Escrito por Carmina Navia Velazco
Este pasaje del evangelio en el que se nos narra la llegada de Jesús a Betania y el encuentro con su amigo muerto, resulta inmensamente rico en significados e invitaciones. No voy a realizar una mirada exhaustiva, voy a destacar algunos aspectos. Lo primero que quiero señalar es la experiencia de amistad del Profeta de Nazaret. Jesús encuentra siempre en los hermanos de Betania un nicho en el cual refugiarse antes o después de sus confrontaciones y conflictos con Jerusalén centro de los poderes religioso y político de su entorno, antes y después de sus temores frente a una realidad que le es hostil. Esa casa, su comunidad de Betania, es para él un vientre materno al que siempre puede llegar.
En esta ocasión encuentra que Lázaro, su amigo personal, su apoyo, su “par”, le ha sido arrebatado por la muerte. Jesús se conmueve y llora ante su tumba. “La amistad tiene el sabor de la vida cotidiana, de los espacios domésticos, del pan que se reparte, de las horas vulgares; sabe a intimidad, a conversaciones pausadas, al tiempo invertido en los detalles, a risas y lágrimas, a una exposición confiada” … nos dice José Tolentino Mendoza en su Teología de la amistad. Todo esto ha perdido Jesús al perder a Lázaro. Llora desde sus entrañas esa pérdida, los testigos al presenciar su llanto, expresan en voz alta: ¡Miren como lo quería! Se trata de un cuadro que no deja lugar a dudas sobre la humanidad del maestro galileo que debería bastar para echar por tierra tantas “divinizaciones” fuera de lugar que se montan alrededor de su vida y figura.
La narración continúa y nos muestra la conversación entre Marta y Jesús. Una conversación de tintes teológicos [Una vez más Jesús dialoga teológicamente con una mujer]. Y Marta realiza su “confesión”, su afirmación de que a ella le ha sido revelada la naturaleza real de su amigo y la culminación de su misión: Yo creo que tú eres el Cristo. De alguna manera podemos considerar que Juan es el evangelio de las mujeres, en su relato, ellas varias veces interpelan al Maestro, le preguntan o discuten y él se les muestra directamente sin ningún tipo de mediaciones varoniles. Esto de la nula necesidad de mediación, es importante.
Así como en algún momento María de Betania se anticipa a ungir a Jesús para su sepultura, Marta se anticipa a anunciar su condición de Mesías, de Ungido. Esta mujer nos invita a todas las seguidoras del Maestro a incursionar en su verdad, en su “fuente” de vida, en su proyecto para hacer parte de él, para tomar la iniciativa y la palabra, para vivenciar su amistad… Una amistad que se puede trenzar a través de los tiempos y en la vivencia de su presencia siempre entre nosotras en la actualización de su palabra y en la encarnación que podemos hacer de su mensaje: Ámense unos a otros como yo los amé. Los relatos evangélicos nos muestran a Marta alguna vez en el servicio de la comensalía y en esta ocasión en la interpelación teológica… caminos ambos a desarrollar desde nuestro ser de mujeres.
Las relaciones que se tejen con Jesús en la casa de Betania, son relaciones inspiradoras que señalan caminos de acogida y de amor. Estamos ante un modelo de comunidad: círculo pequeño de acogida, de vida cotidiana, de reflexión, de intercambios variados… pero, sobre todo: comunidad/amistad que se hace fuerte en el compartir y también en el dolor cuando este llega.

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