jueves, 24 de febrero de 2022

ENTONCES VENDRÁ LA PAZ ...


"La Paz comienza con una sonrisa", decía la Madre Teresa, en su discurso al recibir el Premio Nobel de la Paz.

Les dejo este texto para acompañar la Jornada de Ayuno y Oración suplicando el Don de la Paz:

-Texto anónimo (si alguien conoce el autor, por favor avisarme. Gracias)-


"Si crees que la sonrisa tiene más fuerza que las armas,
si crees en el poder de una mano abierta,
si crees que lo que une a los hombres es mas que lo que los separa,
si crees que el hecho de ser diferente es una riqueza y no un peligro...

                                                                      ¡Entonces vendrá la paz!

Si sabes mirar al otro con un poco de amor,
si prefieres la esperanza a la sospecha,
si piensas que tú eres el que tiene que dar el primer paso en lugar del otro,
si el llanto de un bebe es aun capaz de estremecerte...

                                                                      ¡Entonces vendrá la paz!

Si puedes sentir alegría con el éxito de tu vecino,
si crees que el perdón puede mas que la venganza,
si eres capaz de dar tu tiempo gratuitamente por amor,
si para ti el otro es sobre todo un hermano...

                                                                       ¡Entonces vendrá la paz!

Si sabes aceptar las críticas, si te resistes a echar la culpa de todo a los demás,
si prefieres que te hagan daño antes que hacerlo,
si rechazas la idea de que eres indispensable...

                                                                        ¡Entonces vendrá la paz!

domingo, 2 de mayo de 2021

Permanecer en Jesús y ser sus amigos...

-Escrito por Jean Vanier-

"El fruto es la vida que debemos derramar sobre los otros. Pero no somos nosotros quienes damos vida, no es tampoco sólo Jesús, somos nosotros y Jesús, Jesús en nosotros y nosotros en Jesús. No podemos distinguir lo que es de Dios y lo que es nuestro. Es la vida del Espíritu fluyendo a través de cada uno de nosotros, enriquecida por los propios dones, por quienes somos –nuestra identidad- y por nuestra misión particular. La magnificencia de Dios es dar vida en y a través de nosotros. Dios no quiere actuar Él solo directamente en los corazones: Dios nos necesita como mediadores e instrumentos de su gracia. De esta manera, participamos en la creatividad de Dios dando vida. 

Permanecer en Jesús y ser su amigo

¿Qué significa permanecer en Jesús? Aquí tenemos una palabra clave “permanecer” o “morar”. Los primeros dos discípulos le preguntaron a Jesús: ¿Dónde vives? Y fueron se quedaron con Él. Jesús había dicho a los discípulos que si comían su cuerpo y bebían su sangre, habrían de morar en Él y Él en ellos. En este texto de Juan nos revela: 

“Yo los he amado a ustedes como el Padre me ama a mí: Permanezcan en mi amor. Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor, así como Yo permanezco en el amor de mi Padre, guardando sus mandatos” (Jn 15,9-10). 

Permanecer o morar en Jesús es hacer nuestro hogar en Él y dejar que Jesús haga su hogar en nosotros. Nos sentimos en casa con Él y en Él. Es un lugar de descanso y de presencia recíproco, en un lugar de vida y creatividad. Permaneciendo en Él, damos fruto y damos vida a los demás. Vivimos en una mutua morada. Esta morada es amistad. 

La fuente de nuestra amistad con Jesús es la unidad entre Él y el Padre. Así como el Padre ama a Jesús y se entrega al Hijo, Jesús nos ama y se nos entrega…

viernes, 16 de abril de 2021

COMUNICACION IMPORTANTE!

 Amigos y Amigas de ESPIRITUALIDAD COTIDIANA:

Me ha comunicado BLOGGER que próximamente ya no se enviaran las nuevas publicaciones a sus correos.

Para acceder al BLOG les propongo descarguen en sus celulares el blog y puedan tenerlo para acceder rápidamente.

Gracias a cada uno!


Emaús =Camino de Regreso desde la Desesperanza...



Escrito por Clemente Sobrado 

El camino de la desesperanza
  • El camino que lleva a Emaús es el camino de los desilusionados, de los tristes, de los que sienten el fracaso y deciden abandonarlo todo y refugiarse de nuevo sí mismos.
  • El camino de los que caminan por la vida lamentando lo que “ha pasado estos días”.
  • El camino de los que no han entendido el misterio de la Cruz, y son incapaces de comprender que pueda estar vivo, a pesar de lo que “han dicho algunas mujeres”.
  • El camino de los que han comenzado y que, con la sensación del fracaso, porque no ha respondido a sus intereses personales, regresan a donde habían partido. 
  • El camino de los que un día sintieron la ilusión de la llamada y ahora sienten el vacío de la desilusión.
  • El camino de los que no entienden los caminos de Dios y prefieren la seguridad de sus propios caminos. 
  • El camino de los tristes cuyos ojos están cerrados a las luces de la Pascua.
Un intérprete en el camino

Hay cosas que nunca logramos entender y para las que necesitamos de un intérprete. Cuando nos reunimos unidos por la sensación del fracaso, mutuamente nos vamos hundiendo más. Mutuamente nos vamos confirmando en nuestras desilusiones.
Siempre se necesita de un tercero, de alguien que haga de intérprete de nuestros sentimientos y de nuestras oscuridades. Que nos haga comprender que, lo que para nosotros es un imposible, puede ser fuente de todas las posibilidades. Que nos haga salir de nosotros mismos y nos enseñe a leer las Escrituras y nos pueda abrir la inteligencia.
Y eso fue Jesús que se hace viajero con ellos, que camina el mismo camino. Primero se mete en sus conversaciones y luego como un caminante cualquiera, comienza a enseñarles a leer los acontecimientos. El Dios escondido pero que camina siempre en nuestro propio caminar.
Todos necesitamos de alguien que nos ayude a interpretar nuestras dudas, nuestras tristezas, nuestras desilusiones, nuestros problemas. No. No son los demás quienes nos solucionarán nuestras dificultades. Pero sí nos ayudarán a salir de nosotros mismos para que podamos verlos con otros ojos y con otras esperanzas.

Cuando se abren los ojos

Emaús es el lugar donde se nos “abren los ojos”. Emaús es el lugar donde el pan partido se hace revelación de Jesús y donde aquellos dos lo “reconocen”.
No le reconocen en el camino. Le reconocen al partir el pan. La Eucaristía, sacramento de la revelación del resucitado.
  • Emaús es el lugar donde las tristezas se convierten la fiesta de la alegría.
  • Emaús es el lugar donde las dudas se hacen certezas.
  • Emaús es el lugar donde las desilusiones vuelven a florecer en ilusiones nuevas.
  • Emaús es el lugar donde los fracasos se convierten en nuevas energías.
  • Emaús no es el final de un camino, sino el comienzo de un camino nuevo.
  • Emaús es la experiencia de cómo la compañía del resucitado calentaba sus corazones, aún sin reconocerlo.
  • Emaús es el camino del regreso, de la vuelta a casa, de la vuelta a la comunidad abandonada.
  • Emaús es el camino de los que han visto y corren a compartir su experiencia pascual con los demás.
Todos tenemos nuestro Emaús

Porque todos tenemos nuestros momentos de cansancio y desaliento. Porque todos tenemos nuestras tentaciones de dejarlo todo y abandonarlo todo. Porque todos tenemos nuestros momentos en el que nuestros ojos dejan de ver la realidad y comenzamos a ver los imposibles.

Es el Emaús de los esposos:

Los esposos suelen comenzar su camino con grandes ilusiones y esperanzas, pero pasa el tiempo y el aburrimiento les va carcomiendo por dentro y su misma presencia les causa hastío.
Es entonces cuando dicen que “se han equivocado”, “que no son el uno para el otro”, “que si la incompatibilidad de caracteres”.
Es ahí que los esposos necesitan de alguien que les ayude a leer su realidad y les ayude a recuperar la esperanza.
Tampoco ellos saben leer esos momentos difíciles de sus vidas. Y es entonces que alguien tiene que ayudarles a abrir los ojos y que se vuelvan a reconocer que los dos siguen vivos y que su amor aún está vivo y es capaz de ponerlos en camino.

Es el Emaús de la Iglesia

La Iglesia que se pasó toda la mañana buscando a Jesús. Lo buscó en el sepulcro y no lo encontró. Y la Iglesia se sintió huérfana. Se sintió en la soledad de sí misma sin El. Con sus miedos y sus puertas cerradas.
También la Iglesia atraviesa sus crisis e incluso muchos se alejan de ella decepcionados y buscan casa en otros movimientos.
Por eso la Iglesia necesita de la Eucaristía para volver a reencontrarse con el Resucitado. Necesita reconocerlo en el “pan partido”. Para luego salir del calor del hogar a los caminos del mundo a anunciar que “lo ha reconocido”, lo ha “visto”. Es la misión misionera de la Iglesia. La Iglesia de los caminos.

lunes, 5 de abril de 2021

Ir a Galilea significa, ante todo, Empezar de Nuevo...


Homilía del Papa Francisco en la Vigilia Pascual

"Las mujeres pensaron que iban a encontrar el cuerpo para ungirlo, en cambio, encontraron una tumba vacía. Habían ido a llorar a un muerto, pero en su lugar escucharon un anuncio de vida. Por eso, dice el Evangelio que aquellas mujeres estaban «asustadas y desconcertadas» (Mc 16,8), estaban asustadas, temerosas y desconcertadas. Desconcierto: en este caso es miedo mezclado con alegría lo que sorprende sus corazones cuando ven la gran piedra del sepulcro removida y dentro un joven con una túnica blanca. Es la maravilla de escuchar esas palabras: «¡No se asusten! Aquel al que buscan, Jesús, el de Nazaret, el crucificado, resucitó» (v. 6). Y después esa invitación: «Él irá delante de ustedes a Galilea y allí lo verán» (v. 7). Acojamos también nosotros esta invitación, la invitación de Pascua: vayamos a Galilea, donde el Señor resucitado nos precede. Pero, ¿qué significa “ir a Galilea”?

Ir a Galilea significa, ante todo, empezar de nuevo. Para los discípulos fue regresar al lugar donde el Señor los buscó por primera vez y los llamó a seguirlo. Es el lugar del primer encuentro y el lugar del primer amor. Desde aquel momento, habiendo dejado las redes, siguieron a Jesús, escuchando su predicación y siendo testigos de los prodigios que realizaba. Sin embargo, aunque estaban siempre con Él, no lo entendieron del todo, muchas veces malinterpretaron sus palabras y ante la cruz huyeron, dejándolo solo. A pesar de este fracaso, el Señor resucitado se presenta como Aquel que, una vez más, los precede en Galilea; los precede, es decir, va delante de ellos. Los llama y los invita a seguirlo, sin cansarse nunca. El Resucitado les dice: “Volvamos a comenzar desde donde habíamos empezado. Empecemos de nuevo. Los quiero de nuevo conmigo, a pesar y más allá de todos los fracasos”. En esta Galilea experimentamos el asombro que produce el amor infinito del Señor, que traza senderos nuevos dentro de los caminos de nuestras derrotas. El Señor es así, traza senderos nuevos dentro de los caminos de nuestras derrotas. Él es así y nos invita a ir a Galilea para hacer lo mismo.

Este es el primer anuncio de Pascua que quisiera ofrecerles: siempre es posible volver a empezar, porque siempre existe una vida nueva que Dios es capaz de reiniciar en nosotros más allá de todos nuestros fracasos. Incluso de los escombros de nuestro corazón —cada uno de nosotros los sabe, conoce las ruinas de su propio corazón—, incluso de los escombros de nuestro corazón Dios puede construir una obra de arte, aun de los restos arruinados de nuestra humanidad Dios prepara una nueva historia. Él nos precede siempre: en la cruz del sufrimiento, de la desolación y de la muerte, así como en la gloria de una vida que resurge, de una historia que cambia, de una esperanza que renace. Y en estos meses oscuros de pandemia oímos al Señor resucitado que nos invita a empezar de nuevo, a no perder nunca la esperanza.

Ir a Galilea, en segundo lugar, significa recorrer nuevos caminos. Es moverse en la dirección opuesta al sepulcro. Las mujeres buscaban a Jesús en la tumba, es decir, iban a hacer memoria de lo que habían vivido con Él y que ahora habían perdido para siempre. Van a refugiarse en su tristeza. Es la imagen de una fe que se ha convertido en conmemoración de un hecho hermoso pero terminado, sólo para recordar. Muchos —incluso nosotros— viven la “fe de los recuerdos”, como si Jesús fuera un personaje del pasado, un amigo de la juventud ya lejano, un hecho ocurrido hace mucho tiempo, cuando de niño asistía al catecismo. Una fe hecha de costumbres, de cosas del pasado, de hermosos recuerdos de la infancia, que ya no me conmueve, que ya no me interpela. Ir a Galilea, en cambio, significa aprender que la fe, para que esté viva, debe ponerse de nuevo en camino. Debe reavivar cada día el comienzo del viaje, el asombro del primer encuentro. Y después confiar, sin la presunción de saberlo ya todo, sino con la humildad de quien se deja sorprender por los caminos de Dios. Nosotros tenemos miedo de las sorpresas de Dios, normalmente tenemos miedo de que Dios nos sorprenda. Y hoy el Señor nos invita a dejarnos sorprender. Vayamos a Galilea para descubrir que Dios no puede ser depositado entre los recuerdos de la infancia, sino que está vivo, siempre sorprende. Resucitado, no deja nunca de asombrarnos.

Luego, el segundo anuncio de Pascua: la fe no es un repertorio del pasado, Jesús no es un personaje obsoleto. Él está vivo, aquí y ahora. Camina contigo cada día, en la situación que te toca vivir, en la prueba que estás atravesando, en los sueños que llevas dentro. Abre nuevos caminos donde sientes que no los hay, te impulsa a ir contracorriente con respecto al remordimiento y a lo “ya visto”. Aunque todo te parezca perdido, por favor déjate alcanzar con asombro por su novedad: te sorprenderá.

Ir a Galilea significa, además, ir a los confines. Porque Galilea es el lugar más lejano, en esa región compleja y variopinta viven los que están más alejados de la pureza ritual de Jerusalén. Y, sin embargo, fue desde allí que Jesús comenzó su misión, dirigiendo su anuncio a los que bregan por la vida de cada día, dirigiendo su anuncio a los excluidos, a los frágiles, a los pobres, para ser rostro y presencia de Dios, que busca incansablemente a quien está desanimado o perdido, que se desplaza hasta los mismos límites de la existencia porque a sus ojos nadie es último, nadie está excluido. Es allí donde el Resucitado pide a sus seguidores que vayan, también hoy nos pide de ir a Galilea, en esta “Galilea” real. Es el lugar de la vida cotidiana, son las calles que recorremos cada día, los rincones de nuestras ciudades donde el Señor nos precede y se hace presente, precisamente en la vida de los que pasan a nuestro lado y comparten con nosotros el tiempo, el hogar, el trabajo, las dificultades y las esperanzas. En Galilea aprendemos que podemos encontrar a Cristo resucitado en los rostros de nuestros hermanos, en el entusiasmo de los que sueñan y en la resignación de los que están desanimados, en las sonrisas de los que se alegran y en las lágrimas de los que sufren, sobre todo en los pobres y en los marginados. Nos asombraremos de cómo la grandeza de Dios se revela en la pequeñez, de cómo su belleza brilla en los sencillos y en los pobres.

Por último, el tercer anuncio de Pascua: Jesús, el Resucitado, nos ama sin límites y visita todas las situaciones de nuestra vida. Él ha establecido su presencia en el corazón del mundo y nos invita también a nosotros a sobrepasar las barreras, a superar los prejuicios, a acercarnos a quienes están junto a nosotros cada día, para redescubrir la gracia de la cotidianidad. Reconozcámoslo presente en nuestras Galileas, en la vida de todos los días. Con Él, la vida cambiará. Porque más allá de toda derrota, maldad y violencia, más allá de todo sufrimiento y más allá de la muerte, el Resucitado vive y el Resucitado gobierna la historia.

Hermana, hermano si en esta noche tu corazón atraviesa una hora oscura, un día que aún no ha amanecido, una luz sepultada, un sueño destrozado, ve, abre tu corazón con asombro al anuncio de la Pascua: “¡No tengas miedo, resucitó! Te espera en Galilea”. Tus expectativas no quedarán sin cumplirse, tus lágrimas serán enjugadas, tus temores serán vencidos por la esperanza. Porque, sabes, el Señor te precede siempre, camina siempre delante de ti. Y, con Él, siempre la vida comienza de nuevo..."

lunes, 29 de marzo de 2021

Lunes Santo: Contemplamos la Belleza del Amor Total...



 Escrito por Diego Fares sj

"Faltaban dos días para la fiesta de la Pascua y de los panes Ácimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban la manera de arrestar a Jesús con astucia, para darle muerte. Porque decían: «No lo hagamos durante la fiesta, para que no se produzca un tumulto en el pueblo.»

Mientras Jesús estaba en Betania, comiendo en casa de Simón el leproso, llegó una mujer con un frasco de alabastro lleno de un aceite de nardo genuino muy caro, y rompiendo el frasco, derramó el perfume sobre la cabeza de Jesús. Entonces algunos de los que estaban allí se indignaron y comentaban entre sí:

«¿Para qué este derroche de perfume? Se hubiera podido vender por más de trescientos denarios para repartir el dinero entre los pobres.»

Y la criticaban. Pero Jesús dijo: «Déjenla, ¿por qué la molestan? Ha hecho una obra hermosa conmigo. A los pobres los tendrán siempre con ustedes y podrán socorrerlos cuando quieran, pero a mí no me tendrán siempre. Ella hizo lo que podía; ungió mi cuerpo anticipadamente para la sepultura. Les aseguro que allí donde se proclame la Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo»(Mc 14,1 ss.).

Contemplación

Entramos en la Pasión con el reclamo del Señor: “A los pobres los tendrán siempre con ustedes… pero a mí no me tendrán siempre”. Es uno de esos “sentimientos de Jesús” que Pablo nos invita a cultivar: “Tengan los sentimientos de Jesús, que siendo Dios se hizo hombre, por amor” (Fil 2, 5 ss.).

La mujer rompió el frasco de nardo y derramó el perfume sobe la cabeza de Jesús, que entró en la Pasión perfumado. Ante la crítica utilitarista de “por qué no venden las cosas y se las dan a los pobres”, que se escucha también mucho hoy en día, el Señor nos muestra que le gusta este trato preferencial, incluso con derroche. La referencia a los pobres no sólo es cariñosa sino exigente: “los tendrán siempre cerca y podrán socorrerlos cuando quieran”. En la caridad con los pobres, no se trata de vender todo y repartir sino de “tener siempre cerca”, de “socorrer siempre”, todo lo que uno quiera y pueda, con amor.

El reclamo del Señor es reclamo de pobre.

Además, el Señor hace notar su agrado no solo por las buenas acciones sino por lo lindo del gesto. “Tuvo conmigo un gesto hermoso” (kalón es bueno y bello). Nuestro pueblo fiel entendió siempre este gusto de Jesús por las cosas hermosas y rodea siempre sus imágenes de flores y de aromas. La belleza de la liturgia hace a la dignidad humana y, por lo que vemos, también a la dignidad divina. Y no hay belleza sin derroche. La belleza no es mezquina porque es para todos. El perfume “llenó toda la casa” como dirá Juan al narrar esta misma escena. Y Jesús profetizó que el aroma de esta acción hermosa perfumaría la memoria de todas las generaciones que leeríamos este evangelio.

Así, para entrar en la Pasión, para acompañar a Jesús doliente, tenemos que buscar, cada uno, nuestro frasco de perfume.

En el Apocalipsis se nos dice que los perfumes son las oraciones de los santos. Hay un pasaje hermosísimo en el que se narra cómo “Cuando el Cordero abrió el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo, como una media hora...” Y Juan agrega: “Vi entonces a los siete Ángeles que están en pie delante de Dios; les fueron entregadas siete trompetas. Otro Ángel vino y se puso junto al altar con un badil de oro. Se le dieron muchos perfumes para que, con las oraciones de todos los santos, los ofreciera sobre el altar de oro colocado delante del trono. Y por mano del Ángel subió delante de Dios la humareda de los perfumes con las oraciones de los santos” (Apoc 8, 1-4).

Nuestro perfume es, pues, nuestra oración.

Ahora bien, estas oraciones perfumadas de los santos son oraciones apasionadas. Para nada rutinarias ni aburridas. El mensaje de Jesús, con su alabanza del nardo puro y carísimo, es que a Él, en la Pasión, no lo podemos seguir si no es apasionadamente. El perfume, la belleza del perfume que embriaga los sentidos y no nos deja permanecer neutrales, es signo de apasionamiento.

Por eso de lo que se trata es de dejarnos cautivar por la belleza de la Pasión, del don de sí que el Señor realiza, entero, en cada gesto, que se corresponde con la ruptura del frasco de perfume que hace la mujer.

Hay que ingeniárselas para rezar “perfumando a Jesús con nuestra oración”. Esa es la gracia y, aunque no parezca, será lo que nos permita “padecer bien con él”. Porque uno padece sólo allí donde se apasiona. Donde no, simplemente sufre, le duele o le molesta. Padecer es otra cosa, es parte del amor. Y el amor siempre encuentra y crea belleza.

Jesús vivió así su Pascua: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes”. El Señor se las ingenió para que cada momento de su Pasión fuera “inolvidable”, se las ingenió para grabar en la memoria de los hombres su Don de sí para salvarnos. Puso belleza en cada paso de su Pasión. La esencia de la belleza consiste que un fondo rico se exprese de manera perfecta en una forma externa. Que esa forma lo contenga íntegra y armónicamente a la vez que lo deja esplender, rebosar. El Amor del Señor, expresado en la Pasión, tiene esta belleza plena. Es un amor que se nos dona entero sin perder su Señorío: esplende en cada pequeño gesto.

En los detalles que el Señor planeó cuidadosamente, se ve cómo hizo de su Pasión una obra de arte: arte de Amor misericordioso, Belleza que salva al mundo.

En el lavatorio de los pies, podemos decir que Jesús, como buen dramaturgo, encontró “la forma” de expresar el perdón de los pecados. Se trata, simplemente, de limpiar. La mugre es mucha y requirió que la lavara con su Sangre en la Pasión, de una vez para siempre. Pero el Señor quiso unir ese gesto grande, cruentísimo y único, al gesto cotidiano de cada perdón. Limpiar nuestros pies, simplemente. Ver a Jesús inclinado, lavando los pies de cada discípulo, es el detalle hermoso para poder “verlo” derramando Sangre y Agua de su Corazón traspasado en la Cruz.

En la Cena, dentro de la liturgia antigua y hermosa de la Pascua, el Señor toma el pan y el cáliz: eligió estos “personajes secundarios” y los engrandeció sobremanera, como hizo luego con cada uno de los pequeñitos que se encontró por el Via Crucis.

Y en la Cruz nos dona a su Madre. María es la testigo (reina de los mártires)

La que guardaba todas las cosas en su corazón y por eso es la que puede “narrar” el evangelio fielmente. Ella evangeliza bellamente y por eso todos la entendemos cuando nos habla de Jesús, cuando nos lo hace presente en su hermosa pequeñez.

Contemplamos entonces las escenas de la pasión saboreando la belleza que el Señor le puso a un donarse entero en cada gesto, para que así, comprendido su Don y absorbido íntegramente, nos contagie el deseo de “padecer” apasionadamente con él y dar la vida por nuestros amigos.

Contemplamos la belleza del Amor total: planeado-justificado-glorificado. Ese Amor que esplende bajo forma contraria en la Cruz.

Y que nuestra oración de estos días siga al Sirácida, cuya recomendación inspiró quizás el gesto de la mujer para con Jesús:

“Escúchenme, hijos piadosos,

y crezcan como una rosa que brota junto a las corrientes de agua.

Como incienso derramen buen olor,

Ábranse en flor como el lirio,

exhalen perfume, canten un cantar,

bendigan al Señor por todas sus obras.

Engrandezcan su nombre,

Y denle gracias por su alabanza,

con los cantares de sus labios y con cítaras,

digan así en acción de gracias:

¡Qué hermosas son todas las obras del Señor!

todas sus órdenes se ejecutan a su hora.

No hay por qué decir: ¿Qué es esto? Y esto ¿para qué?,

que todo se ha de buscar a su tiempo (Ecl 39, 13-16).


“A los pobres los tendrán siempre con ustedes, a mí no me tendrán siempre”.


sábado, 27 de marzo de 2021

Domingo de Ramos - CONJUGAR EN “MODO BORRICO"



Escrito por Santiago Agrelo

 Aquellas palabras de Jesús se nos han quedado escritas en el corazón: “Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.”

Hoy, con Jesús, nos ponemos a recorrer el camino que lo lleva a “ser elevado”.

El de Jesús es un camino para pobres con esperanza, para soñadores de reinos de Dios, para hambrientos de justicia.

Sólo ellos saben suplicar aclamando: : “Hosanna”, “¡Salva, pues!”; sólo ellos se las arreglan para pedir mientras bendicen; sólo ellos conjugan con naturalidad la necesidad y la fiesta; y sólo ellos pueden alegrarse por la llegada del que esperan y bendecirlo: “Bendito el que viene en nombre del Señor”.

Desear, soñar, esperar, alegrarse, bendecir, son verbos que sólo los pobres pueden conjugar.

Pero también ellos habrán de aprender a hacerlo correctamente, pues es muy fácil confundir los tiempos y no digamos los modos.

Los de Jesús son “modos de borrico”.

Los de los discípulos suelen empezar por ser “modos de corcel”.

Es cierto que llega “el que viene en nombre del Señor”, como lo es que “llega el reino”, “el de nuestro padre David”, pero lo mismo el que viene que el que llega, vienen y llegan en “modo borrico”.

Cuando en la asamblea dominical se proclame la pasión del Señor, oiremos repetida con insistencia y referida a Jesús la palabra “rey”, veremos que se le trata como a un “rey” ¡de burlas!, y en el letrero de la acusación encontraremos escrito: “El rey de los judíos”.

La paradoja es que ese “rey de burlas” es “Rey de verdad”. ¡De burlas y de verdad!: Lo es en la cruz, lo es ante los soldados en el interior del palacio, lo es ante Pilato, lo es entrando en Jerusalén a lomos de un borrico. Lo es cuando le taladran pies y manos, cuando se reparten sus ropas, cuando echan a suerte su túnica.

¡Qué difícil aprender los modos de Jesús!: Modo humildad, modo amor, modo palabra de aliento, modo silencio para la escucha, modo pedernal para los ultrajes, “modo borrico” para su entronización, que es lo mismo que decir modo humanidad pobre, humanidad última, humanidad crucificada.

Es difícil la conjugación, pero se aprende.

Se enciende la fe, y a su luz –yo aprendí las conjugaciones a la luz de un ventanuco en el desván de la casa-, aprendemos los modos de nuestro Rey, y lo reconocemos allí donde siempre lo es, donde siempre está: a lomos de borrico, y de borrico prestado.

Éste puede ser nuestro Domingo de Ramos: Desear, soñar, esperar, ver a Jesús pobre, verlo en los pobres, verlo en los últimos, en los crucificados, y alfombrar su camino con nuestros mantos, alegrarnos con él, bendecirlo y ser bendecidos por él, mientras, cuidando de los pobres, en ellos cuidamos a nuestro Rey.

Y si ése es nuestro Domingo de Ramos, entonces, aunque no lo hayamos dicho nunca, podemos empezar a decirlo ya: “Hosanna”, “hosanna en el cielo”. “Salva, pues”, “salva, tú que estás en las alturas”.

Y a nuestra petición-aclamación le harán eco en la memoria de la fe las palabras de Jesús: “Venid, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”.

No olvidemos que nuestro Rey se mueve siempre en “modo borrico”.

Feliz encuentro con él. Feliz comunión con él. Feliz domingo.