viernes, 22 de junio de 2012

Manifestar lo que Dios ha puesto en nuestro corazón...

Publicado por Equipo CEP-Venezuela - www.cepvenezuela.com

Es muy especial la forma como se gesta la vida de Juan Bautista. Su papá, el bueno y gran Zacarías, envejeció tras el anhelado deseo de tener un hijo. Dios quiso sacarlo de su desdicha (Lc. 1,5-22), pero Zacarías se había aferrado a su deseo y a su concepto de la vida que terminó por quedar impedido para descifrar el momento de Dios, por eso se quedó mudo. No podía comunicar la vida, estaba anclado en el pasado.

Isabel, su esposa, que también había envejecido tras su esterilidad y la espera anhelada del favor de Dios, al encontrarse embarazada pudo reconocer que el Señor la sacaba de su desgracia, y exclamó: esto ha hecho mi Dios para liberarme del oprobio del mundo (Lc. 1,25). Ella supo descifrar el tiempo de Dios en su vida y en la vida de los demás (Lc. 1,42-45). Por eso pudo experimentar en carne propia la alegría compartida. La alegría que no se vuelve envidiosa sino que se regocija con la dicha ajena (Lc. 1,58).

“Este niño se llamará Juan”, dijo su mamá, y su papá recuperó el habla para reafirmarlo. El nombre de Juan significa: Dios tiene compasión; Él inclina su corazón al que lo necesita. Este acontecimiento produjo cierto temor en la comarca. Todos se preguntaban: ¿qué va a ser de este niño? Porque la mano de Dios está con él. De igual modo podemos preguntar por lo que empezó a ser nuestra vida desde niños y lo que sigue siendo hoy día, porque la mano de Dios puso entonces algo especial en nuestro corazón.

La figura viva, austera y cercana del Bautista es cautivadora. Él propondrá un modo de ser desprendido de privilegios, de ropajes, de razonamientos retorcidos. Nos invitará al encuentro directo y sencillo con las personas y con el mismo Dios. Él despertará el deseo de autenticidad. Por eso el Bautista nos moverá a sumergirnos bien adentro de nosotros mismos para que salga a flote la mayor bondad y la mejor verdad que alberga nuestra vida interior.

El Bautista nos revelará que Dios inclina su corazón hacia todos sus hijos y, que de nuestra parte, sólo hace falta ser capaces de hacerle lugar a Él, sin desvirtuar su misericordia, enseñándonos a cooperar con lo que Dios quiere para cada uno de nosotros. Y nos mostrará también el camino que nos conduce al encuentro directo y expreso con Jesús.

Que nos atrevamos a sacar fuera lo que la Mano de Dios ha puesto en nuestro corazón, para inaugurar caminos nuevos y abrirnos a la auténtica alegría que transforma incertidumbres y provoca la esperanza. Y así aprendamos del Bautista, aquella libertad que nos capacita para vivir “suspendidos entre la angustia de la muerte y la esperanza de una plenitud anticipada”.




No hay comentarios:

Publicar un comentario