inseparables de un mismo camino. Una ruta que se transita con la luz
del Evangelio. Todo desierto bien vivido ha de llevar a la conversión. Puede
que nos resistamos a vivir el desierto que nos ofrece Dios por estar afianzados
en nuestros apegos, en nuestras comodidades, en nuestras cerrazones. Y puede
que con ello estemos rechazando la gracia de la conversión, y la salvación.
Que nos atrevamos a salir de nosotros mismos y nos
expongamos a la energía del Espíritu de Dios para que nos coloque en la vida,
libres, convertidos, solidarios, misericordiosos, alegres y esperanzados en la
venida del Reino.

No hay comentarios:
Publicar un comentario