jueves, 12 de diciembre de 2013

Andar con los ojos y el corazón abiertos para dejarse enseñar...


Una historia que nos hace pensar mucho sobre los valores que se nos invitan a gestar en nuestro entorno cotidiano...

La tome del Facebook, de un sacerdote, que con humildad comparte este "acontecimiento de Gracia" en un día cualquiera...

- “… padre, ¿puede parar un ratito?...”.

- “… sí, esperá que bajo de la bici… ¡hola!, soy el padre Gustavo...”.

- “… sí, mis nenas me hablan siempre de usted… lo quieren mucho…”.

- “… ah, estas mocosas tan inquietas son tuyas… ¡son muy buenas!…”.

- “… sí, lo son… pero, yo tengo que ser mejor y trabajar más… vió, ellas están creciendo…”.

- “… son muy educadas, ¡te felicito!... se lo dije un día a tu señora… siempre saludan con una sonrisa… y siempre dan las gracias…”.

- “… ¡y también, padre!… si cada vez que usted pasa les deja algo… la más grande me está enseñando a rezar el Padrenuestro con el librito que usted le trajo… yo soy medio bruto… estoy todo el día en la calle…”.

- “… ¿cómo te llamás?...”.

- “… Daniel… yo me llamo Daniel, padre…”.

- “… bien Daniel, ¿en qué te puedo ayudar?...”.

- “… ¿no se va a ofender, padre?… yo soy cartonero en Capital… y de una Clínica siempre me ayudan… tengo un bolsón de pañales para abuelos… vió, y yo estas cosas no las vendo, hay gente que las necesita… y es deshonesto vendarlas porque a mí me las regalan… cuando tenga cosas así, ¿se las puedo dar a usted así las da?... ¿no se ofende?...”.

- “… pero, hombre… ¿cómo querés que me ofenda?... ya a ser un gusto…”.

- “… gracias, padre… nosotros somos pobres, usted conoce nuestro ranchito… pero tratamos de enseñarles a nuestras nenas que sean buenas… y si uno no es bueno, de nada sirven las palabras…”.

- “… Daniel, qué lindo lo que me decís… me da mucha alegría ver que tenés tan claras las cosas… ¡venga un abrazo!...”.

- “… ¡pero estoy todo sucio y con olor a basura!…”.

- “… quedate tranquilo que yo estoy más sucio que vos, pero no se nota…”.

Fue hoy, miércoles 11 de diciembre de 2013, a las 19.30hs, saliendo de Bístrica en Tolstoi y Uspallata. La sencillez, humildad y honestidad de Daniel me reconfortaron. Las nenas son cuatro, y realmente son buenas. Se trata de ser buenos nomás. Y sin vueltas. Y sin excusas. Y sin vueltos.

- “… padre, tomá… lo manda mamá… dice que lo tomés porque hace calor…”.

sábado, 30 de noviembre de 2013

1er Domingo de Adviento

ZAQUEO UN ICONO DE ADVIENTO 

Escrito por 
Dolores Aleixandre, rscj

Zaqueo es un personaje del Evangelio de Lucas que en el Ciclo C hace de puente entre el final del año litúrgico y el Adviento. Hay muchas coincidencias de vocabulario entre la escena de Zaqueo y las del nacimiento de Jesús: 

“lo recibió con alegría …”; “les anuncio una gran alegría ”; “ Hoy ha entrado la salvación …” , “Hoy os ha nacido el Salvador …”; “ha ido a hospedarse” (katalúein); “no hubo para ellos sitio en la posada” (kataluma)…

•  Siguiendo la invitación del Adviento, Zaqueo está en vela y a la espera, en contacto con sus propios deseos: “quería ver a Jesús”.

Puede ayudar: Entrar en contacto con mis deseos, preguntarme qué es lo que verdaderamente deseo en este momento de mi vida...
Puedo ponerle a mi deseo alguno de estos calificativos: intenso/ apagado/ vacilante/ ardiente/ débil/disperso/ distraído/ adormecido/ despierto/ inquieto/ anestesiado/ unificado/...

Recordar la convicción de que “todo deseo que no se estructura en tiempos y espacios, termina por desaparecer” (J.A. García)

•  Como en Isaías 2 que evoca la subida a Sión, Zaqueo vive también una subida: su deseo pone en marcha sus pies y busca una altura que le permita superar su pequeñez.

Puede ayudar: Ponerle nombre a mis árboles, a los medios que me ayudan para ver pasar a Jesús…

•  “Cuando Jesús llegó al sitio, alzó la vista…”. Todo el Adviento prepara esa llegada del que viene a nosotros situándose desde abajo y queriendo hospedarse en nuestra casa .

Puede ayudar: Dedicar un tiempo a dejarme mirar por ese Jesús que está abajo, que me llama por mi nombre y me invita a bajar deprisa y a recibirle en mi casa. Acoger las palabras de Pablo: “Dense cuenta del momento en que viven: ya es hora de despertarse del sueño…”
Hay una inmensa desproporción entre el deseo de Zaqueo que “quería ver …” y el de Jesús que quería “quedarse ”.

Acoger la noticia insólita de ese deseo del Señor hacia mí…

•  Como si hubiera escuchado el Salmo: Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor…” Zaqueo pone en marcha sus pies y recibe a Jesús “con alegría”.

Puede ayudar: Preguntarnos a qué concedemos poder para quitarnos la alegría: las dificultades de la misión o de la convivencia, los pequeños fracasos, los límites constatados (por los otros, sobre todo...), las pérdidas de iniciativa o de reconocimiento. Releer esas reacciones a la luz de la extraña promesa e Jesús: “ La alegría que yo les doy no se las puede quitar nadie” (Jn 16,22).

•  En Adviento recordamos que lo propio de Dios es “venir” mientras que lo nuestro es “recibirle”.
Dedicar un rato a “recibir” a cada persona de la comunidad tal como es porque “quien no recibe a sus hermanos a las que ve, no puede recibir a Dios a quien no ve…”

•  “Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres…” Ya lo había avisado Jesús en el texto del Evangelio del Domingo I: el Hijo del Hombre viene “como un ladrón…” Cada nueva llegada del Señor a nuestras vidas tiene consecuencias, nada se queda igual y nuestros “bienes” se ordenan y reorganizan de diferente manera.

Puede ayudar: Hacer recuento de los propios bienes y preguntarnos cómo gestionamos cualidades personales, recursos, capacidades, tiempo… 
  ¿A dónde va a parar “la mitad” que entregamos? 
 ¿Para qué, para quienes o para cuándo guardamos la otra mitad que no        entregamos?          
  ¿Qué nos sentimos llamados a cambiar en este Adviento?

•  “El Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido …”

Puede ayudar: Celebrar y agradecer lo que hay en mí de “ perdida”, pecadora/r, despistada/do y desorientada/do porque esos son mis mejores méritos para ser buscada/do y salvada/do por Jesús y “ revestida de Él”.

"El Dialogo" -Charla del P. Rossi, en Radio Continental-

Para escuchar, hacer clik en el siguiente enlace:

http://www.continental.com.ar/escucha/archivo_de_audio/las-reflexiones-del-padre-rossi-el-dialogo/20131129/oir/2027573.aspx

martes, 26 de noviembre de 2013

domingo, 24 de noviembre de 2013

Homilía del Papa Francisco, en la Clausura del Año de la Fe


Homilía completa del Santo Padre: (de la crónica radial del evento)

La solemnidad de Cristo Rey del Universo, coronación del año litúrgico, señala también la conclusión del Año de la Fe, convocado por el Papa Benedicto XVI, a quien recordamos ahora con afecto y reconocimiento por este don que nos ha dado. Con esa iniciativa providencial, nos ha dado la oportunidad de descubrir la belleza de ese camino de fe que comenzó el día de nuestro bautismo, que nos ha hecho hijos de Dios y hermanos en la Iglesia. Un camino que tiene como meta final el encuentro pleno con Dios, y en el que el Espíritu Santo nos purifica, eleva, santifica, para introducirnos en la felicidad que anhela nuestro corazón.

Dirijo también un saludo cordial y fraternal a los Patriarcas y Arzobispos Mayores de las Iglesias orientales católicas, aquí presentes. El saludo de paz que nos intercambiaremos quiere expresar sobre todo el reconocimiento del Obispo de Roma a estas Comunidades, que han confesado el nombre de Cristo con una fidelidad ejemplar, pagando con frecuencia un alto precio.

Del mismo modo, y por su medio, deseo dirigirme a todos los cristianos que viven en Tierra Santa, en Siria y en todo el Oriente, para que todos obtengan el don de la paz y la concordia.

Las lecturas bíblicas que se han proclamado tienen como hilo conductor la centralidad de Cristo. Cristo está al centro. Cristo es el centro. Cristo centro de la creación, del pueblo y de la historia.

1. El apóstol Pablo, en la segunda lectura, tomada de la carta a los Colosenses, nos ofrece una visión muy profunda de la centralidad de Jesús. Nos lo presenta como el Primogénito de toda la creación: en Él, por medio de Él y en vista de Él fueron creadas todas las cosas. Él es el centro de todo, es el principio. Jesucristo, el Señor. Dios le ha dado la plenitud, la totalidad, para que en Él todas las cosas sean reconciliadas (cf. 1,12-20). Señor de la Creación, Señor de la reconciliación.

Esta imagen nos ayuda a entender que Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. Es así, nuestros pensamientos serán pensamientos cristianos, pensamientos de Cristo. Nuestras obras serán obras cristianas, obras de Cristo. Nuestras palabras serán palabras cristianas, palabras de Cristo. En cambio, la pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo.

2. Además de ser centro de la creación y centro de la reconciliación, Cristo es centro del pueblo de Dios. Y precisamente hoy está aquí, al centro de nosotros. Ahora está aquí, en la Palabra, y estará aquí, en el altar, vivo, presente, en medio de nosotros, su pueblo. Nos lo muestra la primera lectura, en la que se habla del día en que las tribus de Israel se acercaron a David y ante el Señor lo ungieron rey sobre todo Israel (cf. 2S 5,1-3). En la búsqueda de la figura ideal del rey, estos hombres buscaban a Dios mismo: un Dios que fuera cercano, que aceptara acompañar al hombre en su camino, que se hiciese hermano suyo.

Cristo, descendiente del rey David, es precisamente el «hermano» alrededor del cual se constituye el pueblo, que cuida de su pueblo, de todos nosotros, a precio de su vida. En Él nosotros somos uno: un solo pueblo; unidos a él, participamos de un solo camino, un solo destino. Solamente en Él, en Él como centro, tenemos la identidad como pueblo.

3. Y, por último, Cristo es el centro de la historia de la humanidad y también el centro de la historia de todo hombre. A Él podemos referir las alegrías y las esperanzas, las tristezas y las angustias que entretejen nuestra vida. Cuando Jesús es el centro, incluso los momentos más oscuros de nuestra existencia se iluminan, y nos da esperanza, como le sucedió al buen ladrón en el Evangelio de hoy.

Mientras todos los otros se dirigen a Jesús con desprecio -«Si tú eres el Cristo, el Mesías Rey, sálvate a tí mismo bajando de la cruz»- aquel hombre, que se ha equivocado en la vida hasta el final pero se arrepiente, se agarra a Jesús crucificado implorando: «Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42). Y Jesús le promete: «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (v. 43): su Reino. Jesús sólo pronuncia la palabra del perdón, no la de la condena; y cuando el hombre encuentra el valor de pedir este perdón, el Señor no deja jamás de atender una petición como esa. Hoy todos nosotros podemos pensar a nuestra historia, a nuestro camino. Cada uno de nosotros tiene su historia; cada uno de nosotros también tiene sus errores, sus pecados, sus momentos felices y sus momentos oscuros. Nos hará bien, en esta jornada, pensar a nuestra historia y mirar a Jesús y desde el corazón repetirle tanta veces, pero con el corazón, en silencio, cada uno de nosotros: "¡acuérdate de mí, Señor, ahora que estás en tu Reino!". Jesús, acuérdate de mí, porque yo tengo ganas de ser bueno, tengo ganas de ser buena, pero no tengo fuerza, no puedo: ¡soy pecador, soy pecador! Pero acuérdate de mí, Jesús: ¡Tú puedes acordarte de mí, porque Tú estás al centro, Tú estás precisamente en tu Reino! ¡Qué bello! Hagámoslo hoy todos, cada uno en su corazón, tantas veces. "¡Acuérdate de mí Señor, Tú que estás al centro, Tú que estás en tu Reino!"

La promesa de Jesús al buen ladrón nos da una gran esperanza: nos dice que la gracia de Dios es siempre más abundante que la oración que la ha solicitado. El Señor siempre da más de lo que se le pide, es tan generoso, da siempre más de lo que se le pide: ¡le pides que se acuerde de tí y te lleva a su Reino! Jesús está precisamente al centro de nuestros deseos de alegría y de salvación. Vayamos todos juntos por este camino.