Escrito por Pedro Huerta
No
viene desde el poder, ni desde el ruido, ni desde la grandeza que deslumbra.
Viene en un pesebre: lugar pobre, lugar prestado, lugar pequeño. «Envuelto
en pañales y acostado en un pesebre» (cf. Lc 2,7-12). En lo que el
mundo considera accesorio, se abre paso una luz que se humilla, una verdad que
brota en lo sencillo, una presencia que nos prepara para el misterio.
El
pesebre es signo de una nueva creación que no arranca desde arriba, sino desde
la fragilidad, desde lo que no cuenta, desde lo que nadie mira ni le da
relevancia. El pesebre no es un decorado para la nostalgia, sino una ontología
de lo pequeño: el Ser que se ofrece como don, la gloria escondida en lo común.
Es una puerta. Una forma de decirnos que el cambio no está en la fuerza
desbordante, sino en la ternura desbordada; no en la imposición, sino en el
cuidado; no en la distancia disfrazada de respeto, sino en la cercanía.
El
pesebre es posibilidad de encuentro. El modo en que Dios se muestra como
realmente es y cómo quiere que sea nuestra salvación: escondida en lo
cotidiano, amada en lo sencillo, abierta a un futuro de posibilidades donde
siempre tendremos en nuestras manos la capacidad para decidir el camino. La
salvación no secuestra nuestras opciones, no aplasta nuestras posibilidades, no
dicta los senderos a seguir: más bien llama, levanta y propone. Por eso los
primeros testigos no son los sabios, sino los que velan la noche con su rebaño.
En Belén, «la más pequeña» (cf. Miq 5,1-2), el kairós roza
nuestro chronos y el eterno se deja decir en una sílaba de carne.
Hace
poco vi un nacimiento en el escaparate de una tienda, anunciado como «el primer
belén de la historia»: un cobertizo con las puertas abiertas y un grupo de
ovejas dentro. Ninguna figura más. Al principio sentí la ausencia como una
herida: ¿Dónde están María, José, el Niño, el buey y la mula, el ángel…? Pensé
que nos estamos acostumbrando a celebrar la Navidad usando sus símbolos, pero
eliminando la fe que los sostiene. Sin embargo, aquella imagen se me quedó
grabada y me regaló otro punto de vista: eso mismo hizo Dios en la primera
Navidad, esconder la salvación a plena vista. Con formas, estilos y palabras
que pasaban desapercibidas: un pesebre para animales, un espacio cotidiano,
unos protagonistas ordinarios.
Dios
nos redime con signos discretos de esperanza que ninguno de nosotros
escogeríamos; por eso son suyos. Quizá también por eso, pretendemos enmendar a
Dios el modo y el modelo, transformando la humilde presencia del pesebre hasta
convertirla en espejo de nuestra complejidad.
Cuesta
aprender que no se salva desde arriba, sino desde abajo. Compartiendo
humildemente lo que somos, haciéndonos lugar, abriendo puertas, dejándonos
tocar por la fragilidad que lleva en sí la promesa. En la lógica de Dios lo
pequeño no es una negación del ser, sino su transparencia más alta: el Amor
como acto puro de donación, la Verdad como hospitalidad, la Belleza como
misericordia hecha gesto.
Que
el pesebre —ese lugar pobre, prestado y pequeño— nos devuelva el coraje de
vivir así: sin refugios de prepotencia, con la audacia de la ternura.
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