sábado, 10 de febrero de 2024

La Compasión Brota Espontáneamente de la Comprensión

Escrito por Enrique Martínez Lozano

Domingo VI del Tiempo Ordinario

Mc 1, 40-45

La compasión constituye uno de los signos más palpables de madurez humana y de espiritualidad genuina. Y esto no es así por un convencionalismo arbitrario, sino porque la compasión brota espontáneamente de la comprensión.

Una persona es psicológica y espiritualmente madura cuando se habita a sí misma, viviendo en conexión consciente con lo que es, más allá de la imagen, de la acción y del propio ego. Y lo que somos de fondo, más allá del yo, es una realidad transpersonal que se ha designado como Verdad, Bondad y Belleza. Dicho más brevemente: somos Amor. Por eso, cuando lo comprendemos, no podemos sino vivirlo. Por eso también, es lo único que nos hace felices.

Sin embargo, la experiencia nos dice que encontraremos dificultades para vivirlo: desde una sensibilidad más o menos endurecida hasta un estado de alejamiento de nuestra propia identidad profunda, pasando por un mayor o menor bloqueo de nuestra capacidad de amar, como consecuencia de carencias afectivas importantes en los primeros momentos de nuestra existencia.

Eso explica que, con frecuencia, nos veamos enfrentados a una paradoja: somos Amor, pero necesitamos entrenarlo para poder vivirnos en coherencia. Entrenar el amor no significa entrar por un camino de voluntarismo. La voluntad la necesitaremos para mantener la perseverancia en el entrenamiento, pero el amor despertará en la medida en que nos sea posible experimentarlo.

Es probable que, en ese camino, haya que empezar por cuidar y desarrollar el amor a sí mismo. Un cuidado que no tiene nada de egoísta, ya que ese mismo amor es el que nos libera del encierro narcisista, gracias a dos características que lo acompañan: la humildad y la universalidad.

El amor es humilde, es decir, verdadero e íntegro y, por tanto, desapropiado, porque se reconoce infinitamente más grande que el propio yo. No se trata, por tanto, de que yo me ame -aunque lo nombremos de este modo-, sino de que el Amor me alcanza y me envuelve. Al reconocerlo así, el yo o ego ha perdido su protagonismo.

Por otro lado, el amor es universal, no deja nada ni a nadie fuera. Porque no es un sentimiento que dependiera de mí y conociera altibajos, sino una certeza que se apoya en la realidad de lo que es: todo es uno, todos somos uno. En el Amor lo experimentamos.

miércoles, 7 de febrero de 2024

La Tristeza -Catequesis del Papa Francisco sobre : Vicios y virtudes. Nº7. La tristeza.


 PAPA FRANCISCO
AUDIENCIA GENERAL

Miércoles, 7 de febrero de 2024

Catequesis. Vicios y virtudes. 7. La tristeza.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En nuestro recorrido de catequesis sobre los vicios y las virtudes, hoy nos detenemos en un vicio bastante feo, la tristeza, entendida como un abatimiento del ánimo, una aflicción constante que impide al ser humano experimentar alegría por su propia existencia.

Ante todo, hay que señalar que, respecto a la tristeza, los Padres hacían una distinción importante. Hay, en efecto, una tristeza que conviene a de la vida cristiana, y que con la gracia de Dios se transforma en alegría: ésta, por supuesto, no debe rechazarse y forma parte del camino de conversión. Pero existe también un segundo tipo de tristeza que se insinúa en el alma y la postra en un estado de abatimiento: es este segundo tipo de tristeza el que hay que combatir resueltamente y con todas las fuerzas, porque procede del Maligno. Esta distinción la encontramos también en San Pablo, que cuando escribe a los Corintios dice lo siguiente: «La tristeza que proviene de Dios produce un arrepentimiento que lleva a la salvación y no se debe lamentar; en cambio, la tristeza del mundo produce la muerte.» (2 Cor 7,10).

Hay, entonces, una tristeza amiga que nos lleva a la salvación. Pensemos en el hijo pródigo de la parábola: cuando toca el fondo de su degeneración, experimenta una gran amargura, y esto le impulsa a recapacitar y a decidir volver a la casa paterna (cfr. Lc 15, 11-20). Es una gracia gemir por los propios pecados, recordar el estado de gracia del que hemos caído, llorar porque hemos perdido la pureza con la que Dios nos soñó.

Pero hay una segunda tristeza, que es una enfermedad del alma. Surge en el corazón humano cuando se desvanece un deseo o una esperanza. Aquí podemos referirnos al relato de los discípulos de Emaús. Aquellos dos discípulos salen de Jerusalén con el corazón desilusionado, y se confían al forastero, que en cierto momento los acompaña: «Nosotros esperábamos que fuera él – o sea, Jesús - quien librara a Israel.» (Lc 24,21). La dinámica de la tristeza está ligada a la experiencia de la pérdida. En el corazón del ser humano nacen esperanzas que a veces se ven defraudadas. Puede tratarse del deseo de poseer algo que no se puede conseguir, pero también de algo importante, como la pérdida de un afecto. Cuando esto sucede, es como si el corazón del ser humano cayera en un precipicio, y los sentimientos que experimenta son desánimo, debilidad de espíritu, depresión, angustia. Todos pasamos por pruebas que nos generan tristeza, porque la vida nos hace concebir sueños que luego se hacen añicos. En esta situación, algunos, tras un tiempo de agitación, se apoyan en la esperanza; pero otros se regodean en la melancolía, dejando que ésta se pudra en sus corazones. ¿Se siente placer en esto? Verán: la tristeza es como el placer del no-placer; es como tomar un caramelo amargo, sin azúcar, malo, y chupar ese caramelo. La tristeza es el placer del no-placer.

El monje Evagrio explica que todos los vicios persiguen un placer, por efímero que sea, mientras que la tristeza disfruta de lo contrario: del adormecerse en una tristeza sin fin. Ciertos lutos prolongados, en los que una persona sigue agrandando el vacío de quien ya no está, no son propios de la vida en el Espíritu. Ciertas amarguras resentidas, en las que una persona tiene siempre en mente una reivindicación que le hace adoptar el papel de víctima, no producen en nosotros una vida sana, y menos aún cristiana. Hay algo en el pasado de todos que necesita ser sanado. La tristeza, de ser una emoción natural, puede convertirse en un estado de ánimo maligno.

Es un demonio taimado, el de la tristeza. Los padres del desierto la describían como un gusano del corazón, que roe y vacía a quien lo alberga. Esta imagen es buena, nos ayuda a comprender. Entonces, ¿Qué debo hacer cuando estoy triste? Detenerte y ver: ¿esta tristeza es buena? ¿No es una buena tristeza? Y reaccionar según la naturaleza de la tristeza. No se olviden de que la tristeza puede ser algo muy malo que nos lleva al pesimismo, nos lleva a un egoísmo que difícilmente se cura.

Hermanos y hermanas, debemos tener cuidado con esta tristeza y pensar que Jesús nos trae la alegría de la resurrección.

Por muy llena que esté la vida de contradicciones, de deseos incumplidos, de sueños no realizados, de amistades perdidas, gracias a la resurrección de Jesús podemos creer que todo se salvará. Jesús ha resucitado no sólo para sí mismo, sino también para nosotros, a fin de rescatar todas las felicidades que no se han realizado en nuestras vidas. La fe expulsa el miedo, y la resurrección de Cristo quita la tristeza como la piedra del sepulcro. Cada día del cristiano es un ejercicio de resurrección. Georges Bernanos, en su famosa novela Diario de un cura rural, hace decir al párroco de Torcy lo siguiente: "La Iglesia dispone de la alegría, de toda esa alegría que está reservada a este triste mundo. Lo que han hecho contra ella, lo han hecho contra la alegría". Y otro escritor francés, León Bloy, nos dejó esta maravillosa frase: "No hay más que una tristeza, [...] la de no ser santos". Que el Espíritu de Jesús resucitado nos ayude a vencer la tristeza con la santidad
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sábado, 3 de febrero de 2024

El Servicio como modo de Vivir


 Escrito por Patricia Hevia -RSCJ-

Encontramos en la escena a una mujer enferma, la suegra de Simón Pedro… Postrada, con fiebre, sin palabra propia, sin movimiento… Son otros los que interceden por ella y los que hablan por ella a Jesús Y con ella Jesús va a hacer lo que hará con otras mujeres a lo largo del Evangelio: acercarse, agarrarle de la mano y levantarla.

Con la vida transformada, esta mujer se pone a servir… pero no pensemos en un servicio puntual o doméstico. El verbo que utiliza Marcos expresa un cambio profundo de vida, una transformación: el servicio como modo de vivir. En presencia de Jesús ella pasa de la postración a entregar la propia vida.

Quizá, a veces tenemos la sensación de vivir en un mundo “postrado”. Señales de muerte son evidentes por doquier. También en nosotros hay espacios postrados, sin vida propia, que necesitan de la cercanía y de la caricia del Señor, para que integrados, toda nuestra vida, puesta en pie, con la palabra propia que el Señor nos regala, se transforme en diakonía como expresión total de nuestro ser y nuestro hacer.

El Evangelio nos muestra también el horizonte: enfermos y endemoniados, hombres y mujeres postrados, que han perdido la palabra o se la han arrebatado. Nuestro corazón, sabedor de la herida, nos hace hombres y mujeres de compasión, capaces de prolongar los gestos de Jesús.

También el Evangelio nos habla hoy de la fuente de la que mana todo ese amor y toda esa energía: el Encuentro con Dios, cara a cara, con la vida expuesta y ofrecida. Del Encuentro brotan los encuentros, y del silencio los gestos compasivos y curativos.

¡Vayamos a la Fuente del Amor primero! ¡Vayamos a dejar que el Amor nos ponga en pie para servir! ¡Vayamos a tomar las manos de postrados y abatidos! Para eso hemos salido, para eso hemos recibido la vida.

sábado, 27 de enero de 2024

Personas "tóxicas": el reto de no alejarse

Escrito por el P. Carlos Padilla  - Padres de Schoenstatt - Madrid-

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado, cuestan la agresividad y los ataques, pero Jesús sabe que este hombre está atado

Jesús comienza en Cafarnaúm su vida pública. Marcos, en este capítulo, nos cuenta un día de Jesús. El evangelio de hoy sólo relata un trozo de la mañana de ese sábado. Merece la pena seguir leyendo su día. Un día más. Un día cualquiera:

"En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos entraron en Cafarnaúm, y cuando el sábado siguiente fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad" (Marcos 1,21-28).

Jesús se fue a vivir a Cafarnaúm. Allí es donde hizo más milagros en su vida. Es un lugar lleno de vida al borde de un lago que parece un mar, donde el horizonte se vuelve inmenso. Un pueblo rodeado de montes verdes.

Jesús entra en la sinagoga. Es sábado. Mira al hombre. No la ley: "Estaba precisamente en la sinagoga un hombre que tenía un espíritu inmundo y se puso a gritar: - ¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios. Jesús lo increpó: - Cállate y sal de él. El espíritu inmundo lo retorció y, dando un grito muy fuerte, salió. Todos se preguntaron estupefactos: - ¿Qué es esto? Este enseñar con autoridad es nuevo. Hasta a los espíritus inmundos les manda y le obedecen".

Es sábado y no puede curar. Algunos le criticarán por eso. Otros se asombraron de su poder y de su fuerza, de su amor y de su compasión frente a alguien que era agresivo y poco abierto a Él. Porque aquel hombre endemoniado lo ataca, es violento, es agresivo.

A veces en la vida nos alejamos de las personas tóxicas, de aquellas que nos hacen daño con su violencia, con su dolor, con su agresividad y falta de paz. Y buscamos la paz lejos de ellos. Nos cuesta detenernos y abrazarlos en su dolor.

Cualquiera de nosotros hubiese huido ante el endemoniado. Me cuestan la agresividad y los ataques. Pero Jesús sabe que este hombre está atado. No es él el que habla. Todos se asombran de su poder. Por echar espíritus.

Yo me asombro de su amor. De su capacidad para compadecerse y no juzgar. Algunos se sorprenden de la misericordia de Dios y salen de la sinagoga transformados y conmovidos.

Sin embargo, otros lo condenan porque lo hizo en sábado. No ven más allá. Están cerrados. Lo condenan porque no cumple la ley. Porque se quedan en un precepto sin mirar con compasión. No les importa el dolor del endemoniado. Prefieren cumplir una norma.

A veces nosotros condenamos a los demás por la norma. No miramos a la persona. Miramos sólo la ley. Jesús mira el corazón.

En otras ocasiones Jesús cura tocando, cuidando, mirando al otro. Hoy Jesús usa la palabra. Nadie le pide que lo cure. Pero Él se compadece y lo sana. Se conmueve ante un hombre que no logra ser quien es.

Jesús habla y actúa con autoridad. Hemos escuchado en la primera lectura: "Suscitaré un profeta de entre sus hermanos, como tú. Pondré mis palabras en su boca, y les dirá lo que Yo le mande. A quien no escuche las palabras que pronuncie en mi nombre, Yo le pediré cuentas". Ese profeta es Jesús y muchos no le escucharon. Muchos tampoco lo escuchan hoy.

Jesús habla con autoridad. Habla de un Dios que sana, que es misericordioso, y Él toca con amor las heridas de los enfermos y se conmueve. Ora y vive con su Padre, pero se deja invadir por los que le buscan. Por eso, cuando nos habla de un Dios que sale a buscarnos, son creíbles sus palabras.

Es verdad que el evangelio de hoy acaba diciendo que su fama se extendía por toda Galilea: «Su fama se extendió en seguida por todas partes, alcanzando la comarca entera de Galilea». Y muchos se entusiasmaron con sus palabras y lo buscaban.

Hoy  pidamos a Dios que nos enseñe a vivir como Él, de forma coherente. Aceptando lo que nos toca vivir con alegría. Mirando la realidad con paz, sintiendo que es lo que Dios nos regala para crecer en santidad, en amistad con Jesús.

Y con esta certeza en el corazón: Él siempre estará conmigo. Y su presencia es la que nos da autoridad.

 Sus palabras en nuestra voz. 

Su amor en nuestros gestos. 

Su luz en nuestra mirada. 

Su misericordia en nuestra compasión. 

Que nuestro  vivir sea  como Él.


viernes, 5 de enero de 2024

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”...

Escrito por Javier Albisu

Hoy vendrán de oriente y de occidente, cercanos y lejanos, pidiendo “ver al Niño”, y ¿qué les mostraremos? 

Tal vez, sólo tengamos para mostrar las manos como cuna, sosteniendo la fragilidad de los que nos fueron puestos allí. De los que, torpe pero firmemente intentamos apesebrar, en su pobreza, en su fragilidad, en su duelo u orfandad. 

Tal vez, sólo podamos mostrar el corazón abierto cual pañal, dispuesto a cubrir y contener la frescura de las cosas más pequeñas, de los gestos más pequeños, de las personas más pequeñas; para que no se pierdan, para que no se olviden, para que no pasen de largo.

Tal vez, sólo sea que lleguemos a poder mostrar el calor que juntamos para alentar esperanzas recién nacidas; apalear el frío de las que están a la intemperie; alentar los intentos del que aprende y se equivoca; o cortar el hielo de diálogos que de tan fríos, ni siquiera se intentan. 

Tal vez, sólo alcancemos a mostrar el reparo de nuestro pobre pesebre de gestos y palabras para que La Palabra nazca en nuestra Carne; para que no siga “buscando lugar donde nacer”; para que no se vuelva descorazonada “porque no había lugar para ella”.

No sé si podremos mostrar al Niño, mas sí sé todo lo que este Niño nos muestra. Y tal vez, (¡quién dice!) no sea éste el modo como mejor se quiera mostrar.

Javier José Albisu

domingo, 10 de diciembre de 2023

Para poder Preparar el Camino al Señor, Primero debemos Atrevemos a Salir al propio Desierto...

Escrito por Ansel Grüm
El Adviento nos promete que nuestro desierto  será transformado y empezará a florecer. Hablamos del desierto de hormigón de nuestras ciudades, del desierto de los corazones humanos.El desierto es una imagen de la soledad, el abandono, la falta de sentido, la carencia de relacióny el vacío. Estamos sin hogar, y hay en nosotros fuerzas salvajes e indómitas que hacen parecer feo nuestro rostro. El desierto es el lugar donde nos vemos inexorablemente enfrentados cara a cara con nosotros mismos y con nuestra desagradable realidad.    
     Para poder preparar el camino al Señor, primero debemos atrevemos a salir al propio desierto. Es en el desierto de nuestro corazón donde tenemos que prepararle el camino. Debemos mirar todo cuanto de reprimido, de encubierto, de indefinido ... hay en nosotros, y ponerlo ante Dios. Precisamente ahí quiere Dios venir a nosotros, no en las avenidas de nuestro éxito y nuestros logros. A nosotros nos gustaría encontramos con Dios fuera de nosotros, en edificantes celebraciones litúrgicas, en la comunidad de personas afines. Pero Dios quiere salimos al encuentro precisamente en nuestro desierto, donde desea hallamos para celebrar con nosotros la fiesta de la redención, para hacerse uno con nosotros y transformar todo cuanto hay en nosotros. Sólo cuando dejamos entrar a Dios en nuestro desierto, puede hacerse realidad lo que nos promete Isaías en los textos que se leen en este tiempo.   
      El Adviento nos promete que en nuestro desierto podemos encontrar una fuente de la que beber. El desierto no es sólo el lugar del vacío y la falta de sentido, de la tentación y la seducción, sino también el lugar de la experiencia de Dios y del encuentro con Dios.   
      En el tiempo de Adviento podemos reunir el  valor necesario para entrar en nuestro desierto.
         Allí hemos de experimentar que Dios está cerca de nosotros, que nos lleva en sus manos en nuestros momentos de soledad. Lo mismo que a Elías, que se deseó la muerte en el desierto, Dios envía a cada uno su ángel. En medio del desierto experimentamos a Dios como aquel que nos aguarda. La consoladora promesa del Adviento nos asegura que al final de la experiencia del desierto se encuentra la alegría.
  Texto seleccionado de “La alegría de la Navidad”. Anselm GRÜM, O.S.B. 

domingo, 26 de noviembre de 2023

Fiesta de Cristo Rey : "Las cosas decisivas son “las pequeñas cosas” de cada día..."

Escrito por + Diego Fares, sj 

El fin del año nos pone ante los ojos del corazón “las cosas últimas”, las decisivas.

Lo último será un acontecimiento personal.

El universo no terminará con una gran catástrofe ni con un apagamiento sino “Cuando Jesús venga en su gloria… y se siente en su trono de gloria”.

Y los jueces serán los “pequeñísimos”, los que tuvieron hambre, los que tuvieron sed, los que vivieron en situación de calle, con ropa vieja y rota, enfermos y presos.

Es una imagen fuerte que a muchos oídos no les suena bien y les cae como una patada al hígado. 

Pero hay imágenes peores. Imágenes destructiva que vienen como un virus informático escondidas en imágenes que nos gustan.

Alguno pensará que nos queda grande imaginar el fin del universo, pero hay que animarse!, porque la imagen última modifica toda la película y es la que da sentido a toda la historia.

Y, como en todo drama, son importantes los detalles.

En la parábola del juicio final Jesús une su gloria –su manifestación clara y esplendorosa- con su “no brillo”, con su escondimiento en la persona de los más pobres de este mundo. Es una forma de hacernos valorar los gestos que tuvimos para con los más pequeños.

La venida misericordiosa de Jesús, justo juez del universo, para el que no cree que “lo que hicimos al más pequeñito  Jesús dice “Elajistos”, que es el diminutivo de “micrós” (pequeño) y significa pequeñísimo, el más pequeño, el insignificante, el casi nada),para el que no cree que se lo hicimos a Él,  para el que vive buscando la gloria mundana, quizás pueda descubrir que la clave está en la pequeñez. 

Y es justamente la pequeñez, la insignificancia, lo que valoriza Jesús: mi hermanito pequeñísimo, ese que es nada de nada, pobrecito e insignificante al que ayudaste: ese era yo.

El Dios glorioso viene a reivindicar su universo por lo más pequeño.  Y no juzgará ideas sino prácticas: lo que hiciste. 

Prácticas de todos los días, prácticas de madre que da de comer, de casa que cuida a los enfermos,  de hogar que hospeda a los más pobres…


Las cosas decisivas son “las pequeñas cosas” de cada día:
allí se juega el drama del universo,  
allí se decide si de verdad estamos esperando que Jesús venga...

Los pobres serán nuestros jueces.

Esa es la imagen decisiva concreta. No podemos imaginar a Jesús viniendo en gloria. 

Gracias a Dios nadie puede arruinar la belleza del final de la película y nos espera algo que ni ojo vio ni oído oyó. 

Contra un mundo que se precia de haberlo visto todo, el Señor es un Dios que prepara sorpresas.

No podemos imaginar el fin pero sí podemos mirar (no tenemos que “imaginar”) a los pobres y dejar que nos pese en el corazón esta imagen: serán nuestros jueces. 

Si alguien podrá salvarnos cuando el Juez nos diga “tuve hambre y no me diste de comer” será alguno de los más pobres que tendrá autoridad para decirle a nuestro Señor: 

“Perdón, Señor, si te contradigo, pero este sí ayudó, al menos a mí me ayudó”.