viernes, 11 de marzo de 2016

17° Día Ejercicios Espirituales : EL CAMINO DE LA PASIÓN

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 En los días anteriores estuvimos rezando entorno a la última cena en dónde nos dejamos lavar los pies por Jesús y escuchamos sus palabras de despedida, dejándonos asombrar por este Señor que en la pasión, hace suyo los dolores y los sufrimientos de todos los hombres y mujeres del mundo y de todas las épocas.

Nos dice la hna Marta Irigoy, que es una linda gracia para pedir, que experimente como en la cruz del Señor, está mi cruz. Este "por mí" que siempre es bueno recordar. El Señor que por mis pecados va a la cruz, pero no por culpa mía sino porque me amó y se entregó por mí y porque no quiere que nadie se pierda... Jesús en la cruz es el buen pastor, se carga con mis heridas y a través de sus heridas me sana y nos sana.

San Ignacio no busca que estas contemplaciones de la cruz sean causa de dolorismos estériles, sino de consolaciones profundas, consolaciones fecundas, para consolar a otros.

Por eso al presentar esta etapa de los ejercicios lo hace teniendo en el horizonte la Pascua, contemplamos en estos días el misterio pascual, centro y sentido de nuestra fe. Estamos invitados a entrar en el misterio pascual que es un misterio de amor que tiene como fundamento el anonadamiento del hijo. Jesús no entra en la pasión como un super hombre, sino que atraviesa este paso tomando la fragilidad como compañera, y en ella descubrimos la desconcertante fortaleza de Dios.

Contemplar ignacianamente la pasión es sumergirnos en el eterno presente del hoy, por eso en este hoy estamos invitados a descubrir en cada dolor propio y de mi prójimo, el acontecer de algo sagrado. 

La Pasión sucede hoy y en este hoy el Señor me invita a caminar silenciosamente para descubrir de un modo nuevo, cómo el anonadamiento te revela la gloria de Dios.

Recorrer con Jesús la Pasión
Padre Ángel Rossi

 Dentro del seguimiento del Señor decimos que la espiritualidad ignaciana es una espiritualidad de seguimiento del discípulo, de aquel que escucha el llamado y lo sigue sirviendo, encontrando el lugar donde el Señor nos pone para el servicio. Por eso buscamos la voluntad de Dios para seguirla.

En esta etapa de los ejercicios el seguimiento se hace más difícil porque ya no seguimos a un Señor fascinante sino a un Señor desconcertante, silencioso, que ya prácticamente no habla. A medida que nos vamos acercando hacia la Cruz, el Señor se va silenciando, y el que es la Palabra se hace silencio.

Ayer como composición de lugar rezamos en torno al lavatorio de los pies, y en lo que se llama las despedidas y la oración sacerdotal; nos hemos sentado a la mesa con los discípulos, nos hemos dejado invitar por el Señor a lavarnos los pies y el Señor nos dejó en el símbolo de la palangana, la jarra y la toalla - explicándonos a través de un gesto plástico - lo que espera de nosotros. Él espera que podamos tomar estos instrumentos como símbolo de servicio.

Hoy les propongo que sigamos leyendo la pasión: Evangelio según San Juan 18 y 19; o si quieren tomar los otros evangelistas, Mateo a partir de capítulo 26 y 27, Marcos 14 y 15, Lucas 22 al 23. Buscando el evangelista que nos da más devoción, la propuesta es acompañarlo al Señor. Nos ponemos al lado de Él en actitud de servicio. Uno puede imaginar que tratamos de suavizar las penurias del Señor y la composición de lugar puede ser cualquiera de las escenas de la pasión.

Al ir recorriendo y haciendo una lectura serena, nos quedamos "allí donde encuentro gusto", donde siento que me hace bien y que me podría quedar dándole vuelta al tema y conversar con el Señor, para reflexionar sobre mi vida.

Romano Guardini decía que en el Vía Crucis, en el camino de la cruz, el desafío es encontrar dónde el Señor me está esperando. Es como si en Jerusalén hubiera un rinconcito donde el Señor me espera a mí. Para unos será sentado en la mesa en la Última cena, para otros será en el camino de la cruz, otros al pie de la cruz junto a la Virgen; para otros será con Nicodemo y José de Arimatea en el sepulcro cuando van a pedir el cuerpo del Señor; para otros puede ser cuando está en los patios de Pilatos y de Caifás donde el Señor pasó horas sentadito en soledad... son escenas que a veces se nos pasan de largo y son donde el Señor está a la intemperie esperando un juicio injusto y lo acompañamos en su soledad y paciencia.

 Por lo tanto la composición de lugar es seguirlo al Señor en cualquiera de las escenas de la Pasión, que pueda servirnos para la contemplación. Incluso diría, no apurarse a ir a la cruz. En cada gesto de la pasión el Señor está en plenitud. Y lo que pedimos en este momento, será aquí “dolor con Cristo doloroso, quebranto con Cristo quebrantado, lágrima y pena interna de tanta pena que Cristo paso por mí”. Pedimos el compartir con Jesús, desde el agradecimiento del "por mí". Cada gesto de la pasión fue por todos los hombres de todos los tiempos y también cada gesto fue por mí. Por supuesto que esto es una utopía pero si el mundo hubiera sido yo solo, el Señor no se hubiera borrado en ninguno de los gestos de la pasión, hubiera tenido los mismos gestos que tuvo y lo hubiera hecho solo “por mí”. Este "por mí" es muy fuerte porque nos mueve al agradecimiento pero también nos mueve a la admiración y al compromiso.

Normalmente frente al gozo uno tiende a retenerlo, a prolongarlo entonces cuando uno tiene momentos lindos uno quisiera eternizarlos... es la tentación de Pedro en la transfiguración, “hagamos tres tiendas” como diciendo “no bajemos del monte, no vayamos a Jerusalén, nos quedemos acá”. Y el Señor le dice que hay que seguir el camino.

Pero ante el sufrimiento la reacción natural es huir, desentendernos... por eso se dice que frente a la pasión y la cruz, normalmente hay dos posturas, no hay muchos puntos medios. Frente a la pasión o huimos o permanecemos, son dos actitudes del corazón y justamente la gracia que pedimos es la permanencia, “que yo pueda estar”.

 Textos  Iconos de Huida:

Los discípulos resistiéndose a que Jesús vaya a sufrir y que suba a Jerusalén,
  • Marcos 9 - 32: Segundo anuncio de la Pasión: “ellos no entendían lo que les decía y tenían miedo de preguntarle”
  • Marcos 14, 37: Los discípulos durmiéndose en Getsemaní, como un modo inconsciente de evadirse justo cuando el Señor los necesitaba junto a Él, acompañándolo. En el momento más terrible, los tres se duermen como quien no entiende o no soporta.
  • Marcos 14 -50: "y abandonándole huyeron todos"


 Textos Iconos de Permanencia
  • Lucas 22 – 28: "Ustedes son los que han permanecido conmigo en las pruebas"
  • Mateo 26, 38: "Permanezcan aquí y velen conmigo" lo que Jesús les pide a los discípulos en Getsemaní,
  • Juan 19, 25-26: "junto a la cruz de Jesús estaban su madre, María de Cleofás, María Magdalena" "Jesús viendo a su madre y a su lado al discípulo amado”... es quizá el icono por excelencia de la permanencia. El texto nos dice que simplemente “estaba”. El desafío para nosotros es “estar” en silencio al pie de la cruz y pedir la gracia de no huir.


 Habría que analizar cuáles son las formas con las que nos fugamos de nuestra cruz. Cada uno tiene su modo de huir, pero a la cruz no se la puede “gambetear”. Se dice que el un hombre que huye no soporta el silencio, no sabe de espera, no aguanta ni abraza nada y se saca de encima todo. En cambio el hombre que sabe estar al pie de la cruz, espera, aguanta, abraza, sostiene. En esta imagen del “saber estar”, está simbolizada en María.

“Estar junto a Él”

Otras forma de meditar es estar frente al Señor, junto a Él. Uno puede imaginar una escena, un Jesús sentado en un patio solito en el momento que va hacia la cruz o en el momento que es crucificado... quedarnos junto a Él, mirarlo, permanecer a su lado y hasta les diría que suelten los textos. Uno los lee y después los deja y se queda frente al Señor en cruz y permanece a su lado pobre y silenciosamente, y dejar que fluya lo que salga. Para unos fluirá el agradecimiento, para otros surgirá la petición, para otros el pedido de perdón, para otros el deseo de servirlo. El desafío es ir allí y ponerse frente a Él.

Van der Meer, poeta holandés, cuando habla de su conversión en "Nostalgias de Dios" la define de esta manera: “el viernes santo entre las doce y las tres de la tarde, encontré todas las respuestas a las grandes preguntas de mi vida”. A ésta conclusión el poeta la obtuvo sentado frente a la cruz de Jesús en Notedrame, la Catedral de París.

Algún autor dice que Cristo en cruz es como un libro abierto que tiene una palabra para mí, y se pregunta el autor por qué no vamos más seguido a leerlo, a buscar la palabra que el Señor desde la cruz tiene reservada para mí. Ésta es otra forma, quedarnos frente a la cruz y dejar que el Señor nos consuele, nos de fuerzas, nos anime, que nos llame, que nos sostenga... lo que a cada uno le brote del corazón. Dejar que fluya el sentimiento y poder decírselo al Señor con nuestras palabras.

En Hebreros 12,2 San Pablo dice “levantemos la mirada hacia Jesús”, esto es lo que buscamos... fijar la mirada en Jesús en la cruz, ya que Él es el guía, el conductor, el que va delante de ti, el que te precede en el camino, el que te conduce en medio de la oscuridad y de las dudas, el que te enseña a ir más allá de todas las las noches.

Otro modo de rezar que nos puede ayudar en la pasión es poder trasladarme mentalmente a algún lugar de dolor dentro de los lugares donde se desarrolla nuestra vida (trabajo, estudio, familia, etc). En cada uno de los ámbitos en que nos movemos uno podría - si nos animásemos - ver cuál es el lugar de más dolor. A veces dentro de mi familia, cuál es el que de un modo especial necesita que estemos cerca, que animemos, que consolemos, que acompañemos... y entonces trasladándome a ese lugar con la imaginación poder recorrer la pasión pero dándole un sentido de encarnación, no está en el aire sino que es una experiencia encarnada en nuestra vida.

 El grito de Jesús

Hay un comentario de Martín Descalzo en el que dice que le llama la atención que en Mateo 27,50 dice allí que “Jesús lanzando un fuerte grito expiró”. La tradición de la Iglesia nos hace rezar lo que llamamos las últimas siete palabras de Cristo pero muchos Santos Padres se han fijado en esta octava palabra que no está explicitada. El texto no habla de un murmullo o susurro. ¿Qué sería este fuerte grito? ¿Un grito de fracaso, un grito de triunfo o una mezcla de las dos cosas?

Sin querer forzar el texto uno podría imaginar que en ese grito me nombra a mí, me hace pasar por su corazón y me nombra. En su devoción uno puede imaginar que el Señor al morir nos nombró con todo el amor del mundo, con ese amor infinito con el que va a la cruz.

Por otra parte, ese grito del Señor en la cruz antes de expirar tiene un eco, queda tácito, no sabemos lo que dijo pero es un eco que queda en toda la historia, en cada hermano que sufre y que necesita un oído atento. A veces puede ser un gemido muy suave y a veces un grito tan estridente que huimos para no escuchar... es el grito de la noche oscura de los santos, es el grito de los hospitales, es el grito de los solitarios, es el grito de los que están sin trabajo, son los gritos de los niños de la calle y tantas formas de grito. A veces sonoros y a veces gemidos muy suaves pero tremendamente profundos, y si nosotros no permanecemos no los vamos a poder escuchar. Tomará la forma de soledad, de enfermedad, de angustia conforme a aquellos que conocemos y están cerca nuestro.

Martín Descalzo decía:
“A veces me pregunto si Dios no debería concedernos a todos los humanos un don, un don terrible. Concedérnoslo una sola vez en la vida y sólo durante cinco minutos: que una noche se hiciera en todo el mundo un gran silencio y que, como por un milagro, pudiéramos escuchar durante esos cinco minutos todos los llantos que, a esa misma hora, se lloran en el mundo; que escucháramos todos los “ayes” de todos los hospitales; todos los gritos de las viudas y los huérfanos; experimentar el terror de los agonizantes y su angustiada respiración; conocer -durante sólo cinco minutos- la soledad y el miedo de todos los desocupados del mundo; experimentar el hambre de los millones de millones de hambrientos por cinco minutos, sólo por cinco minutos. ¿Quién lo soportarla? ¿Quién podría cargar sobre sus espaldas todas las lágrimas que se lloran en el mundo esta sola noche?

Ésto no es para darle vuelta al dolor sino para pensar en el gesto inmenso del Señor por nosotros. Al ponernos frente a la cruz del Señor nos animemos a pedirle la gracia de tener el oído atento para poder ver en nuestra propia vida, en el hoy que nos toca vivir, qué forma tiene este grito del Señor al expirar y de qué manera el Señor me llama a mí a través de él. Uno puede animarse a saber en dónde está encarnado este fuerte grito cuando el Señor expira, que es un grito del que también hay que hacerse cargo.

Jesús nos regala a su Madre

El Señor con mucha delicadeza nos ha hecho el más precioso regalo para poder vivir la cruz. Cuando parecía que el crucificad ya no tenía nada más para dar, cuando el despojo era total, tiene esta delicadeza de regalarnos lo más hermoso, lo mas grande, lo que normalmente uno no regala que es a su madre.

En los momentos de abatimiento y de debilidad es cuando tenemos más cerca a la Virgen para exponerle todos nuestros pesares frente a las fragilidades, nuestros despojos y nuestros pecados. Creo que nos hace bien ir a cobijarnos cariñosamente a los brazos de la Virgen porque es un lugar del que difícilmente podemos huir.

Julian Green, el escritor francés, posiblemente imaginaba en el momento de la piedad a la Virgen con Jesús en brazos, y en ella se vuelve a repetir el gesto del nacimiento en donde la Virgen lo recibió recién nacido. Misteriosamente el escritor halla la fragilidad del hijo recién nacido en el despojo del hijo bajado de la cruz, entregado y ya vencido. Algunos autores dicen que en este bellísimo signo de la Piedad tenemos el símbolo más hermoso y perfecto de la esperanza.

En los brazos de la Virgen se gesta la más hermosa de las dulzuras. Allí comienza la esperanza cristiana, porque la esperanza cristiana nace cuando ya humanamente no hay nada que esperar. En el cuerpo liquidado del Señor que ya no tiene nada más para dar porque lo dio todo, curiosamente comienza a gestarse la resurrección. Nosotros a veces también nos sentimos un poco así, como muertos en los brazos de la Virgen o querríamos poner en sus manos aquellas cosas que humanamente ya no nos prometen absolutamente nada. Posiblemente de allí comience a surgir misteriosamente la parte más hermosa de nuestra fe, lo más dulce de Cristo, ahí comienza la resurrección, cuando lo humano de Cristo no ofrece nada.

Posiblemente Julian Green imaginaba esta escena de la Virgen y entonces se toma la atribución como hijo de acurrucarse junto a ella... así como los niños que ponen la cabeza sobre la falda de la mamá, y dice:
“A María la saludo porque es hermosa y porque estoy completamente solo y tengo la necesidad de hablar a alguien que me escuche bondadosamente. Entonces yo le expongo todas mis alegrías y todos mis pesares, me lamento ante María de mi soledad y estoy menos solo, le digo que tengo un corazón humano y que este corazón tiene frío y ella lo comprende porque es la madre de toda la humanidad. Cuando cierro los ojos es como si me acurrucara contra ella con la frente entre sus rodillas y como si ella me acariciara el cabello con la punta de sus dedos. Tales son las fantasías de un alma embriagada de tristeza”.

Una imagen bellísima de un hombre sumamente pecador pero también sumamente piadoso, que se siente muy hijo y que necesita ese lugar de cobijo en este caso junto a la Virgen dolorosa. Es un modo de contemplar la pasión que nos puede hacer bien, pegarnos a la Virgen, porque de otro modo no nos daría la vida para transitar la pasión.

María, quédate en casa

Y quizá tomando esta misma escena de Juan en donde Jesús nos entrega a su madre, puede servirnos también aquella escena donde Jesús le entrega a Juan como mamá.

“Jesús desde la cruz le dijo a María “la casa de Juan es tu casa, María”. A partir de ese momento María sería la madre de Juan y Juan sería su hijo. Ella que había vivido en la casa de Dios ahora tendría que vivir en la casa de los hombres, pero aceptó muy gustosa ir a vivir a la casa de Juan, y seguramente estaría muy gustosa de venir a vivir en cualquiera de nuestras casas.

Es muy probable que además de vivir en la casa de Juan pasara temporadas en las casas de los otros apóstoles. Todos querían tener a María en su casa y seguramente María recorrería la casa de todos. Por lo tanto, nos puede surgir como oración a nosotros, poder decirle: “Vení a nuestra casa María”.

Es probable que Juan tuviera su casa desordenada y que hubiera polvo por todos los rincones y platos sin lavar, y María se pondría a ordenar todo aquello. Ella sabía hacerlo muy bien porque había sido ama en la casa de Dios. Todo quedaría pronto más limpio, mas ordenado, más agradable.

“Verás María, ese pequeño desorden que encontraste en la casa de Juan lo vas a encontrar en todas nuestras casas, y probablemente más lío que en la casa de Juan. En nuestra casa también suele haber muchas cosas que no están en su lugar... probablemente en la casa de Juan encontraste redes desordenadas y te pusiste con tu paciencia a desenredarlas. En nuestras casas también vas a encontrar varias cosas enredadas, varios lazos familiares que se han roto y otros se han retorcido... María, vos sabés cómo desenredar y soltar todo esto, te agradeceríamos que te des una vuelta por nuestras casas para desenredar más de un lío.

 En la casa de Juan encontrarías cosas que no estaban en su sitio, también en nuestros hogares puede que encuentres un poco de esto, personas que no están en su sitio, madres de familia que están poco en casa, hijos que no son controlados como deberían estarlo, esposos que no están en el sitio de esposos y ancianos que quizá estén demasiado arrinconados.

En la casa de Juan seguramente has encontrado cosas que estorbaban, que no servían para nada más que para ocupar lugar y juntar polvo... también en nuestras casas vas a encontrar cosas que sobran. A veces sobra el egoísmo, a veces los malos modos, a veces el mal humor, a veces la violencia.

Tu en la casa de Juan irías poniendo cada cosa en su lugar hasta que no faltara nada de lo que debe haber en una casa. Ven a nuestras casas María, porque a nosotros también nos faltan cosas importantes para la casa. En algunas casas falta la paciencia, en otras falta el sacrificio, en otras falta el amor, en otras la alegría.

María te pedimos que te des una vuelta por nuestras casas, solo vos puedes ayudarnos a organizar bien nuestros hogares... Vos que pusiste la casa de Nazaret con tanto gusto que vino a vivir el mismo Dios con vos.

Te invitamos a nuestra casa porque sabés muy bien que desde que murió tu hijo Jesús tu casa es la casa de Juan, tus casas son las casas de tus hijos, los hombres. Ven a vivir con nosotros que estás en tu casa, María”.

Quizá nos pueda ayudar después de contemplar la Pasión o durante la Pasión, ponernos codo a codo con la Virgen y pedirle que ella nos acompañe y nosotros acompañarla a ella.

En la composición de lugar podríamos decir “¿quién soy yo para acompañarla a ella? Pero acá estoy, si en algo te puedo ayudar, aunque sea para que me sientas cerca...” Y a la vez que ella nos de fuerza para también nosotros hacernos cargo de nuestra propia cruz y de hacer nuestro propio caminito de pasión que va hacia la resurrección.

Lo dijimos el otro día no lo contemplamos desde el fracaso, no lo seguimos al Señor desde lo deprimente sino que pasamos por el dolor como un puente que va hacia la resurrección y esto es importante también para nosotros.

Que sea esa la gracia, que podamos meditar serenamente la pasión durante estos días. Frente a la cruz, en silencio, dejen que el Señor nos diga la palabra que mas necesitamos escuchar. Y a la vez, trasladarnos con el corazón a algún lugar de dolor y cruz en donde como los discípulos, nosotros también le esquivamos y huimos.



Que el Señor nos de la gracia y la fuerza junto a la Virgen de la permanencia de no aflojar y estar humildemente junto a él.


miércoles, 9 de marzo de 2016

16° Día de los Ejercicios Espirituales: "TIEMPO DE DESPEDIDAS..."

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Seguimos contemplando el Misterio Pascual, nos dice la hna Marta Irigoy, acompañando al Señor en el camino de la Cruz. Tenemos que recordar esto que San Ignacio nos aconseja, considerar cómo el Señor nos mira y que contempla también su historia junto a nosotros. Es decir, que nos ayuda a actualizar su pascua en nuestra vida. San Ignacio nos da algunas ayudas para poder sacar mayor fruto a la oración.

La primera es considerar cómo Cristo Nuestro Señor padece en su humanidad. También considerar cómo la divinidad de Jesucristo se esconde. Y también, algo importante “que todo esto lo hace por mí”. A los tres aspectos propios de la contemplación, esto de ver las personas, escuchar lo que hablan y mirar lo que hacen, San Ignacio dice que nos tienen que ayudar a penetrar en el corazón del Señor y nos ayudan también a unirnos e identificarnos más íntimamente a Él en sus sentimientos. Los misterios de la pasión tienen una doble finalidad, por un lado crear una situación de compasión. Por otro lado que esto nos sirva de ejemplo, porque así como el Señor se entrega y muere por mí, yo también tengo que entregarme por mis hermanos.

También nos ayuda a descubrir cómo este Dios que se abaja en el mundo me invita también a la pequeñez, y a dejarme moldear por Él. San Ignacio quiere mostrar que la divinidad del Señor se revela ocultándose libremente en la humanidad que sufre tan cruelmente. Pero es importante subrayar que San Ignacio no insiste en el sufrimiento sino en el Cristo que sufre y que hace suyos los sufrimientos y dolores de todos los seres humanos. Jesús nos enseña cómo vivir esta realidad humana que todos debemos pasar. Esto nos abre nuevamente al misterio del amor que el Señor me tiene, ese amor por el Padre y ese amor del Padre que entregó su Hijo al mundo. Y esto me debe llevar a preguntarme: ¿qué debo vivir y hacer por Cristo que sigue sufriendo en el mundo hoy?. Después de las contemplaciones que hacemos, tenemos que hacer un coloquio, un diálogo con Cristo nuestro Señor.


En cuanto al coloquio, de la misma manera como en el cuidado de un enfermo o de una persona que se está muriendo, nuestra presencia es más importante que las palabras o gestos que podamos hacer, lo mismo con la oración, se trata de estar más cerca de Jesús en su pasión. Eso es lo más importante, nuestra presencia más que nuestras palabras y nuestros actos. Intentamos sencillamente estar ahí con el Señor, acompañándolo, en silencio, compadeciéndose o dejándose consolar también por este Señor que hace suyo mis dolores y los de todo el mundo.

Quizás muchos de nosotros pudimos hacer nuestra enmienda de vida, en esto que llamamos ordenar la propia vida, y quizás alguno de nosotros está ahí todavía, fijándose, rondando por donde será. También sería lindo charlarlo a esto con el Señor, pedirle al Padre, a la Virgen, que nos regalen toda su gracia para que esta decisión brote de lo más hondo de nuestro corazón y que podamos decir “Señor que se haga tu voluntad”. Desde este lugar disponerme a vivir, pensar, y desear, desde el Señor, asumiendo sus sentimientos, sus actitudes y sus opciones, sabiendo que lo que es imposible para el hombre es posible para Dios.

Momento de despedidas 
Padre Ángel Rossi

Hoy comenzamos lo que San Ignacio llama la Tercera Semana; la tercera y la cuarta semana van a ocupar estos cinco días que nos pondrán frente al misterio pascual.

Para San Ignacio, el camino de la pasión es el camino necesario para todo discípulo. Nos propone ir poniéndonos ante la cruz, considerar cómo el Señor en la Pasión parece esconder su divinidad y cómo sufre en su humanidad para que encontremos en su dolor el consuelo de sabernos amparados en su corazón. La petición que hacemos en este momento es “pedir dolor, sentimiento y confusión porque por mis pecados va el Señor a la pasión”. Ya en otros días de ejercicios y sobre todo en la segunda semana venimos hablando de este “por mí”, de estos gestos del Señor que son personalizados, son por todos los hombres en todos los tiempos pero también son por mí. Por lo tanto si queremos ponernos bajo su bandera (como rezábamos en la segunda semana en la meditación de las dos banderas), si queremos seguirlo (como meditábamos en la meditación del Reino) no hay otro camino que acompañarlo en la Pasión. Éste es el desafío, lo hemos rezado en estos días y ahora viene el momento de acompañarlo, de entrar con Él, de ir en cada paso rumiando este misterio.

La pasión, por otro lado, es un ámbito de confirmación dentro de los ejercicios, y la elección que hasta aquí hemos hecho, lo que sentimos que tenemos que cambiar, los pasos que tenemos que dar, las afecciones desordenadas que tenemos que dejar, en fin, aquello que quizás ya ha ido brotando estos días a modo de propósitos, deseos, hay que ponerlos frente a la cruz. La cruz discierne, la cruz nos da fuerzas, y en la pasión uno encuentra la fuerza que necesitamos para ciertas decisiones. Es un lugar de decisiones y el ámbito donde el seguimiento toma la forma más dolorosa. Es el seguimiento a este Señor ya no triunfador, ya no rodeado de gente sino que comienza un camino misterioso de soledad y humillación. Y pedimos la Gracia de que nos de la fuerza para poder acompañarlo, no en un sentido lamentoso ni masoquista sino aceptando que no hay vida cristiana que no pase por la cruz y que no vaya hacia la resurrección. No se puede “gambetear la cruz”, no hay atajos.

La última cena

En este primer día en que contemplamos la pasión vamos a poner la mirada en la última cena y el lavatorio de los pies (Juan 13).

Jesús comienza las despedidas, que era el modo como el Señor los va preparando a los discípulos para la misión, preparándolos para el escándalo que se viene de la cruz que ellos no lo van a entender sino mucho después, posiblemente en la resurrección y en Pentecostés. Hay que imaginar que Jesús les habla a los que prepara para la misión, a los discípulos y a nosotros.

Como composición de lugar uno puede sentarse a la mesa con los discípulos. Les propongo que a lo largo del día, a modo de oración y lectura serena, puedan leer todo el texto de la pasión que se extiende desde Jn 13 a Jn 17. Estos capítulos van desde el Señor que se sienta a la mesa con sus discípulos, que les lava los pies, que les deja la eucaristía, que nos deja el sacerdocio en la figura de los apóstoles, y después comienzan las despedidas. Aunque suene contradictorio, podríamos pedir la gracia de dejarnos consolar por el Señor. Misteriosamente en estos textos hay mucho de consolación en las palabras del Señor. Ustedes lo van a ir encontrando, y allí donde encuentren gusto quédense.

Sentados a la mesa con los discípulos y sintiendo que el Señor no solo les habla a ellos sino a nosotros, podemos dejarnos decir como dice allí, por ejemplo en Juan 14, “No se inquieten”, o como cuando el discípulo afirma: “Señor no sabemos a donde vas”. Ahí podemos ver tantas situaciones nuestras en donde también nosotros podemos desde lo hondo del corazón decirle “Señor no sabemos a donde vas”. Y el Señor le contesta “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”, donde también les promete el Espíritu Santo: “Si ustedes me aman cumplirán mis mandamientos, yo les enviaré mi paráclito”. Quizás los discípulos al escuchar la palabra paráclito no entendían nada, pero lo entenderán cuando venga el Espíritu Santo justamente para que entiendan. El paráclito es el que los acompaña, el que les da fuerza, el que los apadrina y el que los sostiene. El Señor no nos va a dejar solos, “no los dejaré huérfanos” va a decir después, “volveré a ustedes, y ya no los llamo siervos, a ustedes los llamo amigos. No son ustedes los que me eligieron soy yo el que los elegí a ustedes”. Son palabras preparándolos para la misión. Hay también una dimensión de consuelo en la pasión, al saber que vamos recorriendo un camino que Él ya recorrió por mí, y esto nos tiene que dar mucha fuerza.

En Jn 17, el Señor hace su oración sacerdotal. Reza por sí mismo, reza por los discípulos, reza por la gente... y quedarme allí, acompañarlo en su oración, animarme a que el Señor me diga lo que allí va hablando.

Como composición de lugar, volviendo a la escena, les propongo como si nos sentáramos nosotros también a la mesa. Estamos en el cenáculo, dentro de la ciudad, en un piso alto, que aquel hombre del cántaro le cedió a Jesús y a los suyos tal como cuenta el evangelio. Hay una gran mesa con divanes para recostarse cómodamente, se sirve el cordero entero conforme a la ley de Moisés, hay fuentes con hierbas amargas, con panes... están los discípulos, está Juan con la cabeza recostada sobre el pecho de Jesús. Nos hace bien imaginarnos a Jesús reunido allí con los doce para celebrar la Pascua. Y como decíamos antes, dice San Ignacio en el libro de los ejercicios 192: “Considerar el lugar de la cena, si grande, si pequeño, si de una manera, si de otra. Y recordar la petición, pedir lo que quiero, que será aquí pedir dolor, sentimiento y confusión porque por mis pecados el Señor va a la Pasión”. Pedimos sentir cada uno de los gestos del Señor, personalizarlos, que son por mí.

La Palabra se trasforma en gestos

También es paradójico que la Palabra hecha carne, que es Cristo, a medida que se va acercando a la cruz se va silenciando. La Palabra se va callando, y empiezan a hablar los gestos. Es bueno a esta altura de los ejercicios que hablemos menos para que la Palabra diga al corazón. Vamos a proponer también que hablen algunos de los gestos de la pasión del Señor, que son gestos elocuentes que hablan por sí solos y ante los cuáles no tenemos más que contemplarlos y dejarlos ser.

El Padre Eduardo Casas suele decir que un gesto de amor es también una palabra dicha desde el silencio; pronunciadas de otra manera, los gestos y los detalles nos llevan a lo esencial, son esas diminutas revelaciones que manifiestan lo más importante, lo que no se ve. Cada detalle es la suavidad de una presencia sigilosa, de una caricia del alma. Cada gesto, y en este caso los gestos de la pasión, ha sido primero un sentimiento, que acá lo podríamos resumir nosotros en esto: El Señor que nos amó y nos amó hasta el extremo. Necesitamos la seguridad de sentirnos amados y en la pasión ese amor es, dice hondamente el evangelio, un amor hasta el extremo, hasta dar la vida por nosotros. Precisamos de la expresión y del gesto para que se confirme el regalo del amor. Éste es el desafío.


El lavatorio de pies
En Juan 13, aparece el relato del lavatorio de los pies. Dice allí el texto “Se puso a lavarle los pies”. Jesús en ese jueves santo, en gestos y palabras, está ahí para significar un amor sin medida, infinito, inesperado. En medio de la cena Jesús se levanta de la mesa, se saca su manto, y tomando una toalla se la ciñe a la cintura, luego se puso a lavar los pies de los discípulos.

Comparto un comentario basado en un escrito elaborado por Punto Corazón:

Entremos en la pasión de Jesús, en su pasión de dolor, dejándonos habitar por este gesto. Jesús les lava los pies para manifestarles la misión de servidor, tanto la suya como la de ellos. Tal vez la comida festiva apenas ha comenzado en aquél momento cuando de golpe Jesús se levanta. Uno puede imaginar la mirada de los discípulos, miradas inquietas, curiosas, atentas, habrán dicho “qué está por hacer, a dónde se va.. ya nos va a dejar”. El maestro se aparta y se quita la túnica, eso los intriga más todavía.
Para la comida de Pascua se acostumbraba vestirse mejor de lo habitual, y acá el Señor al contrario, parece desvestirse, se quita la túnica. Es un Jesús que ya perdió las prerrogativas de su divinidad, ahora parece perder el derecho de Señor y de Maestro, se presenta como un pobre servidor. Esta vez su camino no deja ninguna duda. Es un camino de descenso, se quita la túnica, y delante de cada uno de sus amigos se arrodilla como un mendigo teniendo como única arma una vasija con agua y una toalla. Su mirada es fuerte y a la vez perfectamente humilde. Parece implorar con inmenso respeto la libertad de cada uno de los discípulos y de la nuestra: “¿Querés que te limpie los pies?” No nos obliga, hay una consulta.

Cuando Jesús llega a Pedro es como si frente a esta pregunta Pedro hubiera dicho “no, no quiero, vos a mí no me lavas los pies”. La respuesta dura de Pedro ha despertado muchas preguntas en los santos padres. Algunos dicen que posiblemente el “no” de Pedro tendría sentimientos encontrados, por un lado no soportar al ver al maestro en actitud de esclavo. Hay que pensar que el lavatorio de los pies es un gesto reservado a lo más bajo de la esclavitud. Quizás nosotros no terminamos de entender hasta qué punto era desconcertante. Pedro primero no soportaría ni aceptaría esta postura de un Señor servidor, y por otro lado, posiblemente él ya sabría que secundaría a Jesús, entonces él tendría que hacer lo mismo. Se ve venir esta misión que seguramente le repugnaría a la naturaleza como le puede repugnar a cualquiera todo lo que pueda ser un gesto de total servicio y abajamiento. Pedro está tironeado. Le dice que “no” a Jesús, y el Señor lo convence. Pedro acepta que le lave no solo los pies sino la cabeza, propio de él siempre exagerando.

Con este gesto Cristo revela su misión. Él es servidor, de los designios del Padre y de los hombres. Cumpliendo el servicio más humilde, hizo el servicio más sublime que es la liberación de los hombres. Es un gesto pedagógico. Momentos antes de esta escena, cuando venían caminando Jesús se da cuenta que venían cuchicheando en voz bajita algún tema. Por eso cuando se sientan a la mesa les pregunta: “¿qué era lo que venían hablando en voz baja?” Y dice el texto que los discípulos tenían vergüenza, porque venían discutiendo quién de ellos era el más grande. Hacia los umbrales de la pasión, que habrá sentido el Señor en lo hondo del corazón.

En ese momento Jesús, en el gesto del lavatorio de los pies está expresando la misión que les deja y es un modo de responder seguramente a esta discusión que mantenían los discípulos sobre quién era el más grande.

Santucho dice que el lavatorio de los pies es el testamento de Jesús, y en “Una Vida de Cristo” dice: “Ha llegado la hora y el primer gesto es ir a tomar una palangana”. Uno puede preguntarse: ¿qué debe hacer alguien que sabe que dentro de poco está por morir? Si alguien de nosotros sabe que le queda poco tiempo, y si ama a alguien y tiene algo para dejarle, normalmente lo que hacemos es dictar el testamento. Cristo, en cambio, fue a tomar una jarra, una toalla y derramó agua en un recipiente. Aquí empieza a escribir su testamento y tras secar el último de los pies, termina su testamento diciéndoles que Él ha dado el ejemplo: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, siendo el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros”.

Podemos imaginarlo que el Señor después de lavarnos los pies nos pasa la palangana, la toalla y la jarra, y nos dice: “ayúdame, ahora te toca a vos, en silencio serás testigo, darás testimonio del gesto mío para con vos”. Es fácil decirlo pero el desafío es vivirlo.

La institución del Sacerdocio y la Eucaristía

Después del lavatorio de los pies, en el texto paralelo, aparece el momento de la institución del sacerdocio y de la eucaristía. Pero sería lindo también al contemplar esta escena, rumiar este misterio inmenso de la Eucaristía. Esta presencia del Señor en la eucaristía que es un misterio grande, inmenso, en términos de San Ignacio “un misterio de profundo y total abajamiento”. El inmenso y bellísimo misterio de un Dios que ha querido encarnarse, que como decía Martín Descalzo “se dio cuenta de que sólo se ama aquello que se puede abrazar”. Y un Dios que hasta tal punto se hace a nosotros que asume nuestra carne y nuestra fragilidad, que llega a esta locura de la eucaristía, el omnipotente, el innombrable, el infinito, el inalcanzable, el que era motivo de temor para el antiguo testamento ante el cuál había que taparse el rostro para no caer muerto al verlo cara a cara, el admirable para los filósofos, este Dios inmenso, comete “la amorosa imprudencia” de quedarse entre nosotros y para nosotros bajo la forma de pan y de vino.

Algo tan sencillo, tan a la mano, tan cotidiano, tan vulgar... ¿No habría sido mejor que lo haga bajo la forma de algún alimento más difícil de conseguir, o más caro, o más escondido, para que sólo accedan a Él quienes lo busquen arduamente y no tengamos que vivir dudando de los méritos de muchos que llegan a Él con la misma facilidad que nosotros? Haciéndose tan a la mano ¿no se auto desvaloriza? Así pensamos nosotros, pero Dios no piensa así.

La Eucaristía es misterio de descalabro, de celebración gozosa para los pequeños y de escándalo para los fariseos que si por ellos fuera pedirían certificado de conducta intachable del alma en la fila de la comunión. Un Dios que se deja tomar entre las manos, que se deja pasar de mano en mano con el riesgo de que no siempre ellas estén lo suficientemente limpias como algo tan sagrado merecería... y Él lo sabe e insiste en quedarse, y no se arrepiente ni quiere volver para atrás y ser sólo un motivo de reverente y fría admiración, cuidadoso de no rozarse son nuestras miserias para no ensuciarse. Podemos decir: “Señor no te entendemos pero te agradecemos, nos cuesta entender este abajamiento, este no tenerle miedo a las heridas del corazón que muchas veces supuran más que las heridas del cuerpo”.

Muchas veces hemos confundido la preparación del alma para la eucaristía y en vez de sacar a luz nuestras heridas, las maquillamos, en vez de acercamos a comulgar en debilidad, lo hacemos enarbolando los títulos de buenos cristianos, en vez de buscarlo sedientos, lo hacemos saciados y empachados de méritos. O al contrario viéndonos a veces tan poca cosa, tan indignos, no nos acercamos como si la encarnación y la Eucaristía dependieran de nuestra carpeta de méritos. Nos olvidamos de que son dos presencias totalmente gratuitas, motivadas por nuestra fragilidad y no como recompensa a nuestros buenos comportamientos.

Es cierto que no podemos acercarnos de cualquier modo a la Eucaristía y que hay que ser muy dedicado, pero no esperemos tener pureza de ángeles para recibirlo, de lo contrario, como dice el poeta, “nos moriremos de sed al lado de la fuente”. A veces nos dice la gente: “Yo no voy a misa porque los que van a misa después durante la semana son iguales a nosotros o peores” y yo les respondo que somos iguales, y por eso vamos a misa, porque somos igualmente pecadores. Es cierto que nuestro testimonio será cristiano en la medida que nuestros gestos sean cada vez más coherentes con nuestra fe y es cierto que normalmente escandalizamos y alejamos a la gente cuando advierten en nosotros ese quiebre entre lo que pensamos y proclamamos y lo que en realidad vivimos. Justamente porque queremos que esa grieta entre mi querer y mi obrar, entre lo que en el templo deseamos y lo que afuera hacemos desaparezca o disminuya, vamos a rezar, a escuchar la Palabra y a fortalecernos con la Eucaristía.

Ir a misa no es garantía de santidad, al contrario, es garantía de debilidad. El que entra a misa con perseverancia y sinceridad, al traspasar la puerta de la Iglesia hace un acto de humildad, se reconoce y se declara públicamente débil, porque si no lo fuéramos no necesitaríamos venir a alimentarnos, nos quedaríamos en casa regodeándonos satisfechos de ser fuertes. La misa es esto, reunión de débiles que necesitan ser fortalecidos con la Palabra y la Eucaristía; reunión de heridos que necesitan ser curados, o aliviados, de hijos pequeños que necesitan sentir la paternidad de Dios, de ciegos que necesitan luz, de hombres y mujeres que por esa vuelta de la vida hemos perdido el camino y entonces venimos al que es el Camino, para que nos saque con la delicadeza con que solo Él sabe hacerlo de los acantilados donde fuimos a parar. O si vamos bien, podamos perseverar y no tentarnos de dejar el sendero estrecho para indagar recodos o atajos falsos, o cansarnos y quedarnos al costado del camino.

En definitiva la misa no es para los que se creen buenos sino para los que estamos convencidos de que necesitamos mucha ayuda de Dios y de nuestros hermanos, por eso celebramos la misa en comunidad, para seguir deseando ser buenos. Y esto lo hacemos en ámbito de fiesta, de celebración, porque con San Pablo, “nos gloriamos en nuestra debilidad, porque cuando estoy débil, entonces soy fuerte porque en mí debilidad se muestra su fuerza” ( 2Corintios 12, 9-10).

La propuesta es admirarnos de este Señor que ha querido no escaparse de nosotros a pesar de nuestras traiciones sino que ha querido quedarse allí como alimento, como fuerza... ha querido quedarse entre nuestras manos y en nuestro corazón. Quiero terminar en este sentido uniendo un poco las dos instituciones, la institución de la eucaristía y la institución del sacerdocio que es propio de este momento de la última cena, y lo hago con aquella oración linda, aquel comentario que hace Martín Descalzo “Mi segunda primera comunión”. Quizás al contemplar la eucaristía, una forma de rezar en este día también puede ser hacer memoria de la primera comunión. Nos hace bien recordar aquél momento y ésto es lo que hace Martín Descalzo en una contemplación al estilo de San Ignacio.

“Mi segunda Primera Comunión” - de Martín Descalzo -

“Tengo 54 años y hace ahora 46 desde la mañana en que, por vez primera, yo recibí tu Cuerpo. ¿Dónde queda el niño que yo era? ¿Qué se hizo de aquellos labios míos de chiquillo que temblando se abrieron para tomar tu cuerpo?

Vestíamos de blanco, lo recuerdo. Vestíamos de sueños y de gozo, inaugurábamos el continente de tu amor, por vez primera pisábamos conscientes la tierra firme de tu santa Iglesia. Tú entrabas en nosotros, poseías aquellas almas limpias e inocentes que te juraban un amor eterno y, con ingenua lengua, te decían: «No pecaremos nunca». ¿Dónde quedan hoy tales promesas? ¿Qué se hizo de aquel vestido blanco y de aquella alma blanca? ¿Dónde enterraron al niño que fuimos en el día de la primera comunión?

Hoy vuelvo hasta tus plantas con el alma cansada, mas con el mismo hambre de aquel día. Ya no me atrevo a prometerte nada, pero sí a decirte que te sigo hambreando. Repetiré más fuerte que nunca el «no soy digno», mas te diré también que no he hallado en el mundo otro alimento igual que el de aquella mañana.

Y te diré que vengo, que hoy venimos muchos a mendigar tu cuerpo, porque tu pan sostiene lo mejor de mi alma, porque tu pan construye la más intensa de las fraternidades que quedan en la tierra, porque tú eres la fuerza que levanta mi vida e ilumina mi muerte, porque Tú eres lo único que no me falló nunca.

¿Sabrás resucitar dentro de mí aquel niño? Tú eres experto en resurrecciones, Tú tienes que saber borrarme mis arrugas, esas cien mil arrugas que el tiempo y el pecado hicieron en mi alma. Déjame que hoy comulgue como si fuera el mismo niño de ocho años que te juró aquel día una amistad eterna. Déjame que hoy reciba -ya que no con idéntica pureza, con la misma pasión que entonces tuve- mi segunda primera comunión”

Esta reflexión tan hermosa de Descalzo de alguna manera creo que también nos nombra a nosotros, nos hace bien ponernos frente al Señor que comienza su caminito de la pasión dejándonos su cuerpo y su sangre. A la vez, nosotros también nos ponemos en camino con humildad y mucha sencillez.

lunes, 7 de marzo de 2016

15° Día de los Ejercicios Espirituales: "JESÚS ENTRA EN JERUSALÉN..."

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 Estamos sobre el final de lo que San Ignacio llama la segunda semana, (que como etapa dura dos semanas) en donde contemplamos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén. Con esta contemplación terminamos este recorrido que San Ignacio nos hace por la vida pública de Jesús, e ingresamos al tiempo de la pasión y muerte del Señor. La última semana nos centramos en el gozo de la resurrección.

Hoy leemos el texto de Mt 21, 1-11 (el paralelo es Mc 11, 1-10)

Cuando se acercaron a Jerusalén y llegaron a Betfagé, al monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: "Vayan al pueblo que está enfrente, e inmediatamente encontrarán un asna atada, junto con su cría. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, respondan: "El Señor los necesita y los va a devolver en seguida"". Esto sucedió para que se cumpliera lo anunciado por el Profeta: Digan a la hija de Sión: Mira que tu rey viene hacia ti, humilde y montado sobre un asna, sobre la cría de un animal de carga.
Los discípulos fueron e hicieron lo que Jesús les había mandado; trajeron el asna y su cría, pusieron sus mantos sobre ellos y Jesús se montó. Entonces la mayor parte de la gente comenzó a extender sus mantos sobre el camino, y otros cortaban ramas de los árboles y lo cubrían con ellas. La multitud que iba delante de Jesús y la que lo seguía gritaba: "¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!"
Cuando entró en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió, y preguntaban: "¿Quién es este?" Y la gente respondía: "Es Jesús, el profeta de Nazaret en Galilea".

P. Ángel Rossi

Han pasado muchas cosas en el proceso de los ejercitantes en este tiempo: San Ignacio nos ha ido presentando a la persona de Jesucristo partiendo del deseo ardiente que el ejercitante ha manifestado en la primera meditación del Rey Temporal, concretando su respuesta personal a la llamada del rey; se ha dejado seducir por el rey eternal Jesucristo que lo invita a ir con Él para anunciar el evangelio; San Ignacio lleva a los ejercitantes a las contemplaciones después de la infancia de Jesús, a la meditación de las dos banderas, las contemplaciones de la vida pública de Jesús con todas las claves de discernimiento y reforma que la hna Marta nos fue acercando.

En este día de Ramos se nos presenta el Señor como el rey humilde, alabado sólo por los sencillos, los pobres, los que no cuentan en sociedad y a la vez, perseguido a muerte por los poderosos de la sociedad, los sabios, todos aquellos que no están dispuestos a cambiar de vida... en definitiva todos aquellos que no reconocen en Jesús al que viene en nombre del Señor. Esta escena es una fiesta agridulce, incluso para el mismo Señor. Los sentimientos de Jesús seguramente eran encontrados; por un lado la manifestación gozosa del pueblo y el reconocimiento que Jesús acepta y seguramente lo goza. No es una entrada de un poderoso, que en su época eran los militares que volvían gloriosos después de la guerra en un carro de asalto, ingresando en calidad prácticamente de Dios. En contraste la entrada del Señor que es Dios, pero entra humilde en una burrita, signo de humildad y pequeñez. Es un rey distinto “mi reino no es de este mundo”.

El Señor sabía que le había llegado la hora más difícil, donde la redención iba a tomar la forma humanamente más dolorosa. Los sentimientos de Jesús eran encontrados entre el gozo y las lágrimas, entre la gloria y la angustia, entre la amistad y la traición, entre la paz y la guerra, entre la confianza y la perturbación. Ha llegado la hora, Padre líbrame de esta hora, pero si he llegado para ésto, glorifica tu Nombre (Jn 12, 23). El día de Ramos es triunfo del Señor pero con presentimientos amargos, día en que el Señor es glorificado pero con un contrapunto de amenaza de muerte, procesión con Ramos de paz pero que serán rechazadas.

Va a Jerusalén por mí

Nosotros dejemos a Jesús que se goce en este día, lo saludemos como los demás, pero el desafío es que también vayamos con Él. La composición de lugar será en esta escena con la vista imaginativa, como dice Ignacio, ver a Jesús entrando en Jerusalén montado en un asna, aclamado por la gente sencilla cantando “Hosana al hijo de David, bendito el que viene en nombre del Señor, hosana”. En la petición vamos a pedir: Conocimiento interno del Señor que por mí se revela como Rey humilde y sencillo para que más le ame y le sirva. El Señor va a Jerusalén por mí...

Estamos en el umbral de la pasión y la tradición iconográfica muestra al burro que el Señor pide que busquen, como un detalle cargada de sencillez y humanidad, contrapuesto a la cabalgadura de los poderosos. Son las necesidades de un Dios que elige siempre lo débil y lo que no cuenta para confundir a los prepotentes. Así se lo va a reconocer en la imagen del siervo tomando la condición de esclavo sin hacer alarde de su categoría de Dios para poder dar una palabra de aliento a cualquiera que sufra abatimiento. Es el estremecedor relato de lo que ha costado nuestra redención, en ese drama está la respuesta de amor extremo de parte de Dios. Nuestra felicidad, el acceso a la gracia ha tenido un precio: Él ha pagado por mí. Nos situamos en ese escenario, Dios en su hijo nos obtendrá la condición de hijos ante Él y de hermanos entre nosotros.

La franciscana Angela de Forino al contemplar la pasión decía “Tú no me has amado en broma”. O el realismo de San Pablo “Me amó y se entregó por mí” (Gl 2, 20). San Ignacio también toma este “por mí”. Sin este realismo que personaliza, este “por mí”, estaríamos como espectadores ausentes que a lo sumo siguen el desarrollo del proceso de Dios desde la butaca de la lástima o la indiferencia. Por eso nosotros podemos decir que todo lo que sucedió en aquellos días fue “por mí”, nosotros estábamos allí. Sólo quien reconoce ese “por mí” va a poder adorar al Señor con un corazón agradecido.

Volviendo al burrito, es lindo volver a escuchar las palabras del evangelio en donde Jesús dice “si alguien les pregunta algo cuando desaten la burra díganle que el Señor lo necesita”. Ojala podamos sentir que el Señor “nos necesita”, y que podamos responder cuando el Señor nos llama. Él nos necesita, nosotros también somos humildes portadores de quien viene como rey en nombre de Dios como aquel burrito.

¿Venís conmigo?

Por otro lado Jesús entra en Jerusalén. Al comenzar esta semana nos puede ayudar ubicarnos con la vista imaginativa nosotros a la puerta de Jerusalén, allí como los discípulos y la multitud, en la entrada del Señor a la ciudad para ir a la cruz y dejarnos preguntar por el Señor: ¿Venís conmigo? ¿entrás conmigo en la Pasión?. Jesús entra en la fase más radical de su misión, su muerte y su resurrección, y como hombre no puede no sentir la resistencia a este camino doloroso, de hecho lo dice el evangelista “Cuando llegó el tiempo de su partida de este mundo, Jesús tomó la decisión de ir a Jerusalén” (Lc 9, 51-52). Es interesante porque en la versión griega para decir que “tomó la decisión” dice que Jesús endureció el rostro y se encaminó. Hay decisiones y pasos en la vida de todo hombre, y también de Cristo, que hay que darlos así, endureciendo el rostro, apretando las mandíbulas y “encarando”.

Hasta ahora los discípulos venían siguiendo a un hombre fascinante, un hombre capaz de pronunciar palabras encantadoras de bondad, de misericordia,de humildad, de sanación... Ahora el seguimiento, si se mantienen en la decisión de hacerlo, va a tomar la forma del despojo. No es nada atrayente seguir a un despojado porque por un lado un despojado no tiene nada para ofrecer, y por otro es imposible hacerlo sin el paso por el propio despojo. A ésto se refería Jesús cuando les prevenía y nos prevenía que no es el discípulo más que su maestro, que quien lo siga no tendrá muchas veces guarida o nido para el cobijo, tendrá que desprenderse de muchas ataduras, y tomando el arado no volver la vista atrás (Lc 9, 57-61).

En ese camino que va desde la puerta de la ciudad (Domingo de ramos) hasta el Gólgota (el viernes santo) y el sepulcro abierto (domingo de Resurrección) hay un lugar que el Señor se reserva para mí, hay un momento dentro de la pasión que es para mí y el desafío, si decido entrar con todo el corazón a la pasión, es encontrarlo. Será por las calles de Jerusalén, sentado en la mesa de la eucaristía y el lavatorio de los pies, será sentado junto a Él en el patio en soledad, o en el Via Crucis junto a la cruz... No lo sabemos, pero Él sí lo sabe y eso basta. Él sabe conforme a lo que estemos viviendo, dónde necesitamos encontrarlo en este tiempo de los ejercicios. Así como en el Apocalípsis dice “ Si me abres cenaremos juntos” podemos dejarnos decir por el Señor “Si entrás, si me seguís en este momento en esta entrada a Jerusalén, te mostraré ese sitio donde te espero... donde quiero perdonarte, donde quiero consolarte, donde tengo que reprocharte cariñosamente algunas cosas, donde voy a suavizar tus heridas, donde voy a dar razón y sentido a tus luchas...

Los Santos Padres y poetas han llamado a Cristo que va a la pasión, “El Libro” ese “libro abierto sujeto con clavos hincado profundamente” donde en este tiempo tenemos que ir a leer las palabras que se reservan para nosotros. Van Bremmer en su diario “Nostalgia de Dios”, hablando de su conversión que fue un viernes santo frente a la cruz en Notredame dice: “El viernes santo, entre las doce del mediodía y las tres de la tarde encontré las respuestas a todas las grandes preguntas de mi vida”.

Entrar de corazón a la pasión, en esta entrada a Jerusalén, es ponerse así frente al Señor despojados, sin condiciones, sin protocolos ni maquillajes para encontrarnos ahí donde nos espera, para escuchar la palabra que tiene para cada uno de nosotros. Sabiendo que el Señor nos defrauda, que no se deja ganar en generosidad... quien lo busca encuentra, a quien golpee la puerta se le abrirá. No perdamos esta ocasión tan linda, esta cita de amor no transferible ni postergable que en este momento de los ejercicios y de la Semana Santa nos dejemos decir “El Señor está allí y te llama”. Y lo busquemos, para que buscándolo nos encontremos a nosotros mismos.

En esta entrada de Jesús a Jerusalén dejar que el Señor me pregunte hondamente: ¿Venís conmigo? ¿entrás conmigo a la pasión, para después disfrutar conmigo de la resurrección?.

Ni siquiera los discípulos se animaron a entrar, de hecho cada uno se escapó por su lado... uno puede decirse ¿quién soy yo entonces para acompañarlo? Y ahí animarnos a decirle al Señor “ A pesar de mi fragilidad... A pesar de que aquellos hombres que te amaban, te conocían, te seguían, que compartieron tantas cosas con vos, de que ellos se escaparon, dame la gracia de ir con vos, no porque yo sea más fuerte, pero vos dame tu gracia”.

Volvamos la mirada a este Señor que pasa en su burrito y nos mira a los ojos con una infinita paz, humildad, modestia, con un gran recogimiento y cariño personal con cada uno de nosotros.

14° Día de los Ejercicios Espirituales: ¡LÁZARO, SAL FUERA!



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Marta Irigoy nos invita hoy a detenernos y recordar para qué hacemos estos Ejercicios Espirituales: Buscar, hallar y seguir la voluntad de Dios y ordenar la propia vida.

Es conveniente recordar que lo que veamos y sintamos como voluntad de Dios para ordenar la vida, necesariamente tiene que ser coherente con la realidad personal y cotidiana de la propia vida. Uno tiene que ver qué le ayuda más en este momento de la vida a vivir con mayor fidelidad ese deseo de ser felices que Dios puso en nuestro corazón. En términos ignacianos el deseo de ser feliz sería “para que nuestra vida sea alabanza y servicio del Señor”.

Cuando hablamos de ordenar la propia vida, tenemos que ver que son pocas cosas, quizás sólo una... descubrir que es lo que nos ata y nos quita libertad en este tiempo. ¿Qué cosas en mi vida me piden un cambio, un nacer de nuevo? La relación que tengo con mis más cercanos, quizás necesitan mayor fidelidad al estilo de Jesús... En la profesión o trabajo muchas veces rechazamos el valor del servicio y nos dejamos guiar por los criterios del poder y la riqueza, sin vivir el trabajo como un lugar de servicio... Sobre nuestro estilo de vida donde quizás necesitemos tomar un rumbo más sano en lo que leemos, amistades, cómo nos divertimos, lo que elegimos... Quizás sobre la relación con Dios, dejar de creer en un Dios severo, implacable, que me vigila, por el Padre de Jesús lleno de bondad, ternura, que me cuida, me acompaña y me consuela. También puedo ordenar mi vida en cuanto a la relación conmigo mismo, valorando mi vida como regalo; mi vida vale, mis cosas valen, mis dones valen, mi vida costó la entrega del hijo de Dios ¿cuánto valoro lo que vida? ¿cuán agradecido soy con Dios por tanto recibido en la familia, los amigos, el trabajo, mis sueños, etc?.

Para realizar esta especie de análisis, es muy valioso recuperar los exámenes de la oración de estos días y los exámenes del día, ya que así podemos seguirle la pista a la gracia y descubrir qué es lo que nos propone. ¿Y cómo se si esto que me estoy dando cuenta que tengo que modificar es una invitación de Dios y no inventada por mí?. Por la paz que deja en el corazón, por la sensación de mirada y horizonte ancho. Puede favorecernos ir escribiendo alguna oración personal con lo que entendamos que tiene que ser la reforma de nuestra vida, en donde podamos ir poniendo por escrito la gracia que necesitamos, para que Dios nos ayude con su amor y su ternura a re-ordenar la vida.

La resurreción de Lázaro
P. Ángel Rossi

Hoy les propongo, ya cerquita de la pasión, la resurrección de Lázaro, escena que está en los umbrales a la subida de Jesús a Jerusalén. Es un momento de la vida pública de Jesús donde ya no es una figura atrayente, y hasta como dice el evangelio “lo buscan para matarle”. Es un Jesús prófugo, para muchos ya es motivo de escándalo, lo andan persiguiendo y Jesús lo sabe.  Contemplamos la resurrección de Lázaro (Jn 11, 1-54)

Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo.

Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, aquel que tú amas, está enfermo". Al oír esto, Jesús dijo: "Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que este se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: "Volvamos a Judea". Los discípulos le dijeron: "Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?". Jesús les respondió: "¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él". Después agregó: "Nuestro amigo Lázaro duerme, pero yo voy a despertarlo". Sus discípulos le dijeron: "Señor, si duerme, se curará". Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo".Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él".

Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas". Jesús le dijo: "Tu hermano resucitará". Marta le respondió: "Sé que resucitará en la resurrección del último día". Jesús le dijo: "Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" Marta le respondió: "Sí, Señor, creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo".

Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: "El Maestro está aquí y te llama". Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que esta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó a donde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".

Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: "¿Dónde lo pusieron?" Le respondieron: "Ven, Señor, y lo verás". Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: "¡Cómo lo amaba!" Pero algunos decían: "Este, que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera? "Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: "Quiten la piedra". Marta, la hermana del difunto, le respondió: "Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto". Jesús le dijo: "¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?" Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: "Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado". Después de decir esto, gritó con voz fuerte: "¡Lázaro, ven afuera!" El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: "Desátenlo para que pueda caminar".

Aquel a quien tu amas está enfermo

Esta escena tan fuerte, tan linda y tan llena de mensajes y micro escenas en las que nos podemos sumergir, nos puede hacer muy bien. Es una escena que nos muestra a un Jesús muy humano. Primero por el cariño a la familia de Lázaro, Jesús se conmueve, se emociona, llora es una escena donde sale la humanidad de Jesús de un modo especial. Por otro lado lo humano del miedo y del riesgo, Jesús humanamente tiene miedo porque sabe que lo andan buscando para matarlo, por lo tanto ir a Betania era riesgoso. Y por otro lado Lázaro ya hacía cuatro días que había muerto. Es interesante quedarnos con las palabras de ese mensajero que le sale al encuentro a Jesús: “Aquel a quien tú amas está enfermo”. Es una expresión fuerte que nos puede hacer mucho bien a nosotros. “Aquel a quien tu amas”... podemos pensar en tantas personas cercanas nuestras que están enfermos del cuerpo o del alma, y también somos nosotros mismos.

Podemos decirle al Señor desde lo hondo del corazón “Señor, aquel a quien tu amas (que soy yo) está enfermo”, necesita ser visitado, necesita resucitar, necesita salir de las tumbas en las que andamos quizás sepultados. Hasta ahora Jesús ni si quiera a los discípulos los llama amigos, recién en Jn 15 en el momento de la pasión los llama amigos, en cambio a Lázaro antes que a los discípulos los llama amigos. Seguramente Jesús visitaba seguido a esta familia, y su casa era un lugar donde Él podía ir a descansar, estar en confianza, al natural. Jesús les tenía mucho cariño, por eso los llamaba amigos.

A Jean Vanier le llama la atención que el texto diga “la casa de Marta, casa de María” cuando en su momento se utilizaba llamar a la casa con el nombre del varón de la familia. Lázaro queda como escondido. El autor supone que Lázaro sería una persona enferma, claro que no es posible comprobarlo, por eso los textos las nombran a ellas que serían quienes con mucho cariño lo cuidaban.

Marta sale al encuentro cuando Jesús llega: “Señor si hubieras estado aquí”. Después del diálogo con Marta, ella va a avisarle a María y le dice unas palabras muy lindas que nos pueden ayudar a meditar y hacerla propia: “El maestro está aquí y te llama”. Nos hace bien sentir que el Maestro está aquí y que me llama a mí, sentir que el Señor también me anda buscando a mí.

Después María sale a su encuentro y le hace el mismo reproche que su hermana “Por qué nos viniste rápidamente”; Jesús que se conmueve hasta el alma y pregunta dónde lo han puesto y fueron a verlo. Ahí viene esta otra expresión fuerte: “Quiten la piedra”. Es interesante porque hay piedras que el Señor nos pide que la quitemos, y que con su ayuda se puede. También hay piedras que si Dios no las quita no las quita nadie, como en la pasión cuando las mujeres van tempranito al sepulcro se dieron cuenta que no iban a poder correr la piedra, pero dice el texto que “cuando estaban cerca vieron que la piedra ya estaba corrida”. En nuestras vidas y en nuestro corazón hay piedras que las corre el Señor o nadie, piedras grandotas del corazón que sólo Él puede quitarlas y otras veces que sí podemos con su ayuda, como en este caso “Quiten la piedra”, Él da la orden y la gracia, y así podemos.

¡Salí afuera!

Marta reacciona “Señor tiene mal olor, ya pasaron cuatro días”. La tradición judía indicaba que hasta los tres días el alma no estaba despedida, por eso estos cuatro días indicaban que ya no había ninguna posibilidad. Jesús le dice “no te he dicho Marta que si crees verás la gloria de Dios”, a modo de reproche porque ella misma le ha pedido que intervenga y ahora que hace algo es como si se achicara y volviera atrás. Entonces quitada la piedra viene la voz fuerte de Jesús: “Lázaro sal afuera”. Podemos perfectamente cambiar el nombre de Lázaro por el nuestro; “¡Salí afuera!”. Quizás necesitamos desde nuestras tumbas sentir que el Señor nos llama a salir afuera y ponernos de pie. Salió y dice la Palabra que tenía las manos y los pies vendados, y la cabeza tapada... A veces nosotros tenemos situaciones en las que estamos con pies y manos atadas, con la mirada ciega, no podemos caminar ni ver. Y Jesús que dice “desátenlo, déjenlo caminar” frase imperativa que también nos puede hacer mucho bien a nosotros. Mientras Lázaro ve los judios se enceguecen con éste gesto de Jesús.

Jan Vanier dice “¿no somos en realidad todos Lázaro? ¿No hay partes muertas en nosotros presas a veces de una cultura d ella muerte?” Todo lo muerto en nosotros, todo lo que está oculto en la tumba de nuestro ser provoca una cierta muerte alrededor, y Jesús nos invita a salir de la tumba que llevamos en nuestro interior.

¿Crees que esto puede revivir?

En Ezequiel 37, 1 ss dice que Dios llevó al profeta a aquel valle de huesos secos, lo hizo caminar por ahí y efectivamente estaba todo seco. Una visión símbolo de la desesperanza del pueblo de Israel en el desierto, después que caminó en todas las direcciones viene la pregunta del Señor que mueve a esperanza “¿crees que ésto puede revivir?” A lo que el profeta contestas “Señor, Tú lo sabes”. Podemos pensar que frente a aquellas cosas que se han muerto en nuestro corazón como la esperanza, la fe, las ganas de seguir luchando... cada uno puede pensar en sus zonas muertas, su zona sin vida tirada en el corazón y dejarnos decir por el Señor al corazón “¿crees que esto puede revivir?”. El Señor tantea nuestra capacidad de esperanza, nuestra capacidad de confiar que Él es capaz de ponernos de pie. “Señor tú lo sabes”. En la escena Dios le dice al profeta que le hable a los huesos, “Huesos escuchen la Palabra”. Parece raro y hasta inútil, pero es signo de que la Palabra puede poner de pie hasta lo imposible.

Dios nos pone de pie en un proceso, pero nosotros queremos soluciones inmediatas, pero tenemos que tener paciencia, Dios nos va dando vida de a poco, paso a paso. En este texto de Ezequiel, más adelante el Señor le va a decir al profeta refiriéndose al pueblo de Israel: “Yo les daré el Espíritu”, “yo los sacaré de vuestras tumbas”, “los llevaré de nuevo a Israel” ,“les daré el Espíritu y vivirán”... Qué lindo este Señor que nos anima a renovar la confianza en las cosas que están muertas en nuestro corazón

Carlos del Valle se preguntaba ¿en qué tumbas nos encontramos?. Podría ser la tumba de la estrechez, en donde estamos sumergidos en nuestro pequeño mundo y Dios a través de su Espíritu viene a agrandar los límites, agrandar los espacios, a derribar muros y fronteras, a ensanchar el corazón, a empujar y salir de nuestros recintos para ir al encuentro de los necesitados... El Espíritu nos enseña a abrir caminos, a tender puentes, a intensificar la comunicación, crear vínculos...

Posiblemente el Señor nos esté invitando a salir de la tumba de la estrechez, o quizás de la tumba de la superficialidad cuando vivimos sin conocernos, nos relacionamos desde la apariencia y se nos escapa lo más lindo de las cosas, las personas, los acontecimientos... El Espíritu nos lleva a la profundidad del corazón. Quizás quiere que salgamos de la tumba del individualismo es decir de vivir en función de uno mismo porque el Espíritu crea relación de amistad y solidaridad; quizás nos quiera sacar de la tumba del pesimismo y la desesperanza porque el Espíritu viene a reavivar la esperanza y alimentar la utopía; o quizás viene a sacarnos de la tumba de los miedos, animarse a correr riesgos, el Espíritu da audacia y nos da fuerza para hacer lo que nunca habríamos hecho. Cada uno sabrá de qué tumbas lo quiere sacar el Señor en este tiempo. Nos animemos a dejarnos decir como a Lázaro: “Sal fuera” y que podamos desatarnos y ver. “Yo abriré sus tumbas y los haré salir, infundiré mi Espíritu en ustedes y vivirán”. Quizás nosotros le decimos que nuestra tumba tiene mal olor, pero Él nos vuelve a decir que salgamos afuera y nos pongamos de pie. La resurrección es un proceso que comienza cada mañana y cada día, somos llamados a hacer un viaje de resurrección que va paso a paso.

Resuciten muertos

El texto le habla a cada creyente, según Raniero Cantalamessa, en cuanto a misionero que se encuentra ante personas que viven en situación de muerte moral o espiritual. Frecuentemente las personas que se encuentran en esta situación no están en  de hacer nada ni si quiera rezar, son como Lázaro en la tumba, por eso es necesario que otros hagan por ellos. En los labios de Jesús ya encontramos este mandamiento dirigido a sus discípulos: “curen enfermos, resuciten muertos” (Mt 10). Jesús se refería a los muertos de corazón, a los muertos espirituales. Dice Cantalamessa “El mandamiento de resucitar a los muertos está dirigido a todos los discípulos de Cristo. Les desvelo cómo se hace para poder resucitar esta misma tarde y en los próximos días a un muerto. ¿Tenes en casa o en el asilo a un padre anciano? Quizás su corazón está muerto por el silencio de sus hijos. Hacele una llamada de teléfono de las hermosas; si podes, prometele que mañana irás a verlo. Probablemente ya has resucitado a un muerto” A lo que podemos agregarle, ¿tu marido está desmoralizado al salir de casa después de la décima pelea? Llámalo por teléfono, hacele renacer la confianza en el corazón. Lo mismo hacé con tu mujer si eres el marido. Posiblemente hayas resucitado también a un muerto en esto día. Y podemos pensar en cuántos gestos que resucitan cada día corazones; una visita, una llamada puede cambiar un día y hasta una vida.

Otro texto que puede ayudar en la reflexión es el de la Hermana Alejandra "La voz del Amor grita ¡Sal fuera!"