Un espacio para descubrir la presencia de Dios en el desierto de la vida cotidiana...
miércoles, 31 de diciembre de 2025
Año Nuevo: Festejar es afirmar la Bondad de la Vida…
domingo, 28 de diciembre de 2025
Una Familia marcada por la Fragilidad, el Desarraigo y la Obediencia Confiada
Escrito por Juan Berli sj
jueves, 25 de diciembre de 2025
Homilia de Navidad - Papa Leon IVX
miércoles, 24 de diciembre de 2025
Que lo Pequeño nos Salve… Desde Abajo...
Escrito por Pedro Huerta
No
viene desde el poder, ni desde el ruido, ni desde la grandeza que deslumbra.
Viene en un pesebre: lugar pobre, lugar prestado, lugar pequeño. «Envuelto
en pañales y acostado en un pesebre» (cf. Lc 2,7-12). En lo que el
mundo considera accesorio, se abre paso una luz que se humilla, una verdad que
brota en lo sencillo, una presencia que nos prepara para el misterio.
El
pesebre es signo de una nueva creación que no arranca desde arriba, sino desde
la fragilidad, desde lo que no cuenta, desde lo que nadie mira ni le da
relevancia. El pesebre no es un decorado para la nostalgia, sino una ontología
de lo pequeño: el Ser que se ofrece como don, la gloria escondida en lo común.
Es una puerta. Una forma de decirnos que el cambio no está en la fuerza
desbordante, sino en la ternura desbordada; no en la imposición, sino en el
cuidado; no en la distancia disfrazada de respeto, sino en la cercanía.
El
pesebre es posibilidad de encuentro. El modo en que Dios se muestra como
realmente es y cómo quiere que sea nuestra salvación: escondida en lo
cotidiano, amada en lo sencillo, abierta a un futuro de posibilidades donde
siempre tendremos en nuestras manos la capacidad para decidir el camino. La
salvación no secuestra nuestras opciones, no aplasta nuestras posibilidades, no
dicta los senderos a seguir: más bien llama, levanta y propone. Por eso los
primeros testigos no son los sabios, sino los que velan la noche con su rebaño.
En Belén, «la más pequeña» (cf. Miq 5,1-2), el kairós roza
nuestro chronos y el eterno se deja decir en una sílaba de carne.
Hace
poco vi un nacimiento en el escaparate de una tienda, anunciado como «el primer
belén de la historia»: un cobertizo con las puertas abiertas y un grupo de
ovejas dentro. Ninguna figura más. Al principio sentí la ausencia como una
herida: ¿Dónde están María, José, el Niño, el buey y la mula, el ángel…? Pensé
que nos estamos acostumbrando a celebrar la Navidad usando sus símbolos, pero
eliminando la fe que los sostiene. Sin embargo, aquella imagen se me quedó
grabada y me regaló otro punto de vista: eso mismo hizo Dios en la primera
Navidad, esconder la salvación a plena vista. Con formas, estilos y palabras
que pasaban desapercibidas: un pesebre para animales, un espacio cotidiano,
unos protagonistas ordinarios.
Dios
nos redime con signos discretos de esperanza que ninguno de nosotros
escogeríamos; por eso son suyos. Quizá también por eso, pretendemos enmendar a
Dios el modo y el modelo, transformando la humilde presencia del pesebre hasta
convertirla en espejo de nuestra complejidad.
Cuesta
aprender que no se salva desde arriba, sino desde abajo. Compartiendo
humildemente lo que somos, haciéndonos lugar, abriendo puertas, dejándonos
tocar por la fragilidad que lleva en sí la promesa. En la lógica de Dios lo
pequeño no es una negación del ser, sino su transparencia más alta: el Amor
como acto puro de donación, la Verdad como hospitalidad, la Belleza como
misericordia hecha gesto.
Que
el pesebre —ese lugar pobre, prestado y pequeño— nos devuelva el coraje de
vivir así: sin refugios de prepotencia, con la audacia de la ternura.
sábado, 20 de diciembre de 2025
Prepara tu Corazón llega Navidad
Falta poquito para la Navidad, y es bueno que
vayamos preparando, no sólo el lugar, qué vamos a comer, a quiénes vamos a
invitar, qué regalos vamos a hacer este año, etcétera, etcétera, sino que
en ese “preparar” incluyamos sobre todo el corazón. Podemos adelantar
un poco los sentimientos que nos visitarán en la Nochebuena.
Porque en la Nochebuena saldrán a la luz nuestros
recuerdos lindos de infancia y el recuerdo de los que ya no estarán. Nuestras
ganas de ser más buenos y la pena de ser siempre los mismos egoístas. El
cariño de los que nos queremos y se notarán los vínculos que permitimos
que durante el año hayan quedado sin resolverse, sin hablarse, sin reconciliarse,
en discordia.
El deseo de tener a Dios en el corazón y la tristeza
de no habernos preparado mejor.
Fiesta de familia
Navidad es fiesta de familia. Podríamos decir
que la mesa del altar, del templo, se traslada o se prolonga en la mesa del
hogar. Navidad se celebra en familia.
Una Navidad sin rostros, sin mesa que se
agranda, sin capacidad para dar cabida a los que normalmente no están, sin
olvido de las ofensas, sin deseos de mejorar nuestros vínculos, de suavizar
nuestras contradicciones, no sería Navidad.
Es exigencia de Navidad “crear calidez dentro
de nuestras casas, y para eso tiene que haber olor a comida, cierto desorden
que acuse que ahí hay vida.
Ser pesebre
Se puede pensar en el pesebre como una disposición
del corazón.
El pesebre no posee riquezas, no ostenta, no agobia.
No tiene puertas, ni llaves, ni claves, ni contraseñas. No exige requisitos.
Sólo está ahí, a disposición de quien necesite
alojarse, refugiarse o hacer un alto en el camino.
Ser pesebre en el camino de alguien. Alojar sin
preguntar, sin esperar nada, sin juzgar. Alojar y dejar ir. Ofrecer el
agua que alivia. O las palabras justas. O un abrazo en silencio.
Porque todos en algún momento de nuestro camino
hemos necesitado un pesebre.
Porque ser pesebre es una oportunidad de sentirnos
cerca. De recuperar el sentido en un mundo sin sentido. De volver a sentirnos
seres humanos.
¡Feliz Nochebuena!
¡Muy feliz Navidad!





