sábado, 10 de septiembre de 2016

La Ternura de quien es Rico en Misericordia...

Escrito por el P. Amedeo Cencini 

“Si en el centro de la vida está la Gracia o la experiencia de la misericordia, entonces hay espacio o lugar para todo, también para el mal; el sol de la misericordia –el fuego- divina atrae todo hacia sí y lo transforma todo:
  • el enemigo en amigo
  • la huida de casa en abrazo paterno
  • la miseria del propio envilecimiento en banquete de fiesta, porque “aunque nuestros pecados sean como la grana, blanquearán como la nieve…(Is. 1,18)”.
La Gracia es lo contrario de la rabia. Es la ternura de quien es rico en misericordia.

 La misericordia es una fuerza de integración por medio de la cual se nos permite, también a nosotros integrar el mal que hay en nuestro interior y a nuestro alrededor… de lo contrario el “anti-misericordioso”, es como una toxina rabiosa que deambula y corrompe e infecta todo lo que toca. En cambio la misericordia recibida -de Dios- y donada –a los hermanos- es el centro vital y el corazón que late en la existencia de cada hombre y mujer, en cada comunidad humana –comunidad religiosa, familia, comunidad de fe y de servicios- 

Podemos terminar con esta oración anónima:

¿Acaso no sería este mundo mejor
si la gente con que nos cruzamos nos dijera:
“Conozco algo bueno de ti”,
y nos tratáramos según esta afirmación?

¿No sería mejor y más estimulante
si cada apretón de manos sincero y cordial
llevara consigo esta afirmación:
“Conozco algo bueno de ti?

¿No sería la vida mucho más feliz
si esa pequeña bondad
 que hay en todos nosotros
fuera la única cosa nuestra
que la gente se molestara en recordar?

¿No sería la vida mucho más feliz
si alabáramos la bondad que vemos?
Hay una cantidad inmensa de bondad
en la peor parte de ustedes y de mí.

No sería también hermoso practicar
esta buena manera de pensar?
¡Conoces algo bueno de mí!
¡Yo conozco algo bueno de ti!

domingo, 4 de septiembre de 2016

Canonización de Santa Teresa de Calcuta = Homilía del Papa Francisco en la Misa


«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13). Este interrogante del libro de la

Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos. Los protagonistas de la historia son siempre dos: por un lado, Dios, y por otro, los hombres.

Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios en mi vida? La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial: «Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18). Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones, los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor. Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os 6,6; Mt 9,13).

A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40).

Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad.

Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor.

Hemos escuchado en el Evangelio que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo de la Misericordia. Ustedes son esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona. Les repito las palabras del apóstol Pablo: «He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que, gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado alivio» (Flm 1,7).

Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derramo en el servicio escondido, humilde y desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.

El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartados de la vida, y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor.

Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, así como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza. Hacer esto con la viva memoria de cuando yo estaba tendido ahí y el Señor se inclinó sobre mí.

Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que «el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre».

Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento.

Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres. Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea vuestro modelo de santidad.

Pienso que tal vez tendremos un poco de dificultad en llamarla Santa Teresa. Su santidad es tan cercana a nosotros, que espontáneamente la seguiremos llamando Madre Teresa.

Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión.

Madre Teresa amaba decir: «Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír» porque abriga el corazón en su sonrisa. Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Mensaje del Papa Francisco en la Jornada de Oracion por el cuidado de la Casa Común...


Texto completo del Mensaje del Papa:

Usemos misericordia con nuestra casa común

En unión con los hermanos y hermanas ortodoxos, y con la adhesión de otras Iglesias y Comunidades cristianas, la Iglesia católica celebra hoy la anual «Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación». La jornada pretende ofrecer «a cada creyente y a las comunidades una valiosa oportunidad de renovar la adhesión personal a la propia vocación de custodios de la creación, elevando a Dios una acción de gracias por la maravillosa obra que él ha confiado a nuestro cuidado, invocando su ayuda para la protección de la creación y su misericordia por los pecados cometidos contra el mundo en el que vivimos».[1]

Es muy alentador que la preocupación por el futuro de nuestro planeta sea compartida por las Iglesias y las Comunidades cristianas junto a otras religiones. En efecto, en los últimos años, muchas iniciativas han sido emprendidas por las autoridades religiosas y otras organizaciones para sensibilizar en mayor medida a la opinión pública sobre los peligros del uso irresponsable del planeta. Quisiera aquí mencionar al Patriarca Bartolomé y a su predecesor Demetrio, que durante muchos años se han pronunciado constantemente contra el pecado de causar daños a la creación, poniendo la atención sobre la crisis moral y espiritual que está en la base de los problemas ambientales y de la degradación. Respondiendo a la creciente atención por la integridad de la creación, la Tercera Asamblea Ecuménica Europea (Sibiu 2007) proponía celebrar un «Tiempo para la creación», con una duración de cinco semanas entre el 1 de septiembre (memoria ortodoxa de la divina creación) y el 4 de octubre (memoria de Francisco de Asís en la Iglesia católica y en algunas otras tradiciones occidentales). Desde aquel momento dicha iniciativa, con el apoyo del Consejo Mundial de las Iglesias, ha inspirado muchas actividades ecuménicas en diversos lugares.

Debe ser también un motivo de alegría que, en todo el mundo, iniciativas parecidas que promueven la justicia ambiental, la solicitud hacia los pobres y el compromiso responsable con la sociedad, están fomentando el encuentro entre personas, sobre todo jóvenes, de diversos contextos religiosos. Los Cristianos y los no cristianos, las personas de fe y de buena voluntad, hemos de estar unidos en el demostrar misericordia con nuestra casa común ―la tierra― y valorizar plenamente el mundo en el cual vivimos como lugar del compartir y de comunión.

1. La tierra grita…

Con este Mensaje, renuevo el diálogo con «toda persona que vive en este planeta» respecto a los sufrimientos que afligen a los pobres y la devastación del medio ambiente. Dios nos hizo el don de un jardín exuberante, pero lo estamos convirtiendo en una superficie contaminada de «escombros, desiertos y suciedad» (Laudato si’, 161). No podemos rendirnos o ser indiferentes a la pérdida de la biodiversidad y a la destrucción de los ecosistemas, a menudo provocados por nuestros comportamientos irresponsables y egoístas. «Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho» (ibíd., 33).
El planeta continúa a calentarse, en parte a causa de la actividad humana: el 2015 ha sido el año más caluroso jamás registrado y probablemente el 2016 lo será aún más. Esto provoca sequía, inundaciones, incendios y fenómenos meteorológicos extremos cada vez más graves. Los cambios climáticos contribuyen también a la dolorosa crisis de los emigrantes forzosos. Los pobres del mundo, que son los menos responsables de los cambios climáticos, son los más vulnerables y sufren ya los efectos.
Como subraya la ecología integral, los seres humanos están profundamente unidos unos a otros y a la creación en su totalidad. Cuando maltratamos la naturaleza, maltratamos también a los seres humanos. Al mismo tiempo, cada criatura tiene su propio valor intrínseco que debe ser respetado. Escuchemos «tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (ibíd., 49), y busquemos comprender atentamente cómo poder asegurar una respuesta adecuada y oportuna.

2. …porque hemos pecado

Dios nos ha dado la tierra para cultivarla y guardarla (cf. Gn. 2,15) con respeto y equilibrio. Cultivarla «demasiado» ‒esto es abusando de ella de modo miope y egoísta‒, y guardarla poco es pecado.
Con valentía, el querido Patriarca Bartolomé, repetidamente y proféticamente, ha puesto de manifiesto nuestros pecados contra la creación: «Que los seres humanos destruyan la diversidad biológica en la creación divina; que los seres humanos degraden la integridad de la tierra y contribuyan al cambio climático, desnudando la tierra de sus bosques naturales o destruyendo sus zonas húmedas; que los seres humanos contaminen las aguas, el suelo, el aire. Todo esto es pecado». Porque «un crimen contra la naturaleza es un crimen contra nosotros mismos y un pecado contra Dios»[2].
Ante lo que está sucediendo en nuestra casa, que el Jubileo de la Misericordia pueda llamar de nuevo a los fieles cristianos «a una profunda conversión interior» (Laudato si’, 217), sostenida particularmente por el sacramento de la Penitencia. En este Año Jubilar, aprendamos a buscar la misericordia de Dios por los pecados cometidos contra la creación, que hasta ahora no hemos sabido reconocer ni confesar; y comprometámonos a realizar pasos concretos en el camino de la conversión ecológica, que pide una clara toma de conciencia de nuestra responsabilidad con nosotros mismos, con el prójimo, con la creación y con el creador (cf. ibíd., 10; 229).

3. Examen de conciencia y arrepentimiento

El primer paso en este camino es siempre un examen de conciencia, que «implica gratitud y gratuidad, es decir, un reconocimiento del mundo como un don recibido del amor del Padre, que provoca como consecuencia actitudes gratuitas de renuncia y gestos generosos […] También implica la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas, de formar con los demás seres del universo una preciosa comunión universal. Para el creyente, el mundo no se contempla desde fuera sino desde dentro, reconociendo los lazos con los que el Padre nos ha unido a todos los seres» (ibíd., 220).

A este Padre lleno de misericordia y de bondad, que espera el regreso de cada uno de sus hijos, podemos dirigirnos reconociendo nuestros pecados contra la creación, los pobres y las futuras generaciones. «En la medida en que todos generamos pequeños daños ecológicos», estamos llamados a reconocer «nuestra contribución –pequeña o grande– a la desfiguración y destrucción de la creación».[3] Este es el primer paso en el camino de la conversión.

En el 2000, también un Año Jubilar, mi predecesor san Juan Pablo II invitó a los católicos a arrepentirse por la intolerancia religiosa pasada y presente, así como por las injusticias cometidas contra los hebreos, las mujeres, los pueblos indígenas, los inmigrantes, los pobres y los no nacidos. En este Jubileo Extraordinario de la Misericordia, invito a cada uno a hacer lo mismo. Como personas acostumbradas a estilos de vida inducidos por una malentendida cultura del bienestar o por un «deseo desordenado de consumir más de lo que realmente se necesita» (ibíd., 123), y como partícipes de un sistema que «ha impuesto la lógica de las ganancias a cualquier costo sin pensar en la exclusión social o la destrucción de la naturaleza»,[4] arrepintámonos del mal que estamos haciendo a nuestra casa común.
Después de un serio examen de conciencia y llenos de arrepentimiento, podemos confesar nuestros pecados contra el Creador, contra la creación, contra nuestros hermanos y hermanas. «El Catecismo de la Iglesia Católica nos hace ver el confesionario como un lugar en el que la verdad nos hace libres para un encuentro».[5] Sabemos que «Dios es más grande que nuestro pecado»,[6] de todos los pecados, incluidos aquellos contra la creación. Allí confesamos porque estamos arrepentidos y queremos cambiar. Y la gracia misericordiosa de Dios que recibimos en el sacramento nos ayudará a hacerlo.

4. Cambiar de ruta

El examen de conciencia, el arrepentimiento y la confesión al Padre rico de misericordia, nos conducen a un firme propósito de cambio de vida. Y esto debe traducirse en actitudes y comportamientos concretos más respetuosos con la creación, como, por ejemplo, hacer un uso prudente del plástico y del papel, no desperdiciar el agua, la comida y la energía eléctrica, diferenciar los residuos, tratar con cuidado a los otros seres vivos, utilizar el transporte público y compartir el mismo vehículo entre varias personas, entre otras cosas (cf. Laudado si’, 211). No debemos pensar que estos esfuerzos sean demasiado pequeños para mejorar el mundo. Estas acciones «provocan en el seno de esta tierra un bien que siempre tiende a difundirse, a veces invisiblemente» (ibíd., 212) y refuerzan «un estilo de vida profético y contemplativo, capaz de gozar profundamente sin obsesionarse por el consumo» (ibíd., 222).

Igualmente, el propósito de cambiar de vida debe atravesar el modo en el que contribuimos a construir la cultura y la sociedad de la cual formamos parte: «El cuidado de la naturaleza es parte de un estilo de vida que implica capacidad de convivencia y de comunión» (ibíd., 228). La economía y la política, la sociedad y la cultura, no pueden estar dominadas por una mentalidad del corto plazo y de la búsqueda de un inmediato provecho financiero o electoral. Por el contrario, estas deben ser urgentemente reorientadas hacia el bien común, que incluye la sostenibilidad y el cuidado de la creación.
Un caso concreto es el de la «deuda ecológica» entre el norte y el sur del mundo (cf. ibíd., 51-52). Su restitución haría necesario que se tomase cuidado de la naturaleza de los países más pobres, proporcionándoles recursos financiaros y asistencia técnica que les ayuden a gestionar las consecuencias de los cambios climáticos y a promover el desarrollo sostenible.

La protección de la casa común necesita un creciente consenso político. En este sentido, es motivo de satisfacción que en septiembre de 2015 los países del mundo hayan adoptado los Objetivos del Desarrollo Sostenible, y que, en diciembre de 2015, hayan aprobado el Acuerdo de París sobre los cambios climáticos, que marca el costoso, pero fundamental objetivo de frenar el aumento de la temperatura global. Ahora los Gobiernos tienen el deber de respetar los compromisos que han asumido, mientras las empresas deben hacer responsablemente su parte, y corresponde a los ciudadanos exigir que esto se realice, es más, que se mire a objetivos cada vez más ambiciosos.
Cambiar de ruta significa, por lo tanto, «respetar escrupulosamente el mandamiento originario de preservar la creación de todo mal, ya sea por nuestro bien o por el bien de los demás seres humanos».[7] Una pregunta puede ayudarnos a no perder de vista el objetivo: «¿Qué tipo de mundo queremos dejar a quienes nos sucedan, a los niños que están creciendo?» (Laudato si’, 160).

5. Una nueva obra de misericordia

«Nada une más con Dios que un acto de misericordia, bien sea que se trate de la misericordia con que el Señor nos perdona nuestros pecados, o bien de la gracia que nos da para practicar las obras de misericordia en su nombre».[8]
Parafraseando a Santiago, «la misericordia sin las obras está muerta en sí misma. […] A causa de los cambios de nuestro mundo globalizado, algunas pobrezas materiales y espirituales se han multiplicado: por lo tanto, dejemos espacio a la fantasía de la caridad para encontrar nuevas modalidades de acción. De este modo la vía de la misericordia se hará cada vez más concreta».[9]
La vida cristiana incluye la práctica de las tradicionales obras de misericordia corporales y espirituales.[10] «Solemos pensar en las obras de misericordia de una en una, y en cuanto ligadas a una obra: hospitales para los enfermos, comedores para los que tienen hambre, hospederías para los que están en situación de calle, escuelas para los que tienen que educarse, el confesionario y la dirección espiritual para el que necesita consejo y perdón… Pero, si las miramos en conjunto, el mensaje es que el objeto de la misericordia es la vida humana misma y en su totalidad».[11]
Obviamente «la misma vida humana en su totalidad» incluye el cuidado de la casa común. Por lo tanto, me permito proponer un complemento a las dos listas tradicionales de siete obras de misericordia, añadiendo a cada una el cuidado de la casa común.
Como obra de misericordia espiritual, el cuidado de la casa común precisa de «la contemplación agradecida del mundo» (Laudato si’, 214) que «nos permite descubrir a través de cada cosa alguna enseñanza que Dios nos quiere transmitir» (ibíd., 85). Como obra de misericordia corporal, el cuidado de la casa común, necesita «simples gestos cotidianos donde rompemos la lógica de la violencia, del aprovechamiento, del egoísmo […] y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor» (ibíd., 230-231).

6. En conclusión, oremos

A pesar de nuestros pecados y los tremendos desafíos que tenemos delante, no perdamos la esperanza: «El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado […] porque se ha unido definitivamente a nuestra tierra, y su amor siempre nos lleva a encontrar nuevos caminos» (ibíd., 13;245). El 1 de septiembre en particular, y después durante el resto del año, recemos:

«Oh Dios de los pobres,
ayúdanos a rescatar a los abandonados
y a los olvidados de esta tierra
que son tan valiosos a tus ojos. […]

Dios de amor,
muéstranos nuestro lugar en este mundo
como instrumentos de tu cariño
por todos los seres de esta tierra (ibíd., 246).

Dios de Misericordia, concédenos recibir tu perdón
y de transmitir tu misericordia en toda nuestra casa común.
Alabado seas.
Amen.

[1] Carta para la Institución de la «Jornada mundial de oración para el cuidado de la creación»(6 agosto 2015).
[2] Discurso en Santa Bárbara, California (8 noviembre 1997).
[3] Bartolomé I, Mensaje para el día de oración por la protección de la creación (1 septiembre 2012).
[4] Discurso, II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares, Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, (9 julio 2015).
[5] Tercera meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Pablo extramuros (2 junio 2016).
[6] Audiencia General (30 marzo 2016).
[7] Bartolomé I, Mensaje para la Jornada de oración para el cuidado de la creación (1 septiembre 1997).
[8] Primera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de san Juan de Letrán (2 junio 2016).
[9] Audiencia General (30 junio 2016).
[10] Las corporales son: dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; vestir al desnudo; dar posada al peregrino; visitar al enfermo; visitar a los encarcelados; enterrar a los muertos. Las espirituales son: dar consejo al que lo necesita; enseñar al que no sabe; corregir al que se equivoca; consolar al triste; perdonar al que nos ofende; soportar con paciencia los defectos del prójimo; rogar a Dios por los vivos y por los muertos.
[11] Tercera Meditación, Retiro espiritual con ocasión del Jubileo de los sacerdotes, Basílica de San Pablo extramuros (2 junio 2016).

sábado, 27 de agosto de 2016

Hablar de la Preferencia Sorprendente de Dios,

Escrito por Dolores Aleixandre -RSCJ-

La llamada a la humildad recorre las lecturas de este domingo. El Evangelio es como un retrato de Jesús: es el verdadero humilde,que, poseyendo la categoría de Dios, se vacío de si mismo, se hizo uno de tantos y asumió la forma de esclavo, compartiendo nuestra condición mortal hasta la muerte de Cruz. Escogió el último lugar y nadie podrá arrebatárselo y a lo largo de su vida, llamo dichosos a los pobres y pequeños, a los débiles y enfermos, a los leprosos y ciegos, que eran los descartados para los demás, los que no tenían derecho a acceder al banquete de la vida.

Jesús se atreve a hablar de la preferencia sorprendente de Dios, que sienta a su mesa a aquellos que nunca pensaron merecerlo; para Él la humildad es estar en el lugar que el Padre asigna a cada uno y ser fiel a la misión que le es confiada.

Jesús no hace mas que seguir la extraña lógica del Padre, que no se ajusta a nuestros criterios de merecimientos o de reciprocidad.

La bienaventuranza y la dicha residen en participar de las inclinaciones de Dios, que ama incondicionalmente no porque lo merezcamos, sino porque Él es amor y "no puede remediar" el amar...

sábado, 20 de agosto de 2016

"EL NIÑO DE TU CORAZÓN"...


Escrito por el P. Eduardo Casas

Hablar de la niñez es pronunciar de lo que alguna vez fuimos. Muchos añoran la infancia como una etapa privilegiada de la historia personal; unos conservan memorias vívidas a pesar de los años transcurridos; otros apenas tienen evocaciones que se pierden entre vagas reminiscencias. Algunos se esfuerzan por no idealizar los primeros años de su vida porque no siempre han gozado de aquello que es deseable esperar para todo niño. Por muchas razones –personales, familiares, o sociales- también la niñez, como cualquier otro ciclo humano, puede ser una etapa dura.

Lo cierto es que, más allá de las condiciones en las que se ha vivido la propia niñez, ésta se caracteriza, más que cualquier otra etapa subsiguiente, por la “ley del crecimiento continuo”. En la niñez nos desarrollamos alrededor del 70% de lo que creceremos en el resto de la vida. Como afirma la psicología, la psiquiatría, la psicopedagogía y otras disciplinas afines, la infancia es como la “matriz extra uterina” que nos contiene y en la que nos desenvolvemos los primeros años de existencia. Es como la cera maleable en donde se imprimen, como sellos, las impresiones que quedarán en la profundidad de nuestra psiquis. Resulta como el rompecabezas donde se van articulando las diversas piezas que irán construyendo nuestra identidad y el perfil de nuestra personalidad.

De todas las etapas humanas, la infancia es la más determinante de todo el proceso posterior de la vida. Crecemos biológica, psicológica y afectivamente, un gran porcentaje de nuestro ulterior desarrollo.

En la niñez nos abocamos a la gran tarea del descubrimiento y la exploración de la realidad y de la vida que nos rodean. Nos autoconocemos permanentemente y comenzamos la socialización con otras personas, insertándonos en una familia y en el circuito de otras relaciones.

Nosotros ya no somos niños. Sin embargo, alguna vez lo hemos sido. Cuando recordamos la niñez y 
evocamos al niño que fuimos podemos sentir diversas emociones: Alegría, nostalgia, agradecimiento o quizás, también, por qué no, otras sensaciones no tan positivas.

Cuando te conectás con el niño que fuiste, el que lleva tu nombre y tu historia, ¿qué imagen es la que viene?; ¿cuál es el retrato en el que te ves y te reconocés a vos mismo?; ¿qué lugares recordás?; ¿qué olores te son familiares?; ¿qué paisajes se dibujan?; ¿qué voces escuchás?; ¿qué anédoctas recordás?...

Pongamos a todos los niños en el corazón del Dios Niño y hagamos una ronda tomados de la mano con la Virgen. Que no nos avergüence volver a ser como niños. Que el ángel de la guarda, dulce compañía, nos cuide y nos acompañe cada día.

Que Dios nos acune en la misericordia de sus brazos y en la compasión de su entrañable amor. Que el Padre del cielo nos cante una nana, una canción de cuna, que nos haga vivir serenos. Que nos arrulle eternamente su cariño para que estemos en paz.

Querido Dios, cántame una canción como las que me cantaba mamá. Cántame como cuando era niño. Cántame para que la oscuridad nunca me toque, para que los miedos no me paralicen, para que los malos sentimientos no lleguen a mi alma.

Querido Dios, cántale a los niños y cántale también a los que ya no somos niños. Todos los necesitamos, aunque a veces no nos animemos a pedírtelo. Nos da vergüenza. Nos sentimos grandes pero, en verdad, seguimos siendo pequeños.

Cántale a los pobres y a los enfermos, a los viejitos y a los olvidados, a los que están encerrados y a los que no tienen pan, casa, trabajo, familia o amigos.

Cántanos a todos. Que escuchemos, muy dentro de nosotros tu dulce e inconfundible voz que nos susurra. Cántame, cánteme una canción para que vuelva ser el niño que aún soy…

Eduardo Casas

sábado, 30 de julio de 2016

La avidez sólo se sacia contemplando el Rostro de Dios...

Escrito por el P. Diego Fares, sj -De su Blog: Contemplaciones del Evangelio-

"Cuídense de la avidez en cualquiera de sus formas… Esa es la Palabra del Señor para esta semana.

La avidez de novedades, decía un filósofo, es el mal de nuestro tiempo. En la época de Epulón, construir graneros para guardar grano era todo un proyecto. Hoy la avidez se alimenta virtualmente y es más fácil “sentir que uno acumula y tiene”.

Pero el asunto son los ojos. Porque la avaricia no es gula, la avaricia es un hambre de los ojos: la avidez de los ojos, la llama Juan, y la distingue de la avidez de la carne (1 Jn, 2, 16).

La avidez de la carne tiene su límite en la carne misma. La avidez de los ojos es espiritual y por eso es ilimitada. En este sentido es “de cuidado”. El ojo no se cansa de ver y de investigar. Por eso esta avidez de los ojos, si se transforma en avaricia y en atesorar para sí y para los ojos de los demás, va contra la contemplación.

La contemplación es una avidez virtuosa, no cansarse de contemplar el rostro de Cristo, los detalles de su evangelio, los ojos de la gente buena, la cara de los pobres, los ojos de los niños que interrogan y se abren, con avidez mansa, a la belleza de la creación, o que preguntan silenciosamente “qué es esto que me está pasando. No me ves que sufro…”.

El Papa preguntaba ayer a los jóvenes –hacía esta pregunta que todos nos hacemos-: “¿Dónde está Dios?
  • ¿Dónde está Dios, si en el mundo existe el mal, si hay gente que pasa hambre o sed, que no tienen hogar, que huyen, que buscan refugio?
  • ¿Dónde está Dios cuando las personas inocentes mueren a causa de la violencia, el terrorismo, las guerras?
  • ¿Dónde está Dios, cuando enfermedades terribles rompen los lazos de la vida y el afecto?
  • ¿O cuando los niños son explotados, humillados, y también sufren graves patologías?
  • ¿Dónde está Dios, ante la inquietud de los que dudan y de los que tienen el alma afligida?”

Y agregaba, en un discurso cuyo tono era de grave serenidad:

“Hay preguntas para las cuales no hay respuesta humana. Sólo podemos mirar a Jesús, y preguntarle a él.

Y la respuesta de Jesús es esta: «Dios está en ellos»”.

Dios está en ellos.
La avidez sólo se sacia contemplando el rostro de Dios. Y ese rostro sólo se vuelve visible en el rostro de los que sufren y en el rostro de los inocentes, de los niños, de los santos, de la gente buena.

Sólo se hace visible Jesús en el rostro de los otros cuando nos ponemos en camino y vamos a servirlos. No hay contemplación posible fuera de esta acción. No hay televisor ni internet que te haga ver de verdad el rostro de los pobres. Sin embargo, algo se puede ver, si uno mira con entrañas de compasión.  

La campaña de Médicos sin fronteras decía así: “Yo no veo un refugiado. Veo una niña que sufre. Y vos, qué ves?