domingo, 12 de febrero de 2012

Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó...
Curación de un leproso: Mc.1,40-42 

“ Entonces se le acercó un leproso para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó, diciendo: «Lo quiero, queda purificado». En seguida la lepra desapareció y quedó purificado”.

(Escrito por Anselm Grüm: -Jesús camino hacia la libertad- pg.32-ss)

En la época de Jesús, los leprosos estaban apartados de la sociedad humana y tenían que vivir en asentamientos propios. Son hombres rechazados, discriminados, abandonados por los demás. No se sienten a gusto ni con los hombres ni consigo mismos... Un hombre así, se acerca ahora a Jesús . Siente que no pude seguir viviendo así, pues nadie puede vivir discriminado, rechazado y sin hogar. Todo el mundo busca la aceptación y el amor. El leproso reconoce su impotencia para romper el circulo vicioso del rechazo. Se acerca a Jesús y cae de rodillas ante él. Le dice : -“Si quieres puedes limpiarme”. Esto suena como si atribuyera a Jesús la responsabilidad de su curación. Él rechaza toda responsabilidad. Él no pude hacer nada para no ser rechazado...

Jesús se acerca al enfermo (...) 

· El primer paso es la conmoción que siente Jesús en sus entrañas.  La palabra griega splanchnistheis significa en realidad “fue conmovido en sus entrañas” . Las entrañas eran para los griegos el lugar de los sentimientos vulnerables . Jesús deja que el enfermo entre dentro de él y se siente con él su amargura, sus dudas...

· El segundo paso es tenderle las manos: Jesús ofrece al leproso comunicación. Quiere entrar en contacto con él, quiere que algo fluya entre ellos. Y entonces toca al enfermo. Si alguien no puede aceptarse a sí mismo, se nos hace muy difícil aceptarle. Pues a menudo tenemos miedo de tocar el caos interno de los demás, que nos ensucia las manos, porque lanzan contra nosotros toda su amargura... Jesús no conoce estos miedos al roce. Sabe que su persona no puede ser impura, que su interior es puro y limpio. La caricia significa: te tomo como eres. Caricia viene de ruhren: “mezclarse”. Los sentimientos de Jesús se mezclan con los del enfermo . Jesús deja fluir algo de su luz interior en el enfermo. Y entonces le dice: “Quiero, queda limpio”. Esto significa: “estoy contigo. Te acepto. Pero tu tarea es decirte “si” a ti mismo, aceptarte a ti mismo. Tú tienes que hacer también ahora lo tuyo para tu curación. Tienes que decidirte por ti mismo, por la vida” . En ese mismo momento desaparece la lepra. El enfermo puede ahora aceptarse. Se siente limpio, en consonancia consigo mismo...

Testimonio del leproso Semeí:

Dolores Aleixandre – Esta historia es mi historia, “Una fuerza que sanaba a todos”. (Cap. 4 Pg.72-ss)

Conocí al anciano Semeí en el mercado de Seforís. (...) Alguien me había dicho que de joven había estado leproso y que Jesús le había curado pero me costó trabajo hacerle hablar. Se resistía a recordar la maldición de aquella enfermedad terrible, como si temiera ser arrastrado de nuevo al abismo de infamia en que se hunden los leprosos pero, al fin, conseguí arrancarle sus recuerdos:

“No sé como ni porque se produjo en mí el contagio: era aún muy joven pero preparaba ya mi boda con una de las muchachas más bellas del Pueblo. Yo andaba vendiendo perfumes en los bazares de las aldeas cuando un día, en uno de mis viajes, descubrí en mi mano una mancha blanquecina. Al principio no le di importancia pero, como se iba agrandando, acudí al sacerdote para que la examinara. Antes de que dijera nada, leí en su mirada sombría la más espantosa de las sentencias: ¡estaba leproso!

Del fondo de mis entrañas brotó un aullido de desesperación mientras el mundo se hundía bajo mis pies. Desgarré mis vestidos, me afeité la cabeza y no volví a mi pueblo a despedirme; huí al monte, lejos de la presencia humana, yo, estaba condenado a perder hasta la apariencia de hombre.

Me refugié en una cueva, alejado de todo poblado como ordena la ley (Lev. 13,45), y oculto en la oscuridad, fui asistiendo a la destrucción de mi cuerpo.

Solo salía de la cueva envuelto en mi túnica harapienta cuando oía a lo lejos el rumor de alguna caravana; entonces me quedaba a distancia gritando: “¡impuro!¡impuro!, para avisar de mi presencia, esperando que me arrojaran desde lejos las sobras de sus provisiones mientras ellos apresuraban el paso huyendo del hedor que exhalaba mi cuerpo y del horror que producía mi aspecto.

Una noche, agazapado en la sombra escuché la conversación de unos caminantes: que hablaban de un tal Jesús, un galileo da Nazareth, que recorría las aldeas hablando del Reino de Dios y sanando enfermos. 

Aquella noche estaba en un pueblo cercano, alojado en casa de Tadeo el curtidor. 

Sentí un destello de esperanza: ¿podría curarme también a mí? Miré de nuevo mis manos y mis pies y deseche la idea como una locura.

Pero la locura estuvo persiguiéndome como el zumbido de una abeja durante toda la noche y, antes de que amaneciera, tomé la decisión y , apoyado en dos bastones, recorrí trabajosamente el camino que conducía al pueblo. 

Me quedé en las afueras, sentado bajo un árbol, hasta que, cerca del mediodía, vi un grupo de gente que salía y un griterío en medio del polvo.

Casi arrastrándome, me acerqué al lugar por donde tenían que pasar. Cuando me vieron, todos se detuvieron en seco indignados de verme tan cerca. Sentí sobre mí sus miradas de asco y el murmullo de sus reproches, pero uno de ellos siguió avanzando hacía mí. Me postré con el rostro en tierra, como manda la ley, para ocultar mi rostro deforme mientras suplicaba con una voz ronca: “Si quieres, puedes curarme”. Entonces ocurrió lo insólito: aquel hombre se acercó a mí con las manos extendidas para ayudarme a levantarme.

Nadie me había tocado desde hacía quince años y todo mi cuerpo se estremeció al sentir aquel contacto. 

Cuando estuve de pie, sentí de nuevo sus manos que recorrían mi rostro y levantaban mi cabeza para encontrar mi mirada. Nunca podré explicar lo que sentí al ver sus ojos: fue como si un torrente de agua clara inundara el vacío de mi desolación limpiando hasta las hendiduras de mi alma. Me supe introducido de nuevo en un seno maternal que me abrigaba y me recreaba mientras todo mi ser, el de dentro y el fuera, renacía y se reconstruía en el calor de aquella mirada y el roce de aquellas manos.

“Preséntate al sacerdote, me dijo, pero no se lo cuentes a nadie.” 

Salí corriendo, sacudido por el gozo, no era la salud recobrada lo queme colmaba de alegría, sino el saber que alguien se había acercado a tocarme hasta el abismo de mi desgracia.

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