sábado, 8 de marzo de 2014

En el Día de la Mujer...

-de la  CARTA DEL PAPA JUAN PABLO II, A LAS MUJERES-

"Quiero ahora dirigirme directamente a cada mujer...y dar gracias al Señor por su designio sobre la vocación y la misión de la mujer en el mundo se convierte en un agradecimiento concreto y directo a las mujeres, a cada mujer, por lo que representan en la vida de la humanidad.

Te doy gracias, mujer-madre, que te conviertes en seno del ser humano con la alegría y los dolores de parto de una experiencia única, la cual te hace sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te hace guía de sus primeros pasos, apoyo de su crecimiento, punto de referencia en el posterior camino de la vida.


Te doy gracias, mujer-esposa, que unes irrevocablemente tu destino al de un hombre, mediante una relación de recíproca entrega, al servicio de la comunión y de la vida.

Te doy gracias, mujer-hija y mujer-hermana, que aportas al núcleo familiar y también al conjunto de la vida social las riquezas de tu sensibilidad, intuición, generosidad y constancia.

Te doy gracias, mujer-trabajadora, que participas en todos los ámbitos de la vida social, económica, cultural, artística y política, mediante la indispensable aportación que das a la elaboración de una cultura capaz de conciliar razón y sentimiento, a una concepción de la vida siempre abierta al sentido del « misterio », a la edificación de estructuras económicas y políticas más ricas de humanidad.


Te doy gracias, mujer-consagrada, que a ejemplo de la más grande de las mujeres, la Madre de Cristo, Verbo encarnado, te abres con docilidad y fidelidad al amor de Dios, ayudando a la Iglesia y a toda la humanidad a vivir para Dios una respuesta « esponsal », que expresa maravillosamente la comunión que El quiere establecer con su criatura.

Te doy gracias, mujer, ¡por el hecho mismo de ser mujer! Con la intuición propia de tu femineidad enriqueces la comprensión del mundo y contribuyes a la plena verdad de las relaciones humanas..."




Para leer toda la carta, hacer clik en el siguiente enlace: 

http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/letters/1995/documents/hf_jp-ii_let_29061995_women_sp.html

"La Tentación a Separarnos del Padre"...

Escrito por Dolores Aleixandre -RSCJ-
El desierto de las tentaciones

Para entender mejor el texto de las tentaciones, necesitamos leer lo que le precede y lo que le sigue:

Su contexto inmediatamente anterior es el del bautismo de Jesús en el Jordán:
Jesús, una vez bautizado, salió en seguida del agua. En esto se abrió el cielo y vio al Espíritu de Dios bajar como una paloma y posarse sobre él. Se oyó una voz del cielo: -Este es mi Hijo, a quien yo quiero, mi predilecto. (Mt 3,16-17)

En esta escena del bautismo, Jesús escucha la voz del Padre. Se trata del principal  momento teofánico de su vida, junto con la transfiguración. Mateo se sirve de ellos para proclamar que la identidad de Jesús consiste en ser el Hijo amado del Padre. Esa es su identidad y en ella se le revela que su "código genético" consiste en ser el Hijo, el amado, el predilecto del Padre, el objeto de su complacencia. Y podemos entender su marcha al desierto movido por el Espíritu,  como una necesidad imperiosa de "procesar" en el silencio y en la soledad esa revelación, de hacer sitio en su interioridad al  deslumbramiento y al asombro. El significado del desierto no es prioritariamente el penitencial. "La llevaré al desierto y le hablaré al corazón" había dicho Oseas (2,16), convirtiendo el desierto en un lugar privilegiado de encuentro personal y de escucha de la Palabra. 

Jesús es conducido a él para acoger la Palabra escuchada en su corazón en el momento de su bautismo. Hablando desde nuestra psicología, podríamos decir que necesitaba tiempo para asentar en los cimientos de su ser una Palabra que le des-centraba para siempre de sí mismo y le situaba a la sombra de la ternura incondicional de Alguien mayor.

En la escena de las tentaciones vemos a Jesús reaccionando lo mismo que a lo largo de toda su vida:  aferrado y adherido afectivamente a lo que va descubriendo como el querer de su Padre: la vida abundante de los que ha venido a buscar y salvar. No ha venido a preocuparse de su propio pan, sino de preparar una mesa en la que todos puedan sentarse a comer. No ha venido a que le lleven en brazos los ángeles, a acaparar fama y "hacerse un nombre", sino a dar a conocer el nombre del Padre y a llevar sobre sus hombros a los perdidos, como lleva un pastor a la oveja extraviada. No ha venido a poseer, a dominar o a ser el centro, sino a servir y dar la vida.

Lo que "salva" a Jesús de caer en los engaños del tentador es su estar referido al Padre y a su Palabra, y desde ese Centro recibirá el impulso de abandonar del desierto, y se dejará  llevar por la corriente de aproximación de Dios comenzada en la encarnación. A partir de ese momento, lo veremos caminando por Galilea, entrando en relación,  anunciando el Reino,  creando comunidad, buscando colaboradores, acercándose a la gente, contactando, entrando en casas, acogiendo, curando, enseñando...

Sabernos invitados 

Giro y vuelta, parece proponernos el evangelio de este domingo: Den un salto fuera del espacio estrecho y asfixiante de lo que los atrae como el remolino de un sumidero, y sólo les permite girar en círculo, repitiendo siempre las mismas ideas, las mismas preocupaciones, las mismas imágenes sobre ustedes y sobre Dios.
Escapen de ese falso centro que les promete la posesión de las cosas, reíanse de su propensión a trepar a los “aleros del templo” para atraer desde allí admiración o buena opinión de la gente, porque casi nadie levanta la mirada hacia arriba y prefiere mirar las vidrieras o la TV...

No se empeñenen plantar la banderita de su nombre en la cima de algún monte, ni se fatiguen aparentando parecer lo que no son. Dejen que Jesús, el archegós, el  iniciador de su fe, los conduzca hacia el Dios a quien él conoció en el desierto: 
un Dios que no exige de ustedes proezas ni gestos espectaculares, sino solamente tu confianza y  agradecimiento. 
Un Dios que les dirige su  Palabra no para imponer obligaciones o para denunciar sus pecados, sino para  alimentarlos y hacerlos crecer. 
Un Dios al que no encontraran en los lugares de prepotencia o de la posesión, sino en los de la pobreza y la exclusión...

MOMENTO CONTEMPLATIVO:

Te invito a que termines rezando este texto escrito por Maria Concepción Lopez -PDDM-

Cuarenta días y cuarenta noches,
para acercarme más a menudo a tu silencio.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para postrarme ante Ti y  escuchar tu Palabra todos los días.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para sentir hambre y sed de Ti, de transformación y de liberación.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para darme cuenta de todo cuanto me esclaviza.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para dar un paso significativo de conversión a Tu voluntad.
 
Cuarenta días y cuarenta noches,
para aprender a ser pobre, a vivir desde el “no-tener” y el “no-poder”.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para aprender a vivir de un modo más simple y a reír como un niño.
 
Cuarenta días y cuarenta noches,
para asimilar la buena noticia de que soy un hijo amado del Padre.
Cuarenta días y cuarenta noches,
para disponer el corazón a celebrar,
cuando nos llegue la Luz de la Pascua,
que no somos un caso perdido
y que la Vida, el Perdón y el Amor del Padre
siempre triunfan sobre el pecado y sobre la muerte.

miércoles, 5 de marzo de 2014

Cuaresma 2014 = Mensaje del Papa Francisco...

Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza -2 Cor 8, 9-

Queridos hermanos y hermanas: 

Con ocasión de la Cuaresma les propongo algunas reflexiones, a fin de que les sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Ya conocen la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico? 

La gracia de Cristo 

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por ustedes…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). 

¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 22). 

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice san Pablo— «...para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2). 

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29). 

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo. 

Nuestro testimonio 

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo. 

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir. 

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera. 

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana. 

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele. 

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen los guarde. 

Vaticano, 26 de diciembre de 2013 
Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir 
Francisco

martes, 4 de marzo de 2014

“Conviértete y cree…”


Escrito por Jesús Garmilla.

"Arranca marzo con la cuaresma del año... Y es tiempo  de seguir “dando fe de la esperanza”. A punto del primer aniversario petrino de Francisco. De nuevo nos convocarán a la con-versión y a la fe. Es decir, a la reforma ininterrumpida de la Iglesia que pasa necesariamente por nuestra reforma interior, vulgarmente llamada “conversión”.

Una cuaresma más para disfrutar de Dios. Porque seguramente en eso consiste este tiempo de gracia: disfrutar del Dios que nos acompaña mientras le acompañamos a Jerusalén. 

Un Tiempo especial para vivir la misericordia de Dios. 

Un tiempo grávido de esperanza, pero también del gozo de dejarse descansar en las manos del Padre que nos ama. 

Hace mucho que la cuaresma dejó de ser un tiempo oscuro, un tiempo de juicios interiores o sospechas infundadas contra uno mismo; un tiempo de pruebas, de controles, de sacrificios rutinarios vacíos de humanidad, tiempos doloridos cargando cruces inmerecidas pero necesarias para vivir la Pascua. 

Se nos invita a situarnos ante nosotros mismos, pero sin miedos ni culpabilidades estériles; a volvernos hacia el Dios de la Vida que nos presenta Jesús; a caminar confiados y pacificados hacia la madrugada liberadora de la Pascua. 

Una cuaresma que debe ser gratificante, humanizadora, liberadora, integradora. 

Una cuaresma sin tonos grises ni marrones, sino cargada de la esperanza del Cristo glorificado por el amor del Padre. 

Una cuaresma que nos pide volvernos a Dios una vez más y apostar por Él con una fe adulta, solidaria, con una espiritualidad de ojos abiertos, valiente, provocativa, creadora, amable.

 “Conviértete y cree el Evangelio”. 

Sin más.

sábado, 1 de marzo de 2014

"Tu Padre": he ahí la Palabra Clave...

Escrito por Eloi Leclerc -de su Libro: El Reino Escondido-

"...Jesús sabe perfectamente que la existencia de los hombres suele transcurrir bajo el signo de la preocupación: preocupación por la comida, por el vestido y el techo, por el dinero y el día de mañana... 

La relación de los hombres con las cosas está dominada por la inquietud y el miedo. Inquietud y miedo a carecer de lo necesario y hasta de lo superfluo. Inquietud y miedo a no tener tal o cual cosa, a perder esto o lo de más allá... Es ésta una carga que el hombre se ve obligado a arrastrar día a día. Pero Jesús piensa que esa carga es incompatible con la nueva existencia en el Reino e indigna de la nueva cercanía de Dios. Por eso quiere absolutamente liberarnos de ella y nos propone una vida libre de inquietudes y de miedos,
digna de los hijos de Dios y, por ello mismo, verdaderamente humana.

«...No se preocupen  por su vida...

Ahora bien, cuando se encuentra dominado por la inquietud y el miedo, el hombre está esclavizado por las cosas. Y Jesús quiere liberarlo, devolverle su dignidad.
¿Cómo? Arraigando la existencia humana en una seguridad última y absoluta. Lo contrario de la inquietud y del  miedo no es para Jesús la despreocupación ni la imprevisión, sino la confianza, y una confianza a toda prueba. 

Y nos revela cuál es el secreto de ésta: «Tu  Padre Celestial sabe que tienes necesidad de todo eso».

«Tu Padre»: he ahí la palabra clave. Y cuando Jesús pronuncia esta palabra, la enriquece con toda la verdad, la profundidad y la emoción de su experiencia filial, es decir, de esa nueva e inaudita cercanía de Dios al hombre, de esa comunicación gratuita de Dios ofrecida a todos en el Hijo. A la luz de esta experiencia, Jesús no promete ciertamente a los hombres una vida fácil, segura y al abrigo de todas las turbulencias y sufrimientos; no les revela una Providencia semejante a un seguro a todo riesgo. Lo que les ofrece es una seguridad última e indestructible, en medio de los peores dramas de la vida. Y es que quien, siguiendo a Jesús, acoge la nueva cercanía de Dios, siempre podrá, suceda lo que suceda, mantener unas relaciones filiales con el Principio supremo del universo y comportarse como un hijo con respecto a él.

...La confianza a que invita Jesús a sus oyentes es una confianza activa: «Busca el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura».

Lejos de animarlos a la ensoñación y a la ociosidad, les hace embarcarse en una gran aventura, les moviliza al servicio del Reino. Los discípulos, dejando a un lado todas sus pequeñas preocupaciones, deben trabajar por transformar el mundo, dejándose inspirar en todas sus relaciones por el aliento de misericordia y ternura que conlleva la nueva cercanía de Dios. A quien se consagra a esta tarea, todo le será dado por añadidura. Porque el Reino da cabida al misterio del hombre en su plenitud. Refugiándose en la nueva cercanía de Dios, el hombre habitará también realmente en sí mismo y en el mundo. Con toda confianza y paz.