viernes, 7 de junio de 2013

Corazón de Jesús, déjame fundirme en ti...


Escrito por P. Javier Albisu, S.J.

Déjame fundir mi historia en tu Corazón
con toda su carga de debilidad,
y entregar a tu misericordia lo que tu amor dejó atrás.

Déjame fundir mis ojos en tu Corazón
hasta mirar reconciliado mi propia realidad.

Déjame fundir mis oídos en tu Corazón
hasta escuchar lo que jamás imaginaron
que podías y querías pronunciar:
“Yo te perdono; quédate en paz”.

Déjame fundir mi boca en tu Corazón
hasta aprender en el silencio a decir: “abbá”.

Déjame fundir mi rostro en tu Corazón,
hasta encontrar hecho niño el asombro,
con que un día me acercaba hasta tu altar.

Y si ves que a las puertas de fundirme,
mi miedo me detiene y te dice: “¡Basta ya!”,
que tu mano en mi cabeza, me responda:
“Tan sólo, déjate amar”.

domingo, 2 de junio de 2013

Un Dios que se deja tomar entre las manos


Escrito por Angel Rossi -sj-

Después del lavatorio de los pies, en el texto paralelo, aparece el momento de la institución del sacerdocio y de la eucaristía. Pero sería lindo también al contemplar esta escena, rumiar este misterio inmenso de la Eucaristía. Esta presencia del Señor en la eucaristía que es un misterio grande, inmenso, en términos de San Ignacio “un misterio de profundo y total abajamiento”. El inmenso y bellísimo misterio de un Dios que ha querido encarnarse, que como decía Martín Descalzo “se dio cuenta de que sólo se ama aquello que se puede abrazar”. Y un Dios que hasta tal punto se hace a nosotros que asume nuestra carne y nuestra fragilidad, que llega a esta locura de la eucaristía, el omnipotente, el innombrable, el infinito, el inalcanzable, el que era motivo de temor para el antiguo testamento ante el cuál había que taparse el rostro para no caer muerto al verlo cara a cara, el admirable para los filósofos, este Dios inmenso, comete “la amorosa imprudencia” de quedarse entre nosotros y para nosotros bajo la forma de pan y de vino.


Algo tan sencillo, tan a la mano, tan cotidiano, tan vulgar... ¿No habría sido mejor que lo haga bajo la forma de algún alimento más difícil de conseguir, o más caro, o más escondido, para que sólo accedan a Él quienes lo busquen arduamente y no tengamos que vivir dudando de los méritos de muchos que llegan a Él con la misma facilidad que nosotros? Haciéndose tan a la mano ¿no se auto desvaloriza? Así pensamos nosotros, pero Dios no piensa así.

La Eucaristía es misterio de descalabro, de celebración gozosa para los pequeños y de escándalo para los fariseos que si por ellos fuera pedirían certificado de conducta intachable del alma en la fila de la comunión. Un Dios que se deja tomar entre las manos, que se deja pasar de mano en mano con el riesgo de que no siempre ellas estén lo suficientemente limpias como algo tan sagrado merecería... y Él lo sabe e insiste en quedarse, y no se arrepiente ni quiere volver para atrás y ser sólo un motivo de reverente y fría admiración, cuidadoso de no rozarse son nuestras miserias para no ensuciarse. Podemos decir: “Señor no te entendemos pero te agradecemos, nos cuesta entender este abajamiento, este no tenerle miedo a las heridas del corazón que muchas veces supuran más que las heridas del cuerpo”.

Muchas veces hemos confundido la preparación del alma para la eucaristía y en vez de sacar a luz nuestras heridas, las maquillamos, en vez de acercamos a comulgar en debilidad, lo hacemos enarbolando los títulos de buenos cristianos, en vez de buscarlo sedientos, lo hacemos saciados y empachados de méritos. O al contrario viéndonos a veces tan poca cosa, tan indignos, no nos acercamos como si la encarnación y la Eucaristía dependieran de nuestra carpeta de méritos. Nos olvidamos de que son dos presencias totalmente gratuitas, motivadas por nuestra fragilidad y no como recompensa a nuestros buenos comportamientos.

Es cierto que no podemos acercarnos de cualquier modo a la Eucaristía y que hay que ser muy delicado, pero no esperemos tener pureza de ángeles para recibirlo, de lo contrario, como dice el poeta, “nos moriremos de sed al lado de la fuente”. A veces nos dice la gente: “Yo no voy a misa porque los que van a misa después durante la semana son iguales a nosotros o peores” y yo les respondo que somos iguales, y por eso vamos a misa, porque somos igualmente pecadores. Es cierto que nuestro testimonio será cristiano en la medida que nuestros gestos sean cada vez más coherentes con nuestra fe y es cierto que normalmente escandalizamos y alejamos a la gente cuando advierten en nosotros ese quiebre entre lo que pensamos y proclamamos y lo que en realidad vivimos. Justamente porque queremos que esa grieta entre mi querer y mi obrar, entre lo que en el templo deseamos y lo que afuera hacemos desaparezca o disminuya, vamos a rezar, a escuchar la Palabra y a fortalecernos con la Eucaristía.

Ir a misa no es garantía de santidad, al contrario, es garantía de debilidad. El que entra a misa con perseverancia y sinceridad, al traspasar la puerta de la Iglesia hace un acto de humildad, se reconoce y se declara públicamente débil, porque si no lo fuéramos no necesitaríamos venir a alimentarnos, nos quedaríamos en casa regodeándonos satisfechos de ser fuertes. La misa es esto, reunión de débiles que necesitan ser fortalecidos con la Palabra y la Eucaristía; reunión de heridos que necesitan ser curados, o aliviados, de hijos pequeños que necesitan sentir la paternidad de Dios, de ciegos que necesitan luz, de hombres y mujeres que por esa vuelta de la vida hemos perdido el camino y entonces venimos al que es el Camino, para que nos saque con la delicadeza con que solo Él sabe hacerlo de los acantilados donde fuimos a parar. O si vamos bien, podamos perseverar y no tentarnos de dejar el sendero estrecho para indagar recodos o atajos falsos, o cansarnos y quedarnos al costado del camino.

En definitiva la misa no es para los que se creen buenos sino para los que estamos convencidos de que necesitamos mucha ayuda de Dios y de nuestros hermanos, por eso celebramos la misa en comunidad, para seguir deseando ser buenos. Y esto lo hacemos en ámbito de fiesta, de celebración, porque con San Pablo, “nos gloriamos en nuestra debilidad, porque cuando estoy débil, entonces soy fuerte porque en mí debilidad se muestra su fuerza” ( 2Corintios 12, 9-10).

La propuesta es admirarnos de este Señor que ha querido no escaparse de nosotros a pesar de nuestras traiciones sino que ha querido quedarse allí como alimento, como fuerza... ha querido quedarse entre nuestras manos y en nuestro corazón.



sábado, 1 de junio de 2013

"El Misterio del pan Dios y el vino Dios..."

Escrito por Diego Fares -sj-

“Jesús partió los panes y los fue entregando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Y todos comieron hasta saciarse…”.
Como dice Bernárdez:
Al empezar a comer 
notan que el pan del Señor 
les calma el hambre de pan, 
pero no el hambre de amor. 

Partir el pan se toma como signo de la muerte del Señor, de su entrega total, pero la acción de partir el pan tiene como fin repartirlo, para que sacie y alimente a toda la gente. En ese sentido es signo del Espíritu que multiplica íntegro el don, que se parte sin reducirse, que se da entero en cada fragmento.

Por eso el pan, siendo lo más material, es lo más espiritual. En su sencillez, es alimento noble, que se puede compartir. El pan se parte en dos mitades y también en cien miguitas. El pan no ensucia las manos ni el mantel y acompaña todas las comidas. Se puede poner al horno si se endureció y se ablanda o se hace tostadas… y hasta se puede rayar.

Y lo que hay que ver es que esta múltiple capacidad de alimentar proviene de su hechura a partir de la harina molida. Es la molienda de los granos de trigo la que luego permite aprovecharlo en todas sus partes.

Esto es a lo que quería llegar, a la esencia del pan, a lo que lo convierte en alimento puro y nos hace sentirlo compañero.
Para poder compartirse hay que poder partirse pero no a los tirones, no quedando crucificado y dividido. Hay que poder partirse estando entero en cada acción, en cada tarea.

Y esto conlleva un trabajo de molienda que se hace rezando. Tengo que haberme molido primero en la oración hasta llegar a lo único que hay en mí que es “partible” y compartible, que puedo dar sin perderlo ni dispersarme: el Amor que el Espíritu Santo ha derramado en nuestros corazones. Lo que no es amor se puede partir y compartir hasta cierto punto. No podemos estar con todos a la vez ni hacer más de algunas cosas al mismo tiempo.

El pan es espiritual. Es la mejor imagen del Espíritu, creo yo. Mejor que el agua, que el fuego y que el aire por sí solos, porque con un poquito de levadura los conjuga a todos y los hace ser alimento y compañía.

La Eucaristía dominical o diaria es invitación del Señor a comulgar con él, que es Pan de vida. Y comulgar con él no es para nada “comida de tontos”, sino que pan con Pan van bien porque, como dice el poeta, en la Eucaristía no es “ni el pan pan, ni el vino vino”  sino que el misterio es: “el pan Dios y el vino Dios”.

El Señor ya quiere darse 
del todo por nuestro amor; 
y se parte y se reparte, 
pero no en llanto y sudor, 
sino en un pan y en un vino 
que ni pan ni vino son.
Ni el pan pan ni el vino vino: 
el pan Dios y el vino Dios.

sábado, 18 de mayo de 2013

Un Espíritu que Mantiene Viva la Esperanza...

Fuente: CEP -Centro de Espiritualidad y Pastoral-

El Evangelio de Juan (Jn. 20, 19‑23), expone tres acentos del único Pentecostés: uno, la experiencia personal del Espíritu; otro, la comunión entre los que se han convertido en amigos y amigas de Jesús; y tercero, la disposición al mayor amor y al mayor servicio al mundo.
Tras la Ascensión del Señor, los discípulos experimentaron la mezcla de dos aspectos muy propios del crecimiento en la fe: el silencio de Dios y su consuelo. Y no puede ser de otro modo, porque Dios entabla su diálogo con la persona concreta, mediante su silencio y su consuelo.
Cuando Dios “se calla”, la persona se ve impulsada a madurar en la pura fe y a enraizar su libertad en el verdadero amor, más allá de toda seguridad y consuelo. El silencio de Dios se ordena a la pedagogía de la gratuidad del amor, donde la persona se hace más consciente de que si algo puede, lo puede en Dios...
Pero también, cuando Dios “da su consuelo”, hace que todo hombre o mujer se sientan amados, aun sin merecerlo, y esto es la vida. Eso es lo que experimentamos en Pentecostés: el consuelo, fruto del amor de Dios que abruma y anonada, libera y desata (Cf. Arzubialde).
Pentecostés no puede dejar de remitirnos a Jesús. Por eso el evangelio de Juan coloca la entrega del Espíritu en medio del reconocimiento del Señor por las marcas que Él lleva grabadas para siempre: las marcas de la pasión. Unas marcas que se convertirán también en el distintivo de nuestras vidas, al ritmo que va creciendo nuestra amistad con el Señor.
El primer efecto del Espíritu Santo es la alegría por la presencia y reconocimiento del Señor resucitado que nos hace volver al Crucificado. Esta alegría transforma cerrazones, disipa miedos, unifica a la persona, la hace libre y disponible (EE 329 y 316,4). Nos abre a la novedad de Dios.
En Pentecostés, Jesús traspasa a sus hermanos la misión que Él ha recibido del Padre. Un pase de misión que se da gracias a la confianza que crea y recrea la alianza entre los amigos en la fe. Una alianza que llega a ser comunión permanente en la medida que se concreta en actuaciones de generosidad y servicio.

Jesús da su Espíritu para realizar una tarea paradigmática: perdonar y retener. Se trata de la misión de sanar a la humanidad. El Espíritu que reciben los amigos de Jesús los habilita para responder con creatividad e inventiva ante el gran desafío del perdón que es el rostro más visible del amor.

Quien tiene Espíritu Santo se abre y dispone al perdón mediante el encuentro reconciliador y el diálogo que sabe reconocer, valorar y respetar al otro. Se hace experto en deshacer nudos y en romper cadenas, en abrir surcos y en arrojar semillas, en curar heridas y en mantener viva la esperanza. 

jueves, 16 de mayo de 2013

En la Novena del Espíritu Santo, Pidamos ser Movidos Por el Mismo Espíritu que Movió a Jesús...

Escrito por Mikel Hernansanz


"Es Jesús quien da rostro al Espíritu y hace que éste no sea una fuerza anónima y abstracta o una especie de iluminación para ver lo profundo de las cosas. No queremos ser movidos por un espíritu cualquiera sino, precisamente, por aquel que "habitó y empujó " a Jesús. Un Espíritu que sabe a Padre-Madre y que sabe a Reino-Sueño. Quisiéramos que de tanto mirar a Jesús, de tanto empaparnos de Él, de su presencia, de su hacer, de su fuerza salvadora... se nos fuera contagiando un poco de su mismo Espíritu.

Ese Espíritu nos adentra en esa experiencia de Jesús por la cual percibimos que toda la realidad, incluida la más cruel, está envuelta en la ternura de su Dios-Abba. Y eso nos llena de confianza. Y, a la vez e inseparablemente, el Espíritu de Jesús nos sumerge en la dinámica del Reino, en ese Sueño de Dios que ya está en marcha, aunque sea en forma de grano de mostaza, y que asoma cuando los pobres (y lo pobre que hay en nosotros) cobran futuro y esperanza. Y eso nos anima entregar nuestra disponibilidad y las muchas o pocas fuerzas de las que disponemos.

A nosotros nos toca ser humildes versiones actualizadas de esa experiencia de Jesús. Traerla a nuestros contextos y a nuestro tiempo. Esto no lo haremos a base de puños, sino a base de mucho ser transformados y configurados por el Espíritu de Jesús. Es una cuestión de "trasvase ", esto es, de que algo de lo que vivió Jesús y del modo de vivirlo pase a nosotros y nos trabaje por dentro. Y esto es tarea del Espíritu que ha sido derramado en nuestros corazones.

Nos toca hacer las mismas obras que hizo Jesús: traer esperanza, hablar bien de Dios, levantar, sanar, pasar haciendo el bien... pero hacerlas como Él las hizo, con la misma confianza en el Padre, con el mismo respeto a la libertad de las personas, con su misma paciencia y entrega. Y, ojalá, con un poco de su mismo amor. Y esto sólo puede ser obra del Espíritu, que hace en nosotros y a través nuestro... Si Él quiere... hasta donde Él quiera.

Una Oración:

"Que tu Espíritu, Señor, no se apague ni se extinga porque nos va la vida en ello, porque sabemos de sobra que sin Ti no podemos nada.

Que tu novedad y tu Gracia no encuentren tierra dura en nosotros o si la encuentran que no por ello te detengas. Haz tu obra en mí y, si Tú quieres, también a través de mí. Haz tu obra en nosotros.

Que no te echen para atrás ni mis resistencias ni mis pecados.

Enséñame a estar en la vida atento a tu presencia y a tu paso, sin afanes de protagonismo o de reconocimiento, con esa paciencia activa y humilde que nace de Ti.

Enséñame a ver nuevas posibilidades donde sólo parece haber desesperanzas. No te pido que me libres del cansancio, ni que la vida no me lastime, ni tenerlo todo más o menos claro; te pido luz y fuerza para este trocito de camino que estoy haciendo hoy, dejando en tus manos el mañana.

Enséñame a encontrarte en lo profundo, en lo complejo y en lo mezclado de la realidad y del corazón de las personas, donde Tú habitas.

Enséñame a vivir en tu presencia amorosa que lo llena todo, que lo invade todo, que lo penetra todo.

Muéveme a decir "Jesús es mi Señor ", en una mezcla de admiración, intimidad, agradecimiento y disponibilidad. Muéveme a hacer sus mismas obras y con su mismo Espíritu.

Que el agradecimiento por tanto bien recibido 
sea mi más limpio motor para seguirte "
Amén


viernes, 10 de mayo de 2013

Alegría, es Don del Señor...

Homilía del Papa Francisco en la mañana del 10 de mayo en la Misa celebrada en la Casa Santa Marta.

“El cristiano es un hombre o una mujer alegre”. La alegría del cristiano no es la alegría que viene de motivos coyunturales, sino que es un don del Señor que colma el interior.

El hombre y la mujer cristiano/a, es un testigo de la verdadera alegría, la que da Jesús. 
El cristiano es un hombre o una mujer alegre. Esto nos enseña Jesús, nos enseña la Iglesia, en este tiempo de forma especial".

"¿Qué es esta alegría? ¿Es estar contento?  No, no es lo mismo. Estar contento es bueno. Pero la alegría es algo más, es otra cosa. Es algo que no viene de motivos coyunturales, del momento: es algo más profundo. Es un don".

"La alegría, si nosotros queremos vivirla en todo momento, al final se transforma en ligereza, superficialidad, y esto nos lleva a un estado de carencia de sabiduría cristiana, nos hace un poco tontos, ¿no? Todo es alegría…no. La alegría es otra cosa. La alegría es un don del Señor. Nos colma interiormente. Es como una unción del Espíritu Santo. Y esta alegría está en la seguridad de que Jesús está con nosotros y con el Padre”.

El hombre alegre, es un hombre seguro, seguro de que “Jesús está con nosotros y con el Padre”. Pero esta alegría,  ¿podemos “embotellarla un poco” para tenerla siempre con nosotros?: “No, porque si nosotros queremos poseer esta alegría sólo para nosotros, al final se estropea, así como nuestro corazón, y al final nuestra cara no transmite esa alegría sino la nostalgia, una melancolía que no es sana".

"A veces estos cristianos melancólicos tienen más cara de pepinillos en vinagre que de personas alegres que tienen una vida bella"...
  • La alegría no puede quedarse quieta: debe caminar...
  • La alegría es una virtud peregrina...
  • La alegría es un don que camina, que camina por los senderos de la vida, camina con Jesús, es predicar y  anunciar a Jesús...
  • La alegría, alarga el camino, lo amplía. 
  • La alegría es una virtud de los grandes, de los grandes que están por encima de las nimiedades, por encima de las pequeñeces humanas, que no se dejan implicar en las cosas pequeñas internas de la comunidad, de la Iglesia: miran siempre al horizonte”.

“La alegría es una peregrina”. “El cristiano canta con alegría y camina llevando esta alegría”.

"Es una virtud del camino, incluso más que una virtud, es un don: un don que nos lleva a la virtud de la magnanimidad . El cristiano es magnánimo, no puede ser pusilánime: es magnánimo. Es propio de la magnanimidad la virtud del respirar, es la virtud de ir siempre adelante pero con el espíritu lleno del Espíritu Santo. Es una gracia que debemos pedir al Señor. La alegría. En estos días de modo especial, porque la Iglesia se invita y nos invita a pedir la alegría y también el deseo".

Lo que lleva adelante la vida del cristiano es el deseo... cuanto más grande es tu deseo, más grande será la alegría. 
El cristiano es un hombre, una mujer de deseo: deseen siempre más en el camino de la vida. 

Pidamos al Señor esta gracia, este don del Espíritu: la alegría cristiana. Lejana de la tristeza, lejana de la alegría simple…. Es otra cosa. Es una gracia que hay que pedir”.