jueves, 31 de mayo de 2012

Fiesta de la Santísima Trinidad


Agua, fuente y caudal

Escrito por Xavier Quinzá Lleó, SJ 



Si la Fuente inagotable de nuestra vida y misión es el Padre, amor original y originante, y el Caudal es el Hijo, amor manifestado, el Agua es el Espíritu, amor siempre activo. Agua, fuente y caudal: el mismo amor de la triple ternura de Dios del que vivimos, con el que amamos. 


El Padre: Entrar en el Misterio 
En nuestro vivir y orar podemos entrar en el interior del misterio ahondando en el agua clara, hacia el amor original, hacia la Fuente primordial de donde todo brota. Amor gratuito que se dona, creador. También podemos dejarnos arrastrar por el Caudal, en derroche que mana y, apostólicamente, fecunda al mundo. Jesucristo es nuestro caudal y el caudal es abundante, porque la vida de su amor fluye y salta hasta regar tanto la sequedad del corazón como las tierras desecadas de su cultura. Su corazón abierto es un signo de accesibilidad de lo que está patente y manifiesto, manante a borbotones como la sangre de una herida abierta. 

El Agua es deseo de vida, regeneradora y fértil. Es la victoria de lo que fluye oculto y purificador, vivificante. Es el amor que ama, el agua que mueve la noria con la que regamos el campo de nuestra sociedad y sus culturas. Motor que es el agua misma, y nos empuja para saltar a los campos de la vida. El amor activo del que vivimos es un agua que sacia, sin apagar la sed. La sed del corazón, que nos prepara para otra novedad, porque renueva la ternura de nuestra entraña, y moviliza recursos de acción hacia los demás, inauditos, inesperados. Bautismo nuevo, sentido por la orientación del alma, que                    re-alimenta nuestros sueños. Y en esos sueños, somos imágenes del Dios vivo, semejanza suya, impronta diseñada sobre el rostro luminoso de su Amado, de Jesús el Cristo. 

El Hijo: Anegarse en el Amor 
En Jesucristo el Amor se hace cuerpo, encarna una naturaleza que Él mismo creó. Y crece en fortaleza y en sabiduría modelando un corazón virginal, pero abierto y ofrecido. Jesús, corazón de Dios: Palabra primordial que encierra y ofrece toda la densidad de su persona: afectos, deseos, pensamientos, acciones, que serán, a un tiempo, de Él y de su Padre, de Él y de su Dios. 

Su santa humanidad es caudal de agua viva de esa Fuente. Caudal de amor y de ternura que se derrama de sus labios, como una bendición. Caudal de paciencia y bondad, que atrae hacia sí a todos los lisiados, para liberarlos de las ataduras del mal, para envolverles en dignidad y en respeto nuevos. Caudal que entrega a manos llenas el secreto más íntimo de su persona, que deja reclinar la cabeza sobre su pecho al que le ama, que abraza al perdido cuando vuelve a casa. 

Templo nuevo es su cuerpo. La cortina rasgada de ese templo lo deja a la intemperie. Costado abierto de donde brota la vida en abundancia. Agua y sangre como una comunión de dones que vigoriza la asamblea de creyentes y la engendra para otra convocación, para una humanidad de conjurados que quieren mostrar ante el mundo su victoria. La de la cruz, la de la exaltación del amor derramado. 

El caudal de su generosidad es un himno glorioso que entonan las criaturas nuevas. Caudal que desborda las expectativas del interior, que recrea el alma, y la empuja al servicio y la alabanza, porque lo que nos colma rebasa los límites de nuestra pobre humanidad doliente. Su armonía son modalidades del gozo más sereno y del más ardiente. Exultar de gozo es una vivencia que saca de la clausura interior y nos hace vibrar con una alegría intensa. 

El Espíritu: El Agua que sana 
El viento sopla donde quiere, es libre y creativo, se introduce por todas partes y nos oxigena, es energía y hálito de vida. Su soplo destruye lo viejo, refresca lo árido, produce insólitas reacciones: amalgama, integra, refresca, sana. Agua oculta que de pronto emerge en manantial y cubre de verdor el yermo imposible. Es un crisol de novedad y de transformación. El agua del Espíritu se convierte en vino, vino de alegría, de fiesta multiplicada. Defensor de los pobres, padre de los humildes, abogado de los desamparados: son todas expresiones tomadas del lenguaje del pueblo de la Biblia. Y nos dicen mucho de otra sed, sed de justicia, que también debe ser saciada. El agua es la Justicia, de lo que tenemos sed: la paz, la armonía, la fraternidad. Y el Espíritu es un agua que tiene todos esos sabores. 

El progreso del amor no nos empuja a la manifestación, sino a la intensidad de la unión. Nos hace ir más de lo explícito a lo implícito, que al revés. Cuanto más avanzamos, menos decimos y más profundamente nos implicamos. No es en la expresión donde más se muestra el Espíritu cuando nos toma, sino en los “gemidos sin palabras”, en el lenguaje que no se pronuncia, en lo inefable del corazón. Por eso, al final del camino preguntaremos desconcertados: “¿Cuándo te vimos hambriento o sediento, desnudo o en prisión…?”      (Mt 25, 37). No, no lo vimos. No es necesario haberlo visto. Lo único urgente es haber amado.

jueves, 24 de mayo de 2012

Para descubrir la presencia del Espíritu Santo en la vida diaria



EL ESPÍRITU SANTO EN EL MUNDO
Escrito por Dominic Milroy, OSB. monje benedictino de la Abadía de Ampleforth

Los otros días viajaba en el subterráneo. Había gran cantidad de gente que iba y venía en el pesado e impersonal silencio típico de los viajes en una ciudad. Cada uno evitaba las miradas de los otros. Por casualidad, en la primera parada, advertí que subía una familia con dos niños al final del vagón. Evidentemente los niños eran mellizos y tenían alrededor de ocho o nueve años. La familia era negra, elegante y bien vestida. Cada niño tenía un globo, uno rojo y el otro azul. Eran globos caros, sujetos a varillas de madera con botones dorados. Los niños estaban contentos con sus globos y jugaban juntos. 

En la segunda parada subió un hombre, cerca de mí, con su hija, una niña rubia de seis o siete años. La pequeña tenía capacidades diferentes, parecía atemorizada y lloraba con esa tristeza infinita propia de su condición. 

Miré nuevamente a los dos niños con sus globos. El que tenía el globo rojo oyó a la pequeña y estaba tratando de verla a través de la multitud. La miró con curiosidad pero también con creciente simpatía. Le echó una ojeada a su globo. De repente lo tomó y se dirigió hacia la niñita, lo que no era fácil en el tren repleto. Cuando la alcanzó le dijo: “Hola, estos es para ti, adiós” y le dio su globo. Mientras el niño volvía a su familia y abandonaba el tren, ella comenzó a reír ruidosamente y a mostrar su globo a cada uno en el vagón. 

He aquí una historia humana realmente hermosa, pero es también mucho más; para la niñita fue un momento de “Navidad total” que le fue dada por un pequeño salvador; para él la experiencia de un gesto que inesperadamente, lo llevó a una plena madurez humana. Pero para mí fue sobre todo una pequeña teofanía, una elocuente manifestación del Espíritu de Dios. A menudo pensamos que una teofanía debe ser un acontecimiento solemne, recordamos a Moisés en el Monte Horeb o en el Sinaí. Pero la Palabra de Dios nos invita continuamente a ver que Dios se revela a sí mismo sobre todo a través de gestos y pequeños acontecimientos. 

En la historia del subte, ¿Cómo estaba presente el Espíritu Santo? ¿Cómo debemos interpretar la parábola? En primer lugar está el misterio de la luz: “Que haya luz… (Gn1,3). Nuestra luz creada es siempre un eco, una imagen de la infinita luz de Dios. En esta infinita luz, Dios mira a Dios a través del espacio infinito de la Trinidad: en nuestra pequeña luz, o la luz del sol o la pálida luz del subterráneo, también nosotros tenemos que aprender a ver al otro. Nuestra mirada es siempre un eco de la mirada divina. “Vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien (Gn.1, 31). En el subterráneo yo miré al niño, el niño miró a la niñita, la niñita miró el globo. Esta cadena de miradas es el eco de la mirada divina, este movimiento espontáneo hacia otro es siempre una acción del Espíritu Santo. Este acto de observación inteligente y compasiva es la acción principal a la que Jesús nos invita en sus discursos: “Vean los lirios de campo, como crecen (Mt.6, 28). 

Volvamos una vez más a las miradas en el subterráneo. La mirada del niño era la mirada de Cristo y éste fue el primer gesto de suprema belleza. El gesto hubiera sido hermoso aunque él le hubiera ofrecido el globo a su madre, por ejemplo. Pero en realidad se lo dio a una niñita que era una desconocida. El niño capta, por puro instinto humano, la más noble expresión esencial del mismo Jesús. Esta es la acción de Espíritu Santo en el mundo… 

Esta es una típica inversión de Dios, quién en la historia de Salvación elige al inferior, al más joven, al más pobre, para revelar su presencia. 

La historia es también una historia de sanación, de la transformación de la desdicha en alegría, de lágrimas en risa. La niñita es la imagen de la condición humana, sus lágrimas son lágrimas de soledad, de miedo, de todas las experiencias que hacen a la vida humana tan vulnerable a la miseria. Su risa es el resultado de un puro don, y su explosión de alegría fue provocada por Dios y se extendió a lo largo del vagón; en ese momento ella se convirtió en evangelizadora, en una portadora de buenas nuevas…El Espíritu sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de donde viene ni a donde va. Así es todo el que nace del Espíritu(Jn.3,8).El viento suave que sopló en el subterráneo aquel día no es otra cosa que la libre acción del Espíritu Santo, revelado así, a través de pequeños gestos, la misteriosa grandeza de la presencia divina. Cuando sopla el Espíritu Santo, el subterráneo se transforma en una Catedral. Mi pequeña historia es una entre billones. El Espíritu Santo continúa trabando silenciosamente en el corazón del mundo… 


 Cuadernos Monásticos- 161

lunes, 7 de mayo de 2012

Encuentros de Oración Ignaciana
9 de mayo
de 19 a 21hs.
Casa de EE, Monseñor Aguirre
Santa Rosa 2341- Victoria
Buenos Aires
Inscripcion: ee_ignacianos@yahoo.com.ar